Frontera Sur
Segunda parte
18. Nuestra riqueza
Lo que no hemos podido suprimir todavía son los conventillos, aunque ahora abunden menos.
Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat
En la primavera del ochenta y dos, Roque llegó a la conclusión de que era hora de cambiar de vida. Un mediodía, Frisch le encontró sentado haciendo cuentas en una libreta.
Le puso delante un periódico.
—Mirá —invitó, en su mejor tono argentino.
Roque cogió lo que se le mostraba y le echó una ojeada.
—¿En qué está?, —preguntó—. ¿Alemán?
—Alemán.
—Explícame, no entiendo una palabra.
—Vórwarts. Así se llama. Quiere decir «Adelante». Una publicación socialista. Más: la primera publicación socialista de la Argentina.
—¿Y está hecha en alemán? ¿Quién la va a leer? ¿Tú?
—Los obreros alemanes, Roque. Yo participo. Está escrita casi toda por mi amigo Furman, pero también hay una cosa mía. Con seudónimo, claro está.
—¿Cuántos obreros alemanes hay en Buenos Aires, Germán?
—No sé. Muchos.
—¿Socialistas?
—Algunos.
—¿Y los demás?
—Aprenderán. De eso nos vamos a encargar nosotros.
—Hmmm…
—Se necesita tiempo… —retrocedió Frisch.
Roque dejó el periódico a un lado y cerró la libreta en que había estado escribiendo.
—Siéntate, por favor —invitó.
Frisch hizo lo que se le pedía.
—¿A qué huele aquí?, —interrogó Roque.
Frisch husmeó el aire antes de pronunciarse.
—A grasa frita —arriesgó.
—¿Y a qué más?
—A ropa sucia…
Roque le observaba, exigiéndole con la mirada mayor precisión.
—A papel húmedo… a humedad… —siguió enumerando.
—Sí.
—A colonia de esa que…, —de pronto, Frisch entendió que no iba a poder definir lo que percibía: se sintió irritado y acosado—. ¿A qué carajo huele, Roque?, —casi gritó, despegándose de la silla.
—A miseria —definió Roque—. Aquí huele a miseria, Germán. Y hay que sacarse de encima este olor.
—Eso, eso —se entusiasmó Frisch—. Hay que acabar con la miseria. Se necesita tiempo…
—Se necesita dinero.
—La revolución…
—Estoy hablando de nuestra miseria, amigo mío. No de la miseria de tus obreros alemanes, sino de la nuestra. Estoy hablando de salir de este sitio de mierda para no volver más. Ramón se merece algo mejor, ¿no crees?
—Sabes que sí, que lo creo. Ese chico es una maravilla, y debería estudiar… ¿Dónde está?
—Se lo ha llevado Sara a pasear. Todavía no le he dicho nada de lo que te voy a decir a ti, Germán.
—Escucho.
—Nos vamos de aquí. He comprado una casa.
A Frisch le brillaron los ojos; se puso de pie y se aproximó a su amigo, que sonreía.
—Me alegro mucho mucho —dijo el alemán, poniendo una mano sobre el hombro de Roque—. Espero que no dejemos de vernos —añadió con pena.
—¿Dejar de vernos?, —se sorprendió Roque, apretando la mano que se apoyaba en su hombro—. Tú también te vas de aquí, Germán.
—¿Contigo?
—Conmigo. Aunque he pensado que las cosas… Verás: no se trata de cambiar de vivienda únicamente…
—¿Entonces?
—En realidad, no he comprado una casa, sino dos. El reñidero y uno que otro asunto… Tú no sabes casi nada de lo que he estado haciendo.
—¿Sos rico?, —resumió Frisch.
—Creo que sí. Gracias a Maidana. Y a Piera.
—Muy bien. Así, no tenés que esperar la revolución.
—Tampoco tú. Pero preferiría que no olvidaras el problema. Alguien habrá de enseñarle esas cosas a Ramón cuando corresponda.
—¿Por qué dos casas?
—Una para que viva Ramón y otra para que vivas tú. No pretendo que dejéis de veros, nada de eso… Solo que Ramón tendrá una maestra, y tú irás a visitarle cada día, pero yo necesito un domicilio legal distinto, por aquí, en el centro, una casa de verdad, habitada. Mis negocios son limpios, Germán, pero nunca se sabe… y no es el mundo que quiero para él. Además, no puedo seguir solo. Como Maidana no puede dar la cara —sonrió—, y ha de ser alguien de la mayor confianza quien…
—Ya entiendo.
—No dejes tu periódico, ni tus amigos. Si por algo nos persiguen, es mejor que sea por socialistas.
—Gracias, Roque.
—No digas tonterías.
Dejaron el conventillo tres días más tarde.