Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 13 de 92

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Frontera Sur

11. La casa de los deseos

 

La orquesta, que se había deshecho ante el escándalo, se rehizo instantáneamente.

Manuel Gálvez, Nacha Regules

 

Aquel 2 de octubre, el del ochenta y uno, en que Ramón sostuvo su primer diálogo político y manifestó un saber que le hacía poderoso y admirable, fue decisivo para todos.

Roque despertó a las once.

Ciriaco Maidana, de pie junto a la mesa, le dio los buenos días.

—Fantasma, fantasma —dijo Roque, sentándose en la cama, con un retintín de falsa reconvención—. Se te ve demasiado a menudo.

—Seré un mal fantasma —se defendió el compadrito muerto—, pero también soy un buen socio. Eso no lo podrás negar —aceptando sin dudar el tuteo que Roque acababa de introducir en su universo ceremonioso y grave.

—Jamás pude imaginar uno mejor.

—Llevamos hecho un buen capital.

—Un peso con otro, ya reunimos dos mil, Ciriaco.

—Y eso porque sos demasiado cuidadoso con las apariencias.

—No quiero terminar con el cuello cortado como tú, y los galleros, como sabes, son desconfiados.

Roque se puso los pantalones y cogió toalla, jabón, brocha y navaja.

—Me voy a lavar. Espérame, por favor. Será mejor que no me vean hablando solo.

—Espero. No tengo apuro. Además, se puede ir a cualquier hora.

—¿Ir? ¿Adónde?

—A lo de Piera.

—¿Hoy, en domingo? Debe de estar lleno de gente.

—Siempre está lleno.

—Pensaba visitar a Posse.

—A Sara, querés decir.

—Sí, a Sara, a Sara. Confío en que no te parezca mal.

—No, no… Es natural que quieras verla. Es linda. Y vos estás en su destino. También es cierto que ella no tiene la menor importancia en el tuyo.

—¿Por qué? ¿Por qué dices eso?

—Porque Sara se va a morir joven. Y porque a vos te gusta Piera.

—¡Qué sabrás tú!, —se irritó Roque—. ¡Vienes del pasado, no del futuro! ¡Dedícate al recuerdo y no estorbes con adivinanzas, Ciriaco!

Y dio un puñetazo sobre la mesa.

—Te van a tomar por loco —le recordó Maidana—. ¡Un hombre grande como vos, peleándose con nadie!

Roque salió de la habitación agitando el aire.

Regresó a la media hora, más sereno y con una decisión tomada.

—Vamos a lo de Piera —dijo—. Hay que arreglar lo de Manolo.

—Vamos —concedió Maidana—, pero antes quiero decirte dos cosas.

—Dilas —invitó Roque, poniéndose la camisa.

—Tres —recontó Maidana—. Van a ser tres. Una: yo no vengo del pasado. Ni del futuro. Me salí del tiempo, estoy afuera, nada más. Dos: no te engañes. No vas a ver a Piera por lo del muchacho, sino porque querés. Tres: no sufras más. No hace falta que te afeites en un patio y te laves con agua helada. Ya podes vivir en una casa mejor.

Roque solo comentó la última observación. —Despacio, despacio… Estamos en primavera. Hasta dentro de unos meses no volverá a hacer frío. Es mejor no dar saltos, no llamar la atención con el dinero. Buscaré otra casa antes del invierno, sin prisa.

Terminó de vestirse y salieron.

La casa de Piera estaba en el oeste, en Almagro, lejos de las zonas de burdeles características, más allá de Centroamérica, la que con el tiempo sería Pueyrredón, entre quintas y tambos de vascos. El tranvía que subía por Victoria les llevó hasta los Corrales de Miserere, un límite. Desde allí, fueron andando.

El edificio, que Roque no había visto jamás, desentonaba en aquella zona de Buenos Aires: un bloque de dos plantas, construido en el centro de una manzana y rodeado por un jardín inculto y muy poblado, en cuya espesura se disimulaban los carruajes de los visitantes. Una valla de más de tres metros aislaba el conjunto y le daba un aspecto carcelario.

La decoración del interior desmentía el efecto. La inteligencia del placer llevó a Toulouse-Lautrec a esperar el nuevo siglo en lugares como aquel.

Golpearon el inmenso portón con un pesado llamador de bronce que figuraba una cabeza de vaca. El negro Juan Manuel les hizo pasar por una pequeña puerta lateral y les acompañó hasta el recibidor.

Piera vestía de rojo. La diafanidad de la piel expuesta por el generoso escote acentuaba el azabache del pelo.

—Me alegro de verlo, Roque —saludó.

—¿Cómo está, Piera?, —eligió decir él, eludiendo la declaración.

En el salón, con paredes revestidas de raso lila y espejos de marco dorado, había mesas, una tarima para los músicos, una barra y una pista de baile, como en cualquier cabaret. Las mujeres, que conversaban o reían exageradamente las gracias idiotas de los clientes, eran hermosas. Roque se detuvo en la entrada y observó la escena.

Tres hombres tocaban un tango. Los agudos del piano, la flauta y el violín subrayaban la obscenidad de una letra casi gritada por una mulata picara, de rasgos finos, que hacía las delicias del público acompañando la historia con gestos leves pero definitivos.

Roque reconoció entre los presentes a un abogado próximo al general Roca. Piera, que le seguía, leyó la identificación en su mirada.

—Aquí nadie tiene nombre —advirtió.

Roque fue hacia la barra y ella le acompañó.

Otra muchacha servía las bebidas.

—¿Qué va a tomar? Invita la casa —dijo Piera.

—Ginebra. Tiene un pianista desastroso.

—Ya me he dado cuenta. No soy sorda. Pero no encuentro nada mejor. Usted quería hablarme de los músicos, ¿no?

—Échelos y traiga dos bandoneones. Son más tristes. Verdaderos.

—¿Conoce?

—Se los estoy ofreciendo.

Conversaban, sentados el uno junto al otro en altos taburetes, y se miraban a los ojos en el gran espejo que tenían delante, al otro lado de la barra.

—A la gente le gusta la flauta. Suena a felicidad.

—Reparta el tiempo. Un poco de flauta… sin dar siempre lo mismo. No ha de faltar quien quiera confesarse: el bandoneón le será favorable.

Interrumpió la explicación.

—Es una felicidad distinta —añadió, consciente de que algo nuevo acababa de instalarse entre ellos.

Ella bajó la cabeza.

—Si quiere, hacemos la prueba —propuso.

—Mañana habrá aquí menos gente.

—Nadie hasta las seis de la tarde, que es la hora en que abro los lunes.

—Traeré a los muchachos para que los escuche.

Piera se volvió a medias y echó una mirada al salón.

—¿Seguro que no quiere a ninguna de las chicas?

—Seguro.

—¿Por qué?, —preguntó ella, de frente, olvidando el espejo.

Roque se vio obligado a girarse y hablarle directamente. Estaban muy próximos.

—Primero: porque no me interesa una mujer a la que le da igual que yo sea yo o sea otro, mientras pague. Me merezco un respeto.

Bebió un sorbo lento y se entrevió vagamente en el azogue.

—¿Y segundo?, —urgió ella.

—Segundo: porque la única mujer que me interesa aquí es usted. Y ni siquiera sé su nombre.

Piera se deslizó del taburete y tomó a Roque de la mano.

—Vení —le dijo.

Le precedió hacia la escalera. Se detuvo cuando había dado un paso o dos.

—Vigila esto —ordenó, dirigiéndose a la muchacha de la barra.

En la planta alta, el púrpura sustituía al lila en las paredes. La habitación de Piera estaba enteramente revestida de espejos.

Hizo pasar a Roque y cerró con llave. Se quedó junto a la puerta, dando la espalda al hombre.

—Desabróchame el vestido —seca, sin admitir réplica.

Roque obedeció con dedos vacilantes. No llevaba otra prenda. Cuando el último botón, poco más abajo de la cintura, cedió, Piera quedó de pie en medio de un montón de tela roja. Se dio la vuelta y avanzó hacia el centro de la estancia. Él la contempló, deslumbrado, y ella giró y giró, lentamente, una vez, dos, tres, mientras se soltaba el pelo azabache y lo dejaba caer, cubriéndole los hombros y la nuca, y bajando hasta el nacimiento de las nalgas.

—¿Qué tal?, —preguntó, orgullosa, con los brazos en jarras, con la boca entreabierta en una sonrisa, con las piernas separadas, en cuanto dejó de moverse.

—Extraordinario.

—Ahora, desnúdate vos.

Roque amagó avanzar hacia ella.

—No. Ahí, donde estás.

—¿Aquí?

—Ahí. ¿Nunca te desnudaste así delante de una mujer?

—No.

—Será la primera vez, pues.

—Si no hay otro remedio…

—No hay.

Roque se quitó la ropa. Los espejos, que le repetían tantas veces a él como a Piera, le ayudaron. Pudo eludir el ridículo al que tanto temía. A la vista el torso, siguió con los zapatos. Se imaginó luego en calcetines y liberó los pies. Tampoco le atrajo la idea de mostrarse en calzoncillos, y los eliminó en el mismo movimiento en que se deshizo de los pantalones, poniendo en evidencia su erección, que pretendió cubrir con las manos.

—¿Por qué te tapas, si estás muy bien? ¿Qué crees que quiero ver? ¿Un muerto?, —desafió Piera.

Roque bajó los brazos y esperó. Había renunciado al control de los sucesos, de modo que la indicación siguiente no le asombró.

—Aquel espejo, el del rincón —explicó ella—, es una puerta. Da al baño. Hay agua caliente. Te espero en la cama.

La propuesta evocaba un lujo sensual que hubiese justificado por sí solo todo lo ocurrido en el día: desde su marcha de la casa de Posse, Roque no había vuelto a experimentar nada comparable. Se entretuvo en el agua largo rato, y únicamente pudo arrancarse a aquel placer ante la expectativa de la hembra que le aguardaba, tan cerca.

Piera estaba tendida sobre la colcha de lame negro, que ponía de relieve la luz de su piel y la laca roja de las uñas de sus pies.

—Me llamo Teresa —anunció.

Roque terminó de frotarse el cuello con la toalla y se acercó a la cama. Sentado junto a ella, le acarició una mano y el vientre.

—Sé suave —pidió—. Hace más de dos años que no me acuesto con un hombre.

Encontró la sorpresa en los ojos de él.

—Las putas, acá, son las otras —aclaró en voz queda

—Ya.

Entonces la besó.