Dos soles

Beth Revis · Capítulo 2 de 74

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Dos soles

02. Elder

Una voz femenina con tintes metálicos resuena en el puente: «Despegue de lanzadera iniciado».

Amy inhala bruscamente.

«Detectada señal de sonda con indicaciones de dirección. Elija secuencia de aterrizaje: ¿manual o automática?», indica la voz. Dos botones se iluminan en el panel de control, uno con una M roja y otro con una A verde.

Aprieto la A.

«Iniciada secuencia de despegue automático», replica la voz en un tono que me parece casi alegre.

Se oye un chirrido ensordecedor, como si una sierra gigante estuviera haciendo un agujero en el techo.

—¿Qué es eso? —jadea Amy, aferrándose a su asiento como si fuera un salvavidas. Los brazos metálicos del sillón están emborronados por sus huellas dactilares, y su cuerpo se hunde en el acolchado del asiento.

Un torbellino de posibilidades recorre mi mente. Suena como si algo se rompiera, un ruido amenazador y terrorífico. La lanzadera se agita y da tirones, como si un brazo gigante quisiera desgajarla de la Fortuna, y el estómago se me sube a la garganta. Me hundo en mi asiento, respirando a duras penas. En el extremo opuesto de la lanzadera suenan gritos y chillidos de terror que se cuelan en el puente. Amy levanta la cara para mirarme a los ojos, pálida y preocupada.

—No pasa nada —le digo, sin saber si estoy tranquilizándola a ella o a mí mismo—. Acabamos de separarnos de la nave nodriza.

Sobre nuestras cabezas suena una especie de estallido y la lanzadera parece hundirse unos metros.

—Ahora sí que nos hemos separado —digo.

Amy suelta una carcajada aguda y nerviosa que se apaga enseguida.

«Activados reactores de separación», recita el ordenador como si no tuviera importancia. Los tres pequeños reactores que hay en la parte superior de la lanzadera se ponen en marcha y parecemos precipitarnos cuesta abajo. El panorama de la cristalera cambia; ahora solo vemos el planeta, allá a lo lejos.

—Me alegro de ver adónde nos dirigimos, al menos —dice Amy, con la vista clavada en los hexágonos transparentes.

A los lados del planeta, las estrellas titilan haciendo resaltar aún más el brillo de nuestro nuevo hogar. Algunos de los textos que leí en el archivo de la Fortuna describían a Tierra Solar como una canica azul y blanca. Sin embargo, esto que veo suspendido ante mí parece casi un ser vivo. Sus colores vibran frente a la nada negra del universo.

Pero, por bello que me parezca, aún no estamos allí. La lanzadera acelera repentinamente su caída, y una nueva oleada de gritos contenidos se desliza bajo la puerta.

—No veo el momento de aterrizar —mascullo.

«Comprobando el sistema de maniobra orbital», exclama el ordenador. De pronto, suena una especie de rugido y Amy se estremece.

Me gustaría abrazarla, estrecharla fuerte y susurrarle que todo va a salir bien, pero no puedo moverme. Los latidos de mi corazón me retumban en los oídos y no me dejan oír nada más. La lanzadera está programada para aterrizar sola; cuando nos acerquemos lo suficiente, captará las ondas de radio que le envían las sondas de la Fortuna desde Tierra Centauri, y estas la guiarán a un punto de aterrizaje adecuado para la supervivencia humana. Lo único que tenemos que hacer nosotros es sujetarnos bien y disfrutar del viaje.

Una sensación de náusea se apodera de mí; es la misma que noto —que notaba— al descender por el tubo gravitacional, cuando el impulso se mitigaba entre los niveles y bajaba por un instante en caída libre. La cabeza me da vueltas; mi cerebro chilla: ¡Estás cayendo! Por un momento soy presa del pánico. Agito sin control los brazos y las manos intentando agarrarme a algo y solo encuentro aire. Pero no importa: mi cuerpo acaba de darse cuenta de que no estoy cayendo, sino flotando.

—¡Frexo! —grito, mirando hacia abajo.

Estoy suspendido encima de mi asiento. Estiro el brazo y mis dedos quedan a unos milímetros del respaldo. No puedo alcanzarlo.

Amy deja escapar una risita, pero sus ojos están desorbitados por el miedo.

—¿No te ataste al asiento? —pregunta.

La melena le flota alrededor de la cara como una nube roja, pero su cuerpo está firmemente sujeto por las correas acolchadas que cruzan su pecho y su regazo.

—Yo… lo olvidé —mascullo.

Sacudo los brazos y las piernas con toda mi energía, pero no avanzo ni un centímetro. ¿Cómo pude pasar esto por alto? El replicador gravitacional se ha quedado en la nave nodriza, claro. Giro la cabeza hacia el puente y me pregunto qué estará sintiendo mi tripulación en este momento, cuando acaban de perderlo todo por mi culpa. Incluso la gravedad.

—¡Aguanta un poco! —exclama Amy con voz aún risueña.

Desabrocha sus sujeciones y empieza a elevarse en el aire. Antes de separarse de su asiento, desliza un pie bajo la correa del regazo y estira los brazos hacia mí.

—Cómo odio mi pelo… —murmura, y resopla hacia arriba para apartar los brillantes mechones de su cara.

El resto de su melena parece un halo, una maraña de brotes tiernos que tratan de separarse de su raíz. Me recuerda a la primera vez que la vi, a la forma en que su cabello del mismo color que el atardecer se arremolinaba alrededor de sus facciones como una nube de tinta.

«Detectada señal de sonda», dice el ordenador. «Identificado punto de aterrizaje idóneo. ¿Dirigir lanzadera a punto indicado? Seleccione SÍ o NO». De nuevo se encienden dos botones, uno con una N roja y otro con una S verde.

—¡Frexo! —mascullo con rabia mientras me estiro hacia el panel de control.

Es inútil: mi cuerpo no se mueve ni un centímetro.

—Estate quieto —me ordena Amy.

La correa retorcida apenas le sujeta el tobillo. Pero ni siquiera así llega a tocarme: estoy justo fuera de su alcance.

«Seleccione SÍ o NO», insiste el ordenador.

—A la mierda —masculla Amy.

Saca el pie de su asidero, se impulsa con una patada en la silla y sale disparada por el aire. Su cuerpo golpea el mío de pleno; mientras yo me precipito hacia el techo, ella rebota en sentido opuesto. Yo reboto también y desciendo; aunque paso a varios metros de mi asiento, logro deslizar los dedos por el borde metálico de la consola y presionar levemente la S que centellea con urgencia.

Amy suelta un gruñido de impaciencia al salir de nuevo despedida hacia arriba. Cuando llega al techo, le da una patada para desviarse hacia su asiento.

Yo me aferro al panel y logro estabilizarme. Sin soltarme del todo en ningún momento, me deslizo hasta llegar a mi sitio, me siento y ajusto las correas rápidamente.

«Iniciando el sistema de maniobra orbital», enuncia la fría voz del ordenador, indiferente a la forma en que mi cuerpo se estremece. Aunque hubiera gravedad normal, no creo que pudiera mantenerme en pie.

La lanzadera acelera suavemente. Las estrellas desaparecen, y ahora la cristalera solo muestra el planeta. Por un momento olvido mi cuerpo: solo soy ojos, unos ojos que beben la imagen que se les ofrece. Ver el planeta así, sin la negrura del espacio a su alrededor, resulta extrañamente diferente. Me da la impresión de que los colores van a engullirnos.

—Oh —jadea Amy, alcanzando al fin un brazo de su asiento. Se acomoda con agilidad y se ajusta las correas de nuevo.

En el panel, justo delante de ella, hay una silueta de la lanzadera con tres puntos rojos que brillan encima del techo.

—Deben de ser los reactores que nos impulsan ahora mismo —dice mientras extiende la mano hacia la pantalla. Las yemas de sus dedos parecen encenderse con la luz de los pilotos.

De pronto, uno de los puntos se apaga y Amy retira la mano con un respingo. El morro de la lanzadera se eleva y el panorama cambia de nuevo. Ahora la cristalera no muestra nuestro nuevo hogar, sino el antiguo.

La Fortuna.

Sin la lanzadera que la remataba por debajo, parece incompleta, mutilada.

Un nudo me cierra la garganta. No me esperaba esto. No esperaba pensar en todo lo que estoy dejando atrás; no esperaba preguntarme si valdrá la pena.

La Fortuna. Mi vida entera está… estaba en esa nave. Todo: cada uno de mis recuerdos, de mis sensaciones, de las cosas fundamentales en mi vida, tuvo lugar dentro de esas abolladas paredes de metal.

Y ahora las estoy abandonando.

A la Fortuna… y a las ochocientas personas que se han quedado en su interior.

Una idea enloquecida me cruza la mente: extender la mano, apagar los reactores, dirigir la lanzadera de nuevo hacia la nave. No quiero irme. No quiero abandonar mi hogar.

Pero en ese momento, el punto rojo se enciende de nuevo. El techo de la nave se estremece con la energía de los reactores y la lanzadera enfila otra vez al planeta. Es demasiado tarde. No importa.

Nunca volveré a la Fortuna.

Los pilotos rojos inician un parpadeo rápido mientras los reactores se encienden y apagan alternativamente para colocarnos en posición de aterrizaje. Entre los zarandeos y la falta de gravedad, estoy desorientado; la única imagen que sigue fija e inmutable ante mí es la de Tierra Centauri.

—Resulta extraño… —dice Amy—. Es como si estuviéramos boca abajo para apuntar al planeta, pero no da la impresión de que estemos boca abajo.

Se pasa la mano por el pelo, pero no sirve de nada: los mechones vuelven a flotar en cuanto deja de aplastarlos.

«Iniciando ruptura de órbita», recita el ordenador.

Los tres pilotos rojos se hacen aún más brillantes y dejan de parpadear. El planeta se acerca a una velocidad cada vez mayor. Miro a Amy por el rabillo del ojo: tiene los ojos muy abiertos por el miedo y los dedos enganchados como garfios a los brazos de la silla. Pero sé que esto es lo que quiere. La única forma en que puedo hacerla feliz es regalarle Tierra Centauri; solo así podré hacerme perdonar por haberla atrapado en la jaula que era para ella la Fortuna, por haberla aprisionado junto a psicópatas como Luthor, junto a personas que jamás serían capaces de aceptarla.

«Ruptura de órbita casi completa. Se inicia fricción atmosférica», anuncia el ordenador.

—¿Estás preparado? —susurra Amy.

—No —confieso.

Por mucho que desee regalarle el planeta a Amy, preferiría no haber tenido que renunciar al único hogar que he conocido.

La lanzadera acelera aún un poco más, como si quisiera arrojarnos en picado sobre el planeta. Los pilotos rojos siguen brillando con intensidad, pero ahora también parpadean otras luces más pequeñas a su alrededor: reactores adicionales que incrementan el impulso de la nave.

«Interfaz de entrada en marcha», informa el ordenador.

Azul, verde, blanco… En el centro de la imagen apenas asoma el morro de la lanzadera, de un verde grisáceo que de pronto se pone al rojo. Algo plateado chispea en el borde de mi campo de visión, pero cuando me vuelvo a mirarlo, la lanzadera se sacude y mi atención se desvía. Alrededor de la cristalera resplandecen luces de un rojo anaranjado.

Miro a Amy. El crucifijo dorado que siempre lleva al cuello se ha salido de su camiseta y flota frente a su cara. Ella suelta uno de los brazos de la silla y lo aferra con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Su boca pronuncia palabras inaudibles.

El panel de control es ahora un amasijo de destellos aparentemente caóticos: los reactores se encienden y apagan en un ritmo enloquecido, haciéndonos avanzar en zigzag. Supongo que se trata de algo diseñado para frenar el descenso. De vez en cuando entreveo el planeta, pero la mayor parte del tiempo queda oculto por los destellos rojizos. ¿Se habrá incendiado la nave, o será el calor propio de la fricción atmosférica? No lo sé. El estómago se me cae a los pies mientras me pregunto cómo, en el nombre de las estrellas, se nos ha ocurrido pensar que podríamos aterrizar en esta lanzadera que no sabemos pilotar.

Algo parece golpear el costado de nuestra nave, porque de pronto se estremece y cambia bruscamente de trayectoria. Las luces se apagan y vuelven a encenderse, más erráticas que nunca, mientras la computadora anuncia con voz cantarina: «Interrumpida señal de aterrizaje. Se inicia el modo manual».

—¿Qué pasa? —chilla Amy.

Una hilera de luces rojas se enciende en el techo y nos baña en un resplandor sangriento. Vuelvo la mirada hacia Amy. Algo va mal.

«Impacto con tierra firme en T menos quince minutos», nos informa el ordenador en un tono perfectamente razonable.

—¿Cómo que impacto? —exclama Amy con voz temblorosa—. ¡Vamos a estrellarnos!

El corazón se me detiene por un instante: tiene razón. Aferro la palanca de dirección que sobresale bajo la consola y hago lo único que se me ocurre en este momento: tirar de ella con todas mis fuerzas, rogando para mis adentros que eso amortigüe el choque. La línea del horizonte aparece en la pantalla mientras nuevos pilotos se encienden en el panel.

«Altura: ochenta kilómetros sobre la superficie», nos informa el ordenador. «Iniciando la desaceleración activa».

Unas cuantas luces se apagan al mismo tiempo. La velocidad de la caída aumenta aplastándonos contra los asientos, aunque tal vez se deba a que volvemos a notar la gravedad. Amy suelta un grito inarticulado de puro terror.

La lanzadera vuelve a agitarse —¿habrá fallado un reactor, o el ordenador central?— y su rumbo se modifica de nuevo. Ya pueden distinguirse los detalles del relieve: montañas, lagos, islas…

Me pregunto contra cuál de ellos nos estrellaremos.