Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 21 de 92

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Frontera Sur

19. La maestra normal

 

 

Era rubia y sus ojos celestes reflejaban la gloria del día.

Héctor P. Blomberg, La pulpera de Santa Lucía

 

La calle Potosí, que se llamaría Alsina a partir del ochenta y cuatro, abandonaba el centro a la altura de Sarandí para adentrarse en la inmensa parroquia de Balvanera, que se extendía hacia el oeste hasta el deslinde de Flores, por entre los trazados de México y Paraguay. El terreno en ese borde de la ciudad rondó los ocho pesos por metro cuadrado a lo largo de toda aquella década, de modo que Roque pudo considerar con razón que había dado con una ganga cuando le ofrecieron suelo y construcción, con triple frente y un fondo que alcanzaba al centro de la manzana, por diez mil pesos.

La casa estaba en el cruce de Alsina con Rioja, a doscientos metros de los Corrales de Miserere, donde, en marzo, el Club Industrial realizó la primera Exposición Continental, y que el intendente Alvear, nombrado en el año siguiente, convirtió en plaza poco después. También caía muy cerca el Hospital de San Roque, después rebautizado Ramos Mejía, que empezó a atender a finales del ochenta y tres.

Se parecía a muchas otras viviendas de Buenos Aires, con sus techos altos y sus habitaciones abiertas al patio emparrado, con su corralón para abrigo de carruajes, con su jardín rústico y su amplia cocina de pretensión rural, con su enorme baño con estufa y brasero. El recuerdo de la generosa y cálida residencia de don Manuel Posse asaltó a Ramón cuando se vio allí.

—¿Es nuestra, padre? ¿Esta casa es nuestra?, —preguntó.

—Nuestra —confirmó Roque.

El niño inició la exploración del sitio en aquel mismo momento. Una exploración que duraría años, renovada de día en día.

Dispuestas para él, encontró una cama, una mesa y una estantería de madera en la que descansaban algunos cuadernos. Todo lo que habían poseído hasta entonces estaba reunido en la chata de Roque: de allí, con la ayuda de Frisch, bajó Ramón las cajas con los libros acumulados por su curiosidad en largos meses de espera y aprendizaje: folletos comprados en los paseos de domingo por la Recova Vieja, libros arrastrados por la voluntad de Roque desde el otro lado del mar y recobrados para la vida por el muchacho, folletines armados pliego a pliego y sujetos por inevitables cordeles: el conjunto rellenó un anaquel completo y parte de otro. Su fortuna, hasta hacía unas horas incalculable, se mostraba ahora a los ojos de Ramón en su real, exigua dimensión.

—Pronto te faltará lugar, vas a ver —le consoló Frisch, seguro de decir la verdad.

—Aquí hay más silencio y podré leer mucho —especuló Ramón—, pero no creo que haya librerías como en el centro.

—El tranvía nos acerca a todas partes.

Había una habitación para Roque y otra para Frisch. Otras seis aguardaban un papel.

La práctica no tardaría en señalar el sitio del comedor, inmediato a la cocina. La proximidad de la calle, un sillón de orejas y dos sillas definían la sala. Un piano vertical arrimado a una pared explicaba la probable función de otro espacio.

—¿Y este dormitorio?, —averiguó Ramón—. ¿Es para Sara? Una colcha de encaje y un tocador disponían el aire para una mujer.

—Es para tu maestra.

—¿Mi maestra? ¿Quién va a ser?

—Quizá lo sepamos mañana. Han de venir unas cuantas. Si alguna nos cae bien, le pedimos que se quede. Si no, seguimos buscando.

La estufa, un brillante armatoste británico que devoraba leña como una locomotora, les regaló un inolvidable baño caliente. Hasta entonces, Roque y Frisch habían ido resolviendo sus necesidades higiénicas en lo de Piera. Pero Ramón solo disfrutaba del agua en sus visitas a la casa de Posse, una vez a la semana o cada quince días.

Frisch asó carne en una de las seis hornillas del fogón de adobes y comieron en la cocina, en una sólida, pesada mesa de madera dura con tapa de mármol blanco, imaginada para quien deseara amasar.

Por la mañana, se inició el desfile de maestras. Roque entrevistó a más de diez mujeres, en la sala, bajo la mirada crítica de Ramón.

La que esperaban apareció al final de la tarde. Era una muchacha rubia, con pecas, casi una niña. Se sentó ante el tribunal familiar en el borde de una silla, con las manos juntas y las rodillas juntas, paseó sus ojos claros por el fondo de los ojos que la observaban y sonrió. Los dos la reconocieron inmediatamente.

—Me llamo Mildred Llewellyn —dijo.

—Mildred Lévelin —repitió Ramón.

—Bien, bien —aceptó ella.

—Y buscas empleo —formalizó Roque.

—Llego de Irlanda hace tres días y vengo aquí.

—Llegué —corrigió Roque, mostrando el pasado con el índice, en un lugar situado detrás de su hombro derecho—. Y vine.

—Eso, eso: llegué de Irlanda.

La natural palidez de Mildred se acentuó de pronto.

Roque vio nacer dos trazos morados sobre sus pómulos.

—Ramón —dijo—, trae la caja de bombones que compré para Sara. La vamos a abrir ahora.

Ramón echó a correr hacia el fondo, pero, apenas pasada la puerta, le detuvo el ruido grave, como lejano, discreto, de la caída del cuerpo de Mildred. Roque, que la alzó del suelo, pensó que jamás había conocido ser tan leve.

La llevó en brazos hasta el que iba a ser su dormitorio.

—Llego de Irlanda hace tres días y no como si no vengo —parodió mientras atravesaba el patio.

La depositó sobre la cama y fue a buscar los bombones y la botella de ginebra. A su regreso, encontró a Ramón sentado junto a la muchacha, sosteniendo una de sus manos.

Roque le pasó un brazo bajo los hombros y la forzó a incorporarse y beber ginebra de un vaso. Mildred tosió, abrió los ojos y bebió otro sorbo.

—¿Un bombón?, —ofreció él.

—Sí.

Engulló tres. El alcohol y el azúcar obraron milagros.

—¿Cuánto hacía que no comías?, —preguntó Roque.

—Desde el barco. No paro en el hotel de inmigrantes.

—No paré.

—Eso: no paré. Traigo una dirección.

—Traía.

—Eso: traía.

—Y la dirección no sirvió de nada.

—Eso: de nada. Es muy vieja. Los chicos crecen.

—Olvídalo. Mi hijo se llama Ramón y aún no ha crecido.

Ella miró al niño.

—Yo soy Roque —dijo él—. Vamos a cenar.

Frisch entró en aquel momento.

—Germán está cocinando para todos en estos días —explicó Roque—. Te presento a Mildred Lévelin. ¿Lo digo bien?

—Muy bien —aprobó ella, todavía en la cama, tendiendo una mano a Frisch.

—Dejé una gallina hirviendo a fuego lento —dijo el alemán—. Hay sopa, gallina y papas.

Ramón la guio hacia la cocina.

En realidad, ellos no cenaron: contemplaron la cena de Mildred, su fiesta, el retorno del color a su rostro, la esencial delicadeza de sus dedos.

Hablaron poco.

—¿Qué edad tienes?, —preguntó Roque.

—Dieciocho años —mintió ella.

Dieciséis, tal vez, calculó él.

—¿Sos maestra?, —quiso saber Frisch.

—Enseño a leer en mi pueblo.

«Enseñaba», iba a decir Roque, pero calló.

Finalmente, Mildred bebió un vaso de vino y se secó la boca.

—Estarás cansada —recordó Roque—. Puedes ir a dormir. Hablaremos mañana.

—¿Ir a dormir?, —se asombró Mildred—. ¿Aquí?

—¿Tienes un sitio mejor?

—No.

—Pues ya sabes.

—¿Entonces puedo quedarme a pasar la noche?

—Puedes quedarte a pasar toda la vida, Mildred —aseguró Roque.

Eso fue lo que hizo.