Dos soles

Beth Revis · Capítulo 60 de 74

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Dos soles

60. Elder

Me despierto y veo que cuatro tanques de oxígeno me apuntan a la cara. Los chorros de aire me remueven el pelo.

—Treinta y siete —dice Bartie, que me mira desde arriba.

Parpadeo.

—Frexo, Elder, tienes los ojos completamente rojos.

—Se le han roto algunos vasos sanguíneos del globo ocular —explica una voz conocida que no acabo de situar—. Eso le ha producido una hemorragia subconjuntival.

Todo mi cuerpo se tensa y mis hombros chillan una protesta. Suelto un gemido y trato de relajarme.

Doc se inclina sobre mí, con el ceño arrugado por la preocupación. Saca un mediparche y me lo pega al brazo. Lo miro de reojo y veo que ya tengo varios parches más en la misma zona.

—¿Qué ha pasado? —pregunto con voz rasposa.

—Conté hasta treinta, como dijiste, pero no dabas señales de vida —responde Bartie.

—¿Y entonces…?

—Entonces seguí contando, con la oreja pegada a la escotilla. Al llegar a treinta y siete, oí algo que la golpeaba por fuera.

—¿Y la abriste?

—¡Estaba frexado de miedo, no creas! Pero pensé que siempre podía volver a cerrarla en caso de necesidad y…

Cierro los ojos: la luz me hace daño.

Los tanques de oxígeno sueltan una última ráfaga sibilante y se quedan en silencio. Inspiro hondo imaginando que ese último soplo de oxígeno me llena los pulmones, el cuerpo entero.

—Los efectos de tu pequeña aventura desaparecerán en unos días —dice Doc—. No has entrado en parada cardiorrespiratoria y, aunque la descompresión te ha afectado, tu estado es sorprendentemente bueno para haber cometido la estupidez de saltar al espacio a pelo.

Abro un poco los párpados, pero no miro a Doc sino a Bartie.

—No me lo puedo creer. Ha funcionado…

Él me observa con una sonrisa de oreja a oreja. De pronto veo en él a mi viejo amigo, el que conocí cuando solo tenía trece años y ninguno de los dos sospechaba que existía un mundo más allá de la nave.

—Ha funcionado… —repito.

Me incorporo con esfuerzo hasta sentarme. Los hombros me palpitan de dolor, cualquier roce me hace daño, las articulaciones me matan. Me arriesgo a abrir los ojos del todo y veo que estoy en el fondo de la depresión que era antes el estanque. La escotilla está abierta de par en par. Me levanto, ayudado por Bartie, y me asomo con cautela a la abertura negra. El tubo de la lanzadera está firmemente anclado a la pared exterior de la nave.

—Increíble —suspiro volviéndome hacia Bartie.

Él hace una mueca.

—No veas el miedo que dan tus ojos —dice, y luego vuelve a sonreír, tan emocionado como yo—. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso, Elder? ¡Estás loco!

Salimos a paso lento del estanque. Miro a mi alrededor: la nave es al mismo tiempo mucho más grande y mucho más pequeña de lo que recordaba. Todo está igual pero parece distinto, de algún modo. Es como si entrara en mi cuarto y lo encontrara todo donde lo coloqué antes de salir y, aun así, supiera que alguien ha estado fisgando entre mis cosas.

—Vamos al hospital —propone Doc—. Allí tengo un colirio que te vendrá bien.

—Tengo mucha sed… —digo.

Doy otro paso y trastabillo. Bartie me agarra del codo para evitar que me caiga; querría decirle que me deje, que puedo caminar yo solo, pero no estoy seguro de que sea verdad.

Al llegar al hospital, Doc me pone una vía para inyectarme suero salino a pesar de mis protestas, y añade varios medicamentos al líquido. Luego me ofrece un espejo pequeño para que pueda verme la cara. Estoy lleno de magulladuras, y aquí y allá se ve un arbolillo de capilares reventados. El blanco de mis ojos no es blanco sino rojo, como si los tuviera rellenos de sangre; no me extraña que Bartie esté tan obsesionado con ellos. Doc me pide que eche la cabeza atrás y me echa dos gotas de un líquido espeso en cada ojo; pica mucho al caer, pero él me asegura que eso es bueno.

—Ya no te necesitamos —le espeta Bartie a Doc cuando acaba de atenderme.

Él abre la boca como si quisiera protestar, pero se calla al ver la dureza en la expresión de Bartie. Claro, lo había olvidado: Bartie es responsable de juzgarle y castigarle por los crímenes que cometió justo antes de que nos marcháramos de la nave.

Con ademán resignado, Doc se quita el estetoscopio y lo deja bien colocado sobre una mesa. Ordena los botes de medicinas que hay en la mesilla, comprueba mi gotero, se despide de mí con un movimiento de cabeza y sale de la habitación. En cuanto pone el pie en el pasillo, aparecen tras él dos alimentadores —los conozco: trabajaban como carniceros antes de la revolución de Bartie— y lo escoltan hacia… hacia donde lo tengan encerrado, supongo.

Me pregunto si esa será ahora la vida de Doc, si se pasará los días encerrado hasta que se le presente alguna oportunidad de ejercer su profesión. ¿Tendrá algún aprendiz? ¿Y qué pasará cuando el aprendiz domine el oficio y convierta a Doc en prescindible?

Pensar en eso me recuerda a Kit y la forma en que murió.

Me trago mis preguntas acerca de Doc y su castigo: eso carece de importancia, comparado con lo que me ha traído hasta aquí.

Bartie arrastra una silla y se sienta a mi lado.

—¿Cómo pudiste enterarte? —pregunta.

—¿De qué?

—De que el motor está fallando y no podemos sobrevivir en la Fortuna.

Lo dice en un tono tan directo y honesto que me doy cuenta de que ya lo ha aceptado.

—Ya sabía yo que no podrías arreglártelas sin mí —digo con una sonrisa pícara.

Bartie suelta una risita que se apaga rápidamente: esto no es un tema del que podamos hablar a la ligera.

—Fue por culpa de Doc —explica—. Cuando voló el puente… En fin, el motor quedó dañado por la explosión. Y si no llegas a venir…

La voz de Bartie se apaga y en su rostro aparece una expresión de derrota que conozco demasiado bien.

—La lanzadera en la que he venido es grande. Caben quinientas personas en las cajas del pasaje, y el resto puede meterse en la bodega. No quedará mucho sitio para llevar otras cosas, y el poco que haya tendremos que destinarlo a almacenar comida: allí abajo nos hemos quedado sin provisiones por una explosión —vacilo un momento—. Bartie, hay algo que tengo que decirte. ¿Recuerdas los monstruos de los que hablaba Orion? Son reales y muy muy peligrosos. Antes de llegar aquí, liberé entre las estrellas a casi quinientos muertos de los nuestros.

—Si tengo que elegir entre morir aquí o morir allí —repone sin mirarme—, creo que prefiero bajar y ver ese mundo primero.

—No siempre has pensado así —replico en tono ácido.

Bartie no se inmuta.

—Eso era antes de saber que la nave duraría tan poco.

Le resumo todo lo que sé, desde las últimas palabras de Orion hasta los ataques de los alienígenas, notando cómo el suero y las medicinas me devuelven las fuerzas. Le cuento cómo explotó la lanzadera, cómo murieron tantos de los nuestros envenenados con fidus… Al cabo de un rato estoy lo bastante fuerte para levantarme, y seguimos hablando mientras salimos al jardín del hospital. Me extraña ver tan poca gente por los alrededores, pero Bartie me explica que casi todos prefieren quedarse en la zona de la ciudad. La escotilla de lo que fue el estanque les trae demasiados recuerdos oscuros: nadie quiere recordar la opción que eligió, los amigos que dejó atrás.

Nos detenemos ante la estatua del primer Eldest y la miramos en silencio durante un rato.

—Así que todo empieza y termina aquí —murmura Bartie.

Recuerdo muy bien la forma en que yo imaginaba al Eldest primigenio: como un modelo en el que debía inspirarme, un ideal que nunca podría alcanzar del todo. Más tarde descubrí que estábamos hechos de lo mismo, pero que nuestro ADN no nos convertía automáticamente en los líderes que necesitaba nuestra nave.

Nada de eso importa ya: su estatua está hecha de simple cemento, no de ADN clonado ni de promesas rotas. Sus facciones se han desgastado con los años, y en sus mejillas hay surcos que parecen lágrimas.

—Él lo sabía —le digo a Bartie—. El primer Eldest sabía lo que hay en el planeta. Estoy seguro de que es el rey al que se refiere la última pista, y al rompecabezas de Orion solo le falta la pieza de los alienígenas: cómo son, qué quieren, cómo defendernos de ellos…

Él me lanza una mirada de extrañeza.

—¿Todo eso ponía en un dibujo pintarrajeado que encontraste en un libro para niños?

Me encojo de hombros.

—No sabes cómo jugó Orion con nosotros. Para él, todo esto no era más que un juego.

—Y este… En fin, eso que Orion ha escondido, ¿va revelarnos cómo derrotar a los alienígenas? —pregunta Bartie en tono escéptico, aunque no sé si sus dudas se refieren a la pista en sí o a la existencia de los alienígenas.

Suspiro y levanto la mirada otra vez hacia la cara de la estatua. No sé qué contestarle: puede que la última pista de Orion nos diga lo que necesitamos saber, y también puede que no lo haga. Me gustaría podérselo preguntar al propio Orion, pero ya es tarde para eso.

—En fin, veo que allá abajo no tenéis muchas posibilidades de sobrevivir —dice Bartie inclinándose hacia mí—. ¿Pero sabes qué? Creo que aquí arriba aún hay menos —señala la estatua del primer Eldest—. ¿Qué dirías que hay dentro?

—Ni idea. Una grabación, un libro… Aunque no descarto encontrar una nueva pista que nos lleve a otra «madriguera de conejo», como dice Amy.

Le miro con una sonrisa que en realidad está destinada a Amy, aunque no pueda verme.

—Sea como sea —remacho—, vamos a verlo.