Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 81 de 92

Páginas del PDF

Frontera Sur

Capítulo 79

 

—Sospecho que ningún otro héroe tuvo en Buenos Aires la acogida de los hombres del Plus Ultra: Ramón Franco, Juan Manuel Duran, que era marino, y Pablo Rada, el mecánico. Además de la hazaña, estaba el hecho de que Franco fuese gallego.

—Siempre te cayó bien.

—Si su hermano no le hubiese hecho matar, otro sería el gallo que nos cantara.

—¿Tan importante?

—Tanto.

—¿Tu padre también le admiraba?

—Sí. Y mi abuelo. Y mi abuela Gloria, aunque ella decía que el más guapo de la tripulación era Rada.

—Hablaron mucho de aquel acontecimiento.

—Fue el más importante de aquel año, y del siguiente… Hasta las elecciones. Hasta la reelección de Yrigoyen, democrática, masiva, real e inútil. Cuando los militares, con Uriburu al frente, le derrocaron, solo dos años después, todo dios le odiaba. El fascismo es una enfermedad feroz. El tiempo de incubación se ignora: años, décadas, quién sabe… Y cuando se revela, es tarde, el cuerpo está podrido, el alma está podrida y no hay remedio. El golpe del treinta fue el comienzo.

—No ha acabado.

—No. Es cierto que hubo anuncios del mal, inclusive más allá del universo estrictamente político…

—¿A qué te refieres?

—Es fama que, poco antes de hacerse cargo de la presidencia, su segunda presidencia, Yrigoyen fue a ver a la Madre María. No ha de haber esperado como los demás. Yo me empeño en imaginar que le recibió durante la noche… El caso es que, por lo que se sabe, la mujer le recomendó no asumir el gobierno y le auguró desgracias. Yrigoyen se marchó y, como es de público dominio, desoyó el consejo. Ella, por su parte, anunció casi inmediatamente su propia desaparición. «Hijos queridos», dijo a sus discípulos a mediados del veintiocho, «me voy junto a Dios, no me lloréis». A partir de ese momento, se encerró a esperar su hora, que le llegó el 2 de octubre, diez días antes de la ceremonia de investidura de Yrigoyen…

—¡Joder! ¿Y Gardel, a todo esto?

—Él estaba ligado a los enemigos de Yrigoyen…, los conservadores, que terminaron apoyando el golpe de Uriburu. Se había marchado un año atrás. Gracias a sus relaciones con la mafia sarda, consiguió debutar en París, el 2 de octubre, en el cabaret Florida, mientras la Madre María pasaba a mejor vida en Buenos Aires. Coincidencias… Es la época más lamentable de su vida: cantaba para los argentinos ricos, y se jugaba todo lo que ganaba. Y parte de lo que no ganaba. En el Casino Mediterráneo de Niza, el mismo en que conoció a Chaplin…, hay una foto de los dos, encantadora…, en el mismo casino, encontró a Sally Wakefield, la viuda del señor Craven, célebre fabricante de cigarrillos. Era una mujer muy fea, el propio Gardel se refería a ella como «el bagayo», pero eso no le impidió chulearla. Ella le financió las películas filmadas en Joinville, y las de los Estados Unidos, y le regaló un Rolls Royce. La Paramount jamás invirtió un céntimo en Gardel. La Wakefield pagaba, y ellos distribuían y participaban de los beneficios. Otras novelas, al margen de la novela.

—Tu abuelo sabía todo esto.

—Sí. Nunca dejó de tener noticias de él.

—¿Y tu padre?

—A través de Ramón.

—¿Qué hizo después de lo de Durruti?

—En el veintinueve, todo cambió. Yo estoy convencido de que él se metía en esas cosas para demostrar algo. Pero la época era dura y él era consciente de sus propios límites.]