Dos soles
13. Amy
¡Uáaaaa! ¡Uáaaaa!
Me incorporo de golpe, enredada en el saco. Una alarma resuena en toda la sala de criopreservación, y el techo está lleno de luces rojas que parpadean amenazantes.
—¿Qué pasa? —le pregunto a mi madre frotándome los ojos.
Mi padre se levanta de un salto y echa a correr hacia el pasillo que lleva al puente. Elder sale un segundo más tarde. Me retiro el saco de las piernas y los sigo a toda prisa.
Al llegar a la puerta, Emma Bledsoe me detiene.
—El coronel Martin ya se está ocupando de… —empieza a decir, pero me libero de un tirón y me abalanzo por el pasillo, con ella pisándome los talones.
—¿Qué ha pasado? —grito para hacerme oír sobre el estrépito de la alarma.
Mi padre levanta la vista mientras Elder teclea algo en el panel de mandos del puente.
—La lanzadera ha iniciado el proceso de cierre automático —contesta Elder, y suelta una maldición al ver que la alarma sigue encendida pese a sus esfuerzos.
—¿Por qué? —ruge mi padre mirando un punto a mi derecha.
Me giro y veo a Chris de pie junto al umbral.
—Llevo toda la noche aquí de guardia, señor —farfulla—. No ha entrado nadie. La alarma se ha disparado sin más.
—Los sensores se han vuelto locos —interviene Elder—. Indican oscilaciones continuas en la presión.
—Y sin embargo, la presión es estable —observa mi padre, extendiendo una mano como si esperara sentir algún cambio.
—Obviamente —replica Elder en tono irritado—. Por eso he dicho que los sensores se han vuelto locos.
—¿No puedes cortar la alarma de una vez? —grita mi padre.
La voz metálica del ordenador parece contestarle:
«El cierre automático de la nave se iniciará en quince minutos».
Elder alza las manos en un gesto de exasperación.
—Aunque supiera cómo arreglar esto, no podría resetearlo en quince minutos. La puerta de la lanzadera se va a cerrar herméticamente hagamos lo que hagamos.
—¿Y cuánto tiempo pasará cerrada?
Elder se encoge de hombros.
—No lo sé: depende de si el problema está en los sensores o en otra parte.
—En ese caso, tenemos que evacuar a todo el mundo —dice mi padre, mirando a Elder con el ceño fruncido.
Aunque me muerdo la lengua para no empeorar la situación, su gesto me pone furiosa. Es injusto por su parte culpar a Elder: no puede esperar que conozca a la perfección los mecanismos de una nave hecha hace siglos.
Mi padre suspira mientras alza la mirada al cielo, y me vienen a la mente los chillidos de aquellos pájaros horribles. Aquellas abolladuras en el costado de la lanzadera… ¿Será eso lo que ha causado el fallo en los sensores?
Emma parece estar pensando en lo mismo.
—Señor —interviene—, ¿qué pasa con la fauna indígena? Algunos especímenes pueden suponer una amenaza.
Mi padre parece reflexionar durante un momento, pero Chris interrumpe enseguida su meditación.
—Las consecuencias negativas de confinar a los miembros de la misión durante un período indeterminado, con provisiones limitadas y sin acceso a instalaciones de saneamiento, suponen una amenaza mayor que cualquier peligro potencial. Le aseguro, señor, que encerrarnos a todos en la lanzadera es más arriesgado que evacuarla.
Mi padre mira a su alrededor con gesto decidido: ya ha oído bastante.
—Chris, Emma: poned en marcha el proceso de inmediato. Todos los miembros de la tripulación, tanto terrícolas como nativos de la Fortuna, deben abandonar este recinto a la mayor brevedad. Los efectivos militares ayudarán a organizar la evacuación, y luego se aprovisionarán de todas las armas que puedan acarrear.
«Catorce minutos, treinta segundos».
—¡Deprisa! —grita mi padre.
—Intentaré retrasar el cierre —dice Elder volviéndose de nuevo hacia el panel de mandos.
Me gustaría ayudarle de algún modo, pero sé que no haría más que estorbarle. Salgo del puente y echo a correr tras Emma; al llegar a la sala, veo que los militares ya están formados a la espera de órdenes. En cuanto Emma les dice lo que hay que hacer, se reparten por la estancia para conducir a la gente hacia el pasillo y encaminarlos a la salida. Los nativos de la Fortuna se apelotonan contra la pared del fondo, demasiado sorprendidos para protestar. Los científicos se ponen en pie y empiezan a recoger su instrumental.
Echo a correr hacia mi madre.
—Mamá, no hay tiempo para esto —le digo mientras le quito un microscopio de entre los dedos, asombrada de que se le haya ocurrido coger un aparato tan aparentemente absurdo.
—Amy, ¿qué ocurre? —pregunta con aire impaciente, como si todo esto no fuera más que una broma pesada que se me ha ocurrido gastarle.
La alarma se corta unos segundos para dar paso a la voz del ordenador:
«Trece minutos para el cierre de la lanzadera».
—¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo! —apremio a mi madre.
—¿Por qué? —replica ella volviendo a agarrar el microscopio.
—¡Porque las puertas se van a bloquear! —grito para hacerme oír sobre la alarma—. ¡Si no sales, te quedarás atrapada aquí dentro!
Mi madre palidece.
—¿Y cuándo podría volver a salir?
—¡No sé!
Por fin parece haber captado el mensaje, porque deja el microscopio sobre una camilla y empieza a empujar a sus compañeros hacia el corredor. La puerta de la lanzadera es muy resistente; al fin y al cabo, está construida para aislar la nave del espacio. Vamos a salir al planeta con las pocas posesiones que podamos llevar encima. Si la puerta se bloquea y el ordenador se cuelga, no podremos hacer nada para volver a abrirla.
Y si no salimos, se convertirá en nuestra tumba.
—¡Vamos! ¡Deprisa! —grita Emma Bledsoe a los nativos de la Fortuna que esperan en el fondo de la sala.
Me acerco corriendo a ellos.
—¡Tenemos que salir! —exclamo.
Todos me miran con expresión perpleja. Están dispuestos a creerme a mí antes que a Bledsoe; aunque no soy una de ellos, me conocen y, más o menos, confían en mí. Sin embargo, no logran asimilar que la lanzadera se haya vuelto en su contra: para ellos, es su única protección.
—Id con Elder, rápido. ¡Está ahí fuera! ¡Tenéis que salir! —algo de lo que digo logra penetrar en su coraza, y varios de ellos echan a andar lentamente detrás de los científicos que ya desfilan por la puerta.
Una vez que los primeros se ponen en marcha, muchos otros los siguen. Bledsoe y sus hombres empiezan a agarrar a la gente para impulsarla hacia el pasillo: nadie se mueve con la rapidez suficiente.
La alarma enmudece unos segundos.
«Ocho minutos para el cierre».
No lo vamos a conseguir. Hay demasiada gente paralizada por el miedo a salir al exterior y no poder volver a entrar.
Alguien me agarra del hombro, y al volverme veo a Kit.
—¡Dile a Elder que este grupo se queda! —chilla.
—¿Cómo? ¡No puede ser!
—¡No van a salir! ¡Están aterrados! ¡Les llevará semanas hacerse a la idea de que deben abandonar la lanzadera!
—¡No tienen otra opción, Kit! —chillo—. ¡Si no salen ahora, tal vez no puedan hacerlo jamás! ¡Es posible que se queden encerrados aquí dentro!
Un grupo de militares entre los que están Chris y Bledsoe se aproximan al grupo arrinconado contra la pared. Los nativos de la Fortuna los miran con ojos desorbitados por el terror. Cerca de mí hay una mujer que se pega al metal como si quisiera fundirse con él, con las manos cerradas en torno a dos remaches. Por el brazo izquierdo le corre un hilillo de sangre, y eso hace que la reconozca: se trata de Lorin, una de las mujeres a las que atendí después del aterrizaje. Aferra los remaches con tanta fuerza que algunos puntos de la herida se le han desgarrado.
—Lorin —le digo lo más dulcemente que puedo, considerando que la alarma sigue ensordeciéndonos a todos—. Tenemos que salir, Lorin.
Ella niega con la cabeza mientras pronuncia palabras inaudibles.
—No hay otra opción —insisto.
Lanzo una mirada al resto del grupo. Nunca han vivido sin paredes, pero no podemos dejar que mueran tras ellas.
—Ya está bien —gruñe Bledsoe.
Me aparta de un empujón, aferra la muñeca de Lorin y trata de llevársela a rastras. La mujer suelta un alarido y se debate con energía; cuando tropieza y cae de rodillas, Bledsoe la arrastra un par de metros, hasta que Lorin consigue liberarse y se abalanza al otro lado de la sala. Se pega de nuevo a la pared y empieza a negar con la cabeza, tan violentamente que su cráneo choca contra el metal.
«Siete minutos».
Me vuelvo hacia los militares.
—Id al arsenal —les digo—. Nos harán falta todas las armas que podamos sacar. Kit y yo nos ocuparemos de esta gente.
Bledsoe se me queda mirando como si quisiera protestar, pero acaba por levantar las manos en un gesto de resignación e indica a sus hombres que la sigan.
—¿Cómo vas a…? —empieza Kit, pero no le doy tiempo a terminar la pregunta.
—¿Dónde están los parches verdes? —grito, ronca por el esfuerzo de hacerme oír sobre la alarma.
—¿Qué?
—¡El fidus!
Kit asiente, mete la mano en la bolsa que lleva al hombro y saca varios puñados de parches verdes. Haciendo de tripas corazón, le pego uno a cada una de las personas que se niegan a salir: mejor drogarlos, por odioso que sea el fidus, que dejarlos morir aquí. Uno por uno, empiezan a desfilar con paso cansino hacia el pasillo, y les grito que se apuren.
Solo me queda Lorin, que no hace más que tratar de esquivarme. Sin embargo, cuando la alarma anuncia el último minuto, logro inmovilizarla y le pego un parche en la mano. La mirada se le pone vidriosa al instante, y aprovecho para agarrarla del brazo y salir con ella de la estancia a toda prisa.
«Treinta segundos para el cierre», anuncia alegremente el ordenador. «Veintinueve… veintiocho…».
Echo a correr con desesperación, arrastrando el cuerpo pasivo de Lorin. Me niego a quedarme encerrada en esta maldita lanzadera.
Elder aguarda algo más allá, en la puerta del puente.
—¡Corre, Amy!
«Diez… nueve… ocho…».
Hago salir a Lorin de un empellón. Se tambalea y cae, pero ya está fuera.
«Cuatro… tres».
Me lanzo de cabeza.
La puerta se cierra con un chasquido metálico a mi espalda.
La alarma enmudece, pero los oídos me pitan tanto que aún me parece oírla.
—¿Estás bien? —me pregunta Elder tirando de mi brazo. A su lado, Kit pone en pie a Lorin sin dejar de jadear.
—Sí —susurro frotándome el codo, que debo de haberme golpeado en algún momento.
—¿Cuánto tiempo va a estar sellada esta maldita puerta? —pregunta mi padre, mirándola como si se hubiera cerrado solo para enfurecerle.
—Ya le he dicho que no lo sé —contesta Elder, tan irritado como él.
Mi padre le lanza una mirada incendiaria. La situación le pone furioso, pero no puede hacer nada por cambiarla. Miro alternativamente a uno y a otro: mi padre no tiene derecho a culpar a Elder de lo que ha pasado, y sin embargo… Sin embargo, yo también querría que Elder tuviera alguna idea sobre cómo neutralizar el cierre de la lanzadera.
Mi padre le ordena a Bledsoe que congregue a los militares y luego le pide a Elder que haga lo mismo con su gente. Elder baja la rampa seguido de Kit, quien a su vez guía a Lorin.
Hago ademán de bajar yo también, pero mi padre me pone una mano en el hombro para detenerme.
—No vuelvas a hacer algo así —me dice.
—¿A qué te refieres? —inquiero, aún frotándome el codo.
—No vuelvas a correr riesgos por esa gente. Si se hubieran quedado encerrados, habría sido por culpa suya. Pero si tú te hubieras quedado encerrada…
—Al final, todos hemos salido —le corto, entrecerrando los ojos.
—Toma —mi padre me pone algo frío y duro en la mano: es una pistola del treinta y ocho de doble acción, metida en una funda de lona—. Recuerda lo que te enseñé: aprieta el gatillo sin amartillar. Agárrala con las dos manos cuando apuntes.
—No se me ha olvidado —respondo, recordando el día en que le pegué un tiro a Doc en la rodilla. La pistola está fría e inanimada, pero el recuerdo de aquella escena continúa envuelto en un olor a pólvora y sangre que me revuelve el estómago.
—No te separes de Chris —añade mi padre en voz baja—. Me fío más de él que de cualquiera de los nativos de la Fortuna.
—No son malos, papá. Solo son gente.
—Pero no son nuestra gente.