Dos soles

Beth Revis · Capítulo 61 de 74

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Dos soles

61. Amy

Corro con todas mis fuerzas hacia el prado, bajo una lluvia de tierra levantada por las explosiones. Me cubro la cabeza con los brazos y me concentro en mover las piernas, conteniendo el aliento cuando creo que el humo sopla en dirección a mí. Confío en poder descansar un momento detrás de las letrinas antes de echar otra carrera hasta el lago; luego, a varios cientos de metros, tendré que torcer hacia el bosque y rodearlo hasta el complejo. Si llego allí y logro meterme en la unidad de comunicación, estaré a salvo: el escáner biométrico está diseñado para impedir la entrada de estos seres.

Me refugio detrás de las letrinas y pienso en el ventanal de la unidad: espero que esté hecho de algo más resistente que el cristal. Si no es así, no va a costarles mucho entrar, a pesar del escáner. Sacudo la cabeza; no quiero dar vueltas a estas cosas. Voy a llegar a la unidad de comunicación, voy a hablar con Elder y voy a hallar alguna manera de detener a los alienígenas. No quiero plantearme otra opción.

Doy unos saltitos para relajar los músculos antes de echar a correr hacia el lago. Cuando estoy a punto de salir disparada, alguien me agarra del brazo. Abro la boca para chillar, pero una mano me lo impide.

—¡Soy yo!

Me debato hasta liberarme, giro sobre mis talones y descubro los ojos casi transparentes de Chris.

—¿Se puede saber qué haces? —jadeo, pegándome un poco más a la pared del barracón para quedar oculta por las sombras.

Él se lleva el dedo a la boca para pedirme silencio y mira en derredor. Con el estruendo de la batalla, dudo mucho que nadie pueda oírnos, pero aun así le hago caso y bajo la voz.

—Quiero ir al complejo —le explico.

—Buena idea. Voy contigo.

Niego con la cabeza: si he podido llegar hasta las letrinas sin que me detecten es porque están muy cerca del poblado y, además, los alienígenas estaban en pleno ataque. Pero el trayecto de aquí al lago es mucho más largo y despejado, y dos personas resultaríamos mucho más visibles.

Entonces Chris levanta su arma y veo que es un fusil de precisión. Miro mi treinta y ocho. Si las cosas se ponen feas, prefiero tener un fusil al lado.

Echamos a correr al mismo tiempo hacia el lago. Yo vuelvo la cabeza a cada poco para ver si nos sigue alguien, pero el poblado sigue en plena refriega y nadie parece advertir nuestra huida. Una columna de humo espeso se eleva desde los dos primeros edificios. Al verla se me cae el alma a los pies: los alienígenas han traspasado todas nuestras líneas de defensa. Se ve un grupo de gente que sube la colina, protegidos por una barrera de soldados que los cubren desde abajo. No tardarán mucho en caer prisioneros… o muertos.

—¿Vas bien? —me pregunta Chris cuando llegamos al lago, aún en voz baja.

Asiento sin decir nada: no hay tiempo de descansar.

Nunca había corrido tan deprisa. Avanzo sin método, sin medir mis fuerzas; simplemente, corro hasta llegar al asfalto del complejo.

De mi cuerpo caen gruesas gotas de sudor que dibujan círculos oscuros sobre el asfalto. Me agacho, apoyo las manos en las rodillas y trato de recuperar el aliento.

Chris me espera junto a la puerta de la unidad de comunicación.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta.

—En primer lugar, quiero averiguar qué ha descubierto Elder —digo sin pensármelo dos veces.

Si ha desentrañado el acertijo de Orion, tal vez pueda darme la información que necesito para detener a los alienígenas. Pero lo haya logrado o no, quiero volver a oír su voz.

—¿Y después?

—Después activaré la bomba si es necesario.

Trago saliva para suavizar mi garganta reseca. Preferiría no ser responsable de una masacre, aunque las víctimas sean una especie alienígena que nos quiere exterminar. Pero no puedo permitirles matar a mi padre y a mis compañeros si puedo evitarlo, y más cuando ya han matado a mi madre.

Poso el dedo en el escáner biométrico y Chris me sigue al interior de la sala, con el fusil aún en posición. Yo enfundo mi pistola y voy directa al panel de control.

El sudor me empapa la ropa y me pega el pelo a la frente. El ambiente está cargado y pegajoso. Me despego la camiseta del pecho y me abanico con la tela para tratar de refrescarme.

—No tengo ni idea de cómo funciona esto —digo, con la vista clavada en la consola.

Chris avanza hasta llegar a mi altura.

—No es tan complicado —dice—. Para programar la lanzadera solo tuve que entrar aquí. Si conecto esta frecuencia… —presiona un interruptor y un zumbido resuena en la sala. Luego pulsa otro botón, y el zumbido es sustituido por una serie de pitidos—. Ya está: creo que he contactado con la lanzadera. Si Elder está ahí, contestará a la llamada en unos segundos.

Observo el panel de mandos.

—¿Cómo se activará la bomba? —pregunto.

Chris vuelve la cara hacia mí; en sus ojos extrañamente brillantes hay una expresión que no llego a entender.

—No creo que sea seguro detonarla —dice—. Aún no sabemos nada de ella.

Cierro los puños. Acabo de recordar a mi padre gritando órdenes al principio del ataque; después de la primera explosión, no volví a oír su voz. ¿Estará tirado en el suelo de piedra amarillenta, agonizando mientras un alienígena lo observa con aire triunfal?

—¿Qué eran esos seres? —murmuro.

—A mí me parecieron humanoides —responde Chris—. Tal vez no sean tan distintos a nosotros.

—Mejor: cuanto más parecidos seamos, más fácil nos resultará matarlos.