Dos soles

Beth Revis · Capítulo 28 de 74

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Dos soles

28. Elder

Espero hasta que oscurece.

—¿Elder? —susurra Amy.

Me apoyo en la parte exterior del alféizar y me ajusto los tirantes de la mochila. Pesa: está llena de cosas que llevo todo el día recopilando a escondidas.

Amy se ha fabricado una especie de madriguera dentro del edificio, usando varias tiendas de campaña para crear paredes improvisadas. Me pregunto de dónde habrán salido las tiendas; supongo que serán parte de esos materiales que tan celosamente se guardan los terrícolas.

—¿Has dicho algo, Amy? —pregunta una voz femenina al otro lado de la pantalla de tela.

Ella me mira con los ojos muy abiertos.

—¡No, mamá! —responde mientras sale con sigilo del saco de dormir—. Elder, ¿qué haces aquí? —bisbisea—. ¡Ya sabes que hay toque de queda!

Sí, lo sé: la patrulla que recorre la colonia por orden del coronel ha estado a punto de pillarme.

Amy deja en la repisa el libro que estaba leyendo. El principito, cómo no.

—Quiero acercarme a la sonda —contesto en voz baja—. Tu padre nos esconde algo, y tengo intención de descubrir qué es.

Amy me agarra de la muñeca.

—Elder, no —dice, olvidando la cautela por un momento.

—Tengo que hacerlo.

—Es muy peligroso —susurra.

En sus ojos hay una expresión angustiada. Me vienen a la mente los rumores que han circulado todo el día por la colonia: la gente dice que ha aparecido otro muerto en el bosque, un terrícola.

—Tengo que hacerlo, Amy —repito—. Tu padre no confía en mí, y estoy seguro de que no me cuenta toda la verdad.

—Mi padre…

—¿Te ha enseñado la escama de cristal que encontré? —pregunto sin darle tiempo a terminar la frase, y ella frunce el ceño.

—¿Una escama?

Le cuento cómo fue la caída en el túnel y le describo mi hallazgo. Su expresión de asombro lo dice todo: su padre no le ha contado nada a nadie.

—No podemos seguir a ciegas —remacho—. Tengo que averiguar qué está pasando, Amy.

Ella se muerde el labio y luego asiente.

—Vale. Voy contigo.

—Ya era hora de que lo dijeras —respondo con una sonrisa.

Recoge del suelo un cinturón del que cuelga una funda con un arma, se lo ajusta a la cintura y se pone una blusa sobre la camiseta. Luego se acerca a la ventana, se aúpa con las manos en el alféizar, saca las piernas y salta al suelo sin hacer ruido.

—¿Tienes algún plan? —susurra mientras nos alejamos del poblado.

—Sí: seguir las conducciones de agua hasta llegar al lago y luego torcer en dirección al bosque. Ahí es donde está la sonda… u otra cosa que el coronel quiere ocultarnos.

Amy frunce el ceño.

—Elder, puede que haya una razón lógica para prohibir el acceso a esa zona. Al fin y al cabo, ni mi padre es Eldest ni esto es la Fortuna.

Sigo andando sin responder. Rodeamos las letrinas y seguimos la tubería que lleva al lago. Cuando ya estamos bastante lejos de la colonia, Amy me toca el brazo.

—Hoy vi morir a un hombre —dice, y freno en seco—. Me hubiera gustado que estuvieras a mi lado —añade.

Alguien que no la conociera podría pensar que es un bicho raro, pero yo entiendo lo que quiere decir. Nos hemos pasado los últimos tres meses juntos, encerrados tras los muros de la nave. Ahora, los dos dudamos si estábamos juntos porque queríamos… o porque no teníamos más remedio.

—Lo siento —murmuro, y no me refiero solo a lo de hoy.

—¿Y si mi padre prohíbe acercarse a la sonda porque es peligroso? —pregunta Amy sin mirarme. Sus dedos rozan la culata de su arma, y me doy cuenta de que la pistola la reconforta más que yo.

No volvemos a hablar hasta llegar al lago, y aun entonces lo hacemos en voz baja.

—Aquí no hay ningún sitio en el que refugiarse: estamos expuestos a cualquier peligro —dice Amy—. ¿Aún te extraña que mi padre quiera mantenernos alejados?

Saca la pistola de la funda y camina con ella agarrada. Tiene razón: en esta llanura despejada, un ptero podría atacarnos con facilidad.

—Amy, el motivo no es ese.

Ella lanza una mirada al cielo.

—Elder, esos pteros… No sabes lo horribles que son.

Hay pánico en sus ojos, un brillo febril que nunca había visto en ellos. Pero a pesar de la tensión de su cuerpo, su mano sostiene el arma con pulso firme.

—Vamos, Elder. Quiero acabar cuanto antes —dice Amy, observando el horizonte con los ojos entrecerrados.

Yo también me esfuerzo por otear el paisaje en penumbra. Algo más allá, una silueta rectilínea se recorta contra el cielo, casi oculta por una peña. Si no estuviéramos en este punto, pegados a la bomba de agua, no la veríamos.

Miro a Amy: su cara, aún más pálida que de costumbre, parece brillar en la oscuridad.

Avanzamos despacio, con cuidado de no desviarnos demasiado. Es difícil, sobre todo cuando nos acercamos al bosque y los árboles empiezan a interponerse en nuestra línea de visión. La linde describe una curva hacia fuera y luego vuelve a retroceder. Intento hacer un mapa mental de los alrededores: la lanzadera a la izquierda, el lago a la derecha, el poblado que ahora es nuestro hogar a mi espalda. Y algo —algo desconocido— delante.

—Fíjate en lo llano que es el terreno ahí —comenta Amy sin alzar la voz, aunque a estas horas no puede haber nadie cerca.

Estamos rodeados de espigas altas, que ondean con la brisa igual que un tejido. Pero en el lugar que señala Amy no hay espigas, no hay árboles, no hay nada. Solo hay algo oscuro e inconfundiblemente artificial que resalta entre las líneas sinuosas de la naturaleza. Tiene un perfil quebrado, con varios rectángulos —¿edificios?— colocados en hilera.

—Vamos —me urge Amy.

Atravesamos corriendo el campo abierto, y no puedo dejar de pensar en lo vulnerables que somos —que es Amy— en esta zona llana. Mi cuerpo se tensa, anticipando la aparición de un ptero entre las estrellas demasiado brillantes.

Nos detenemos de golpe justo antes de que acabe la zona herbosa.

—¿Qué es esto? —susurro, tan bajito que apenas oigo mi propia voz.

Amy da un paso al frente y pisa la superficie oscura. Su pie produce un ruido seco, muy diferente al del suelo arenoso. Está pisando asfalto. La sigo, contemplando con asombro los edificios que interrumpen la línea del horizonte.

—Es una especie de complejo militar —susurra Amy—. Parece como si lo hubieran construido en el lugar donde debería estar la sonda.

—¡Pero la sonda tiene que estar aquí! —protesto: esta es la dirección que tomó el coronel Martin el primer día, siguiendo las indicaciones de la brújula que recogió en la lanzadera.

Tropiezo con algo que sobresale del suelo y los dos nos agachamos para examinarlo. Es un rectángulo enorme de metal bruñido, rodeado de asfalto. Tiene que haber algo debajo, algún almacén o túnel al que podríamos acceder si supiéramos cómo abrir el panel.

—Mira las líneas que hay pintadas —me dice Amy al oído.

Sí: en esta zona, el suelo está cubierto de rayas de un blanco resplandeciente, algunas paralelas y otras entrecruzadas. Algo más lejos, se adivinan más paneles metálicos. Amy toma aire bruscamente y me aprieta el brazo.

—Es un aeródromo, Elder —dice—. Y debajo tiene que haber aviones o algo así.

Tiene sentido: las naves deben de estar guardadas bajo los paneles de metal, en hangares subterráneos. Cuando los dueños del complejo quieran usarlas, solo tienen que elevarlas hasta la superficie y usar la explanada como pista de despegue.

—¿Quién ha construido esto? —dice Amy con voz áspera.

No sé qué contestarle; este lugar no recuerda en nada al poblado. Los edificios en los que nos refugiamos son poco más que ruinas polvorientas, deshabitadas desde hace muchos años. Aquí, sin embargo, flota un olor inconfundible a aceite de motor y goma quemada: se diría que alguien ha usado la pista de aterrizaje hace poco.

Le indico a Amy que me siga hasta uno de los edificios más pequeños, un rectángulo de una planta con las paredes forradas de vidrio y metal. Ella vacila antes de seguirme. Quien construyera todo esto posee una tecnología mucho más avanzada de lo que dan a entender las ruinas de piedra que hemos visto hasta ahora.

—Mira —susurro acercándome a una ventana y señalando el interior del edificio—. Un sistema de comunicación.

En la pared opuesta hay un panel de control no muy diferente al de la lanzadera. No es que supiera manejar aquel a la perfección, pero al final conseguí dominarlo. Y creo que también podría dominar este.

—La puerta está cerrada —dice Amy, sacudiendo en vano el picaporte.

Señalo con la cabeza un rectángulo que hay junto al marco, a la altura de mis ojos. Se parece a los escáneres biométricos de la Fortuna, pero es algo más pequeño, como si hubiera que apretar el dedo contra él en vez de deslizarlo.

—Por intentarlo… —suspira Amy, y posa el pulgar en el rectángulo.

Al cabo de un segundo, una palabra se ilumina sobre su dedo: HUMANO. La puerta se abre con un chasquido.

—¿Un escáner que solo deja pasar a los humanos? —me asombro mientras entro en la sala.

Amy me lanza una mirada de preocupación. Si el edificio se abre solo para los humanos, es que está diseñado para dejar fuera a otros seres.

A otros seres que no son humanos.