Frontera Sur
35. Los límites
Y desde la noche, otra noche en su alma cayó bruscamente de seda[…]
Fernando Gilardi, La mañana
Teresa se estableció en la casa de Alsina y Rioja, llenando de espejos y roperos y perfumes la habitación que Roque se había reservado diez o doce años atrás, y que nunca había ocupado realmente. Antes de la llegada de Mildred, dormía allí una o dos veces por semana. Después, se acostumbró a visitar a su hijo a mediodía, tras pasar la noche en lo de Piera.
Mildred y Ramón se casaron en la fecha prevista, pero, en homenaje al amigo y a su pena, la boda no se festejó más allá del brindis de los íntimos. Germán Frisch siguió viviendo en Artes 63. Dedicaba buena parte del día a los negocios de Roque. Muerta Encarnación, volvió a trabajar por la causa del socialismo con fervor renovado: su actividad no se limitaba ya a los obreros alemanes: los militantes de Vörwarts se habían unido a los franceses de Les Egaux y a los italianos del Fascio dei Lavoratori, y habían acabado por sumarse a los argentinos, naturales de la tierra o nacionalizados, de la Agrupación Socialista y del Centro Socialista Universitario, para formar, en 1895, el Partido Socialista Obrero Argentino. Los diversos periódicos confluían ahora en uno solo, editado en castellano: La Vanguardia. Frisch colaboraba a su divulgación y a su realización, escribiendo artículos que firmaba con seudónimo. La verdad, decía él, no sin experimentar a regañadientes cierto orgullo patriótico, es que los alemanes fueron decisivos en tal avance: «Si hasta el local hubo que poner para el primer congreso».
Mildred esperaba a su hijo para los primeros días de junio de 1897. Enero fue un mes terrible, de calor aplastante, en que parecía imposible moverse en el aire espeso de Buenos Aires. Las mujeres se abanicaban, en la sombra de las cocinas, con los mismos enormes paipais con que, en el invierno, avivaban el fuego en las hornillas de carbón. Teresa y Mildred se sentaban bajo la parra a preparar batitas de lino y escarpines de crochet.
A finales de febrero, el bochorno cedió y se pudo salir de compras después de la siesta: la difusión del alumbrado eléctrico y el tardío ocaso del verano mantenían las tiendas abiertas hasta más allá de las seis. A veces, las mujeres iban solas. A veces, Ramón las acompañaba.
Hubo una tarde en que regresaron solas: los hombres habían viajado a Montevideo y dormían después de dos noches en blanco.
Abandonaron los paquetes apenas pasado el zaguán, y se dejaron caer sobre los sillones de mimbre del patio.
Mildred se soltó los botones de la blusa y los lazos del corpiño, y cerró los ojos para mejor gozar del placer de respirar hondo. Teresa se entregó a la contemplación del perfil de la joven: el pelo tirante, la nariz recta y los labios llenos, y el vientre que se iba haciendo notable. El silencio y la penumbra la amodorraron. Dormitó cinco, diez minutos. Como en un sueño, le llegó la imagen, primero imprecisa, poco creíble, luego nítida y urgente: abrió del todo los ojos, ya fijos en las baldosas, para mirar lo que temía: aquella mancha en el piso, debajo del asiento de Mildred, aquella mancha que crecía de un segundo a otro, era de sangre. Teresa se incorporó de un salto y fue a arrodillarse junto a la muchacha, a pasar un dedo por aquel líquido espeso y oscuro, a comprobar su color obsceno, a estudiar un instante la palidez creciente del rostro indefenso, cuya expresión era ahora infantil, extrañamente alejada de la serenidad madura de unas horas antes.
—¡Roque! —gritó Teresa—. ¡Ramón! —recordando que era Mildred, y no ella, quien necesitaba ayuda, y que convenía avisar a su marido.
La alarma feroz en su llamada despertó a todos. Germán Frisch, sin otra prenda que un pantalón de brin a medio abrochar, fue el primero en dejarse ver.
—¿Qué pasa?, —preguntó, ansioso.
—Es Mildred, está perdiendo sangre —y señaló la prueba.
A Frisch le bastó un segundo para comprender.
—Voy a buscar un médico —anunció, también a Roque y a Ramón, que se habían levantado y ya estaban junto a él.
—Lleva el caballo negro —dijo Roque—. Es el más rápido… Y otro para el doctor. Melián, el que la atiende, ha de estar en el San Roque.
—Vamos a llevarla a la cama —dijo Ramón, convencido ya de que la ausencia de Mildred poco tenía que ver con el sueño.
La mancha en el suelo era intolerablemente grande. Tomó a la mujer, su mujer, por los hombros, mientras Roque la sujetaba por los tobillos. El camino del sillón a la cama quedó trazado con gotas de sangre, muy gruesas y muy juntas, casi una línea.
—Hay que desnudarla —recordó Teresa.
—No la muevas —pidió Ramón.
Fue en busca de unas tijeras y cortó con mano firme falda y enagua, calzones y corpiño a lo largo, las mangas desde las muñecas, las medias desde los muslos, y abrió cada una de las prendas hasta liberar por entero de toda atadura el cuerpo de Mildred. La cubrió con una sábana y se sentó a su lado a esperar al médico o al destino.
La sangre empapó pronto el colchón y empezó a caer sobre las tablas del piso. Ramón sujetaba una mano de Mildred y la sentía cada vez más fría. Roque y Teresa guardaban absoluto silencio.
—Mildred, Mildred —susurraba Ramón.
Frisch trajo al médico al cabo de media hora.
—Por favor, caballeros, esperen afuera —pidió el doctor Melián—. La señora puede quedarse y ayudarme.
—Es grave, ¿no?, —le apuró Ramón.
—Cuando la vea, lo sabré. Déjeme trabajar.
Los hombres abandonaron la habitación. El médico permaneció junto a Mildred hasta cerca de medianoche. Teresa entraba y salía constantemente a traer o vaciar palanganas, a improvisar paños rasgando sábanas de lino o a servirse copas de aguardiente y engullirlas de un trago. En todo ese tiempo, nadie habló.
El doctor Melián, con la frente brillante por el sudor, y las manos y la camisa sucias, abrió la puerta con la cabeza baja, eludiendo el encuentro con las miradas de quienes aguardaban su palabra como si la suya fuese la voz de un dios.
—Lo siento mucho —lamentó—. No he podido hacer más.
—¿Qué quiere decir?, —dudó Frisch.
—Que está muerta —dijo Teresa.
Ramón se levantó y dio unos pasos hacia la habitación.
—No, por favor, no entre —rogó el médico—. Podrán verla dentro de unos minutos. La señora y yo vamos a limpiar un poco.
Ramón volvió a sentarse, vencido por el peso de la verdad.
—Padre —llamó en voz baja.
—Sí —respondió Roque.
—¿Qué haré ahora? He vivido siempre con ella.
—Ahora habrás de vivir siempre sin ella.
—Es difícil de imaginar.
—Aquí, nuestro amigo Germán, empleó una vez la palabra privilegio para referirse a una historia parecida, una historia de amor… Es de eso de lo que tú has gozado, Ramón: un privilegio: una mujer que te ha dado un cuerpo y un lugar a una edad en que otros hombres solo conocen el miedo y la sordidez. No ha podido poner en el mundo un hijo tuyo, pero te ha puesto a ti. De ella y de tu vida con ella te heredarán otras mujeres.
—Vos, como tu padre y como yo —reflexionó Frisch—, tuviste una inmensa fortuna: la de ser amado. Por haber sido amado una vez, lo vas a ser muchas veces más: es como si llevaras una señal en la frente. Tu destino no es de soledad, Ramón. Será de dolor, quién sabe…, pero no de soledad. Pocos pueden decir lo mismo.
—Eso no me sirve en este momento, Germán —se quejó Ramón—. Ya sé que el viejo y vos sufrieron, por mamá, por Encarnación… Pero es que yo ni siquiera sufro: es solo que no sé qué hacer, no sé qué va a pasar: esto se parece más a un nacimiento que a una muerte: se parece más a mi nacimiento que a la muerte de Mildred.
—Es tu nacimiento, Ramón —confirmó Roque—. Otro nacimiento. Aún no has empezado a sufrir, no es más que el instante inicial. Llorarás y llorarás. Al final del llanto, dentro de un tiempo, te sentirás distinto del que eras antes de hoy, no te reconocerás: serás mejor, más generoso y más fuerte.
El médico se acercó a ellos. Se había puesto la chaqueta y su aire de desamparo era menos evidente.
—Pueden pasar —dijo.
Ramón fue solo hacia la habitación.
—¿Cuánto le debo, doctor?, —preguntó Roque.
—Nada, don Roque. ¿Cómo quiere que le cobre? ¿Tiene una copita de anís?
—Enseguida. Tengo una botella guardada.
—Voy con usted.
En la cocina, el médico se sentó a la mesa.
—Su hijo lo va llevando bien —dijo.
—Se vendrá abajo más tarde —afirmó Roque, sirviendo anís para los dos.
—Le voy a dar algo —el doctor Melián abrió su maletín y sacó un frasquito de cristal negro—. En grandes dosis, mata —explicó— pero en pequeñas cantidades, salva de las penas mayores.
—¿Qué es?, —quiso saber Roque.
—Belladona, beleño y láudano. Unas gotas le ayudarán a dormir y le evitarán trastornos físicos.
—Gracias.
El médico se marchó.
En el baño, Roque destapó el frasco y probó el sabor de la mezcla: a alcohol barato. Lo puso encima del botiquín, fuera de la vista.
Ramón seguía sentado en la cama, mirando a Mildred. Teresa estaba de pie detrás de él. Roque no entró: observó la escena desde la puerta.
—Voy a la cochería —advirtió Frisch—. ¿Hay que ver a alguien en particular?
—Sí —confirmó Roque—. Un tal Lemoine, en Costa.
—¿Qué le pido?
—Lo mismo que para Encarnación.
En el velorio y el entierro, se vio que Roque había adquirido una estatura patriarcal comparable a la de don Manuel Posse, quien visitó la casa aquella misma noche y abrazó a Ramón a la vista de todo el mundo en un alarde de igualdad.
Ramón no derramó una lágrima hasta su retorno del cementerio.
Entonces se encerró en la sala, convertida en biblioteca, donde no faltaba un sofá, y no salió hasta pasados tres meses.
Solo Teresa entraba a verle y le llevaba algo de comer. Cada noche echaba dos gotas de la mezcla milagrosa del doctor Melián en la última copa de vino.