Dos soles

Beth Revis · Capítulo 12 de 74

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Dos soles

12. Elder

Mientras caminamos hacia la rampa para volver a la lanzadera, una voz de mujer rasga el aire tranquilo de nuestra primera noche en Tierra Centauri. Es la madre de Amy.

—¡Mirad! —grita.

Amy sigue con la mirada la dirección que indica su madre y da un respingo. El suelo parece… parece brillar.

Es algo sutil, pero no cabe duda: bajo la corteza de tierra ennegrecida se adivina un brillo cálido que parece emanar del subsuelo. Me recuerda al día en que el nivel de alimentación ardió, a la forma en que las paredes del Punto de Distribución relucían como ascuas amarillentas bajo las cenizas.

—¿Por qué brilla así? —susurra Amy.

No tengo ni idea; además, estoy demasiado concentrado en lo que acabo de ver en el costado de la lanzadera. Doy un paso al frente; bajo mis pies, el suelo parece duro como el metal o el cristal, no arenoso como en el resto de la zona. Los reactores de la nave derritieron literalmente la arena al aterrizar.

Amy me sigue.

—¿Qué miras?

Lo señalo sin decir nada.

—¿El símbolo? —pregunta, y avanza algo más hasta tocar la gigantesca placa de metal con un águila de cuatro alas grabada.

Bajo ella, en letras gruesas y regulares, aparece el nombre de la nave: el nombre del hogar que he dejado atrás.

FORTUNA

—Es el símbolo del FREX —le explico—. Estaba grabado también en el nivel de alimentación. Pero eso no es lo que…

—¿En el nivel de alimentación? —me interrumpe Amy—. Nunca lo vi.

—Había un hito de piedra y metal en el punto central de la nave. Tenía una placa que decía «Punto Cero» —me encojo de hombros—. Estaba en mitad de uno de los campos donde pastaban las vacas.

Amy se estremece: nunca le gustaron las vacas de la Fortuna.

—De todos modos, no es eso lo que me ha llamado la atención —continúo, y señalo una zona a la derecha de la placa que queda casi oculta por la rampa—. Mira.

Dos marcas enormes y oscuras recorren esa zona en vertical. Son profundas y están bordeadas de estrías negras; parecen causadas por algún explosivo.

—¿Qué es esto? —pregunta Amy, y extiende la mano hacia una de ellas como si quisiera tocarla. No puede: está demasiado alta.

Comparo el tamaño del impacto con el de su brazo. Son casi iguales.

—No sé —mascullo—. Pero me apostaría algo a que fue eso lo que nos sacó de nuestra trayectoria.

Frunzo el ceño y examino una vez más las marcas.

En realidad, podría haberlas causado alguno de nuestros propios reactores al descolocarse durante el aterrizaje, o tal vez chocáramos contra algo duro.

O quizá fuera ese algo lo que chocó contra nosotros.

—¿Te acuerdas de cuando dije antes que uno de esos bichos pudo impactar contra la lanzadera? —le pregunto a Amy—. ¿Crees que fue eso? ¿O más bien…?

—¡Todo el mundo dentro! —me interrumpe la voz imperiosa del coronel Martin.

La teniente coronel Bledsoe y sus hombres conducen a todo el mundo hacia la rampa transparente, y la gente los obedece de buen grado.

Todos parecen contentos, ajenos a nuestras sospechas.

La madre de Amy la llama desde el borde de la zona quemada y le hace gestos para que se acerque. Amy me dirige una sonrisa de disculpa y se aproxima a ella.

—¡Esto es fascinante! —exclama su madre dándole un abrazo—. Ya he recogido un montón de especímenes; no podía esperar más. Tu padre está furioso porque he tardado mucho, pero ya se le pasará.

—¡Adentro! —grita de nuevo el coronel Martin.

Miro hacia la rampa y veo que Bledsoe nos está esperando en la parte inferior; somos los únicos civiles que quedan fuera de la lanzadera. El soldado joven con el que hablamos antes se nos acerca.

—Hay que entrar ya —dice—. No es seguro estar tanto rato en el exterior.

Amy lo mira y parpadea.

—No nos hemos presentado —dice, y algo en su voz me hace mirar con desconfianza a este intruso.

Él extiende la mano para ayudarla a subir la rampa, y la mano de ella se posa suavemente en su codo.

—Soldado Chris Smith, a su servicio —recita, con una sonrisa que me inquieta todavía más—. Estoy bajo el mando del coronel Martin.

—Como todo el mundo —responde Amy, y su cara se ilumina con otra sonrisa.

—Menos yo.

Mis dos palabras hacen que tanto Chris como Amy paren en seco. Él me mira de arriba abajo con una expresión calculadora que me enfada todavía más. ¿Quién es este tipo, y por qué se cree con derecho a juzgarme?

—Vamos —remacho, y extiendo la mano para agarrar la de Amy.

Ella me esquiva y vuelve a mirar a Chris con interés.

—Me sorprende que dejaran integrarse en la misión a un soldado tan joven como tú —dice.

—Tengo veinte años —responde él con voz grave—. Era el mínimo exigido.

—Ibas con el grupo que fue en busca de la sonda, ¿verdad?

Antes de que él pueda contestar, la madre de Amy se acerca y le pone un bote lleno de arena entre las manos.

—Debe de contener alguna sustancia fosforescente —comenta con excitación, ajena a la conversación que acaba de interrumpir—. Quiero averiguar si se trata de un fenómeno de bioluminiscencia; sería fascinante —prosigue mientras las dos ascienden por la rampa.

Chris las mira de reojo y luego se vuelve hacia mí con cara de complicidad, pero yo me limito a fruncir aún más el ceño. La madre de Amy sigue hablando, entusiasmada por sus hallazgos.

—Puede que el fenómeno se haya desencadenado por una reacción química, como el calentamiento del terreno cuando aterrizamos… —sacude otro tarro lleno de arena, y los granitos iluminados me recuerdan a las estrellas.

Su voz se apaga cuando llegamos al final de la rampa y ve la expresión con la que me observa su marido. Me lanza una mirada recelosa, agarra más fuerte su bote y estrecha con el otro brazo a su hija, que camina ajena a todo.

Su actitud no deja lugar a dudas.

Ni siquiera confían en mí lo suficiente para transportar botes de arena.

 

Remoloneo en el pasillo: quiero enterarme de todo lo que pueda. La teniente coronel Bledsoe y el tal Chris se detienen al llegar al puente y se cuadran ante el coronel.

—Me gustaría investigar los problemas técnicos que estamos sufriendo —le dice el padre de Amy al soldado, quien asiente muy seguro de sí mismo.

—Por supuesto, señor —contesta—. Pero antes me gustaría enseñarle algo.

Extiende una mano y le muestra un cubo traslúcido; la luz que sale por la puerta de la lanzadera le arranca destellos dorados. El coronel se inclina sobre él, pero de pronto se da cuenta de que los estoy observando. Se acerca a grandes zancadas a la puerta del pasillo y me la cierra en las narices.

Al entrar en la sala de criopreservación, tengo que hacer un esfuerzo por contener las arcadas. Hasta ahora he sido capaz de ignorar el hedor; pero, aunque llevamos aquí menos de veinticuatro horas, ya es casi insoportable. Me acerco a mi gente y veo que uno de los hombres —Heller, el que me defendió ante Juliana Robertson— se remueve con aire incómodo.

—Estos puntos del frexo… —masculla, rozando con la yema de los dedos el costurón que tiene en la pierna.

—Lo mejor es tratar de dormir —dice a su lado otro hombre, sin molestarse en abrir los ojos.

Heller gruñe en señal de asentimiento y deja caer la cabeza hacia el pecho.

Tienen razón: aquí dentro solo podemos dormir o preocuparnos, y yo estoy harto de preocuparme. Sin embargo, no es fácil dormir sobre el suelo de metal.

Apenas hay sitio para todo el mundo, y la situación empeora por el muro invisible que parece interponerse entre los dos grupos. Mi gente trata de dormir medio sentada, apoyándose contra los muros curvos de la lanzadera o recostándose unos sobre otros. Al otro lado de la sala, los terrícolas han aprovechado las bandejas de sus cámaras de criopreservación para hacerse unas camas improvisadas, usando mantas y sacos de dormir que han sacado de un compartimento oculto bajo el suelo. No me parecerían muy cómodas si no las comparara con nuestras condiciones; pero a la vista de cómo estamos los de la Fortuna, son todo un lujo.

Me gustaría poder hacer más por mi gente. Poder hacer algo, al menos.

Antes de darme cuenta de lo que hago, me encuentro caminando en dirección a Amy. Sin embargo, cuando llego a su zona veo que está discutiendo en voz baja con su madre mientras esta extiende los sacos en sus cámaras.

—No es justo —dice Amy.

—¿El qué? —responde su madre mientras alisa uno de los sacos.

Amy levanta la cara al oír mis pasos.

—Solo hay cien sacos —me explica.

—¿Por qué no te parece eso justo? —replica su madre con tono neutro, y me doy cuenta de que quiere controlar su comportamiento en mi presencia.

—Mamá, este es Elder —dice Amy cambiando bruscamente de tema—. Creo que no os he presentado antes. Elder, esta es Maria Martin, mi madre.

La doctora Martin no parece apreciar demasiado la presentación: se limita a saludarme con un gesto brusco de cabeza y me mira con cara inexpresiva. No quiero ni pensar en lo que le habrá dicho su marido sobre mí.

Se inclina de nuevo sobre el saco de Amy y vuelve a alisarlo, a pesar de que estaba perfectamente extendido. Con el rabillo del ojo veo varios tarros de arena brillante amontonados bajo su camilla y, como ella, no puedo evitar preguntarme qué los hará resplandecer de ese modo.

—Amy, el FREX nos proporcionó un equipamiento básico para el momento en el que la nave aterrizara y fuéramos reanimados —dice la doctora Martin—. ¿Cómo iba a saber el FREX cuánta gente habría a bordo de la nave en ese momento? Además, esta gente sabía de antemano que se iban a marchar de la nave nodriza, ¿no es verdad? — se vuelve hacia mí sin abandonar su máscara de cortesía neutra—. Elder y su gente tuvieron que hacer preparativos antes de abandonar la nave, y supongo que traerían lo que iban a necesitar. Al fin y al cabo, han tenido siglos para prepararse para este momento.

Me vienen a la mente los días previos al aterrizaje. Fueron caóticos. Todo el mundo estaba alterado por las revueltas en la ciudad y por la decisión de Bartie de quedarse en la nave. Algunos montaron en la lanzadera en el último segundo: aparecieron a la carrera en el estanque justo antes de que cerrara la escotilla, acarreando un puñado de cosas escogidas casi al azar. A nadie se le ocurrió que necesitaría un colchón, y los pocos que trajeron mantas o edredones lo hicieron porque eran recuerdos de familia, no porque pensaran en su utilidad práctica.

—Sobran dos sacos —dice Amy. Claro: los de Robertson y Kennedy, las dos víctimas de Orion—. Elder se puede quedar con uno —propone—, y tal vez Kit pueda usar el otro.

Niego con la cabeza: no voy a aceptar comodidades de las que mi gente carece.

—No nos hacen falta, Amy —respondo—. Tu madre tiene razón: deberíamos habernos preparado mejor antes de salir.

Ella abre la boca para protestar, pero su madre la corta.

—¿Lo ves? Los nativos de la nave están bien, lo dice él mismo. Hala, métete en la cama.

Me doy cuenta de que Amy quiere discutir, así que busco su mirada y sacudo la cabeza levemente. No quiero que discuta por mí, y desde luego no por algo tal absurdo como un saco de dormir. Ella se adelanta un paso y extiende la mano para agarrar la mía; no sé si quiere venir a mi lado de la sala o si pretende que me quede con ella en la parte de los terrícolas, pero yo sé cuál es mi sitio aquí y ella sabe cuál es el suyo. Me fuerzo a retroceder sin aceptar su mano, doy la vuelta y regreso con mi gente.

La doctora Martin ha adoptado una máscara para ocultar su recelo al hablar conmigo; bien puedo adoptar yo una para esconder lo mucho que me gustaría estar con Amy.