Dos soles

Beth Revis · Capítulo 52 de 74

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Dos soles

52. Elder

Sé lo que tengo que hacer.

¿Pero soy capaz de hacerlo?

 

Espero a que oscurezca por completo. La colonia ha pasado la tarde oscilando entre la tensión y la pena, el miedo y la histeria. Los militares parecen nerviosos, y sus patrullas son más numerosas de lo habitual.

Pero cuento con un aliado: Chris.

Aunque no sea mi persona favorita, estuvo de mi lado cuando discutí con el coronel, y sé que, como yo, hará todo lo que esté en su mano para proteger a Amy.

Hemos quedado en hablar cuando caiga la noche. Nos encontramos una hora después del ocaso y echamos a andar por el poblado.

—¿Tienes algún plan? —me pregunta en voz baja.

—Ni tú ni yo queremos que el coronel haga tonterías con la bomba que el FREX instaló en la estación espacial, ¿verdad?

Él asiente.

—No me fío del FREX —susurra.

—Bien. Yo tampoco.

Nos escabullimos por las calles, y al llegar a la primera línea de casas me acerco con sigilo a la ventana de Amy. Chris me mira con el ceño fruncido, como si dudara de que ella vaya a hacernos caso. Tiene razón: con lo hundida que estaba hace un rato, sería extraño que accediera a ayudarnos. Pero no concibo hacer esto sin ella.

—Amy —susurro; creo que el coronel está fuera con las patrullas, pero prefiero no correr riesgos.

Está sentada en el centro de la sala, con la cara apoyada en las rodillas. Tiene los ojos llorosos y el rostro demacrado. Pero al oír mi voz, lanza un suspiro tembloroso, se incorpora y se acerca a la ventana.

En sus ojos brilla una chispa de curiosidad al distinguir a Chris, que espera inquieto a mi espalda.

—¿Qué ocurre, Elder?

—Tengo un plan. ¿Me ayudas a llevarlo a cabo? —digo, procurando que mi tono no sea suplicante.

En realidad, Amy tiene razones de sobra para negarse: su madre acaba de morir, y a todos nos asusta pensar en lo próximo que pueden tenernos reservado los alienígenas. Pero, para mi sorpresa, apoya las manos en el alféizar sin decir nada y salta a mi lado.

—¿Estás bien? —susurro.

—No —me responde ella al oído, y la sinceridad de su respuesta me hace ver que, aunque esté lastimada, no está rota—. Pero quiero hacer algo. No soporto la idea de quedarme sola ahora mismo.

—Y ese algo que quieres hacer… no será lo mismo que quiere hacer tu padre con la bomba de la estación espacial, ¿verdad?

Ella me fulmina con la mirada y, por un momento, vuelvo a ver a la Amy de siempre.

—Pues claro que no. Mi padre y yo somos muy diferentes, Elder.

—Vámonos de aquí —nos urge Chris en voz baja.

El que me ayude en este momento no contraviene exactamente las órdenes del coronel, pero si lo sorprendieran aquí se vería obligado a responder a algunas preguntas incómodas.

Los tres nos encaminamos hacia el complejo, sin molestarnos en disimular nuestro avance mientras cruzamos el prado. Nos cruzamos con un par de centinelas, pero ninguno de los dos se atreve a pararnos. Nuestro grupo está compuesto por el líder de los nativos de la nave, la hija del coronel y un soldado. ¿Por qué iban a desconfiar de nosotros?

Cuando las siluetas del complejo y la lanzadera se recortan frente al cielo estrellado, examino rápidamente el terreno para asegurarme de que no hay guardias. Al volver le echo un vistazo a Amy, que observa con ojos vidriosos y expresión ausente las filas de cajas donde se ha quedado su madre. Le rozo el dorso de la mano y sus ojos húmedos se fijan en mí.

—Tranquilo, estoy bien —miente.

Hemos logrado salir de la colonia sin levantar sospechas; pero si el coronel o alguno de sus subordinados nos encuentran aquí, en compañía de casi quinientos muertos, no nos bastaría con parecer seguros de nosotros mismos.

—Y ahora, ¿qué? —susurra Chris.

Sin decir nada, saco el cubo de cristal que me dio Amy y lo uso para alumbrar el camino hacia la sala de comunicaciones, tapándolo de forma que solo emite un vago resplandor. Lo aferro con tanta fuerza que me duelen los dedos, procurando no pensar en lo que sucedería si se me cayera en esta superficie de asfalto.

Al llegar junto a la puerta, Chris se queda atrás y mira alrededor con aire nervioso, como si temiera descubrir al coronel o —peor— a algún alienígena. Amy apoya el pulgar en el escáner, que muestra una palabra luminosa —«Humano»— y emite un zumbido. Solo cuando cerramos la puerta a nuestra espalda, me siento lo suficientemente seguro como para hablar en tono normal.

—Bien: estos son los datos conocidos —empiezo a decir, mientras bajo las persianas para que no se vea la luz desde fuera—. Sabemos que los alienígenas son astutos y que su tecnología y su armamento son mejores que los nuestros.

Amy levanta un poco una persiana para echar un vistazo a la lanzadera, y luego me mira y asiente. Chris está callado, atento a mis palabras.

—Sin embargo —prosigo—, no sabemos cómo son. Nunca hemos visto ninguno. Desconocemos sus puntos débiles. Y aunque el FREX asegura disponer de una bomba que puede acabar con ellos, no tenemos ni idea de cómo funciona.

—Lo cual la hace extremadamente peligrosa —remacha Chris.

—Exacto. Si es capaz de acabar con toda una especie, ¿quién nos asegura que vamos a salir indemnes? ¿Y si destruye el planeta? No es prudente usar algo tan poderoso sin entenderlo siquiera.

—¿Y qué podemos hacer nosotros? —pregunta Amy.

—No, nosotros no: yo. Voy a regresar a la Fortuna.

Amy abre mucho los ojos y me mira boquiabierta.

—¿Y eso en qué va a ayudarnos? —pregunta Chris, desconcertado.

—Tengo razones para pensar que la nave contiene muchas de las respuestas que necesitamos. En primer lugar, la droga que usaron los alienígenas para matar…

—Para matar a mi madre —completa Amy con voz átona.

—Sí, a tu madre y a todos los demás. Pues bien, quiero averiguar por qué esa droga también existía en nuestra nave. Además, la última pista de Orion indica que la Fortuna guarda información que podría ser vital para nosotros —hago una pausa y me vuelvo hacia Chris; no me gusta tener que confesarle esto, pero no me queda más remedio—. Y aún hay otro motivo: parte de mi gente se negó a aterrizar y se quedó allí.

Me vienen a la mente las imágenes del interior de la Fortuna que vimos Amy y yo. Espero llegar a tiempo, antes de que Bartie reparta esos parches negros.

—Podría traerlos al planeta y, de paso, hacerme con provisiones —añado—. Necesitamos su ayuda, y aquí la comida ya está empezando a escasear. Todas nuestras reservas estaban en la lanzadera que explotó.

—¿Y cómo piensas ir? ¿En la lanzadera del complejo? —pregunta Amy—. ¿Y los…? —traga saliva; cuando vuelve a hablar, hay un temblor extraño en su voz—. ¿Y la gente que contiene?

—He pensado… —me fuerzo a mirarla a los ojos, a reconocer el dolor que hay en ellos. No soy capaz de revertir lo que ha ocurrido, pero al menos puedo tratar de darle algo de paz de espíritu—. He pensado liberarlos entre las estrellas.

Ella se muerde el labio y agacha la cabeza. Al cabo de unos segundos, asiente.

—No entiendo cómo piensas ir hasta allí —interviene Chris.

—Esta lanzadera es automática, ¿no? No tendré que pilotarla.

—Sí, claro, pero está diseñada para cubrir el trayecto entre este complejo y la estación espacial. No puede usarse para ir a otros lugares.

—Quiero intentar reprogramarla. Hace unos días, Amy y yo descubrimos que en la nave se graban imágenes que pueden verse desde aquí en directo. Si pudiéramos utilizar esa señal para guiar la lanzadera de forma que se dirija a la Fortuna y no a la estación…

—… sería posible llegar hasta ella, recuperar la información que necesitas y volver aquí con tu gente —completa Chris en tono excitado—. ¡Podría funcionar!

—Y mi padre dejaría en suspenso la bomba hasta que volvieras y nos contaras lo que has averiguado —añade Amy con determinación—. No le permitiremos activarla hasta que hayas vuelto.

—Voy a tratar de reprogramar la lanzadera —dice Chris, y se acerca a la consola con paso decidido. Enciende la pantalla y se pone a teclear rápidamente.

—Parece que se te dan bien estas cosas —comenta Amy, y él la mira sin despegar los dedos de la pantalla.

—Bueno, no son tan difíciles —responde.

Al cabo de cinco minutos, retrocede y nos mira.

—Hecho. Creo que no tendrás problemas para llegar a la Fortuna, Elder.

Inspiro profundamente.

—Bien, vamos allá.

—¿Ya? ¿Estás seguro? —pregunta Amy, nerviosa de pronto.

Chris nos observa; a pesar de que estamos avanzando en nuestros planes, parece derrotado.

—Voy a prepararlo todo —murmura, y nos deja solos en la estancia.

Amy me agarra las manos y aprieta fuerte.

—Vuelve conmigo, ¿me oyes? —dice con fiereza—. Pase lo que pase, cueste lo que cueste, te quiero aquí, a mi lado.

—Volveré.

—Tómatelo en serio, Elder —insiste—. He perdido casi todo lo que amaba. No pienso perderte a ti también.

—Amy, yo siempre volveré a tu lado.

Nuestros labios se encuentran. Estoy a punto de perderme en su beso cuando noto un regusto salado. Aparto la cabeza y veo que está llorando; le enjugo una lágrima con la yema del pulgar, y ella esboza una sonrisa tímida y se pasa la manga por la cara.

Enderezo los hombros y salgo de la sala en dirección a la lanzadera. Amy va unos pasos detrás de mí, suspirando de vez en cuando para contener las lágrimas.

Chris nos espera en la pista, con el mando de la lanzadera entre las manos. Aprieta un botón y el vientre metálico de la nave se cierra con un chasquido que reverbera en la explanada. Luego, se vuelve hacia mí y me indica que le siga a la parte frontal, donde una escalerilla metálica sube hasta el puente de mando.

—Como decías antes, Elder, todo parece automatizado —dice en tono tranquilo, como si no dudara de mi capacidad para ponerme en órbita alrededor de Tierra Centauri. Su expresión tensa, sin embargo, contrasta con la confianza que respiran sus palabras—. De todos modos, en el puente hay un panel de mandos manuales que puedes activar en caso de necesidad. Los he examinado y no parecen muy complejos.

Asiento, tratando de aparentar una seguridad en mí mismo que estoy lejos de sentir. La lanzadera en la que aterrizamos también era automática, y eso no impidió que murieran tres personas.

—Mientras registraba la lanzadera —prosigue Chris, conduciéndome al otro lado—, encontré esto bajo el puente. Es una cápsula de emergencia. Proporciona una vía de escape para una sola persona, en caso de avería grave de la lanzadera. Como el resto de la nave, está programada para ir a la estación o venir al complejo. Si algo saliera mal, no tienes más que montar en ella y volver.

Recorro la cápsula con la mirada. Es diminuta; comparada con la mole metálica a la que está pegada, parece un avioncito de papel. No acabo de creerme que pueda separarse de la lanzadera sin quedar dañada, y mucho menos que sea capaz de transportar a alguien por el espacio.

Chris se aleja y me doy cuenta de que Amy le ha pedido con la mirada que lo haga.

—Hazme una promesa —dice mientras rodea mi meñique con el suyo—. Prométeme que volverás.

Mis ojos se hunden en los suyos.

—Volveré.