Dos soles

Beth Revis · Capítulo 35 de 74

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Dos soles

35. Amy

Cuando al fin salgo del laboratorio con mi madre, estoy agotada. Y seguimos sin tener idea de qué, o más bien quién, mató a Kit.

Lo único que sabemos con certeza es que algo —alguien— nos tiene en su punto de mira.

Después de aterrizar, sentí miedo hacia el planeta. Pero el planeta no es un ser consciente; temerlo es como temer a la naturaleza. No planea nuestra muerte, aunque está claro que puede causarla.

Ahora, mi miedo se está convirtiendo en terror. La idea de que hay algo concreto, inteligente y maligno que está matando a los nuestros me parece aterradora, pero cierta. Las teorías de Elder sobre seres alienígenas cada vez me convencen más.

Al menos, me reconforta saber que Chris me guarda las espaldas.

Salgo de la lanzadera con el estómago revuelto, pero al llegar al poblado me doy cuenta de que estoy muerta de hambre. Me acabo mi ración de comida en un abrir y cerrar de ojos; en cualquier caso, supongo que es mejor no saborearla. Me dan ganas de pedir más, pero las resisto. Tenemos que racionar las provisiones: aún no hemos comprobado con certeza si crecen vegetales comestibles en el planeta, y es demasiado pronto para saber si nuestros cultivos prosperarán.

Cuando me escabullo a mi habitación, estoy a punto de dormirme de pie. Extiendo el saco de dormir, que dejé arrebujado esta mañana, y al hacerlo noto algo duro dentro.

Es el cubo de cristal que me dio Emma.

Y ahora brilla.

Me da tal susto que lo dejo caer. Miro cómo rebota en el suelo, con el corazón en un puño porque estoy segura de que se va a romper. Pero no lo hace: al acercarme para examinarlo, veo que ni siquiera se ha agrietado.

Igual que la astilla que sacó mi madre de la herida de Kit.

—Amy, ¿qué ha sido eso? —pregunta mi padre.

—Nada, solo se me ha caído el… —miro alrededor, desesperada por encontrar una excusa convincente—. La linterna.

Contengo el aliento: el golpe ha sido mucho más fuerte que el que habría hecho una linterna, pero mi padre parece satisfecho con la respuesta.

Recojo el cubo y lo examino de cerca. Las espirales doradas brillan tanto que iluminan toda la habitación. Reluce como una bombilla, pero no está nada caliente.

—No malgastes las pilas —dice mi padre desde el otro lado de la pared de tela.

Vuelvo a meter el cubo en mi saco y la habitación queda a oscuras.

—Buenas noches, corazón —me dice mi madre con voz somnolienta.

—Buenas noches —mascullo, con la vista clavada en el cuadradito de luz que se adivina bajo el tejido del saco.

Me gustaría preguntarle a Bledsoe qué me ha dado, pero no sé en qué edificio se aloja, y tampoco quiero llamar la atención sobre el cubo. A juzgar por la forma en que me lo entregó, debe de ser algo secreto, una especie de clave para comprender este mundo.

Vuelvo a recordar la astilla que encontramos en el pecho de Kit. Si este cubo de cristal puede iluminar mi habitación, es seguro que contiene algún tipo de energía. Y si esa energía explotara…

Miro el punto del suelo en el que lo dejé caer, horrorizada. Si se hubiera roto, ¿me habría volado las piernas, igual que voló el pecho de Kit?

Tengo que hablar con Elder.

Antes de escaparme, compruebo que mi pistola está dentro de la funda, con el seguro quitado. Retuerzo la boca de mi saco de dormir y lo saco por la ventana con cuidado hasta notar que se posa en el suelo. Luego apoyo las manos en el alféizar y me alzo a pulso. Mis rodillas tropiezan con el borde de la depresión cuadrada que hay en la piedra, y tengo que contener un taco.

Me escabullo entre las sombras. Elder y yo llevamos unos días enfrentándonos por tonterías, cada vez más separados por nuestras diferentes prioridades y por la gente que nos rodea. Sin embargo, en un momento como este, mi primer impulso es buscarlo; a la hora de la verdad, no hay nadie en quien confíe más que en él.

Apenas ha caído el ocaso, pero después de la muerte de Kit, nadie se atreve a violar el toque de queda. Chris está de guardia en el primer nivel del poblado; voy tan distraída que estoy a punto de toparme con él de narices. Por suerte reacciono a tiempo y me oculto tras una esquina, conteniendo el aliento. Él pasa a menos de un metro, caminando con seguridad aunque no lleva linterna. Cuento hasta diez, salgo de mi escondite y subo las escaleras que llevan a los niveles superiores.

Encuentro a Elder despierto, paseando de un lado a otro por su habitación. Al oírme entrar, levanta la mirada y sonríe.

—Estaba tratando de encontrar algún modo de llamarte —dice.

—Baja la voz —susurro, mirando la puerta de reojo; el incidente con Chris me ha puesto los nervios de punta—. Vamos al piso de arriba.

Todos los edificios siguen a grandes rasgos el mismo diseño: una sala grande en la planta baja y varias habitaciones más pequeñas en la planta superior. Mi padre decidió usar el piso de arriba de nuestro edificio para almacenar nuestras cosas. Cuando le ayudé a llevarlas, me di cuenta de que la pared trasera de la última habitación era de roca viva, sin ventanas. Esta casa debe de tener una estancia igual. No es que ofrezca una gran privacidad, pero no hay nada mejor a nuestro alcance.

—¿Qué te preocupa? —pregunta Elder mientras subimos las escaleras.

Me dirijo al cuarto sin ventanas y dejo el saco de dormir en el suelo. Tras rebuscar en su interior, saco el cubo de cristal.

—Me lo dio Emma Bledsoe —explico.

Elder lo mira, boquiabierto. Le da la vuelta sobre mi mano, y un caos de sombras y luces danza por las paredes.

—No es la primera vez que veo este objeto —susurra—. Vi a tu padre y a Emma manejarlo la primera noche que pasamos en el planeta.

—Pues ahora ella me lo ha entregado… Mira: es como la astilla que encontramos en la herida de Kit.

La luz y las sombras se deslizan por la cara de Elder, dando a sus rasgos un aire enigmático que me asusta un poco. Extiende una mano para tapar el cubo y la luz atraviesa su piel y su carne, bañándolos en un resplandor rojizo.

—¿Cómo funcionará? —pregunta.

Me viene a la cabeza el leve resplandor de la arena que había bajo la lanzadera, aquella primera noche. El cristal se hace con arena derretida. Los reactores de la nave derritieron el terreno, y eso hizo que el suelo brillara como este cubo de cristal…

—¿Energía solar? —sugiero—. Tal vez este cristal atrape la luz del sol.

—Sí, podría ser —repone Elder, dando vueltas al cubo como si esperara encontrar un interruptor.

Se me ocurre algo de pronto.

—Esas depresiones cuadradas de las ventanas… —digo, frotándome la rozadura que me he hecho antes con una de ellas—. Los científicos dicen que debían de servir para colocar alguna estatuilla, pero ¿sabes qué? Son del mismo tamaño que este cubo.

Elder roza su superficie suave con las yemas de los dedos.

—Los dejaban allí por la mañana para que se cargaran de luz y brillaran por la noche. Sí, parece lógico —me mira a los ojos—. ¿Recuerdas la luz que se encendió en la unidad de comunicación del complejo?

—¿Crees que también era del mismo material?

—Sí. Seguro que la parte superior de la lámpara queda expuesta al sol durante el día, para cargarse. No me extrañaría que todos los aparatos funcionaran con energía solar: los ordenadores, la emisora…

La luz del cubo se debilita. Esta mañana apenas pudo cargarse de sol antes de que lo ocultara dentro del saco.

—El único dato que se repite una y otra vez desde que aterrizamos —prosigue Elder — es que el FREX encontró materias primas muy valiosas en este planeta. Cada vez que alguien habla sobre la misión lo menciona, incluido tu padre. ¿Y si esta fuera esa materia prima?

—Tiene sentido —repongo—. La energía solar sale gratis… Y con una buena cantidad de estos chismes podría iluminarse una ciudad.

—Lo malo es que si se rompe… —Elder inclina la mano, pero no lo suficiente para que el cubo se caiga—. ¡Bum!

Está pensando lo mismo que yo: esto fue lo que mató a Kit. Los seres que fabricaron este cubo también deben de hacer balas. Aunque el material no parece muy frágil, han debido de encontrar alguna forma de hacer que explote; eso explicaría la horrible herida de Kit.

—Creo que hay algo más, Amy —dice Elder, y me explica su teoría sobre el fidus como hilo conductor que une a todas las víctimas—. Lo malo es que no sé cómo probarlo —remacha.

La luz del cubo ya arroja tantas sombras como luces.

Recuerdo la mirada vacía del doctor Gupta mientras el ptero se lo comía; el cadáver intacto de Lorin; las muestras de sangre de los dos que se conservan en el laboratorio de la lanzadera…

Y entonces caigo en la cuenta.

—Yo sí que sé cómo probarlo —digo.