Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 4 de 92

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Frontera Sur

2. Una espera

 

En todos los puertos del mundo hay alguien que está esperando.

Raúl González Tuñón, Miércoles de ceniza

 

Era un viernes caluroso y de cielo despejado. Nadie hacía caso del belén armado en la primera sala, junto al zaguán, con un gordo Jesús tallado que dejaba pequeñas a todas las demás figuras, y cuya tosquedad ratificaba el carácter laico de la celebración de aquel día. Las mujeres pusieron las mesas en el último patio, emparrado, de obligado tránsito para quien pretendiera ir de la casa, a la que se entraba por el oeste, desde la calle Pichincha, a la cuadra, abierta al sur, a Garay. Al anochecer, los blanquísimos manteles quedaron sepultados bajo fuentes y más fuentes en que lucían el jamón, las almejas, el pavo fiambre, los ahumados, el lechón adobado, el bacalao o el pulpo con pimentón leonés y aceite de oliva del país, espeso y de aroma salvaje. Aparte colocaron las galletas, los turrones partidos y las nueces peladas. Vinos y sidras se enfriaban en tinas de agua. Todo aquello había llegado en un carro del Almacén Buenos Aires, tienda de vinos, licores y comestibles importados de ultramar, que Giacomo Zappa había fundado quince años atrás en Artes y Cuyo.

Ramón, sentado en el tercer peldaño de una escalera que llevaba del piso de baldosas rojas a los techos, asistió azorado al desembarco de aquellas riquezas. No recordaba haber visto, y de hecho no había visto, nada semejante en toda su corta vida. De hacía poco, del anterior 2 de noviembre, era la más lujosa de sus memorias, la del festejo de su propio cumpleaños, el sexto, en un puesto rural próximo a Durazno, en la Banda Oriental, donde amigos de Roque habían asado un costillar de ternera.

Desde su asiento, lejos de los atareados pobladores de la casa, vio también caer la oscuridad. A medida que bajaba la luz e iban llegando invitados, gallegos agauchados de alpargata y rastra, y tenderos de botín engrasado y chaqueta de lustrina, alguien encendía faroles de petróleo. Allí, traspuesto, le encontró el padre cuando salió de la habitación, en la que había estado reflexionando y haciendo cuentas.

Pudo comer y retirarse, pero, al ver que, en ocasión tan señalada, hasta un niño tenía ciertas licencias, prefirió permanecer en medio de la muchedumbre que había invadido el lugar. Su padre le acercó a una mesa y le dejó elegir. El viejo Posse le puso sidra en una copa que le pareció excesivamente pesada.

Llegaron otros niños y se internó con ellos en la cuadra. El olor a caballo le buscó el estómago y se metió en él. Tuvo que sentarse, quieto y sudoroso, para no perder el sentido. Finalmente, los bufidos de los animales y los golpes de herraduras sobre la tierra seca le dijeron que estaba solo en las tinieblas. La música que había empezado a sonar y el escaso resplandor de los faroles eran algo muy remoto. Echó a correr.

Apenas unos pasos le separaban de las voces, las risas, la música, la claridad, pero para darlos hubo de emplear todas sus fuerzas.

Afuera, rodeado por un público respetuoso y acompañándose con una guitarra, cantaba un mulato flacucho, de corta estatura, cuya voz quebrada y sentimental clavó a Ramón en el sitio, haciéndole postergar cansancios y desazones. Sabía por lección de Hermann Frisch que lo que estaba oyendo era una milonga. No atendió a las palabras del cantor, sino a la ternura de su garganta. Cuando las mujeres, emperifolladas, empezaron a abandonar el grupo para marchar a la misa del gallo, calladas, discretas, con ánimo de no interrumpir, el mozo entonó:

Esta noche es Nochebuena.

Es noche de no dormir.

Que la virgen está de parto

y a las doce va a parir.

Ramón lamentó la cordialidad de Posse, que devolvió el movimiento y el ruido a los espectadores.

—Venga, Gabino, vamos a brindar… —invitó el viejo al artista—. Falta poco para la medianoche y no está bien que usted sea el único que trabaje.

—Para mí no es trabajo, don Manuel —respondió el otro.

—Aunque no lo sea.

Dejó la guitarra sobre la silla baja en que había estado tocando y siguió al anfitrión hasta la más larga de las mesas, donde la mayoría de las bandejas habían sido sustituidas por copas. El moreno alzó una.

—A su salud, don Manuel, que sea por muchos años —le sintió decir Ramón, que se había abierto paso por entre la gente y le observaba desde muy cerca. Continuó allí hasta que el agotamiento pudo más que el interés y se derrumbó en un asiento.

Llegó a su cama en brazos de Roque. Al despertar, recibió una bolsa de caramelos de fruta y unos quevedos que para él había improvisado, con alambres de botellas de sidra, el señor Ezeiza, que así, le dijeron, se llamaba el moreno. De aquella noche guardó para siempre la voz de aquel hombre, el sabor de la sidra y la soledad de la cuadra.

Catorce habitaciones para los recién venidos y otras doce para los de la familia, y aquellas mujeres atendían a todo, lavando sábanas y camisas, y tendiéndolas al sol, cocinando en ollas enormes a lo largo de todo el día, sirviendo mesas y levantándolas, fregando platos y cubiertos, y mandando sobre colaboradores —fregonas, lavanderas, cocineros—, como si de un hotel se tratara. El que decenas de hombres hubiesen pasado en la Nochebuena por la fiesta de cumpleaños de don Manuel Posse, con presentes que testimoniaban adhesión y respeto, se debía en gran medida a ese esfuerzo, sostenido durante décadas por las que ya eran dos generaciones de hembras, venidas unas del otro lado del mar, nacidas las más en el lugar. El viejo era generoso en el don de ese trabajo, ganando en ello inquebrantables lealtades que, por los más diversos caminos, iban, tarde o temprano, a incrementar su fortuna, sabida inmensa aunque de oscuro origen e ignorado alcance. La seguridad y el abrigo que de su mano, recibían los inmigrantes en los difíciles primeros tiempos, así como los empleos o los préstamos de dinero para abrir negocios propios, se traducían a la larga en complicidades, palabras y silencios, hilos todos del tejido del poder.

En medio del tráfago constante de sirvientas, caballos, cocheros, proveedores, visitantes, colaboradores, soplones y contables que en cada jornada invadía la casa desde la primera hora, pasó Ramón algunos días de soledad, aguardando el retorno de un padre a cuya permanente compañía se había acostumbrado más de lo adecuado, y del que, en adelante, habría de prescindir a menudo. Conversaba con Sara, siguiéndola por todos los rincones a los que la llevaban sus faenas. Una tarde, ella se sentó en el taburete del piano vertical que solía dormir en la sala, y levantó la tapa ante la mirada incrédula del niño.

—¿Vas a tocar? —dijo él.

Ella contestó con los primeros compases de un vals.

—¿Te gusta? ¿Querrías aprender? —preguntó después, con las manos sobre el regazo, contemplando a Ramón con ternura.

—Claro. Pero no tendré tiempo. Mi padre quiere irse de aquí cuanto antes, y nosotros no tenemos piano.

—Guitarra, entonces —propuso ella.

—Prefiero el bandoneón —sonrió el chico.

—¿De veras? —admiró Sara—. Yo tengo un hermano que sabe.

—Yo oí tocar el otro día —recordó Ramón—. ¿Sería él?

Sara se le quedó mirando, indecisa.

—Vení —dijo finalmente; levantándose, tendió una mano para que él la cogiera.

Le llevó al patio y después, escaleras arriba, al terrado. Entonces descubrió Ramón que no toda la casa tenía una sola planta: en el sitio correspondiente al fondo de la cocina, junto a las chimeneas, había una habitación. Y fuera de ella, a horcajadas en una silla de madera cruda y mimbre, con los brazos cruzados sobre el respaldo y los párpados fruncidos al sol que le daba de lleno, había un hombre.

—Es Manolo —explicó Sara en un susurro—. Vive aquí.

Ramón observó su perfil inmóvil, el pelo escaso y el tamaño exagerado de las manos, la mandíbula y las orejas.

—¿Está loco?, —averiguó por lo bajo.

—Está enfermo —dijo ella.

—¿Y por eso lo dejan solo?

—Él prefiere que no lo vean.

—¿Para qué quiere verme nadie? —intervino el hombre, sin abrir los ojos —. Yo no quiero verme.

—Es un amigo —presentó Sara, elevando el tono de su voz.

—Ya. Es un chico.

—¿Es ciego? —murmuró Ramón.

—¡No, coño, no! —estalló él, volviéndose y, ahora sí, mirando de frente a Ramón, mostrando su rostro sin disimulo—. ¡Soy un monstruo! Ni más ni menos. Por eso no salgo. O salgo de noche —rio, mostrando unos dientes blancos y desparejos.

El niño no se intimidó. Manolo no le resultaba tan horroroso como él mismo parecía imaginarse. La suya era una deformidad imprecisa, una vaga y sombría desproporción que se reveló en toda su magnitud cuando se puso de pie para girar la silla. Podía incomodarle, pero no le asustaba.

—Me gusta el bandoneón —dijo.

—¿Ajá? —consideró el hombre—. Bueno, bueno…, —y se frotó las manos.

—Toca para él —pidió Sara—. Por favor.

—Hmmm… —aceptó Manolo, llamándoles con un gesto antes de entrar en la habitación, cargando con la silla.

Ramón consultó a Sara en silencio y ella asintió.

La habitación estaba inmaculadamente limpia, sin siquiera una mota de polvo que perturbase el montón de libros que se acumulaban junto a la cama y sostenían el bandoneón. Manolo se sentó y puso el instrumento sobre sus muslos. Ellos se quedaron de pie, uno a cada lado de la puerta.

El hombre no tocaba como Hermann Frisch. Metiendo los pulgares en las correas laterales y curvando el resto de los dedos, movía únicamente las manos y se ayudaba con breves desplazamientos de los muslos hacia los lados. Mantenía el torso recto y la cabeza alta, conteniendo el bandoneón en el remoto extremo de sus brazos, como si temiera un estallido. Cuando el instrumento estaba enteramente desplegado y el aire lo había llenado, sonando, lo cerraba de golpe, con un suspiro y un ruido de hule y un batir de metal opaco que daban al traste con la música, derribando la trabajosa construcción anterior. Aquello poco tenía que ver con el sinuoso e incesante soplo del bandoneón de Frisch, que no era don del fuelle sino de quien lo medía.

Manolo se cansó pronto.

No cambió de postura ni hizo a un lado el bandoneón para anunciar su despedida.

—Está bien —dijo, aprobándose—. Ahora, váyanse.

Ramón y Sara obedecieron.

—No estuvo en la fiesta de tu padre —dijo Ramón cuando llegaron al pie de la escalera.

—Bajó al amanecer. Vos no lo viste. Nadie lo vio… Solo el señor Ezeiza, que es su amigo, y papá… Papá lo comprende.

—Es muy buena persona, don Manuel.

—Si es por eso, vos también podes estar contento. Tu papá no es un hombre corriente.

Ramón no entendió entonces que lo que acababa de percibir en la voz de Sara era ternura, pero supo que algo nuevo había entrado en su vida.

—Te cae bien… —aventuró.

Sara se limitó a sonreír y separarse de él sin una palabra.

Muchas veces, en los largos ratos de soledad del tiempo que siguió, llevado de la curiosidad antes que del miedo, y de la necesidad antes que del saber, argumentó el niño tenebrosos encuentros en el rumbo de los paseos nocturnos de Manolo y abrazos furtivos de Sara con un hombre sin cara en el que, de tanto en tanto, creía reconocer a Roque.

Muchos fueron también los días en que acompañó a su padre por la ciudad, días en que presenció saludos en umbrales y zaguanes, y recibió caricias indiferentes de desconocidos, días en que esperó conversaciones dormitando y ensoñando en salas penumbrosas, aceptando el homenaje de los alimentos sencillos en cocinas todavía rurales, entre niños a los que jamás volvería a ver, o inventando juegos solitarios en calles de tierra bajo el sol.

Conoció almacenes de esquina, con rejas altas, veredas de ladrillos y palenque, donde se vendían cosas para él extrañas —yerba mate o grasa de carnero—, junto a otras que entendía —leña o carbón o azúcar—, y se reunían hombres, de pie junto a los mostradores, para beber ginebra y alardear de hazañas o enterezas.

Conoció quintas y casas de bajos de paisanos a los que el país, en diez o veinte años, había enriquecido y asimilado: gallegos prósperos y astutos que no eludían la política ni los tráficos oscuros, y que solo tenían para los recién llegados sonrisas frías, consejos vanos y palmadas condescendientes en los hombros.

Una tarde, conoció el río.

Fueron a la Boca en un tranvía a caballos de Lacroze. Salieron de la esquina de Potosí y Perú, precedidos por el escandaloso trompetero, y les llevó una hora larga alcanzar su destino: pese a que la velocidad del Tramway Central ni siquiera rozó nunca las seis millas establecidas como límite por cautas o previsoras autoridades, era evidente la tensión del pasaje, una masa de indiscernibles hombres de negro, con cuellos bajos y corbatas finísimas, todos con chambergos de alas anchas.

La mayoría de los inmigrantes, que en el ochenta habían sido más de cuarenta mil, entraban a la ciudad por el río. Ramón y Roque, en cambio, habían atravesado el curso del Uruguay a la altura de Fray Bentos, en una embarcación desesperantemente frágil, para llegar a Buenos Aires desde el oeste, al cabo de una larga vuelta por el interior de la provincia, de modo que contemplaron por primera vez la extensión barrosa del Plata desde una orilla baja, cerca de la línea en que unas olas cortas y escuálidas lamían las toscas.

Los buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños, que lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía del agua. Si el calado no resistía una quilla, por escasa que fuese, las irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos excesivo para alguna de las ruedas de los vehículos, que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre.

Padre e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último, y de las voces de quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón abandonó la contemplación de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada torcida. Era el hombre al que había ido a buscar. Habló con él brevemente, sin incluir al niño en el vínculo.

Regresaron a la casa abordando, primero, el mismo tranvía que les había llevado, y luego, ya en la calle Victoria, un coche de punto. El gasto de los cincuenta centavos que costaba el viaje desde el centro hasta Pichincha y Garay se explicaba porque aquel era día de decisiones.

Esa noche, Roque aceptó la chata y el caballo que Posse le había ofrecido, para emplearlos, dijo, en el reparto de tabacos.

Don Manuel Posse atendió, serio y callado, el discurso de Roque, todo lo escueto y resuelto que cabía esperar. Después dejó su sillón, fue hasta un aparador, abrió una puerta alta con una llave de su llavero y sacó un facón de vaina labrada. Cerró con rigor antes de volverse hacia Roque, que le miraba hacer sin levantarse.

—Usted ya sabe —dijo Posse, alargándole el arma en su envoltura de plata—. Tendrá que defenderse.

—Pienso trabajar, don Manuel —se resistió Roque.

—Va a estar muy solo, Roque. Buenos Aires crece como puede, recibe mucha gente peligrosa. Es una ciudad muy salvaje todavía. Hágame el favor, tome el facón. Yo usé uno igual durante años. Ahora no, pero no porque las cosas hayan mejorado, sino porque lo llevan otros por mí, hombres que me acompañan y me cuidan.

Roque cogió el cuchillo y consideró su peso y su fuerza. Lo deseaba y sabía que le iba a hacer falta, pero le irritaba que el viejo hubiese percibido su aceptación de la violencia, su disposición a participar en ella, si se resolvía en dinero.

—No se puede andar por ahí con un arma así —discutió aún.

—Usted va a repartir tabacos. Tendrá que cargar —explicó Posse—. Lleve faja, que le dará seguridad y sujetará la vaina. Y lleve poncho, claro. El trabajo lo justifica todo.

Le miró directamente a los ojos.

—Roque —siguió—, lo más probable es que al final no haga nada de lo que dice que va a hacer. Usted quiere plata, y la plata no se gana honestamente. Solo le recomiendo que guarde las apariencias. El facón debajo del poncho y la chata llena de tabaco.

Sin bajar la vista, Roque estrechó la mano que se le tendía.

—Gracias, don Manuel —dijo.