Frontera Sur
62. Mañana
—Luisa, iré cuando me dé la gana. ¡Cuando me dé la real gana!
Juan García Hortelano, Sábado, comida
Las molestias se habían iniciado en el Sur, pero solo en Madrid, cuando el dolor le pareció excesivo, decidió Teresa hacer caso a Ramón y ver a un médico. Al principio, habían sido náuseas y algún espasmo en el estómago. Empezó a comer menos y perdió peso. Lo atribuyó al calor y siguió sin quejarse. Un día, vomitó sangre. No dijo nada. Faltaba menos de una semana para marcharse de Sevilla. En el tren, hubo de hacer esfuerzos terribles para disimular su malestar.
Se registraron en un hotel de la Gran Vía como lo que probablemente fuesen en realidad: un matrimonio con una hija. Sin embargo, de las dos habitaciones, Teresa ocupó una, y Gloria y Ramón la otra.
En Sevilla, don Rómulo, el maestro, les había hablado de un médico que merecía toda su admiración. Teresa fue a verle en cuanto Ramón y Gloria, empeñados en visitar el Prado, accedieron a dejarla sola.
El doctor Gabriel Moner, que resultó ser un mallorquín solemne, con toda la rigidez que cabía esperar de quien lucía en la antesala un diploma de la Universidad de Berlín, atendía en la calle de Fuencarral. Escuchó con interés el relato clínico de la paciente, tomó notas, hizo preguntas y revisó minuciosamente cada milímetro de su cuerpo, no solamente con ojos, oídos y hasta nariz, sino también con el concurso de los rayos X, en cuyo empleo era un precursor.
—Vístase usted —ordenó finalmente—, y venga al despacho. Vamos a conversar.
Teresa obedeció.
—Sucede… —comenzó Moner cuando la tuvo delante.
Ella no le dejó seguir.
—Mire, doctor —dijo, sentándose—. Por lo que acabo de ver, usted ha estudiado en Alemania. Eso me permite creerle por encima del atraso y la tontería de este país, y hablarle como deseo hablar. Yo soy una mujer fuerte y sola. Si tengo la enfermedad que creo tener, debe decírmelo. Si realmente he de morir en un plazo breve, me ahorrará sufrimientos. Yo no dependo de nadie, pero hay quien, en cierto sentido, depende de mí…
—¿Qué espera que le diga, señora?
—La verdad. En detalle. ¿Es un mal incurable?
—Lo es —confirmó Moner.
—¿Cuánto tiempo me queda?
—La medicina puede hacer poco en su caso… Supongamos que entre seis meses y un año.
—¿Con dolor?
—La morfina la ayudará en una primera etapa. Después, será inútil.
—Entiendo. También entiendo que usted no me ayudará a morir…
—¿A qué se refiere?
—A darme algo, un veneno eficaz, indoloro…
—Lo siento, señora. He hecho un juramento.
—Muy bien, de acuerdo. Me dará morfina, ¿no?
—Eso sí. Dos ampollas, para dos días. Tendrá que venir a buscarla cada dos días. ¿Sabrá inyectársela?, —la miró a los ojos—. Claro que sabrá…, ¿qué no sabe usted?
—Muchas cosas. Por ejemplo, aunque imagino el motivo, no sé por qué he de venir cada dos días… Me marcho a Galicia este fin de semana. Voy a una aldea, donde no hay morfina ni nada que se le parezca.
—La morfina solo se entrega así porque… —Moner vaciló.
—Dígalo: porque no se puede entregar a nadie una dosis mortal, ¿no es así? La tiene que dar poco a poco.
—Sí.
—Yo lamento de verdad, doctor, verme obligada… —Teresa se quitó la blusa y se desabrochó la falda—. ¿Se da cuenta de lo que ocurrirá cuando termine de desnudarme y salga a la escalera gritando?
—¡Oh, vamos, no hará eso! —protestó el médico.
—Puedo ser muy mala, doctor —dijo ella, bajándose las medias—. ¿Y quién no va a asombrarse de que haga quitar las medias a una mujer que padece del estómago?
—Hay argumentos —se defendió Moner.
—Y terminará de explicarlos cuando toda la policía de Madrid haya pasado por aquí… —se deshizo de los calzones.
—Por favor, póngase las medias, señora.
—Ni una prenda interior. Solo me pondré la blusa y la falda… ¿Me dará la morfina?
—Se la daré.
—¿Cuánta?
—Ocho dosis. Podrá quitarse de en medio varias veces.
Teresa guardó su ropa íntima en el bolso y se echó el abrigo sobre los hombros.
—Los calzones los llevaré en la mano. Si intenta usted algo, sabrá en qué poco tiempo se desviste una mujer cuando quiere. Diez dosis.
Mientras el médico abría una vitrina y sacaba de ella las ampollas, Teresa recogió del escritorio las hojas en que constaban su nombre y sus señas.
En la calle, se sintió aliviada. No le gustaba hacer esas cosas.
Entró en una farmacia de la Gran Vía y compró una jeringa, la más grande de todas, y una aguja.
En el hotel, encontró a Ramón. Leía el periódico en el vestíbulo. Gloria había subido a descansar.
—Voy a pedirte algo —le dijo, cogiéndole una mano.
—¿Sí?
—Sí. Dentro de unos días, viajaremos a Galicia. Tú te casarás y yo tal vez me quede en mi pueblo, no lo sé…, iremos a lugares distintos… Quizá no nos veamos en mucho tiempo, o no nos volvamos a ver nunca. Quiero que engañes a tu mujer conmigo. Quiero que te acuestes conmigo una vez más.
—¡Teresa! —se conmovió Ramón.
—¿Sí? ¿Lo harás?
—¡Claro que lo haré! ¿Crees que he dejado de desearte?
—No. Fue demasiado perfecto. No se puede apagar tan pronto.
—Si es que se apaga alguna vez.
—Todo se apaga alguna vez, querido mío.
Se amaron, Ramón lo pensó después, con la misma furiosa intensidad con que lo habían hecho la noche de la muerte de Frisch.
—Tenemos que hacer los preparativos para ir a Galicia —dijo Ramón más tarde, tendido en la cama, desnudo, fumando.
—Mañana —postergó Teresa.
Cuando él se marchó, ella escribió una nota.
«Ramón, amor:
Encontrarás estas líneas junto a unas páginas con las notas de un médico. Esas notas son mi sentencia.
Está bien. Este es el fin del viaje para mí. Me repugna el dolor, y no hay razón para que vaya a morirme a una aldea de mierda. Prefiero que me entierres en Madrid.
Gracias por el último encuentro. Mi vida tuvo sentido por ti, por tu padre y por Germán. Os he querido mucho.
T.»
Ramón encontró el cuerpo a mediodía.
Lloró como no había llorado nunca, y como nunca volvería a llorar: Gloria, al cabo de los años, le sobrevivió, y también los hijos que tuvo con ella.