Dos soles
23. Amy
«Quiénes». No pone «Qué son los monstruos», sino «Quiénes son».
Elder suspira y cierra el libro de golpe.
—¿Qué te pasa? —le pregunto.
—Que esto no nos lleva a ninguna parte —responde, mirando el libro con el ceño fruncido—. No es más que otra adivinanza del frexo. Y aunque consiguiéramos averiguar a qué pista remite, no podríamos acceder a ella.
—No estés tan seguro —replico, aunque en el fondo sé que tiene razón.
Elder toca con gesto ausente su intercom, ahora inútil.
—Amy, esto no sirve para nada. La respuesta a este acertijo está en órbita alrededor del planeta, en algún rincón de la Fortuna.
—Sí que sirve —me empeño, a pesar de que todo apunta a lo contrario.
Él ni siquiera me responde. Cuando alzo la mirada, veo que me observa con expresión seria.
—Dime, Elder —mascullo mientras jugueteo con un mechón de pelo, nerviosa ante la intensidad de su mirada.
—Yo no quería irme —responde, sin apartar sus ojos de los míos.
—¿Cómo?
—Cuando perdiste el conocimiento… Yo no quería irme de tu lado. Traté de quedarme contigo, pero tus padres…
—Ay, Elder —suspiro, sintiéndome estúpida por habérselo reprochado antes.
No necesito tenerlo junto a mí las veinticuatro horas del día para saber que quiere estar conmigo. Supongo que mi reacción de esta mañana se debe a que, aunque no fuera consciente de ello, yo también quiero —necesito— estar a su lado.
—Hablando de tus padres, deberíamos volver —dice con voz átona—. Tu padre querrá saber que la lanzadera está abierta.
Asiento con la cabeza, me meto El principito debajo del brazo y echo a andar detrás de él. Aunque hayamos encontrado lo que vinimos a buscar —una pista que pueda conducirnos hasta las respuestas que necesitamos—, me invade una sensación de derrota.
Al llegar a la rampa, Elder se detiene junto al cadáver de Orion y lo observa. Doy un respingo: entre la sombra que desdibuja los rasgos de Orion y los mechones que casi tapan la cara de Elder, se diría que el uno es el reflejo del otro. Aprieto el libro contra mi pecho y respiro hondo para despejar la impresión.
—¡Amy! —exclama de pronto una voz masculina.
Elder retrocede y se coloca delante de mí, como si quisiera defenderme de algún enemigo. Es absurdo: si fuera un enemigo, no sabría cómo me llamo.
Chris aparece entre los árboles que bordean el claro.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta, en un tono que mezcla la sorpresa con la suspicacia.
—Yo estoy en mi lanzadera, como puedes observar —responde Elder con voz firme —. Y tú, ¿qué haces aquí?
—El coronel Martin me ordenó que comprobara si seguía cerrada. ¿Qué es eso? — pregunta Chris señalando el cadáver de Orion.
Elder le cuenta lo que ha pasado… más o menos. Le dice que Orion era un nativo de la nave que fue congelado por sus delitos, pero omite toda mención a las pistas.
—Deberíais volver al poblado —dice Chris cuando Elder termina la explicación—. El coronel Martin ha convocado una reunión general de todos los colonos. Me ha enviado para ver si podía llevarle un amplificador de voz, pero empezará a hablar en cuanto yo vuelva.
Sube la rampa a grandes zancadas y entra al puente, evitando rozar a Orion o la camilla en la que reposa. Se acerca a un panel que hay en la pared, lo desliza y extrae un aparato que le pasa a Elder, quien me lo entrega a mí. Yo lo aprieto con ambas manos contra mi pecho, sobre el ejemplar de El principito. Chris se queda mirando el libro unos segundos, pero no se molesta en hacer preguntas.
—¿Qué hacemos con…? —dice Elder señalando el cuerpo de Orion, incapaz de acabar la frase.
—Yo me ocupo —responde Chris—. Ya… ya he ayudado con las otras dos.
Juliana Robertson y Lorin.
Muchos muertos.
Demasiados.
Y ni siquiera sabemos qué les ocurrió.
—¿Habéis averiguado qué las mató? —pregunta Elder, que claramente está pensando lo mismo que yo.
—Fue un ptero —responde Chris.
Al ver nuestras caras de asombro, se explica.
—Así han bautizado a los monstruos volantes. Supongo que es una abreviatura de pterodáctilo o pterosaurio. Se parecen tanto a aquellos bichos…
No puedo evitar figurarme cómo serían los últimos momentos de las dos mujeres: garras, dientes afilados como los de una sierra… Hago una mueca y me esfuerzo por pensar en otra cosa.
—Venga, marchaos —insiste Chris—. El coronel aún no se ha dado cuenta de que faltas, Amy, pero no creo que tarde mucho.
Hago un gesto de asentimiento: mi padre se pondrá furioso si descubre que he vuelto a la lanzadera, especialmente después de lo de las flores moradas. Agarro a Elder de la mano y tiro de él suavemente en dirección al poblado. Chris se queda de pie en el puente.
—¿Qué crees que hará con él? —dice Elder, tropezando con una raíz que no ha visto porque no deja de mirar atrás.
—¿Con quién?
—Con Orion.
—Enterrarlo, supongo. Eso hicieron con los que murieron durante el aterrizaje.
Elder frunce el ceño. Se detiene y hace ademán de volver sobre sus pasos, pero enseguida recapacita y retoma el camino del poblado.
—No me gusta —susurra.
—¿Qué… qué ritos funerarios practicabais vosotros? —pregunto, sin saber bien cómo plantear la cuestión.
Sé que en la sociedad de la nave no había ninguna religión, pero nunca he tenido muy claro qué se hacía con la gente que moría. El cuerpo de Harley se perdió en el espacio, y nunca llegué a ver qué ocurría con los demás. Cuando conocí a Steela, una mujer a la que mataron simplemente porque era mayor, Doc me insinuó que los cadáveres se reciclaban, pero creo que casi nadie —ni siquiera Elder— sabía que aquello se hacía. Creo que esa fue la vez que más cerca estuve de la verdad.
—Los enviábamos a las estrellas —responde Elder—. No hacíamos nada parecido a los rituales religiosos sobre los que leí en el archivo; no rezábamos ni nada por el estilo. Pero, aunque no creyéramos en dioses, todos podíamos apreciar lo bello que era flotar libremente durante toda la eternidad, salir de los confines de la nave y vagar por el universo.
Traga saliva y me doy cuenta de que tiene los ojos enrojecidos.
—Ahora que no podemos soltarlos entre las estrellas, ¿qué vamos a hacer con nuestros muertos? —se pregunta—. Enterrarlos es justo lo contrario de lo que hacíamos…
—Mi madre me habló una vez de un físico muy famoso que decía que todos estamos hechos de la materia de las estrellas —respondo, haciendo memoria para recordar la cita textual—. Según él, las partículas que nos componen son las mismas que componen el universo. Así que tal vez no importe si se entierra a la gente o se la manda al espacio; puede que las dos cosas conduzcan a las estrellas, al fin y al cabo.
—Sea como sea, estarán muertos —masculla Elder con amargura.
—Todos moriremos algún día.
Tal vez lo único que haga soportable esa idea sea la consciencia de que solo al morir podremos retornar a las estrellas.
Cuando llegamos al final del bosque, vemos que la gente ya se está congregando en el prado que hay entre los árboles y el poblado. Se oye un murmullo constante, demasiado confuso para identificar ninguna palabra. Pero no me hace falta entenderlos para saber qué es lo que sienten: miedo.
Empiezo a rodear la muchedumbre para ir hacia los edificios, pero Elder me agarra de la mano y la aprieta. Lo miro y comprendo lo que me quiere decir: él va a quedarse aquí. Su gente lo necesita. Asiento sin decir nada y prosigo, esquivando corrillos que hablan con expresión grave.
—¡Amy, al fin! —exclama mi madre con alivio—. ¿Dónde te habías metido? ¿Estabas con ese tal Elder? ¡No sabes lo preocupada que me tenías! La próxima vez que quieras hacer algo así, avisa al menos a Chris o a otro soldado para que te acompañen.
—Solo he ido a… —empiezo a decir, mientras me devano los sesos en busca de alguna mentira convincente.
No hace falta: mi madre no me escucha. Ni siquiera ha advertido el castigado ejemplar de El principito ni el amplificador de voz que llevo en las manos.
—Chris me ha dado esto para que se lo traiga a papá —digo al fin, mostrándole a mi madre el amplificador mientras oculto el libro detrás de mi espalda.
Mi madre asiente y me hace entrar en el primer edificio.
Freno en seco.
Hay dos cuerpos tendidos sobre el suelo polvoriento. Uno tiene la cara más o menos cubierta, pero identifico la mata de pelo rizado que asoma bajo la chaqueta de Juliana Robertson. El resto del cuerpo apenas parece humano: está desgarrado y sanguinolento, como si una fiera se hubiera cebado en él. No cabe duda: la ha matado un ptero.
Lorin, a su lado, parece dormida.
No lo está.
—¿Y el doctor Gupta? —pregunto, y mi madre suelta un suspiro.
—Aún no lo sabemos, pero… la verdad es que no tenemos muchas esperanzas. Cuando encontramos a la pobre sargento Robertson, tuvimos que recoger las partes de su cuerpo que había esparcidas por la zona. Al principio pensamos que… que algunos de los miembros pertenecían al doctor Gupta. Pero no es así.
La miro a los ojos, esperanzada, pero su expresión me lo dice todo.
—Es posible que no quede nada de él. Me refiero a que tal vez el monstruo se lo haya… Ay, Amy…
—¿Creéis que se lo ha comido? —jadeo.
Mi madre me mira sin decir nada.
—¡Amy! Te estaba buscando —exclama mi padre mientras baja del primer piso—. ¿Has visto a Chris? Todo el mundo está esperando que empiece a hablarles.
¿Esa es su prioridad en este momento? No me lo puedo creer. Rodeo los dos cuerpos para acercarme a él.
—Toma —digo ofreciéndole el amplificador, y trago saliva para contener una náusea —. Por cierto, Elder ha conseguido abrir la lanzadera.
—¿De verdad? —contesta mi padre con expresión satisfecha—. Ah, muy bien. Ya era hora de que empezaran a funcionar las cosas.
Se da la vuelta y regresa al piso de arriba. Me giro para hablar con mi madre, pero ya no está a mi lado; supongo que habrá salido para escuchar el discurso.
Estoy sola con los dos cadáveres: uno destrozado, el otro intacto. El único ojo que le queda a Juliana Robertson parece seguirme mientras salgo corriendo de la sala.