Dos soles
16. Elder
Todos apuramos el paso con desesperación. La lanzadera está lejos; aunque fuéramos capaces de abrir las puertas, no podríamos llegar hasta ella antes de que estalle la tormenta. El bosque parece interminable.
—¿Cuánto falta? —pregunto. Me inquieta esta humedad que se condensa en el aire y no me deja respirar.
—Hemos caminado casi dos kilómetros —responde la teniente coronel Bledsoe.
El coronel Martin examina un aparato que lleva en la mano —una especie de brújula, supongo— y luego observa los alrededores. Amy y Chris me pisan los talones, pero al menos han dejado de tontear.
—Los sensores de la sonda indicaban una fuente de agua en las cercanías —prosigue Bledsoe—. Lo ideal sería encontrar algún lugar resguardado y acampar ahí —explica, con un acento tan marcado que agradezco la lentitud con la que me habla.
Me mira como si esperara alguna respuesta por mi parte y, de pronto, me doy cuenta de que, si la hubiera conocido antes que a Amy, me habría dado miedo. En realidad, todavía me asusta un poco: sus ojos parecen demasiado grandes, como si supieran demasiado. Me tensa mirarlos. A pesar de la gracia con la que se desliza entre los árboles, no puedo quitarme de la cabeza la impresión de que esta mujer es tan bella como peligrosa.
Pero no debería pensar de este modo. Soy consciente de lo mucho que le dolía a Amy ver cómo la gente la rehuía; no quiero portarme así con nadie. Sé que Eldest, tan parecido a mí, hacía daño a la gente sin pensarlo dos veces, y también sé que Amy, tan distinta a todos los tripulantes de la Fortuna, nunca dañó a ninguno de ellos.
—¿Estamos seguros de que los datos registrados por la sonda son reales?
—Razonablemente.
Esta humedad… Nunca sentí nada así en la nave. El aire está tan impregnado de agua que me da la impresión de que trago en vez de respirar. La piel de Bledsoe brilla por la transpiración. Aunque Amy me ha dicho que es «negra», a mí me parece más bien de un color marrón oscuro, como la tierra del nivel de alimentación cuando acababan de ararla o los tintes más oscuros que usaban los tejedores de la nave.
—¿Te pasa algo? —me pregunta con el ceño fruncido.
Pestañeo, a punto de tropezar por la sorpresa. No me había dado cuenta de que la estaba mirando fijamente.
—Nunca había visto a nadie como tú.
—¿Tienes algo que objetar a mi aspecto? —responde en tono ligero, pero detecto un cierto filo en su voz.
Niego con la cabeza.
—Para nada. Perdón por mirarte de ese modo. Es solo que eres diferente.
Sus labios se ensanchan en una sonrisa.
—Tranquilo —dice—. Yo también os miro a ti y a tu gente. Es extraño que os parezcáis tanto.
Apura el paso y empieza a dejarme atrás.
—Espere, teniente coronel Bledsoe —llamo.
Ella aminora el paso y se vuelve, con una sonrisa aún más franca que la de antes.
—Llamarme así resulta un poco largo, ¿no crees? Puedes llamarme Emma, si quieres.
—¿Emma?
—Es mi nombre de pila. A mí me suena mejor que «teniente coronel Bledsoe» —dice imitando mi acento, y suelta una risita.
Su broma me recuerda algo que Amy me dijo nada más conocernos y que me relajó de inmediato. Orion se equivocaba: no todos los congelados son malos.
La vegetación empieza a hacerse más rala. Ahora entre las ramas se distinguen trocitos de cielo, y me sorprendo al constatar lo oscuro que está el cielo. Me recorre un escalofrío. Los terrícolas no parecen afectados por este cambio gradual del azul al gris, pero yo… Me parece extraño, inquietante.
—¡Ahí está! —grita el coronel Martin desde delante.
Emma acelera y esquiva las ramas hasta llegar a la cabeza del grupo.
El coronel, subido a una roca en la linde del bosque, señala algo en la llanura que se abre ante él. Me acerco y veo una superficie azulada y vagamente circular a algo menos de un kilómetro. Un lago.
—¡Agua dulce! —exclama Emma, alborozada.
—Aún hay que analizarla —le recuerda el coronel. Sin embargo, en su rostro hay una sonrisa: para ellos, esto constituye un triunfo.
En ese momento, el cielo ruge con tanta fuerza que me tapo la cabeza con los brazos por puro instinto.
—Es un trueno —me recuerda Amy en tono suave, acariciándome un hombro.
Y entonces, un rastro de fuego —¡de fuego!— cruza el cielo, de una nube negra a otra.
—¿Qué frexo es eso? —grito, retrocediendo de un salto.
Amy se echa a reír.
—Un relámpago —contesta.
Su risa me molesta. Nunca había visto un relámpago; al menos, no al natural. Por suerte, casi ningún tripulante de la Fortuna ha salido todavía del bosque, de modo que solo unos pocos han podido verlo. Sin embargo, me da miedo que sus gritos espanten a los demás.
—Tenemos que ponernos a cubierto —le digo al coronel Martin en tono urgente—. Mi gente va a perder los nervios de un momento a otro.
—¿Por una tormenta? —replica con escepticismo.
—Papá, es la primera vez que ven una —le explica Amy.
—¿Qué es aquello? —pregunta Chris señalando un punto situado a la derecha del lago.
El coronel lo mira con cierta irritación, pero luego se vuelve y otea en la dirección que señala Chris. Todos lo imitamos. No muy lejos de la orilla, más allá de una llanura de color verde claro que se extiende ante nosotros, se eleva una colina bastante alta. Sus laderas son de piedra amarillenta y desnuda. Y en esa piedra hay…
—¿Casas? —exclama Emma con asombro.
—No puede ser —murmura el coronel, achinando los ojos para ver mejor.
Extiende una mano, hace chasquear los dedos y un soldado se le acerca para darle unos prismáticos. El coronel se los lleva a los ojos y suelta un taco.
—Están en ruinas. Son edificios de piedra, pero creo que están abandonados.
—Nos refugiaremos en ellos —digo.
—Ni hablar. No sabemos qué forma de vida inteligente los construyó —replica pasándole los prismáticos a Emma, quien me los entrega sin usarlos.
Me los llevo a la cara y examino el panorama. La ladera de roca está aterrazada, y cada nivel está conectado con los adyacentes por escaleras labradas en la piedra. Toda la colina es una sucesión de edificios grandes construidos con la misma piedra amarillenta que los sustenta. En las paredes hay aberturas a intervalos regulares: son puertas y ventanas.
De escala humana.
El coronel Martin tiene razón: el lugar respira un aire polvoriento de abandono.
—El lugar parece desierto, pero tal vez no lo esté —observa el coronel—. Si hay criaturas inteligentes en el planeta, han tenido que advertir nuestro aterrizaje.
Recuerdo una vez más cómo la lanzadera se desvió de su trayectoria. ¿Sería un fallo en algún motor, un ataque de los monstruos voladores o un ataque de los seres que construyeron esos edificios?
Esto lo cambia todo.
—No me fío —concluye el padre de Amy.
Apenas ha acabado de hablar, un nuevo relámpago parte el cielo. Empiezan a caer gruesas gotas, y entre mi gente estalla un clamor de voces. Esta lluvia no se parece en nada a la de la Fortuna. Aquello era una ducha suave y regular que caía del sistema de aspersores instalado en el techo. Esto… esto cae sin ritmo alguno, sin orden. Las gotas pesadas e irregulares atraviesan las hojas con un susurro, nos caen encima y estallan sobre nuestra piel y nuestro pelo, empapándonos.
—¿Y esto? ¿Qué pasa ahora? —aúlla una mujer, frotándose el cuerpo para tratar de sacudirse la lluvia. Por supuesto, es inútil: la tormenta arrecia por momentos.
Me acerco de un salto a la roca en la que sigue subido el coronel Martin.
—Oiga, le aseguro que mi gente está a punto de sufrir un ataque colectivo de pánico. Tenemos que encontrar refugio, y tenemos que hacerlo ya. Esos edificios son la única opción a nuestro alcance.
Él me mira con la misma expresión que adoptó Eldest cuando confundí las bombillas del nivel de alimentación con estrellas de verdad.
—¿De verdad prefieres que nos metamos ahí sin saber lo que puede esperarnos dentro a soportar un simple chaparrón?
—Para mi gente, esto no es un «simple chaparrón». Y usted mismo ha dicho que los edificios parecen abandonados.
—Por otra parte, los rayos suponen un riesgo —interviene Emma—. No podemos resguardarnos bajo los árboles, y quedarnos en la llanura que rodea el lago supone casi el mismo riesgo. Lo más prudente sería buscar cobijo ahí… o en otro lado.
El coronel y ella cruzan una mirada llena de significado. No sé a qué se referirá esa última observación; pero a juzgar por la expresión del padre de Amy, él sí que lo sabe, y no le gusta que Emma lo haya sugerido.
—¡Rangos uno y dos! —berrea.
Emma se pone en posición de firmes, y casi todos los militares que hay en las cercanías se congregan a su alrededor.
—Adelántense para registrar el asentamiento —ordena el coronel—. Infórmenme por radio del resultado de la inspección. ¡Dense prisa!
Emma echa a correr, seguida por los demás militares de los rangos uno y dos. Chris no debe de pertenecer a ninguno de ellos, porque se queda junto a Amy.
El coronel Martin no parece muy contento. Suspira y se encamina por el sendero de hierba aplastada que han dejado sus hombres. Sin la protección de los árboles, mi gente está más nerviosa y asustada que nunca. Echo a andar tras el coronel, pero cada pocos pasos miro hacia atrás tratando de localizarlos a todos.
Oigo un ruido de pasos a mi espalda y Amy aparece a mi lado, jadeante. Vuelvo la cabeza, pero no encuentro al omnipresente Chris.
—¿Qué son esas construcciones? —me pregunta, y me doy cuenta de que si jadea es por la expectación, no por el cansancio.
—No lo sé —refunfuño. Odio la rabia infantil que me invade al ver a Amy junto a Chris, pero no puedo evitar sentirla.
Cuanto más avanzamos a campo abierto, más acelera mi gente. Al cabo de un par de minutos, estamos todos trotando por un prado de hierba alta que nos azota las piernas al correr. Las semillas húmedas se pegan a nuestra piel y nuestras ropas, y los tallos que quebramos en nuestra carrera ciega dejan escapar un dulce olor vegetal.
El transmisor que el coronel lleva al hombro emite un crujido.
—Todo despejado, señor —dice Emma con voz distorsionada por la estática.
El coronel vuelve la cabeza.
—¡A los edificios! —grita, animándonos por gestos a que aceleremos.
Es el empujón que le hacía falta a mi gente. En unos segundos, muchos de ellos nos adelantan, corriendo tan deprisa como pueden en su afán por escapar de la tormenta. La lluvia arrecia; ahora cae tan fuerte que apenas puedo ver lo que tengo a unos metros. Amy agarra mi mano con la suya, resbaladiza, y me atrae hacia ella.
Un relámpago cruza el cielo. Miro a Amy y veo su imagen congelada por un instante, casi como cuando la conocí.
La gente, aterrada, se desboca a nuestro alrededor. Se oyen gritos inarticulados de puro miedo: muchos se están dejando llevar por sus instintos más primarios.
Amy, no. Amy corre atravesando la lluvia, con la boca abierta en una sonrisa y los ojos centelleantes, disfrutando de cada segundo.