Dos soles
77. Amy
El FREX intenta contactar con nosotros una vez más desde Tierra Solar. Zane acude al poblado en una de sus camionetas para recogerme.
—No sé cómo lo han conseguido; deben de tener un satélite más pequeño aún en órbita, o tal vez hayan encontrado la forma de amplificar la señal desde su lado. Todas las redes de comunicación de la ciudad se pusieron en marcha al mismo tiempo. No hay duda: están tratando de conectar con nosotros.
Nos dirigimos al complejo. La lanzadera en la que ha venido la gente de la Fortuna, ya vacía, sigue en la pista de aterrizaje, tapando casi la unidad de comunicación. He hecho tantos esfuerzos por olvidar la última vez que estuve aquí que me sorprende ver la cristalera reventada y el agujero en la pared de la sala. Zane y yo entramos por el agujero: ahora ninguno de los dos podría pasar el escáner biométrico.
En el panel de control parpadea una luz roja. No corresponde a los principales canales de comunicación —al fin y al cabo, las antenas más potentes estaban en la estación espacial—, pero cuando Zane pulsa un interruptor bajo el que pone «Ansible», oímos una voz.
—… de comunicar con algún superviviente de la nave Fortuna… Repetimos: esta es la sede central del FREX, tratando de comunicar con algún superviviente de la nave Fortuna… Repetimos: esta es la sede…
Enciendo el micrófono.
—Aquí Tierra Centauri —digo—. Soy Amy Martin, la hija del coronel Martin.
La grabación se interrumpe.
—Aquí el FREX —responde una voz masculina—. ¿Diga?
—¿Qué quieren de nosotros? —pregunto, incapaz de disimular mi enfado.
—Está usted hablando con el comisionado Li, representante del Fondo de Recursos Externos y de todas las naciones que lo componen.
Mis ojos se desvían inconscientemente hacia el águila de cuatro alas que hay grabada en la placa conmemorativa.
—¿Qué quieren de nosotros? —repito.
—Que nos informen acerca del estado de su misión. Las comunicaciones han sido interrumpidas recientemente. No logramos activar ninguna de las funciones que operaban por medio de la estación espacial…
—La estación espacial ya no existe.
—¿Se han rebelado los híbridos ilegales? ¿Qué ha ocurrido? ¿Son más numerosos de lo que calculábamos?
—La misión de la nave Fortuna y los híbridos ilegales nos hemos aliado. Disponemos de un antídoto para la… para la vacuna que permitía al FREX controlar a los demás híbridos —digo, elevando la voz para acallar las protestas del comisionado Li—. Estamos consiguiendo devolver a los híbridos su conciencia individual. Hasta ahora, ninguno de ellos ha elegido seguir siendo esclavo del FREX.
—¡Confirme que es usted la comandante en funciones de la misión Fortuna! —grita el comisionado, fuera de sí.
Debe de creer que los híbridos ilegales se han inmiscuido en el sistema de comunicaciones y que está hablando con uno de ellos.
—Créalo: soy la comandante en funciones de la misión —respondo—. Y aunque no puedo darle ningún código, puedo asegurarle esto: nos hemos unido a los híbridos, tanto los ilegales como los legales, y ninguno de nosotros está ya bajo el control del FREX.
—Nuestra flota ya va de camino a Tierra Centauri —sisea el comisionado, furioso—. ¡Si esta es su última palabra, los consideraremos insurrectos y los trataremos como tales!
—Somos conscientes de ello —contesto—. Y también sabemos que, en ausencia de la estación espacial, sus naves tardarán más de una década en llegar aquí. Y mientras que su flota solo dispondrá de las armas que haya podido transportar, nosotros nos pasaremos toda esa década fabricando explosivos y misiles solares. Luego, los situaremos apuntando al cielo y haremos volar sus naves en cuanto lleguen a nuestro planeta.
—¡El planeta no es suyo, sino nuestro! ¡Nuestro! ¡No pueden cortar así el suministro de cristal solar!
—¿Cómo que es suyo? —sisea Zane, fulminando el altavoz con la mirada.
El comisionado Li no sabe la suerte que tiene de encontrarse a años luz de nosotros.
—Bueno, pues vengan a buscarlo —replico—. Pero, no sé por qué, me da que nuestros misiles van a ser más grandes que los suyos. Le voy a contar un secreto: si un grupo de gente se pasa esclavizada un par de siglos, como les ha ocurrido a los híbridos, al final tienden a enfadarse. ¿Y sabe una cosa? Nosotros también estamos enfadados. Así que, si le parece que tenemos que enfrentarnos, adelante. No tendremos ningún problema en plantarles cara.
Escucho un par de segundos: solo se oye el zumbido de la electricidad estática. Giro el dial y corto la última comunicación que vamos a mantener con Tierra Solar en mucho tiempo.
Zane me mira con una sonrisa triunfal.
—¡Bien hecho! —exclama.
Yo le devuelvo una sonrisa desganada: tengo la impresión de que acabo de provocar una guerra interplanetaria. Dentro de diez años, cuando las naves de la Tierra lleguen aquí —si es que llegan—, tal vez a Zane no le guste tanto mi vena rebelde, reforzada ahora por mis particularidades híbridas.
Y sin embargo, lo que he dicho era verdad: si las cosas se ponen serias, les plantaremos cara. No me voy a rendir.
No pienso renunciar a mi planeta nunca más.