Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 18 de 92

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Frontera Sur

16. La mujer nueva

 

 

Ya no tengo alma —repuso—; soy una caja vacía

Manuel Ugarte, Las espontáneas

 

El jueves 20 de noviembre de 1881, Piera pidió a Roque que, en la mañana del día siguiente, la acompañara a una subasta. Una subasta de mujeres, convocada por una de las muchas organizaciones de tratantes que aún convivían en Buenos Aires —después, las leyes del mercado y las circunstancias políticas redujeron su número y aumentaron su poder— en el teatro Alcázar, que se levantaba en el Hueco de Lorea y que, con los años, cambió varias veces de nombre y de condición: Moderno, Goldoni, Liceo.

El acontecimiento poco tenía de excepcional. Los caftenes ponían en circulación una nueva partida. Había averiguado Juan Manuel, delegado por su ama para tal menester, que esta procedía de Cádiz y estaba compuesta, sobre todo, por francesas y polacas, aunque no faltara alguna española. Todas habían entrado a la Argentina por vía legal, y estaban registradas en inmigración, por funcionarios de vista muy gorda, como gobernantas, preceptoras, criadas o cantantes. Eran jóvenes y, en su mayoría, poseían escasa experiencia en el oficio.

—No se trata de ir a comprar como lo hacen los rufianes del montón — explicó Piera al reticente Roque.

—¿Cómo lo hacen?, —preguntó él.

—Al tuntún, desde la platea, apostando a lo que les parece bien al mirar de lejos.

—¿Y tú?

—Ni siquiera pienso estar ahí cuando las saquen al escenario… De eso ya he tenido bastante en una época.

—Cuéntame esa parte…

—Al principio… El primer año en Buenos Aires. No iba sola, desde luego. Nunca me hubieran aceptado. Le pagaba a un tipo para que figurara de rufián. Yo señalaba y él compraba.

—¿Las llevabas a trabajar a tu casa?

—No tenía casa. Las metía a sudar donde cayera… Puse la casa con su esfuerzo.

—Siempre con el rufián fingido dando la cara.

—Siempre. Al año lo mataron, pero yo ya tenía la plata necesaria para establecerme. Los dueños de los quilombos no me vieron nunca. Y en ese tiempo dejé de comprar. Las primeras chicas las conocí en la calle. No por casualidad, claro. Chicas de buena familia, con hambre, que ni siquiera sabían cómo hacerlo si tenían la suerte de encontrar un tipo. Los caftenes y los subasteros vinieron a verme más tarde, pero nunca consiguieron venderme nada. Si mañana voy a ese teatro, me van a tratar como si fuera el presidente de la república.

—¿Y con qué dinero comprabas al empezar?

—Menos pregunta Dios y perdona, Roque.

—De acuerdo. Será una experiencia más.

—Estaremos ahí antes que nadie. Ya las tendrán esperando. A veces, pasan dos o tres días en el lugar de la subasta.

—Como los toros.

—Más o menos.

El viernes 21, a las diez de la mañana, Piera y Roque llamaron a la puerta lateral del Alcázar: la de artistas.

El hombre que abrió, un rubio con la cara llena de granos, de traje y zapatos negros, y camisa blanca, les miró de arriba abajo, sopesando con desparpajo su posible autoridad o su más que probable irrelevancia. Le costó reconocer a Piera, vestida como cualquier dama de paseo y fuera de su escenario habitual. Pero, tan pronto como la hubo identificado, su actitud se desvió hacia el servilismo.

—¡Señora Piera! —dijo, con voz aguardentosa—. ¡Es un gusto verla por acá!

—Deje los cumplidos, Ritaco, y háganos pasar.

—Cómo no, señora —y les franqueó la entrada con una reverencia.

Piera no dio ocasión a intercambio alguno de cortesías.

—Me imagino que ya estarán acá las mujeres que van a rematar esta noche.

—En los camarines, señora.

—¿Son muchas?

—Dieciocho, señora.

—Hágalas salir y ponerse en fila en el corredor. Quiero verlas.

—Señora, usted sabe, va contra la costumbre. El patrón se la va a tomar conmigo…

—¿Prefiere que me siente acá y espere a los rufianes? Seguro que a ellos la costumbre no les niega nada.

—No crea. Procuramos que no haya privilegios entre los clientes.

—¡Vamos, Ritaco, no me haga reír! ¿Qué pretende? ¿Sacarme plata? ¿Cuánta? Dígalo…

Y comenzó a revolver en su bolso.

—¡No, no, señora! ¡Me ofende! Haré salir a esas chicas.

Piera y Roque aguardaron hasta que el rubio volvió a asomar.

—Adelante, adelante… —invitó.

El corredor al que se abrían los camerinos era estrecho y estaba mal iluminado. Era difícil determinar a primera vista si las hembras que componían la partida eran jóvenes, o si el color de su cabello era natural. Al fondo, Ciriaco Maidana observaba la escena, feliz de contribuir al destino de Manolo de Garay.

Recorrieron el pasillo en penumbra. Piera, deteniéndose ante cada una, les revisaba el pelo y los dientes, las olía, les acariciaba las manos, las miraba a los ojos, les apretaba los pechos. Roque, ignorante de las características de la búsqueda que estaba presenciando, solo reparó en la heterogeneidad de las mozas: campesinas ásperas, unas en bata rústica y alpargatas, otras en bata de raso y chinelas de tacón, se dejaban hacer junto a putas de trajín, revestidas para el oficio, y pálidas obreras derrotadas. Todas irían a morir en camas parecidas. Eran, en efecto, dieciocho.

Cuando Piera acabó con la última, desanduvo su camino. Ritaco no se había movido durante la inspección.

—La tercera, esa rubia. La décima. Y la última —dijo Piera—. Que dejen un camarín vacío. Y traiga un candil.

El hombre obedeció. En pocos segundos, las tres señaladas quedaron solas.

—¿Cuál te gusta más, Roque?, —preguntó Piera.

—Son guapas. Todas.

—Pero preferirás alguna.

—La morena del fondo —probó él.

—Muy bien. Ya oyó, Ritaco. Que entre la chica en el camarín vacío.

Cuando la muchacha estuvo dentro, Piera interrogó a Ritaco.

—¿La conoces?

—Un poco, señora.

—¿Habla castellano?

—Un poco, señora.

—¿Tiene experiencia?

—Un poco, señora.

—Está flaca.

—Un poco, señora.

—Vamos a verla.

Se quitó los anillos de la mano derecha y los entregó a Roque.

—Tenémelos, no quiero hacerle daño.

Roque entendió lo que ella iba a hacer y aceptó los anillos. Piera desapareció en el interior del camerino y él se quedó fuera, imaginando lo que sucedía dentro. Irritado, rechazó el pensamiento. De pronto, sintió la mirada de la rubia clavada en él. La muchacha debía de haber percibido la excepcionalidad de la visita, y había puesto alguna esperanza en sus resultados.

—Hacele caso a la chica —dijo a su lado Ciriaco Maidana. Roque no respondió. Tampoco apartó la vista.

Al ver que el hombre reparaba en ella, la joven se atrevió a dar un paso más.

—He oído a la señora preguntar… —apuntó.

—Callate, nadie te preguntó nada —la interrumpió Ritaco.

—Sí —afirmó Roque—. Le he preguntado.

—Hablo castellano —completó ella, con un fuerte acento que Roque reconoció de inmediato.

—¿De dónde eres?

—De Lugo… Bueno, de una aldea…

Piera emergió del camerino secándose las manos con una toalla.

—No está mal —resumió—. Pero no me parece que sea lo que Manolo sueña.

—¿Demasiado…?, —sugirió Roque.

—Demasiado.

—Ya. Hazme un favor. Prueba con ella. Es paisana.

La gallega sonrió e inclinó la cabeza, saludando a Piera. La morena regresó al corredor.

—Vení —ordenó Piera a la recomendada de Roque.

Cuando salieron, al cabo de más de media hora, habían alcanzado un acuerdo.

—¿Con qué precio sale, Ritaco?

—Tres mil pesos, señora.

—¿Y piensan llegar a…?

—Cuatro, cinco mil.

—Decile a tu patrón que está loco, pero me la llevo. Ahora mismo. Se va conmigo. Que pase él por casa a cobrar, esta noche.

—¿Ves que yo tenía razón, gallego?, —se regocijó Maidana antes de esfumarse.

—Como usted diga…

… señora —terminó Piera—. Y vos —a la muchacha—, anda a recoger tus cosas, si tenés alguna.

Esperó a que la joven se alejara para explicar a Roque las virtudes de su hallazgo.

Se llama Carmen —contó, exhibiendo una ancha sonrisa—. Se metió a puta porque… ¡mierda! ¡Qué sé yo por qué se metió a puta! Como todas, será. Lo que importa es que, a pesar de todo, le siguen gustando los hombres. Está dispuesta a vivir con uno solo, pero pone una condición.

—Tú dirás. Ya estoy preparado para oírlo todo.

—Mira: la chica empezó a pasar de un hombre a otro porque ardía, y ninguno estaba a la altura de su furor —tras el florido eufemismo, la sonrisa de Piera se trocó en una risa ahogada.

—¿En qué sentido?

—La tenían muy pequeña… De manera que ella no puede dar garantía de fidelidad si el marido que le demos…

Entonces Roque se echó a reír inconteniblemente, abrazando a Piera: grandes lágrimas de plenitud empaparon las mejillas de ambos.

Carmen llegó con su maletita y, al verles así, prefirió esperar.

Finalmente, los tres se marcharon juntos.