Dos soles
62. Elder
Bartie eleva la mirada hacia los rasgos suavizados por el tiempo del primer Eldest.
—Qué, ¿voy a por un par de martillos y cinceles? —pregunta con sarcasmo.
—Huy, no. Creo que habrá que tomar medidas más drásticas —respondo, buscando con los ojos algo que hay más allá de la estatua.
Se me acaba de ocurrir un plan estupendo; tanto, que a duras penas logro esconder mi entusiasmo. Bartie sigue mi mirada hasta descubrir el tubo gravitatorio que asciende por la pared de la nave y se vuelve hacia mí, boquiabierto.
—¿Piensas tirarla desde el tubo para destrozarla?
—¿Se te ocurre algo mejor?
Él se echa a reír.
—¡Es una idea del frexo!
Los dos unimos fuerzas durante más de media hora para derribar la efigie y cargarla en un carro electromagnético. Tras afanarnos con palanquetas y cuñas, nos subimos al pedestal y empujamos con todas nuestras fuerzas hasta que la estatua se inclina y cae en el carro con un estruendo sordo. Bartie baja de un salto e inspecciona nuestra obra.
—¡Se ha roto un brazo! —exclama, recogiéndolo del suelo para saludarme con él—. Mira: Eldest está hueco.
Es verdad: donde estaba el brazo hay ahora un agujerito sin fondo visible. Intento meter los dedos en él, pero es demasiado pequeño. La capa de cemento es muy gruesa; sin herramientas adecuadas, es imposible romperla.
—Ay, por las estrellas… Vamos a tener que estamparla contra el suelo, al fin y al cabo —dice Bartie con pena fingida.
—Es una pena, pero no hay más remedio —contesto.
—¡Pero es que sería destruir una obra de arte!
Asiento con seriedad.
—En momentos como este, Bartie, debemos estar dispuestos a hacer grandes sacrificios.
Él sonríe de oreja a oreja, incapaz de seguir con la broma.
—¿A qué esperamos? —exclama.
Recorremos al trote el camino que lleva del hospital al archivo, empujando el carro como podemos. A medio camino se me ocurre pensar que, esta vez, cuando me vaya de la Fortuna sí que será para siempre, y eso me estropea un poco la diversión. No sabría calcular cuántas veces he paseado por este sendero acompañado de Harley y Kayleigh. Recuerdo las carreras que echaba por aquí con Bartie y Victria, el primer beso que le di a Amy junto al estanque, mientras la «lluvia» nos empapaba…
Voy a echar todo eso de menos. Cuando me marché de la Fortuna, creí que me había despedido de ella. Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que siempre conté con tenerla ahí arriba. Sabía que cuando mirara a las estrellas la vería, como un recordatorio del único hogar que conocí durante tantos años. Cuando le diga adiós esta vez, será definitivo.
Bartie y yo le damos un último empujón al carro para situarlo debajo del tubo. Tras fijarlo al suelo para que la succión no lo atrape, Bartie ordena al intercom que eleve unos metros a su «pasajero». El mecanismo se pone en marcha, y la estatua sube unos metros y se queda suspendida. Retiramos el carro de debajo.
—¿Quieres hacer los honores? —me pregunta Bartie, aún más sonriente que antes.
—Será un placer.
Presiono mi intercom y su familiar pitido resuena en mi oído. Es curioso: llevo días echándolo de menos, y ahora que lo oigo me resulta extraño.
—Activar tubo gravitatorio. Transporte de material inerte a nivel de navegación — digo.
La succión del tubo aumenta y la estatua se eleva con rapidez.
—Será mejor que retrocedamos —indica Bartie—. Cuando aterrice, los pedazos van a salir disparados.
Miro hacia arriba: la efigie se eleva más y más, rozando las paredes transparentes del tubo cada vez que este se curva para seguir los contornos de la nave.
Vuelvo a apretar mi intercom.
—Desconectar tubo de gravedad.
—Advertencia: hay un cuerpo en el tubo gravitacional —protesta el ordenador—. Para proseguir es necesaria orden de anulación de Eldest.
—Anulación confirmada —digo con una sonrisa de satisfacción—. Desconectar tubo de gravedad.
El rumor que produce el roce del aire se interrumpe de pronto, y Bartie y yo miramos hacia arriba. La efigie parece flotar durante un instante y luego se desploma siguiendo los recovecos del tubo; de vez en cuando se oye un ruido áspero cuando el cemento roza las paredes de plástico y las desgarra. Al llegar al último tramo, la estatua cae en vertical, y su velocidad aumenta hasta que solo distinguimos un borrón blanquecino.
¡BUM! La mole de cemento choca contra la plataforma y explota, literalmente. Una nube de polvo nos envuelve, y Bartie y yo nos agachamos detrás del carro para protegernos de los cascotes que caen por todas partes. Sin esperar a que el polvo se pose, me pongo en pie de un salto y me acerco a los escombros.
Entre los fragmentos de cemento y las astillas de plástico del tubo distingo una caja plateada. Meto la mano y la agarro.
—¿Qué es? —pregunta Bartie, jadeante por la emoción.
Abro el cerrojo y levanto la tapa, que se abre con un crujido.
Contiene una pantalla de vídeo de uso específico, como las que se usaban antes de inventar los flexibles. Tiene el tamaño de mis dos manos estiradas y unos tres centímetros de grosor. Bajo ella hay una tarjeta de memoria y un libro pequeño encuadernado en cuero marrón, con las páginas amarillentas por la edad. Lo hojeo y veo que contiene una especie de fórmula y lo que parecen anotaciones científicas.
—Hacía años que no veía una de estas —comenta Bartie agarrando la pantalla—. Creo que aún quedan algunas en el archivo.
Tiene razón: esta tecnología no se usa desde hace mucho, quizá desde la época del primer Eldest.
La tarjeta de memoria tiene pegado un papel con algo escrito en tinta negra:
Grabaciones recopiladas por el capitán Albert Davis, primer Eldest de la
Fortuna, en la época previa al establecimiento de su sistema de gobierno.
Se entrega una copia de esta tarjeta al siguiente Eldest para que este la
transmita a sus sucesores.
Orion debía de saber dos cosas cuando nos dejó la pista oculta en El principito: que la copia que tenía que haberse transmitido de un Eldest a otro había desaparecido, y que esta se guardaba aquí. Una información más que mi Eldest evitó transmitirme… Supongo que el Eldest primigenio guardó aquí esta copia pensando que, si la gente se rebelaba contra el sistema y destruía su estatua, podrían encontrar la verdad oculta bajo su corazón de cemento.
Pego la tarjeta a la pantalla y me la pongo en el regazo para que Bartie pueda verla.
La cara de un hombre aparece en primer plano: es muy parecido a mí, pero más ajado por la edad y las preocupaciones. Debe de ser mayor que Orion pero más joven que mi Eldest, y una cicatriz en la mejilla le dibuja una mueca perpetua de amargura. Su pelo, corto y ya escaso, está entreverado de canas. Ninguna de esas diferencias puede disimular lo mucho que nos asemejamos.
Es el Eldest primigenio, el que creó el sistema. El original del que Orion, mi Eldest y yo no somos más que copias. Tal vez los científicos nos «mejoraran» con el tiempo, modificando nuestros genes para hacernos más resistentes, fuertes y carismáticos, pero aún puedo verme en él.
—Me temo —dice con una voz más profunda que la mía— que este es el final.