Dos soles
07. Amy
En cuanto la puerta se cierra, me vuelvo hacia Elder y examino sus heridas. He estado a punto de perderlo, pienso una y otra vez. En mi cerebro no queda sitio para nada más, ni siquiera para la emoción de haber aterrizado, el nerviosismo por el reencuentro con mis padres o el miedo a los monstruos que hay fuera. Solo puedo concentrarme en la sangre que gotea por el pecho de Elder. Él me aparta las manos, se quita la camisa y la usa para enjugar la sangre que brota de la piel desgarrada. Las heridas no parecen profundas, pero son largas e irregulares. Me saco del bolsillo el espray desinfectante que me entregó Kit para atender a los heridos y se las curo lo mejor que puedo.
—¿Cómo supiste que necesitaba ayuda? —pregunta él, aún jadeante.
—Oí chillar a ese pterodáctilo monstruoso… Me pareció que estaba mucho más cerca que antes —hago una pausa—. ¿Qué era ese bicho?
Elder examina su camisa arruinada y sacude la cabeza.
—Supongo que uno de los monstruos de Orion —responde, pensativo—. ¿Viste algo más entre los árboles?
—No. ¿Qué había?
—Yo… no sé —la mirada de Elder se encuentra por fin con la mía—. ¿Crees que uno de esos monstruos voladores pudo chocar contra la nave cuando estábamos aterrizando? El que me ha atacado era lo suficientemente grande como para desviarnos de nuestra trayectoria.
—No sé —digo yo también.
De hecho, estoy empezando a darme cuenta de lo mucho que nos queda por saber. Para empezar, ¿qué narices era ese bicho? La cabeza puntiaguda, las alas y las garras parecían de pterodáctilo, pero había en él algo más, algo… extraterrestre. Extraterrestre. Sí, claro: todo este planeta es extraterrestre. Trato de contener un estremecimiento y aferro el arma con más fuerza. Aún está caliente.
Tendría que haberle acertado; tendría que haber matado a ese monstruo, pero estaba demasiado asustada por la posibilidad de herir a Elder sin querer.
Y también me daba miedo el monstruo.
Elder me quita el arma de las manos.
—Voy a llevar esto al arsenal —dice—. De paso, echaré un vistazo a las demás cosas que se guardan ahí.
Yo me encamino hacia la sala de criopreservación. Trato de borrar de mi cerebro el recuerdo de la bestia, pero no dejo de verla abriendo el pico, acercándolo a la cara de Elder…
Kit se abalanza sobre mí en cuanto entro en la sala. Algunas personas me miran con expresión temerosa: saben que Elder ha salido de la lanzadera, y han oído el chillido de monstruo justo después de que Elder se fuera.
—No os preocupéis —les pido—. Elder está bien. No hay problema.
Sus miradas se tiñen de alivio. Están dispuestos a creerse mi mentira… por ahora.
—Ya casi hemos acabado —dice Kit. Se aparta un mechón de los ojos y su mano deja un rastro de sangre en la frente—. Solo nos quedan dos huesos rotos por entablillar, y luego los enfermeros y yo examinaremos a las embarazadas por si acaso…
El estómago me da un vuelco: casi había olvidado que muchas de las mujeres están embarazadas.
—¿Puedo hacer algo más? —pregunto, y Kit me dedica una sonrisa fatigada.
—Tranquila: ya nos has ayudado muchísimo.
Observo cómo se aleja en dirección a los últimos pacientes. Tengo las manos ensangrentadas y los brazos casi dormidos por el cansancio; lo único que quiero hacer es acurrucarme en una cama y olvidarme de todo lo que ha pasado hoy. Tal vez todo esto haya sido un gran error.
—¿Amy? —dice una voz que conozco bien, una voz que amo, una voz que nunca creí que volvería a oír.
Sí. Sí. ¡Sí!
Me doy la vuelta y ahí, de pie ante mí, exactamente como lo recuerdo, está él. Mi padre.
—¡Papá! —chillo, lanzándome a abrazarlo.
Sus brazos —los brazos de mi padre— se cierran alrededor de mí y me estrechan contra él, y todo va bien, todo va perfectamente porque al fin estoy con él de nuevo.
No puedo hablar. En mi garganta se apelotonan los sollozos, las carcajadas, las palabras y los gritos, y ninguno de ellos logra salir.
—Amy —repite mi padre en tono divertido—, ¿qué te pasa?
Retrocedo un paso y lo miro. Lleva una bata verde de hospital, parecida a la que Doc trató de ponerme cuando desperté. Miro alrededor y veo que casi todas las cajas están vacías: los congelados se levantan, recogen las batas de unos pequeños estantes metálicos que hay en la parte superior de las cámaras y se las ponen. Y mi madre…
Echo a correr hacia ella, esquivando cámaras abiertas y gente recién reanimada. Y aunque he soñado despierta un millón de veces que volvía a verla, lo que soñé no era nada —nada— comparado con lo que siento al verla de verdad.
Ella suelta una carcajada, y aunque su voz se quiebra por falta de uso, oigo la música que siempre ha habido en su risa mientras sus brazos me envuelven.
—Te dije que no sería para tanto —me susurra al oído.
Reprimo un sollozo: no sabe lo que ha ocurrido. Cree que yo también acabo de despertar, que he pasado todo el tiempo congelada a su lado. No sabe nada de los tres meses que viví en la nave, esos tres meses que pasé convencida de que solo volvería a verla cuando fuera mayor que ella.
Sus manos me rodean la cara y me doy cuenta de que siguen heladas. Miro sobre su hombro y observo el corredor que lleva al arsenal, al puente, al exterior. Me gustaría que Elder estuviera aquí ahora; quiero presentárselo a mis padres, hacerle entender por qué los necesitaba, convencerle de que, ahora que los tengo junto a mí, todo es más fácil. Pero no lo veo por ninguna parte.
—¡Hija! —exclama mi madre con los ojos brillantes por la emoción—. ¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos llegado al fin!
Me estrecha de nuevo y aprieta fuerte.
—Ahí fuera hay un nuevo mundo esperando a que lo exploremos juntas —susurra.
—No sabes cuánto te he echado de menos —digo con voz rota.
Mi madre retrocede para mirarme a la cara y me mete un mechón de pelo tras la oreja.
—¿A qué te refieres?
De pronto, me doy cuenta del silencio que reina en la sala. Los tripulantes de la nave observan con desconfianza cómo despiertan los congelados, y estos miran a los tripulantes con una mezcla de miedo y precaución.
Mi padre avanza hacia mí y todas las miradas se clavan en nosotros.
—¿Por qué llevas puesta esa ropa? —pregunta, examinando mi túnica y mis pantalones hechos a mano.
Me vuelvo hacia mi madre y me olvido de todo salvo de nosotros tres. Este es mi mundo: mi madre, mi padre y yo.
—Me despertaron demasiado pronto —contesto con la mirada fija en los ojos de mi madre, verdes como los míos.
Su rostro se ensombrece.
—¿Pronto? ¿Cuánto exactamente? —inquiere mi padre.
Me quedo pensativa. Al principio pensé que había despertado con cincuenta años de adelanto, y que solo podría mantener esta conversación cuando fuera casi una anciana. Luego creí que había despertado con toda una vida de adelanto, y que tal vez muriera antes de volver a verlos.
—Tres meses —respondo al fin, reparando en que la cuenta atrás ha llegado a cero.
—¿Tres meses? —repite mi madre con voz ahogada.
—Unos cien días —repongo.
La verdad es que perdí la cuenta al final, cuando me di cuenta de que el tiempo que pasara en la Fortuna ya no importaba porque se acabaría muy pronto.
—¿Qué ocurrió? —pregunta mi madre agarrándome de la muñeca.
Quiero contestar, pero no me salen las palabras. La mano de mi madre está exactamente en el mismo punto que la de Luthor cuando trató de inmovilizarme. ¿Qué pasó? Pasó que me prometieron un mundo… y desperté en una jaula.
Tengo muchas cosas que contarle a mi madre. Cosas que quiero, que necesito decirle.
Pero al mirarla a la cara, sé que no importan. Ahora, en este momento, solo importa esto: estamos los tres aquí, vivos, juntos. Juntos.
Mi padre se acerca un poco más y deja caer una mano sobre mi hombro. Abre la boca para hablar. No sé qué espero oírle decir, pero desde luego no es esto:
—¿Qué pasa aquí?
El momento se derrite como el hielo que gotea de las cámaras y desaparece por el desagüe.
Mi padre escruta a los tripulantes de la Fortuna, que presencian la escena en silencio. Están heridos, asustados.
—¿Qué pasa aquí? —repite, con un tono que transmite autoridad.
Busca un líder, pero Elder no está aquí para contestarle.
La gente de la nave no sabe cómo reaccionar. Por un momento, veo a mi familia —a mi gente— a través de sus ojos.
Son seres raros, extravagantes. Acaban de salir de sus cámaras de criopreservación, unas cámaras cuya existencia desconocía la gente de la nave hasta hacía poco, y ya hay un hombre de piel tal pálida como la mía que los mira fijamente y exige que le den información.
Si tuvieron miedo al verme por primera vez, ¿qué les hará sentir mi padre? ¿Y qué pensarán de los otros noventa y seis terrícolas que se acaban de alzar de sus sarcófagos helados para tomar el mando?
Al cabo de unos segundos, Kit se adelanta. Sin embargo, no dice nada. Sus ojos se clavan en mí. Mi padre se vuelve lentamente y examina mi cara como si esperara encontrar ahí una respuesta.
Mi madre me acaricia el pelo una vez más; luego, la tensión que hay en el ambiente la obliga a retroceder. Se coloca al lado de mi padre y me doy cuenta de que los dorsos de sus manos se rozan.
—Amy, ¿por qué estabas despierta junto a esta gente? Dime qué ocurrió —exige mi padre, bajando de volumen con cada palabra hasta casi susurrar la última.
—Ven conmigo —respondo. Prefiero mantener esta conversación en privado.
Sin hacerme caso, mi padre mira a su alrededor.
—Yo no estoy al mando —dice—. Será mejor que Robertson o Kennedy…
—Están muertos —le corto.
Su mirada se clava en mí y, por un instante, no lo reconozco. Nunca me había mirado de este modo; es la primera vez que veo a un coronel ocupar el lugar de mi padre.
—Dime qué pasa aquí —silabea, y esta vez no es una petición sino una orden.
—Pa… papá —tartamudeo—, hubo una… La nave es… No es como creíamos que sería. Estas personas nacieron en ella —explico, abarcando con un ademán a Kit y al resto de tripulantes.
Examino la cara de mi padre, esperando el momento en que por fin se dé cuenta de lo mucho que se parecen todos. Su expresión se tiñe de asombro por un segundo, y luego sus ojos se estrechan en una mirada calculadora.
—Es difícil de explicar —prosigo—. Han pasado muchas cosas y acabamos de aterrizar. La lanzadera ha tenido que efectuar un… un aterrizaje de emergencia. Mucha gente ha resultado herida. La gente de la nave tiene un líder, pero…
La mirada de mi padre se suaviza mientras me esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas. Me agarra de los hombros, me atrae hacia él y, por primera vez en más de trescientos años, me siento segura.
—Tienes que contármelo todo —me dice en voz baja—. Luego hablamos. ¡Bledsoe! —exclama de repente por encima de mi cabeza.
Una mujer que está unas hileras más allá se pone en posición de firmes. Contengo una exclamación de sorpresa. La reconozco: es la mujer a la que Orion estuvo a punto de matar, la que salvamos Elder y yo mientras Theo Kennedy se ahogaba en el hielo de su cámara. Mi mente repasa una vez más el diagrama que hice hace tres meses: Emma Bledsoe, treinta y cuatro años, marine de los Estados Unidos nacida en Sudáfrica.
—Sí, señor —responde ella.
—Inicie la Operación Génesis.
No sé qué puede ser la Operación Génesis, pero es evidente que Emma Bledsoe no comparte mi ignorancia. Empieza de inmediato a decir los nombres de otros militares y les indica que formen una barrera entre los tripulantes de la nave y los congelados.
Me pongo de puntillas y observo a Kit. Se esfuerza por convencer a sus enfermeros de que sigan atendiendo a los heridos, pero noto que tiene miedo por la rigidez con la que se mueve, por su manera de recorrer la sala sin darnos nunca la espalda.
Le da miedo mi gente. Mi padre.
—Papá —digo—, hay muchos heridos. El aterrizaje fue…
—¡Señor! —le llama Bledsoe, interrumpiéndome antes de que tenga tiempo de explicar lo del monstruo alado que, según Elder, tal vez nos hiciera chocar—. Hay tres fallecidos entre los nativos de la nave —dice señalando los cadáveres; habla con voz alta y clara, pero su acento resulta extraño.
—¿Qué ocurrió? —pregunta mi padre sin mirarme siquiera, y esquiva a la gente para aproximarse a los cuerpos—. Esta mujer parece haber muerto asfixiada —masculla, moviéndole la cabeza para examinar la marca violácea de su garganta.
Observo el grupo de tripulantes y veo cómo la amiga de la muerta llora en silencio. No muy lejos está Lorin, la primera mujer a la que cosí. Se encuentra algo apartada del resto, con la mirada fija en otra de las víctimas, un hombre. Cuando mi padre y Bledsoe se aproximan a ella, retrocede presurosa. Sus ojos aterrados encuentran los míos, y le lanzo una sonrisa de comprensión.
—¿A qué obedece esto? —insiste mi padre.
—Tuvimos que amarrar a la gente para que no saliera despedida durante el aterrizaje —explica Kit, haciendo esfuerzos evidentes por mantener la voz firme—. Los correajes resbalaron hasta llegar a su cuello y…
—¿Por qué no usasteis los arneses magnéticos? —le corta mi padre con voz dura.
—¿Arneses magnéticos? —repite Kit con asombro.
Mi padre echa a andar hacia la pared a grandes zancadas, y Lorin, que se interpone en su trayectoria, suelta un chillido de puro terror y se aparta de un salto. Al llegar a su destino, mi padre se agacha, palpa los paneles de metal con la yema de los dedos, presiona algo que no distingo bien —¿una palanca, tal vez, o un resorte disimulado? — y levanta toda una sección del revestimiento. Mete la mano y saca un puñado de correajes de tela rematados en unas hebillas grandes y negras.
—Aquí hay almacenados tres mil arneses. Deberían haber servido para asegurar a los tripulantes a la pared y al suelo en caso de aterrizaje de emergencia. ¿Por qué no los usasteis? —le espeta a Kit.
—Yo… No sabíamos que estaban ahí —responde ella en tono sumiso, con los ojos dilatados por el asombro.
No puedo despegar los ojos de los muertos. Por Dios, qué forma tan estúpida de morir. Solo porque no sabíamos de la existencia de los malditos arneses…
—El capitán debería conocer los protocolos establecidos para los aterrizajes de emergencia —responde mi padre, cortante.
Parece furioso y, aunque sigue vestido con esa absurda bata verde, su actitud respira una autoridad que jamás había percibido en él. La gente —toda, tanto los tripulantes como los congelados— le escucha con atención, pendientes de cada una de sus palabras.
—No es tan fácil —digo al fin—. No lo entiendes, papá. Las cosas…
Me dirige una mirada tan gélida que me callo al instante.
—Esto es un desastre —gruñe—. Bledsoe, ¿dónde está el personal médico?
—Aquí, señor —responde ella, apartando a tres hombres y dos mujeres de entre los congelados.
—Doctor Gupta —saluda mi padre a uno de los hombres—, organice a su equipo para ayudar con los heridos.
Los cinco sanitarios avanzan, y no me hace falta ver lo que ocurre para saber que esto no va a funcionar. A los tripulantes de la Fortuna aún les ponen nerviosos mi piel pálida y mi pelo rojo, y eso que han tenido tres meses para convencerse de que no soy una amenaza. Ahora me parece ver a los recién llegados a través de sus ojos, y aunque sé que es absurdo, entiendo por qué se apartan temblorosos del médico indio, por qué no entienden a la que habla con acento sureño, por qué huyen para refugiarse detrás de Kit en vez de dejar que el enfermero negro les vende las heridas. Me gustaría quedarme con ellos y ayudarlos, pero sé que no serviría de nada.
—Hay que vestirse —le dice mi padre a Bledsoe.
Ella organiza turnos para que los congelados localicen sus baúles y saquen la ropa que han traído de la Tierra. Mi padre y los demás militares se ponen el uniforme de campaña.
Las prendas, tan diferentes de la ropa que llevan los nativos de la Fortuna, no hacen más que poner de relieve las diferencias. Las fibras sintéticas, con sus colores chillones, resaltan como manchurrones entre los grises y los pardos de la ropa hecha a mano en la nave.
Aunque la gente de la Fortuna es diez veces más numerosa que la de la Tierra, todos están apelotonados contra una de las paredes.
El ambiente de la sala es agobiante y pegajoso, y el aire apesta a sudor, a miedo y a ira.
Abro la boca para llamar a mi padre: necesito hablar con él en privado. Tengo que decirle que si no demuestra que está dispuesto a ayudarlos —si no prueba que no es una amenaza, como decía Orion—, los tripulantes lo considerarán su enemigo.
Pero antes de que pueda hacerlo, él se vuelve hacia Bledsoe.
—Vamos a inspeccionar el arsenal.
Me estremezco: que noventa y siete terrícolas se hayan despertado y pretendan hacerse con el mando ya es complicado. Añadir armas a la ecuación no va a mejorar las cosas.
La puerta del arsenal está cerrada con llave, y no se abre cuando mi padre introduce el código en el teclado.
—¿Algún problema, señor? —pregunta Bledsoe.
Él niega con la cabeza y vuelve a teclear el código. Nada. A mí no me sorprende: sé que Orion lo reprogramó hace mucho.
—Necesito hablar contigo —insisto, tratando de imitar la autoridad que resuena en su voz.
—Ahora no, Amy.
He esperado tres meses, que me parecieron una vida, para oírle decir mi nombre. Nunca pensé que estaría precedido de esas dos palabras.
—Ahora, papá.
Él se da la vuelta y me encara.
—Amy, me parece que no comprendes. Nos han enviado con una misión. Este es nuestro trabajo. Debemos evaluar la situación, contactar con el líder de los nativos de la nave y hacernos con el control del área circundante.
—Pero papá, yo…
—Amy, nada me gustaría más que pararlo todo y hablar contigo. Me encantaría poder ejercer de padre un rato, pero estamos en un momento crucial. Ahora mismo, debo averiguar por qué han cambiado este código y hablar con el líder de los nativos.
—Estupendo —dice Elder mientras abre desde dentro la puerta del arsenal—, porque creo que soy el que busca.