Dos soles
24. Elder
El coronel Martin nos observa desde la azotea del edificio más cercano, empuñando el amplificador de voz. Mi gente se remueve inquieta. En la lanzadera había una línea invisible que separaba a los nacidos en la Tierra de los nacidos en la nave. Ahora, los científicos están de pie delante de los edificios y los militares se alinean frente al bosque, atrapando a mi gente en medio.
—Atención, miembros de la colonia —comienza el coronel, y mis labios se tuercen en una sonrisa amarga.
Sí, ha sido muy astuto al llamarnos «colonia» como si todos formáramos parte de lo mismo.
—Es mi deber informaros de un acontecimiento lamentable —continúa—. Ayer noche, encontramos a dos miembros de nuestro grupo que se habían extraviado: una era terrícola, y la otra era nativa de la Fortuna. Ambas estaban muertas.
Se levanta un coro de exclamaciones, y el coronel alza una mano para pedir silencio. Toda la gente de la nave estaba al corriente de que Lorin había desaparecido, pero eso no es lo mismo que enterarse de que ha muerto.
—Este terrible accidente nos recuerda que nuestro nuevo planeta está lleno de amenazas por descubrir. Algo tan simple como oler una flor puede haceros perder el conocimiento; alejaros del grupo puede conduciros a las fauces de una bestia salvaje y despiadada.
Miro a mi alrededor: todos observan al coronel con el rostro demudado por el terror. Me pregunto si es consciente de lo que acaba de hacer. No hay peor miedo que el miedo a lo desconocido, y gracias a sus palabras, mi gente está convencida de que el planeta entero está erizado de peligros incógnitos.
—Para minimizar los riesgos —prosigue—, el personal militar que tengo a mi cargo impondrá una serie de medidas: toque de queda, normas que regulen los movimientos de los colonos, etcétera.
Me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento. No sé si desconfío de sus palabras por los años que he pasado con Eldest, por mi experiencia con Bartie o por el hecho de que, en un rincón de mi mente, puedo oír lo que diría Orion si estuviera aquí. Sea como sea, no logro despejar el recelo que me revuelve el estómago.
—Hemos logrado abrir de nuevo la lanzadera; pero si algo nos ha enseñado nuestra evacuación forzosa, es que no resulta aconsejable confinar a toda la colonia en un espacio tan reducido. Así pues, de ahora en adelante solo usaremos la lanzadera como espacio para el almacenaje y la investigación científica. Todos nosotros, tanto los terrícolas como los nativos de la Fortuna, nos instalaremos en este poblado. Aunque tendremos que repartirnos el espacio, gozaremos de una privacidad mucho mayor que la que nos ofrecería la lanzadera.
En este punto estoy de acuerdo con él: la primera noche fue horrible para todos.
—Mañana, a primera hora, empezaremos a instalarnos. Recoged todo lo que creáis que vais a necesitar para la vida diaria y llevadlo al alojamiento que os sea asignado. Mi personal distribuirá alimentos a mediodía, y al mismo tiempo os comunicará vuestras nuevas tareas.
Entrecierro los ojos.
—Todos tendremos que poner algo de nuestra parte. Para sobrevivir necesitamos cubrir nuestras necesidades básicas, y eso requiere de un esfuerzo conjunto.
Creo firmemente que lo que dice es verdad.
Pero también creo que es el primer paso para que se cumpla la predicción de Orion.
Carne de cañón, me advirtió. O esclavos.
Cuando la gente empieza a desfilar hacia la lanzadera, guiados por una patrulla, yo me dirijo al poblado para hablar con el coronel. Lo encuentro saliendo del edificio en el que se aloja.
—Ah, Elder —me saluda—. Hubiera querido hablar contigo antes del discurso, pero no te encontré.
Asiento sin darle importancia: prefiero ir al grano.
—¿Cómo piensa dividir el trabajo? —le pregunto.
Él extiende una mano y Emma, que está a su espalda, le entrega un cuaderno.
—He hablado con Cat, vuestra médico… —empieza.
—Kit —le corrijo automáticamente.
—Eso, Kit. Me dijo que había recopilado en una lista las capacidades de cada uno de los nativos de la nave, y accedió amablemente a compartirla conmigo. Me gustaría que los granjeros comenzaran a trabajar de inmediato; creo que en esta zona es verano, pero tal vez estemos a tiempo de plantar alguna cosecha tardía.
—Me parece bien —digo, sorprendido por lo razonable de su enfoque.
—Las demás tareas que necesitamos abordar ahora mismo son de carácter manual — prosigue—. Hay que despejar un camino entre la lanzadera y el poblado. También debemos instalar letrinas urgentemente. Por último, antes de salir de la lanzadera vi que había una bomba de agua y tuberías, y me gustaría usarlas para traer agua al asentamiento.
Asiento con la cabeza.
—Puedo ayudar a distribuir las tareas entre mi gente —digo—. Sin embargo, antes quiero saber qué hará su gente, coronel.
—La principal tarea que encomendó el FREX a nuestra colonia era descubrir nuevas fuentes de materias primas, así que me gustaría que hubiera presentes algunos geólogos durante la excavación de las letrinas. Los demás científicos se ocuparán de trabajar en sus áreas respectivas, y el personal militar se distribuirá por la zona para proteger a todos los colonos.
—¿Protegerlos de qué? ¿De los pteros?
—Exacto.
El coronel se pone en jarras y me mira interrogante, como si quisiera oír mi opinión sobre las medidas que propone. Tengo la incómoda sensación de que está usando las palabras para envolverme, como una araña con su tela.
—¿Y no cree que tal vez haga falta protegernos de lo que construyó estos edificios?
—Te recuerdo que fuiste tú quien propuso que nos refugiáramos aquí —replica sin perder comba—. Y he de reconocer que fue buena idea. Por lo demás, nada nos lleva a pensar que las formas de vida que crearon estas estructuras sean hostiles hacia nosotros; de hecho, es muy posible que hayan desaparecido del planeta.
Lo miro y aguardo a que continúe, pero no parece tener nada más que decir.
—¿Ni siquiera le intriga saber cómo eran, o son? —pregunto, sin disimular el asombro que me produce su indiferencia—. Eran de tamaño humano, construyeron edificios que se adaptan perfectamente a nuestras necesidades y no queda ningún rastro de ellos. ¿Me va a decir que no le importa?
—Lo que me importa —repone con voz grave— es el futuro de esta colonia. El pasado de este planeta me parece secundario.
—De modo que quiere letrinas y muestras de suelo —gruño—. Y, corríjame si me equivoco, no cuenta con que nadie de su gente agarre una pala.
—Podemos proporcionaros herramientas adecuadas, pero no tenemos mano de obra suficiente para…
Lo interrumpo con un ademán. Tendrías que haberlo supuesto, resuena la voz de Orion en mis oídos.
—Entonces, solo trabajará mi gente. ¿Es eso?
—Nosotros solo somos cien… Noventa y siete, de hecho.
—Ya. Y los noventa y siete querrán mear en las letrinas, ¿no?
—Os ayudaremos. Asignaré algunos hombres para que colaboren en la instalación de las tuberías y, como dije antes, los geólogos trabajarán mano a mano con quienes caven las fosas para recoger muestras de suelo. Tenemos que unir nuestras fuerzas, Elder.
Lo observo. No detecto condescendencia en su tono; hay una preocupación auténtica en su voz, y su expresión sincera es la misma que he visto en la cara de Amy cada vez que me ha hecho una promesa. Está diciendo la verdad.
Suspiro. ¿Me mostraría tan desconfiado si las palabras de Orion no resonaran en mi cabeza, si no lo hubiera visto morir hace menos de una hora?
—De acuerdo —murmuro—. Lo entiendo: debemos cooperar.
Pero desearía que esas palabras no sonaran tan ominosas.
Amy me sale al encuentro mientras ayudo a distribuir el almuerzo, un paquete de comida deshidratada tan seca como insípida. Mi gente acepta agradecida los paquetes y se acomoda para comer en algún rincón de los edificios que ahora son su hogar.
La miro: lleva El principito en una mano.
—Tenemos que hablar con Kit —me dice en un susurro—. Trabajó con Doc, que era quien manejaba los intercomunicadores; tal vez sepa cómo amplificar la señal del tuyo para que puedas comunicarte con la nave. Si logramos hablar con Bartie u otra persona de las que se quedaron allí, tal vez averigüemos dónde escondió Orion la pista siguiente…
—No, Amy —la interrumpo con voz fatigada.
Acomodo la bolsa de comida sobre mi hombro y me dirijo hacia el siguiente edificio. Ella me pisa los talones.
—¿Por qué no? —replica—. Merece la pena intentarlo.
—Tal vez —contesto, sacando paquetes de la bolsa y distribuyéndolos entre la gente —. Pero tenemos cosas más urgentes que hacer. No puedo dejar que mi gente se muera de hambre.
—¡Elder! —exclama Amy, asombrada—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Tampoco puedes dejar que se los coman los pteros!
Estoy demasiado cansado para discutir. Sigo repartiendo paquetes sin decir nada, y ella se marcha enfurruñada con su libro.
Después del almuerzo, acompaño al primer grupo que va a trabajar en las letrinas: no quiero pedir a mi gente que haga nada que yo no estoy dispuesto a hacer. Agarro un pico y me paso las horas siguientes descargando en la tierra la frustración que he sentido al ver la expresión herida de Amy. Al principio, mi gente se queda paralizada por el terror cada vez que oyen un ruido desconocido o ven una sombra. Pero a medida que avanza la jornada, se dan cuenta de que la mayor parte de esos sustos son causados por el trajín de los geólogos, y se concentran en acabar cuanto antes la tarea a pesar del calor que hace.
Al cabo de un rato, me quito la camisa: el calor es agobiante, casi tanto como antes de que estallara la tormenta. Una gota de sudor resbala por mi nuca mientras clavo el pico por enésima vez en el suelo amarillento y arenoso.
Pero esta vez, la pieza de metal no se detiene: se hunde en la tierra y, de pronto, el terreno de alrededor se agrieta y se derrumba. Caigo rodeado de terrones, y a juzgar por los gritos, no soy el único al que se ha tragado el suelo. Por un momento me da la impresión de que la gravedad ha desaparecido como cuando aterrizamos, pero solo tardo un segundo en chocar contra una superficie dura y fría. Trato de recuperar el aliento, notando cómo el polvo se posa en mi piel pegajosa. Todo está en penumbra.
—¿Qué frexo es esto? —exclama Tiernan, que hace un segundo cavaba a mi lado.
Los dos miramos a nuestro alrededor y luego alzamos la mirada. Nuestro agujero ha atravesado el techo de un túnel: una galería de unas dimensiones que me ponen los pelos de punta.
—¡Elder! —grita otro alimentador asomándose tras un montón de tierra.
—¿Estáis todos bien? —pregunta un ingeniero terrícola desde arriba—. ¡Que alguien avise a los médicos!
Echo un vistazo alrededor y trato de evaluar los daños. Hay tres alimentadores heridos: uno tiene una raja en el hombro, otro cojea y el tercero tiene un raspón en la cara. Estamos todos cubiertos de barro. Al menos, el aire aquí es mucho más fresco. Calculo a ojo la altura del túnel: hemos caído unos siete metros, no más.
Los otros —somos diez en total— se congregan a mi alrededor. El blanco de sus ojos parece relucir en la oscuridad.
—Nos sacarán enseguida —les digo.
Alzo de nuevo la mirada y todos me imitan. La gente de arriba ya está asegurando una cuerda para rescatarnos.
Vuelvo a examinar el túnel.
—¿Qué frexo será esto? —murmuro.
Tiernan toca la pared y me mira con los ojos muy abiertos.
—Desde luego, no se ha hecho solo —dice.
Paso la mano por la superficie de tierra apisonada: es tan lisa como si la hubieran pulido. Sobre nuestras cabezas, la gente llama a gritos a los médicos y a los militares, tratando de organizarse. Pero aquí, en el silencio de abajo, el túnel se pierde en una oscuridad llena de misterios.
—¿Quién construyó esto? —musito.
Avanzo un paso. En cuanto me aparto del agujero, la negrura es tan intensa como si devorara la luz. El techo del túnel forma una bóveda, pero su suelo es plano. Dos hendiduras profundas y paralelas lo recorren. Calculo la anchura: unos tres metros. La criatura que ha hecho esto tiene que ser enorme. Por mi mente se precipita un remolino de imágenes de pesadilla: gusanos el doble de grandes que yo, topos gigantescos que podrían partirme con sus dientes afilados…
—¡Elder! —grita una voz profunda que parece cortar la oscuridad.
Levanto la mirada y veo al coronel Martin asomado al agujero.
—¿Hay algún herido? —pregunta.
—¡Tres!
—¡Bajamos!
Apenas he tenido tiempo de apartarme cuando una docena de sogas caen al túnel, y por ellas bajan otros tantos soldados vestidos de camuflaje. Se dirigen en primer lugar a los tres heridos, pero me doy cuenta de que están ansiosos por sacarnos a todos cuanto antes. Observo sus caras y, por primera vez, veo miedo en ellas. Todos miran nerviosos a su alrededor mientras amarran a mi gente e indican a los de arriba que los suban.
Sin hacer caso de sus indicaciones, me agacho y examino las hendiduras del suelo. Son perfectamente regulares, como si las hubiera causado un vehículo con ruedas. Toco la tierra del fondo y me sorprendo al encontrar un tacto suave y liso. Escarbo un poco con los dedos y saco… algo.
Es un objeto del tamaño de mi mano, fino y trasparente como el cristal. Lo levanto para examinarlo a la luz y su superficie emite un brillo dorado.
¿Una escama?, pienso. Desde luego, eso es lo que parece. Mis gusanos imaginarios se desdibujan y son reemplazados por una serpiente monstruosa con escamas cristalinas.
Alguien me arrebata la escama de la mano. Estoy a punto de protestar cuando el culpable me agarra del cuello de la camisa y me levanta de un tirón. Es Chris.
—¡No es prudente estar aquí abajo! —grita.
Me empuja hasta la abertura, me encaja una soga bajo los brazos y hace una señal a los de arriba para que me suban a pulso.
Al alcanzar la superficie pestañeo, cegado por la luz de los soles. Los médicos terrícolas me llevan con Kit, que me examina rápidamente para asegurarse de que no me ha pasado nada. Yo no dejo de mirar el agujero. Chris aparece al fin y se dirige de inmediato hacia el coronel. Los dos hablan unos segundos y, antes de que se separen, distingo un brillo que cambia de manos. Le ha dado la escama que he encontrado en el túnel.
—Me alegra comunicaros que no se han producido lesiones serias —grita el coronel, y la gente que se agolpa a nuestro alrededor aplaude y vitorea—. No obstante, vamos a suspender el trabajo por hoy para que el personal militar pueda examinar este… este curioso accidente geológico. Aunque no creemos que suponga ningún peligro, nos tomamos muy en serio la seguridad de la colonia, y queremos asegurarnos de que todo está en orden antes de continuar la excavación.
Mi gente se dispersa, encantada —trabajar con este calor es muy duro—, pero yo me quedo para vigilar de cerca al coronel. Ha hecho desaparecer la escama en uno de sus muchos bolsillos, y no hace ningún esfuerzo por disimular que el túnel está vetado a los civiles.
—¿Qué animal podría excavar un túnel tan grande? —pregunto.
Hasta ahora no hemos visto muchos animales —solo criaturas menudas que se escurrían entre el follaje antes de que pudiéramos examinarlas—, y no me parece posible que los pteros caven galerías subterráneas. Además, la escama no recordaba en nada a su piel rugosa.
De pronto me viene a la mente el extraño rastro que Amy y yo encontramos el día del aterrizaje. Aún nos quedan muchas cosas por descubrir.
El coronel observa cómo sus hombres descienden al agujero, sin molestarse en contestarme.
—Este túnel está muy cerca del poblado —insisto—. Tal vez debiéramos buscar otro lugar en el que refugiarnos.
Los labios del coronel se afinan.
—Esto es un asunto militar, Elder —dice finalmente—. Nosotros determinaremos si hay riesgo o no.
—¿Ya está? —replico—. ¿Eso es todo lo que piensa decirme?
Él me mira de soslayo, pero sus ojos no encuentran los míos.
—Necesito que te centres en tu gente, Elder —responde—. Yo me centraré en el planeta.
Esa no es una respuesta válida, y los dos lo sabemos.
Con la excavación cerrada, lo único que puedo hacer es ayudar al equipo que está instalando las conducciones de agua. Ya han colocado la bomba en el poblado; solo hace falta tender una línea de tuberías desde el lago para que tengamos agua corriente. Esto es mucho menos fatigoso, y su simple monotonía me resulta reconfortante. Mi cuerpo funciona solo, arrastrando trozos de tubería para conectarlos con los ya instalados, mientras mi mente da vueltas a los secretos de Tierra Centauri. La reticencia a hablar del coronel es uno de esos misterios.
Al cabo de un rato, se nos acaban las tuberías.
—Voy al lago para ayudar a los que han empezado por el otro extremo —le digo al ingeniero terrícola que dirige el proyecto, y él frunce el ceño.
—El coronel Martin dijo que nadie debía ir al lago.
—Pues está lleno de militares.
—Se refería a…
Se refería a mí y a mi gente. El lago nos está vetado, igual que el túnel.
—Si todos ayudamos, acabaremos antes de la cena —digo.
Un soldado se adelanta y bloquea el camino. Según su placa, se llama Collins.
—Nadie puede ir al lago —gruñe.
—¿Por qué?
—Es peligroso.
—Si es por eso, ¿por qué no vienes con nosotros?
—Es peligroso.
Levanto las manos con las palmas hacia delante, pidiéndole sin palabras que deje de repetirse.
—Vale, vale, eso lo he entendido. Pero tú llevas un arma bien grande, y cuando lleguemos a la orilla allí habrá otros seis o siete soldados. Estaremos tan protegidos como si no hubiéramos salido de la lanzadera.
Collins niega con la cabeza. Observo la línea severa de su boca, la fuerza con la que aferra el arma. No va a darse por vencido.
—Está prohibido —dice.
—¿Prohibido? —repito despacio, estrechando los ojos.
—Sí —responde.
Ahora parece nervioso. Mejor.
—¿Sabes quién soy? —le pregunto en voz baja.
—Sí, señor. Y si tiene algo que objetar, le sugiero que hable con el coronel Martin.
—Lo haré —replico, y luego me vuelvo hacia mi gente—. ¡Podéis recoger! ¡Nos vamos! —grito.
Ellos se miran, contentos, y emprenden el camino de vuelta al poblado.
Contemplo cómo caminan, parado en el borde del prado que se ha convertido en una frontera para nosotros. Solo puedo pensar en una cosa.
¿Qué intenta escondernos el coronel?