Frontera Sur
75. La filosofía francesa
No conocemos heroínas entre estas mujeres […] El arroyo no ha sido nunca antecámara de aventuras y voluptuosidades. Ha sido, es, y seguirá siendo, el camino del restaurante.
Alberto Londres, El camino de Buenos Aires
Hicieron un alto en La Viña, un bar de Cerrito y Rivadavia que, no muchos años después, iba a ser arrasado por la apertura de la avenida Nueve de Julio. Tomaron café y Reyles compró una botella de coñac. Los escasos parroquianos que a esas horas, próximas al amanecer, insistían en beber, miraron con asombro a Susana Foucault, con su aire aristocrático y esnob. Al traje negro, el sombrero negro de cinta de seda y los impecables zapatos negros de Reyles, estaban acostumbrados.
—¿Acá son todos españoles?, —preguntó ella después de escuchar los saludos respetuosos que se dirigían a su acompañante.
—La mayoría —confirmó Reyles, sin interés, observando las manos de la mujer—. Dime, Susana, ¿por qué te has metido en esto?
—Viejas culpas —resumió ella.
—¿Qué opina el señor Foucault?
—No hay ningún señor Foucault, Antonio. El último fue mi padre. Y me dejó el dinero suficiente para que yo no tuviera necesidad de buscar un marido. Ser una mujer moderna es muy caro, querido.
—Ya. ¿Y a qué se dedicaba el señor Foucault? ¿Administras tú algún negocio?
—Preguntas demasiado, pero hace un rato, cuando nos quedamos solos frente a la comisaría, decidí contártelo. Mi padre era tratante, como Aarón Biniàs. Caftén. Cafishio y patrón de cafishios.
—O sea que me encuentro en medio de una conspiración de conversos, hijos de antiguos profesionales: la madre de Matías, puta; tu padre, caftén. No hay peor astilla…
—Lo supe muy tarde, cuando tenía casi veinte años… Siempre había creído que tenía campos, esas cosas…
—¿Y tu madre?
—Se murió cuando yo tenía meses. No la conocí realmente. Francesa, como papá. Él la había traído para casarse.
—¿Cómo te enteraste de la historia?
—Vino una mujer a mi casa. Una predicadora evangelista, totalmente loca, que anda por los quilombos tratando de redimir a las rameras. Ella dice rameras, como en la Biblia. No le hacen mucho caso, y sospecho que oye más que las otras. Quería salvarme, y me lo contó todo, con pelos y señales.
—¿Le creíste?
—De entrada, no. Le pedí pruebas. Me llevó con ella. Caminamos por la Boca durante horas, desde la mañana. La dejan entrar en los patios y hablar con las mujeres. Me dio una Biblia y me fue presentando a todos como compañera suya. La primera parada la hicimos en un sitio horrible, por Necochea. Se metió en una pieza donde había una chica enferma, una francesita flaca que sudaba a mares. «Cómo estás», le preguntó. «Peor», dijo ella. «Espero que se acabe pronto. Después de esto, no queda nada». «Fue muy duro, ¿no?», le dijo la predicadora. «Mucho», contestó la otra. «Mi amiga no se lo cree. Es nueva. Contale». Y la chica me dice: «Antes, al principio, en el centro, eran quince, veinte clientes. Acá, a veces, son cien». «¿Y Foucault? ¿No viene a verte?». «Hace mucho. Sé que pasa por acá a buscar la plata, pero no lo veo nunca».
—¡Coño!, —apoyó Reyles.
—No sé cuántas vimos, así… Algunas no eran de mi padre, pero las había traído él. Terminamos a la tarde, en el manicomio, con una vieja calva de cuarenta años…
—¿Qué hiciste entonces?
—Nunca más le hablé. No duró mucho. A los dos años, se terminó. No me dijo nada, jamás. Lo hice cremar y tiré las cenizas al Riachuelo.
Reyles observaba su rostro. Susana no le hablaba a él. Simplemente, hablaba, como si no hubiese nadie allí, se repetía un relato imposible.
—Ahora, vamos a ver a Ruggiero.
La conversación siguió en el coche.
—¿Qué haces con las mujeres que quieren dejarlo? ¿Cómo resuelves el problema de los rufianes?, —preguntó Reyles, conociendo la respuesta.
—No se me ha presentado el caso… Antonio, no se te ocurra pensar que me engaño. Ninguna quiere salvarse. Ninguna empezó por deseo, por amor al amor. Lo hacen por dinero, porque no se les ofreció un destino mejor, porque un rufián al que no ven les da más seguridad que un marido obrero. A lo mejor, Jeved se zafa. Sería la primera. He subido a los barcos, día tras día, en el puerto, durante meses, a conversar con ellas mientras estuvieran en un terreno… neutral. Casi todas querían hacer lo que iban a hacer. Algunas vacilaban, pero entre el rufián y yo, elegían sin dudar al rufián. Dos o tres me pegaron. Sigo estando atenta, por si acaso, para intervenir, como hoy, pero dejé de ir al puerto… El rabino Halpon tiene buena voluntad. El párroco de San Nicolás, también. El pastor de la iglesia metodista de Montserrat, tiene mujeres: es un rufián conocido por todo el mundo, menos por sus fieles. No, no me engaño… Es que estoy convencida dé que hay que hacer algo.
Reyles dio un sorbo largo a la botella de coñac. No estaban lejos de Avellaneda.
—Para un momento aquí —pidió.
—¿Pasa algo? —Susana levantó las cejas, pisando el freno.
—Que no hay nadie en esta calle. Y quiero besarte.
Ella retiró las manos del volante y se volvió hacia él.
—Yo también quiero —dijo.
Cuando se pusieron nuevamente en camino, Reyles sintió que su vida acababa de cambiar.
—Hablame de Ruggierito —dijo Susana—. Vamos al comité, ¿no?
—Sí.
—¿Vive ahí? ¿Es su casa?
—No. Aunque te resulte difícil de entender, vive en el conventillo de siempre, en el Dock Sud, con los padres. Podría comprar una casa, le sobra dinero. Y Barceló le ha cubierto bien. Legalmente, quiero decir. Figura como concesionario de una línea de transportes.
—¿No tiene mujer?
—Una amiga. Elisa. Desde hace poco. Antes, era Ana María. También podría tener mujeres, de las caras.
—¿Por qué no se casa?
—Sabe que va a vivir poco.
—Comprendo.
Llegaron a Avellaneda bien entrado el día. Ahora, los matones del comité conocían a Reyles.
—Don Juan todavía no llegó —dijo uno—. A las nueve, más o menos, viene por acá.
Esperaron en el café de la esquina. Eran más de las diez cuando uno de los hombres de confianza de Ruggierito, Canevari, fue a avisarles que el jefe estaba en su oficina.
La recepción fue cordial.
—Juan Ruggiero —presentó Reyles, seco—. Susana Foucault… es mi novia.
—Mi amigo Reyles nunca vino acompañado, señorita —explicó sin que viniera a cuento Juan Ruggiero—. Siéntese, por favor.
—Tienes que enviarme a alguno de tus muchachos. Hay un dinero para ti en mi casa, Juan —recordó Reyles.
—En cualquier momento. No hay apuro, che… ¿Quieren tomar algo?
—No. Nos marcharemos en un momento. Necesito una información.
—Debe ser importante, para que estés levantado a esta hora…
—Aarón Biniàs —dijo Reyles.
—¡Carajo, gallego! Ese tipo no es moco de pavo. Yo no tengo nada que ver con él. Es de la Migdal, y de muy arriba.
—Algo tendrás que ver. Barceló les dio el cementerio…
—Y nada más. Esos se cortan solos. ¿Para qué lo querés?
—Para matarle. Un amigo mío le llevó una mujer, y quiero que viva con ella en paz.
Ruggierito sonrió y se pasó una mano por el pelo húmedo.
—Al ruso ese le da por la música, ¿sabes? El violín. ¿Vos fuiste alguna vez a un sitio que le dicen El Odio, acá cerca? Ramón lo conoce bien.
—Está en tu zona.
—Sí. ¿Cuándo pensás ir?
—Esta noche, mañana, pasado, cada noche, hasta que le encuentre.
—Está bien. No te va a ver nadie. Y hoy solo viniste a presentarme a tu novia.
—Y a eso he venido, Juan. No te molesto más. Ahí fuera hay gente.
Susana y Reyles salieron por Pavón hacia el centro de Buenos Aires.
—¿Tienes sueño?, —quiso saber Reyles.
—Ni un poquito —aseguró Susana—. ¿Por?
—Vamos a pasar por el Once. Tengo que ver a un amigo. Después…
—¿Después qué?
—Nos iremos a la cama.
Ella entornó los párpados y frenó de golpe.
—Antonio —dijo—, eso de decirle a Ruggierito que soy tu novia… Si únicamente nos dimos un beso.
—Volveremos a besarnos.
—No me conoces.
—Nos conocemos de toda la vida, Susana.
—Vos sabrás. Soy muy difícil, Antonio.
—Yo también. Si no nos movemos, no llegaremos a ninguna parte.
En Sarmiento y Paso, Reyles hizo aguardar a Susana en el coche.
Jacobo Beckman abrió la puerta con mal humor.
—¿Qué carajo querés a esta hora, gallego?, —protestó.
—Hace un tiempo, te oí decir que estabas tan dispuesto a matar rufianes como a matar patrones —dijo Reyles, sin entrar al piso—. ¿Era un farol o puedo contar contigo?
—Podes contar conmigo.
—Ven a mi casa a las nueve, esta noche. Ahora, sigue durmiendo.
Se giró y salió a la calle.
Al verle, Susana puso en marcha el motor.
—¿Adónde vamos ahora?, —averiguó.
—A tu casa —decidió Reyles—. No sé dónde vives, pero a tu casa.
—Libertad y Juncal.
—Bonito sitio.