Dos soles

Beth Revis · Capítulo 8 de 74

Páginas del PDF

Dos soles

08. Elder

Lo primero que veo es el escepticismo que refleja la cara del hombre.

—Papá —le dice Amy—, quiero presentarte al líder de la Fortuna. Este es Elder.

Él me mira de arriba abajo, y tardo un momento en darme cuenta de que está examinando mis heridas. Me recoloco la túnica limpia, procurando no estremecerme cuando la tela roza los desgarrones que ha hecho la bestia en mi piel.

—Elder —continúa Amy—, este es mi padre, el coronel Robert Martin. Es… tras la muerte de los otros dos militares congelados, es el militar de mayor rango.

La voz se le rompe en la última frase; supongo que hasta ahora no se había dado cuenta de la responsabilidad que recae sobre su padre.

La cabeza me da vueltas. Avanzo un paso, tratando de recordar cómo se saludaban formalmente los militares de Tierra Solar. ¿Debería hacer una reverencia? No creo; parece demasiado arcaico. Aunque este hombre también parece arcaico, la verdad.

Antes de que pueda decidirme, el hombre se vuelve hacia Amy.

—No tengo tiempo para bobadas —dice—. ¿Dónde está el verdadero capitán?

Amy se yergue y lo fulmina con la mirada.

—El líder es Elder —le espeta con voz gélida.

El coronel Robert Martin me lanza una mirada desdeñosa.

—No es más que un crío.

—Señor —digo en un tono que rezuma desdén—, yo soy el líder de la Fortuna. Y si quiere abrir cualquiera de las puertas cerradas con llave que hay en la lanzadera, incluida la del arsenal en el que se proponía entrar hace un momento, tendrá que mostrarme un poco más de respeto.

Una de las cejas del coronel se eleva hasta casi tocar el pelo.

—Necesito acceder al ordenador de a bordo —se limita a decir.

Pues claro que lo necesita, frexo.

Le resumo la situación: la cristalera se abrió formando una rampa, un reptil volador estuvo a punto de arrancarme la cabeza de un mordisco, el ordenador está en el puente de mando, ahora abierto al exterior, y no hay manera de defenderse de esos bichos.

—Comprendo —asiente el coronel Martin cuando acabo, como si mi descripción del monstruo le aburriera—. No se preocupe: iremos armados. Lo esencial ahora es acceder al ordenador.

Me aparto del umbral y dejo que el coronel y la mujer que le acompaña entren para examinar las armas. Amy me mira con expresión interrogante.

—No te preocupes. Déjame a mí —susurro, intentando transmitirle con la mirada que necesito manejarme yo solo con su padre. Si el coronel Martin quiere tratar con un líder, prefiero que nadie le recuerde que soy más joven que su hija.

Amy no parece muy conforme, pero asiente y regresa a la sala de criopreservación. Cuando el coronel y la mujer terminan de aprovisionarse de armas, los guío por el corredor hasta llegar a la puerta del puente.

El padre de Amy la abre sin dudar y sale. Su mano derecha reposa en la culata del arma que lleva a la cintura, en un gesto casi despreocupado. La oficial que lo acompaña, una mujer esbelta con la piel más oscura que he visto jamás, lo sigue sin dirigirme la mirada siquiera. Cierro la puerta a mi espalda, intentando olvidar lo vulnerables que somos ahora a los peligros que pueden acecharnos desde el cielo.

Me doy cuenta enseguida de que al coronel Martin y a la mujer no les impresiona el mundo que se extiende ante sus ojos. Antes, cuando la cristalera de hexágonos se separó del puente, me quedé tan extasiado por la súbita sensación de libertad que estuve a punto de echar a correr para disfrutar de cada uno de mis hallazgos. Ellos, sin embargo, mantienen una actitud ambigua, en el mejor de los casos. Una ráfaga de brisa cálida nos roza. Me dan ganas de cerrar los ojos y disfrutar del perfume a tierra y a plantas que transporta, pero ellos ni siquiera parecen darse cuenta.

—No es muy diferente de la Tierra, ¿verdad? —dice la mujer con voz grave. Tiene un acento tan marcado que, si no estuviera acostumbrado a la forma de hablar de Amy, jamás la habría entendido.

El coronel Martin contesta con un gruñido.

—Efectivamente. Si no fuera por esta mierda de El Señor de las Moscas que se traen entre manos…

La mujer murmura algo que no entiendo y luego avanza hacia el final del puente. Despliega un trípode, monta encima un fusil y lo apunta hacia el cielo. Tiene otras dos armas largas y unas cuantas granadas al alcance de la mano. Al menos me hicieron caso cuando les dije que el bicho volador era peligroso.

—De modo que eres el líder de los nativos de la nave —me dice el coronel.

—De modo que usted es el padre de Amy.

—Soy el coronel Martin. Y dado que el general Robertson y el general de brigada Kennedy están fuera de servicio, soy el oficial de mayor rango de la misión. Esta es la teniente coronel Emma Bledsoe.

Me lleva unos segundos digerir la información. Así que Orion no se limitaba a matar militares: seleccionaba a sus víctimas según su posición jerárquica, empezando por las más importantes. La teniente coronel Bledsoe resulta muy diferente a como la vi bajo el hielo, pero el más sorprendente es el coronel Martin: jamás hubiera esperado que fuera tan distinto de su hija. No veo nada de Amy en sus ojos críticos y su postura tiesa.

—Yo soy Elder —digo sin más.

—¿Elder qué?

—Elder a secas. Es mi nombre y también mi cargo. Es la forma en que los tripulantes llamamos al líder de la nave.

El coronel suspira, sin dejar de mirarme. Por el rabillo del ojo veo la expresión de la teniente coronel Bledsoe; es mucho más joven que el coronel Martin, y no se le da tan bien esconder sus emociones. En sus ojos negros hay inquietud, y las arrugas que enmarcan su boca indican que está muy preocupada.

—Entonces, ¿eres tú quien está al mando de las personas de dentro? —pregunta el coronel.

—Sí.

No le digo que llevo menos de tres meses en el cargo, que mi mandato terminó con el aterrizaje de la lanzadera ni que mi gente estaba tan dividida que un tercio se quedó en la Fortuna. No quiero hablar ahora de esas cosas; lo que quiero es que acaben de una vez lo que han venido a hacer para que podamos marcharnos. Aunque trato de reprimirme, mis ojos se dirigen al cielo cada pocos segundos, y mis oídos se preparan para oír un chillido ensordecedor en cualquier momento. Pero no quiero que el coronel perciba mi miedo, así que hago un esfuerzo por centrarme en sus palabras.

—No puedo imaginar qué cadena de acontecimientos pudo llevar a que alguien tan joven como tú asumiera el mando —repone—. Tampoco sé por qué mi hija fue reanimada con tanto adelanto para acabar metida en este embrollo. Sin embargo, a juzgar por la torpeza del aterrizaje y por los muertos y heridos que he visto entre los vuestros, me atrevo a aventurar que las cosas no han ido muy bien últimamente.

—Basta —digo, y mi voz suena como un gruñido.

Las facciones del coronel Martin adoptan una máscara de compasión.

—Solo quería decir que… En fin, está claro que las cosas se pusieron difíciles. Y eso afectaría a todo el mundo, claro, pero especialmente a ti, al obligarte a asumir el mando a una edad tan temprana.

Le sostengo la mirada, teniendo cuidado de no traslucir mis emociones. Hay verdad en sus palabras, pero lo que dice es solo una parte de la historia. Sí, las cosas han sido duras. Sin embargo, yo asumí mis responsabilidades con plena conciencia de que sería difícil, y eso no encaja en la descripción que ha hecho de mí.

Aunque hubiera podido hacerlo, yo no habría renunciado.

—La situación que se nos presenta es simple —continúa diciendo el coronel—. Debemos nombrar un solo líder que coordine tanto a los nativos de la nave como a los terrícolas. Me atrevo a sugerir que renuncies al mando en mi favor para que podamos empezar esta misión con buen pie.

Este hombre no se parece a Eldest ni habla como él. Sin embargo, su cerebro funciona de la misma manera, pienso de inmediato.

El coronel Martin se acomoda en uno de los asientos del panel de control —el mismo que ocupó Amy durante el aterrizaje—, lo hace girar y da unos golpecitos en el asiento contiguo.

—Siéntate, hijo —dice amablemente.

Y yo lo hago. Estoy empezando a entender por qué Amy echaba tanto de menos a su padre: cuando el coronel Martin habla, su voz transmite tal seguridad que casi puedo creer que mis problemas desaparecerán a una orden suya.

Casi.

—Las cosas son muy distintas de lo que yo esperaba —dice, recalcando todas las sílabas—. Nunca supuse que yo estaría al mando.

Ni yo.

—No me siento preparado.

Ni yo.

—Pero todo ha cambiado.

Lo sé.

El coronel se reclina en su asiento y observa el cielo.

—A lo largo de la historia, las colonias siempre han tenido dificultades para sobrevivir. Cuando se colonizó América, los nuevos pobladores estaban separados por un océano y meses de viaje de cualquier ayuda que su patria pudiera ofrecerles. A nosotros nos separa una distancia mucho más vasta.

Sigo la dirección de su mirada, pero yo no estoy pensando en lo lejos que se encuentra Tierra Solar. Yo pienso en la Fortuna, mucho más cercana pero igual de inalcanzable.

—Muchos de los primeros colonos murieron, hijo. Por aquel entonces, la gente llamaba a América «el Nuevo Mundo». Pero no era cierto, ¿no crees? Los verdaderos pobladores del nuevo mundo somos nosotros.

—¿Por qué me cuenta esto? —pregunto; no me importa parecer maleducado.

—Hijo, necesito que pienses en lo que tenemos por delante. Me doy cuenta de que ocurrieron muchas cosas mientras los terrícolas como yo estábamos congelados, y sé que tuviste que enfrentarte a ellas. No debió de ser fácil.

 

«No, no, no, no, no», dijo Shelby, y yo la dejé morir.

—Y aunque tal vez no me creas —añade—, entiendo perfectamente la presión a la que estás sometido. Tu gente, los nativos de la nave… En fin, se nota que esperan que resuelvas todos sus problemas. Pero tú no puedes hacerlo, ¿verdad?

 

 

Por mi culpa, los cadáveres de tres de los míos yacen al otro extremo del pasillo. Por mi culpa, Bartie y otras ochocientas personas siguen dando vueltas alrededor de Tierra Centauri, para vivir y morir en lo que queda de la Fortuna.

—Hijo —dice el coronel Martin, y no puedo evitar que me guste cómo suena esa palabra en su boca—. Creo que sabes cuál es tu deber, ¿verdad?

 

«Nos convertirán en mano de obra o en soldados», dijo Orion. «Seremos esclavos o carne de cañón».

 

—No voy a entregarle a mi gente así, por las buenas —contesto mientras me pongo en pie y echo a andar hacia la puerta del pasillo. A medio camino, una ráfaga de viento me despeina y me da fuerzas.

—No te he pedido que lo hagas, hijo.

—Deje de llamarme así.

Yo no soy hijo de nadie.

—Elder, entonces —dice el coronel con cierta reticencia, como si pronunciar mi nombre le dejara un regusto amargo—. Elder, esto es más importante que tú y que yo. No podemos dejar que nuestros egos se inmiscuyan en nuestro deber.

—Yo no me estoy dejando guiar por mi ego, y espero que usted tampoco lo haga. Y puede que sea joven, pero en esta lanzadera hay mil cuatrocientas cincuenta y seis personas que me respaldan.

El coronel se incorpora tan bruscamente que su asiento da varias vueltas.

—Lo sé —dice sin rastro de la amabilidad de antes—. Pero pensé que podría razonar contigo…

—Y puede hacerlo —le corto—. Tiene usted razón: las cosas no han sido fáciles, y soy perfectamente consciente de que mi posición es incómoda.

¿Cómo podría no ser consciente de ello después de la rebelión de Bartie, de la reticencia de todos los que prefirieron quedarse en la nave antes que seguirme, de la muerte de tres personas que confiaban en mí?

—No quiero enfrentarme a usted —añado—, pero no creo que haya por qué elegir a un solo líder. Estoy dispuesto a dejar que nos coordine, pero no voy a pedir a mi gente que obedezca sus órdenes a ciegas.

—Entonces, ¿estás dispuesto a seguirme? ¿Respetarás mis órdenes?

—Si me parecen razonables, sí. Estoy dispuesto a apoyarle.

No sé si se ha dado cuenta de cómo he cambiado la frase —de «seguirme» a «apoyarle»—, porque no comenta nada al respeto.

—La primera orden es simple: tenemos que establecer contacto con Tierra Solar.

—Llevamos varias generaciones incomunicados.

—¿Qué?

—Hace siglos que no hablamos con Tierra Solar.

A su espalda, la teniente coronel Bledsoe abre mucho los ojos mientras masculla la palabra «siglos». El coronel, sin embargo, me mira con expresión inescrutable.

—En cualquier caso, tal vez consigamos algo si introducimos el código militar que pide el ordenador —indico, acercándome al panel de mandos.

El metal se ha calentado bajo los rayos de los dos soles. La pantalla titila, a la espera de que alguien teclee la información solicitada.

El coronel Martin se acerca a grandes zancadas, extiende la mano y de pronto parece dudar. No quiere introducir la clave delante de mí. Le miro de arriba abajo, con las cejas enarcadas en un gesto de sarcasmo, y él se vuelve hacia el ordenador y teclea rápidamente una secuencia.

La pantalla cobra vida. Me acerco para verla mejor y el padre de Amy se hace a un lado de mala gana para dejarme sitio. Durante varios minutos solo se ve un planeta que da vueltas y una barra intermitente con las palabras PROCESANDO… SEÑAL RECIBIDA… PROCESANDO. Luego, la imagen parpadea y el planeta se abre dejando escapar un satélite. RECEPCIÓN EN MARCHA, dice ahora la barra.

El coronel se vuelve hacia mí con una sonrisa triunfal, pero yo solo tengo ojos para la pantalla. ¿Tan fácil era? ¿Solo hacía falta una clave de diez dígitos para que pudiéramos contactar con Tierra Solar, a pesar de los años luz que nos separan?

Una voz resuena en el puente, y sus palabras aparecen escritas en la pantalla a medida que las pronuncia. Por un momento olvido respirar. No hemos podido comunicarnos con Tierra Solar en generaciones. Y sin embargo… sin embargo, hay una voz que atraviesa el universo en este momento solo para hablar con nosotros.

Y lo único que teníamos que hacer para escucharla era teclear un maldito código militar.

¡Enhorabuena, tripulantes de la Fortuna! Habéis llegado sin contratiempos a

vuestro destino final: el planeta que orbita alrededor de los soles del sistema

binario Centauri.

La voz, grave y casi carente de acento, habla con lentitud, pero aun así agradezco la transcripción que se desliza por la pantalla.

Sabemos que vuestro viaje ha sido largo. No obstante, nos alegra anunciaros

que las sondas enviadas antes del aterrizaje mostraron un mundo no solo

habitable, sino rico en recursos naturales. Por ello, desde la Tierra hemos

tratado de hallar formas viables de apoyar el desarrollo de la colonia que

estáis a punto de fundar.

¿Quieren apoyar a la colonia? ¿Es que la nave les daba igual? Cuando la comunicación se cortó hace siglos, ¿por qué los responsables de Tierra Solar no trabajaron para restablecerla? Sé que debería estar maravillado por esta vía de comunicación que se acaba de abrir, pero la verdad es que solo siento rabia. Podrían haberlos ayudado a aterrizar; podrían habernos ayudado antes de que aterrizáramos, frexo. ¿Por qué nos abandonaron? ¿Por qué nos dejaron tirados en el espacio, dando vueltas hasta que pudimos llegar al planeta por nuestra cuenta?

En los años transcurridos desde el despegue del arca espacial Fortuna, en la

Tierra se han dado enormes avances en el campo de los viajes siderales.

Alrededor de Tierra Centauri ya orbita una estación espacial que nos permitirá

establecer una buena comunicación entre ambos planetas. Para utilizarla,

vuestra primera misión será localizar alguna de las sondas enviadas por la

nave, ya que están equipadas con tecnología avanzada que facilitará el

proceso de comunicación.

El coronel Martin mira la pantalla, completamente absorto. Yo preferiría que la voz se callara un momento para poder hacerle alguna pregunta.

En el momento del aterrizaje, la lanzadera envió una señal directa al Fondo de

Recursos Externos. En este instante, el personal del FREX está preparando

una nave que llevará materiales y provisiones a vuestra colonia incipiente.

Dados los avances tecnológicos, la nave llegará a su destino en breve.

Me quedo boquiabierto. ¿En breve? ¿Cómo que en breve? ¡A la Fortuna le llevó tres siglos llegar a este planeta!

Miro de reojo al coronel Martin. Sus manos están suspendidas sobre los mandos de la consola. Parece dudar entre interrumpir a la voz para pedirle aclaraciones o dejar que acabe su discurso.

La voz se hace grave al pronunciar las palabras que siguen:

Por otra parte, debemos informaros de los peligros que acechan en vuestro

nuevo planeta. Para empezar, queremos recordaros que tanto la lanzadera de

emergencia como la propia Fortuna están equipadas con mecanismos de cierre

hermético. En caso de necesidad, no dudéis en encerraros en su interior hasta

que la ayuda prometida os alcance.

Un zumbido de estática interrumpe el mensaje. El coronel examina los mandos, pero está claro que no sabe qué hacer con ellos.

Es de vital importancia que establezcáis comunicación con nosotros cuanto

antes, usando para ello una de las sondas. Solo por este medio podremos

ofreceros información ajustada acerca de la amenaza que…

Se oye un chasquido fuerte, seguido de una especie de crepitar, y la voz se corta. El ordenador emite un silbido estridente mientras la pantalla se funde a negro.

Cuando el silbido se apaga, el ambiente se tiñe de un silencio ominoso. Nos hemos vuelto a quedar aislados.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto al coronel, que se ha inclinado sobre la pantalla.

—No sé… —teclea algo, pero la pantalla sigue negra—. Tal vez dañaras el sistema de comunicación cuando estrellaste mi lanzadera.

Estoy a punto de protestar por esta apropiación de la lanzadera cuando un ruido seco me sobresalta. Me doy la vuelta: Bledsoe está acuclillada en el suelo, con el brazo apoyado en la pared del puente para afinar la puntería. Sigo la dirección de su mirada y veo a la criatura que planea sobre nosotros con las garras estiradas, dispuesta a despedazarnos. Suena otro disparo, seguido de un chillido ensordecedor. El pájaro monstruoso se aleja, pero no parece herido.

—¿Qué mierda es eso? —exclama el coronel Martin, empuñando su arma con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

—El monstruo que vi antes, u otro muy parecido —respondo, haciendo un esfuerzo por mantener la voz firme—. Amy dijo que se parecía a un terro… tero…

—¡Ya he visto a qué se parece! ¿Pero qué demonios es?

Trato de disimular una sonrisa irónica: por fin he descubierto algo capaz de quebrar la máscara impasible del coronel Martin.

—Antes de aterrizar, recibí un mensaje que advertía de la existencia de… —me interrumpo; parece ridículo emplear esa palabra, pero no encuentro otra más adecuada—, de monstruos.

El coronel entrecierra los ojos para seguir con la mirada a la criatura que planea en lo alto. Es enorme; a pesar de que está lejos, estamos casi cubiertos por su sombra.

Bledsoe le dispara una vez más, pero es evidente que no puede alcanzarlo desde aquí.

—Tal vez el aterrizaje forzoso fuera debido a mi incompetencia —digo—, pero creo que una de esas cosas pudo desviar la trayectoria de la lanzadera.

—No gastes munición —le ordena el coronel en tono seco a Bledsoe.

Aunque ella no cambia de posición, veo cómo su dedo se aleja del gatillo. El coronel se vuelve hacia mí.

—Deberíamos entrar —dice—. Aquí corremos peligro; además, quiero averiguar más cosas acerca de esa amenaza. Voy a formar una patrulla de siete hombres para que salgan con Bledsoe y conmigo a buscar una de esas sondas. Si la encontramos, podremos establecer un vínculo estable con la Tierra y averiguar a qué nos enfrentamos.

Echa a andar hacia la puerta y Bledsoe le sigue con paso lento, sin darse la vuelta ni bajar el arma.

—Elder, quiero que tranquilices a tu gente —me dice el coronel.

No es una petición: es una orden.

—Voy a ir con la patrulla.

Él se detiene, con la mano apoyada en el marco de la puerta.

—No quiero civiles.

—Tengo que demostrar a mi gente que estamos en pie de igualdad. Deben verme participar en las cosas importantes. Además, tengo derecho a saber qué dice el FREX.

—Desde luego —asiente el coronel—. Pero en este momento, tu gente tiene que sentirse respaldada. Debes ser el núcleo de su seguridad, el cimiento en el que puedan apoyarse.

—Yo…

El coronel abre la puerta y me empuja para que entre, con Emma pegada a mis talones. Con un último vistazo al exterior, Bledsoe cierra la puerta y bloquea la cerradura. El aire de la lanzadera tiene un sabor amargo y metálico, comparado con la brisa cálida que hemos dejado atrás.

—Te necesito aquí, Elder —insiste el coronel—. Necesito que se quede alguien en quien pueda confiar para proteger la lanzadera.

—Pero…

—Voy a dejar a tu cuidado algo valiosísimo: tu gente. Nuestra gente. ¿Estarás a la altura?

—Sí, claro —respondo—, pero…

—Estupendo: sabía que nos entenderíamos —concluye él.

Se da la vuelta y echa a andar con paso firme hacia el arsenal.

Por más que me disguste, creo que Orion estaba en lo cierto: me he convertido en una marioneta.