Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 60 de 92

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Frontera Sur

58. La noche a bordo

 

Siempre, pensé, interpreto la conducta ajena de una manera despreciable y busco pretextos para no reconocer mis deudas.

José Bianco, Las ratas

 

En los primeros días de la travesía, Teresa y Ramón se entretuvieron en conversaciones intrascendentes con unos y con otros, estableciendo afinidades y rechazos, conscientes de la necesidad de pasar un tiempo, siempre demasiado largo, en la obligada compañía de gentes no elegidas. Alguien, una señora de edad, desde luego, dio por sentado que Ramón era hijo de Teresa, y ellos no se ocuparon de desmentirlo.

Se habían marchado sin grandes preparativos: los negocios, que a lo largo de varios años habían servido de excusa para una indefinida postergación del viaje, quedaron en manos de socios y representantes. En el peor de los casos, concluyó Ramón, no faltaría quien les estafara, pero nadie podría vender las propiedades, y pocos desearían asesinar a la gallina de los huevos de oro: quizás al regreso, para el que no habían fijado fecha, fuesen menos ricos, pero en modo alguno serían pobres.

Los Rosen, Manolo de Garay y el Gallego Julio fueron a despedirles. En el puerto de Buenos Aires, uno de los pasajeros saludó a Liske, quien no ocultó cierto disgusto.

—¿Qué pasa?, —le preguntó Ramón—. ¿No te cae bien?

—Es de la Migdal —argumentó Rosen.

Ramón hubiese querido saber más, pero la agitación y la muchedumbre le impidieron averiguar.

El hombre no se acercó a él hasta que hubieron dejado atrás Brasil. De tanto en tanto, le dedicaba una ligera reverencia o un gesto cordial, pero solo le habló en alta mar. La curiosidad no acababa de imponerse a la aversión que la vestimenta abigarrada del personaje, y el perfume excesivo y dulzón que señalaba su paso por esta o aquella zona del barco, suscitaban en el ánimo de Ramón.

No faltaban a bordo figuras llamativas o inquietantes, pero ninguna lo era tanto como el extraño conocido de Rosen o como el joven rubio y engominado, enteramente vestido de negro, que solía aparecer una y otra vez tras sus pasos, tal una sombra. No les unía ningún vínculo evidente, pero rara vez se les veía a más de diez metros. Estaba allí, oculto entre unas sombras que el rumor constante del mar hacía más profundas, la noche en que el individuo de chaqueta escocesa, pantalones verdosos y polainas blancas sobre zapatos marrones, se detuvo junto a Ramón, quien, solo y ausente, fumaba acodado en la borda, y le habló.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches —por un instante, Ramón se sintió desconcertado.

—¿Interrumpo una meditación?, —preguntó el otro.

—Nada trascendente —le disculpó Ramón.

—Nadie nos presentó, pero yo miré la lista de pasajeros, y sé que usted es Ramón Díaz.

—Yo no investigo tanto. No sé quién es usted.

—Isaac Levy —tendió la mano y Ramón la estrechó.

—Mucho gusto —dijo.

Pasaba gente por aquella zona de la cubierta. Isaac Levy encendió un cigarrillo. Echó la cerilla al agua y se quedó observando cómo caía.

—Es bonito —comentó.

A su lado, Ramón volvió a apoyar los codos en la borda. Conversaron así, sin mirarse, con los ojos perdidos en el oscuro vacío.

—¿Viaja mucho?, —indagó Levy—. Usted es de los que no se marean.

—Es la primera vez… La segunda, en realidad, pero de la primera me acuerdo poco. Tenía cinco años cuando mi padre me llevó a Buenos Aires.

—¿Y nunca viajó? —Levy se giró a medias, incrédulo, sonriendo al perfil de Ramón—. A lo mejor me equivoqué con usted —reflexionó—, y no es un hombre decente. Los hombres decentes viajan siempre…, siempre tienen que irse de alguna parte… Para que no los maten, quiero decir. O cosas peores, que también hay.

—¿Por eso viaja usted?, —sugirió Ramón.

—Algo así… pero no haga caso… ¿Dónde nació?

—En Sevilla… Disculpe que insista: ¿está usted escapando? A lo mejor, puedo ayudarlo.

—No puede ayudarme. ¿Va a Cádiz?

—Sí, ¿y usted?

—Yo dejo el barco en Tánger. Voy a Jerusalén.

—¿Para ponerse a salvo?

—Ya no estoy a salvo en ninguna parte. Pero si es en Jerusalén, no me importa que me maten. Allá tengo una hermana, ¿sabe? Ella me va a enterrar bien. En el monte de los Olivos o por ahí… Quiero ser de los primeros.

—¿De los primeros qué?

—Ah, es cierto, usted no es judío. Yo sí. Cuando venga el Mesías, los primeros en levantarse van a ser esos muertos, los del monte de los Olivos…

—¿Por qué lo buscan, Levy?

—Por desertor. Me arrepentí. Y, en mi negocio, eso es algo que no se puede hacer.

—¿Dejó la Migdal?

—Veo que sabe sumar dos más dos.

—No. Un amigo que fue a despedirme me lo dijo… Me dijo que usted era de la Migdal.

—¿Rosen?

—Sí. Pero no sé mucho sobre el asunto.

—¿De veras?

—Se lo juro.

—¿Le interesa?

—Claro que me interesa.

Levy echó una mirada alrededor. Por lo que parecía, estaban solos.

—Sígame. Mejor hablamos en mi camarote. Tengo una botella de vodka y vamos a estar más tranquilos.

Levy cerró la puerta y sirvió dos grandes vasos de alcohol hasta el borde. Se sentó en la litera y ofreció a Ramón el único, pequeño taburete.

—¿Sabe de dónde me conoce Rosen?, —preguntó, retórico.

—La noche, supongo… —arriesgó Ramón.

—Somos de la misma aldea. Él es mucho mayor, no hace falta que lo diga. Yo me fui a Lublín muy joven, casi un chico. Debía de ser muy lindo, porque las mujeres se me dieron bien. Me hubiera quedado ahí… Pero en Lublín fue a verme un tipo… Y, la verdad, me lo pintó de unos colores, que solo un gil completo podía decir que no. En ese tiempo, tenía dos muchachas que habían empezado por mí. Me las compraron y me mandaron con ellas y con otras cuatro a Buenos Aires, para que fuera conociendo los detalles de la industria.

—¿Cuándo?

—En el noventa. Yo no llegaba a los veinte años, pero me hicieron un pasaporte que me daba más, y con un nombre distinto. Todo el lote que llevaba era de pesos falsos, menores, me refiero, y yo también.

Sonreía al contarlo, con un orgullo triste.

—Aquello todavía no era la Migdal. No era más que un grupo polaco, de caftenes polacos, pero ya había unas cuantas cosas establecidas.

—¿Por ejemplo?

—La ruta… De El Havre, o de Marsella, o de Bilbao, a Montevideo. De Montevideo a Paysandú, para cruzar el río sin problemas hasta Colón, y de ahí a Buenos Aires. Al principio, era en carreta. Después hubo coches. Y, al final, Mihanovich puso los barcos.

—¿Qué más?

—La policía. Comprada. Los remates.

—De eso tengo noticias. ¿Qué hizo en Buenos Aires?

—Me pagaron el servicio. Pasé seis meses aprendiendo el idioma y después los fui a ver. Me propusieron que me hiciera cazador y acepté.

—¿Cazador?

—Mire: Varsovia, Cracovia, Lwow, Lublín, están rodeadas de aldeas. Aldeas judías. Ahí me mandaron a mí, a aldeas iguales a la mía, con sus mismas costumbres, su misma gente y su misma miseria. ¿Vio esos que dicen que los judíos siempre tienen plata? Esos no saben nada de nada. No vieron nunca esos lugares. Verdaderas cárceles de Israel. Hay hambre, amigo Díaz, mucha hambre. Más de la que se puede aguantar. Y lo más caro de todo, lo más inútil, son las hijas. Hay que librarse de ellas: casarlas o venderlas, que viene a ser lo mismo. Los grupos de caftenes estaban bien organizados: tenían ojeadoras en todas partes, viejas que recomendaban familias y daban informes sobre su salud y sobre el carácter de las hijas.

—¿El carácter?

—Sí: si eran trabajadoras o sumisas o rebeldes… Yo iba a comprar sobre seguro, sabiendo qué había en la casa.

—¿Por qué usted? ¿Por qué un judío? ¿Eran todos judíos?

—No, no. Todos no. Los cazadores de Varsovia, fuera del gueto, no lo eran casi nunca: ellos reclutaban mujeres, no negociaban con las familias. Algunos de los peces gordos sí eran judíos, pero no todos los peces gordos: la mayoría, polacos católicos. En las aldeas, convenía que los cazadores fueran judíos, que estuvieran al tanto del ritual. Yo nunca llegué a saber si esos viejos que vendían a las hijas creían o no en lo que hacían, pero lo hacían, y había que seguirles la corriente.

—Cuénteme cómo era, por favor.

—Se lo voy a contar, y usted va a pensar que soy un hijo de puta, y, lo peor de todo, va a tener razón. Pero no me vuelva la espalda, no me rechace, porque estoy arrepentido. Yo sabía lo que les esperaba a las muchachas, conocía el camino. Eran jóvenes hermosas, criadas con miedo a Dios y obediencia absoluta al padre que las vendía. Ruth, digamos, por ponerle un nombre, respetuosa, humilde, delgada… La metían en un barco con un tipo como yo, la bajaban en Buenos Aires, la encerraban en un sitio inmundo, para que el quilombo, después, le pareciera el cielo, y a la semana o a los quince días la mandaban a la Boca: una pieza, o dos, o las que fueran, y el patio, con veinte, treinta hombres esperando a la luz de unas velas, cualquier hombre, los más horrorosos, carreros o cirujas…, cirujas también. Yo lo sabía, pero pensaba en la guita y tragaba saliva; y repetía la escena.

—La escena… ¿Cómo era esa escena, Levy?

—Una pieza sucia, maloliente, sin ventilación. En un pueblito de mierda, de cuatro casas, o en un gueto. A veces, iba a un gueto. El de Varsovia o cualquier otro. Yo me sentaba a la mesa, con el padre y la madre. La chica, Ruth, por ejemplo, se quedaba de pie un paso detrás del viejo. Ruth tenía entre quince y veinte años, y yo podía juzgar su belleza sin tropiezos. Muchas veces estaban también los hermanos y las hermanas menores de Ruth: primero se vendía a la mayor. Esos pibes escuchaban todo. Y, si eran hembras, tenían que poner las barbas en remojo. «Mire, mírela bien, señor Levy. Está sana y es fuerte, eso ya se lo habrán dicho. Yo creo… estará de acuerdo en que vale, bien, bien, ciento cincuenta zlotis». Ese no era el precio total, no crea, Díaz: se trataba siempre sobre una mensualidad: ciento cincuenta zlotis al mes, durante, pongamos, tres años.

—¿Era mucho?

—Un poco de comida. Diez clientes en Buenos Aires. La inversión era baja, pero para ellos era bastante. Lo que pasa es que esa plata no se podía soltar así nomás. El viejo pedía y yo tenía que regatear. Era lo que había que hacer. «Cien zlotis», decía yo. Entonces él se hacía el ofendido y mostraba a la hija de cerca. «Vení, Ruth, hija, vení a mi lado para que el señor te vea bien», decía. Era el peor momento, con la muchacha ahí, oliéndola casi. Entonces yo tenía que preguntar si era virgen, y lo preguntaba. Y el viejo cabrón iba a buscar un libro, una Biblia, cualquier cosa con tapas, lo dejaba en la mesa y juraba sobre él con los ojos en blanco. «Pura, pura como ninguna otra, y muy joven, señor Levy, muy joven… La pureza y la juventud no tienen precio… ¿Cómo no me va a dar ciento cincuenta zlotis?». Y firmábamos…

—¿Firmaban?

—Un contrato con todos los detalles. «Firmo por vos», le decía el padre a Ruth. «Si faltas a este contrato, se cubrirá de vergüenza el nombre de esta familia honrada, tenés que obedecer a este hombre en todo, ir a donde él diga». Era muy solemne ese momento, ¿sabe? Y muy falso. Con las madres era distinto. Desgarrador.

—Pero usted se las llevaba.

—Siempre. A veces, el contrato era de matrimonio. Lo que se pagaba era una especie de dote al revés. Yo me casé con unas cuantas, para no defraudarlas. ¿Se da cuenta, Díaz, de que era un desalmado?

—¿Fue cazador mucho tiempo?

—Quince años.

—¡Carajo!

—¿Ve? ¿Ve lo que yo le decía? Le doy asco, ¿no?

—Olvídese de eso. Quiero saber más. Cuénteme la historia de su arrepentimiento. Me va a costar creerle, pero quiero oírla. ¿Cómo dejó el trabajo de cazador?

—Fue en el seis, cuando se fundó la organización que hay ahora, la Varsovia, la verdadera Migdal. Yo estaba en Buenos Aires, y me quedé con un cargo. Ya tenía unas cuantas mujeres propias, así que me aceptaron de entrada. Y como me conocían…

—¿Y si no hubiera tenido mujeres?

—La Varsovia era una sociedad de rufianes… Lo único que se pedía para ser socio era eso. Valía la pena, era buen negocio. Agrupados, podíamos defender nuestros intereses, porque hay mucha competencia: franceses, italianos… Los polacos hicimos una sociedad de socorros mutuos. Legal cien por cien. Con comisión directiva elegida y todo. A mí me eligieron los colegas. No era pesado, la verdad, y se ganaba plata.

—¿Qué hacía exactamente?

—Vigilar y hacer cumplir las decisiones del juez.

—¿El juez?

—Cierto, usted no sabe… Y el juez no figura en los estatutos. Es la autoridad. Mantiene el equilibrio, es muy importante… Controla las compras y las ventas en los remates, para que nadie haga trampa. Evita la violencia: si una mujer quiere cambiar de rufián, porque se enamora o porque piensa que con el otro va a trabajar menos, el juez fija un pago, una indemnización, para que el perjudicado pueda comprarse otra, y todo arreglado. El juez cobra las cuotas sociales. Él da las coimas, arregla con la policía…, así todos viven sin problemas. Y si una mujer se muere o se queda incapaz, enferma, o loca, él le da plata al rufián para que se consiga una nueva. ¿Se da cuenta?

—Me doy cuenta.

—Bueno.

—Sírvame otra copa.

Levy llenó los vasos de los dos. La atmósfera del camarote, lleno de humo de tabaco y perfume, era casi irrespirable, pero Ramón necesitaba conocer el final.

—Todo esto se supo —continuó Levy.

—Yo no lo supe —objetó Ramón—. Y leo bien los diarios.

—Lo supo la colectividad judía. Los judíos siempre se preocuparon mucho por la moral. Y por las apariencias. Había un comité de protección de las mujeres y los niños judíos. Hablaron con el rabino. Con el rabino en serio, porque nosotros teníamos uno, y una sinagoga nuestra en la calle Rivera, pero no era algo auténtico. Yo mismo me casé tres veces ahí con chicas polacas. El comité lo contó todo. Y el rabino nos prohibió entrar al templo. Y después prohibió que nos enterraran como Dios manda. El juez de la Migdal de Buenos Aires le pidió a Barceló una parcela para hacer un cementerio en Avellaneda, y Barceló se la dio. Entonces el rabino nos expulsó de la colectividad, y a mí la situación empezó a molestarme. Él nos expulsaba porque la gente, los que no eran judíos, claro, se imaginaba que todos los judíos eran rufianes. A mí, al principio, me pareció que no era para tanto: la gente también creía que todos los polacos eran rufianes, y todos los franceses. Pero usted ya sabe, con nosotros es distinto. Empecé a pensar el asunto, a darle vueltas, y al final saqué una conclusión, o comprendí, vi la luz: yo no soy un hombre cualquiera, porque mis acciones, buenas o malas, no son solo mías: yo soy todos los judíos. ¡Mi madre! ¡Cuando me avivé de eso! ¡Me volví loco! Tenía ocho mujeres. Me senté en un café a hacer cuentas. Calculé cuánto había rendido cada una.

—Muchos miles.

—Muchísimos. Una cantidad que yo no iba a tener nunca. La saqué de la caja de la Migdal. Fui a verlas en los quilombos. A todas les devolví lo suyo. A todas les dije lo mismo: esta plata te pertenece, sos libre.

—¿Y ellas? ¿Qué dijeron?

—Nada inteligente, amigo Díaz. Cosas como qué suerte o estás loco.

—¿Ninguna se fue con usted?

—Ninguna amagó siquiera salir de la pieza. Una me dio las gracias y me dijo que me apurara, que había muchos hombres esperando. Le pregunté si era eso lo que quería, seguir ahí, ahora que tenía plata. Le expliqué que podía poner un negocio, por ejemplo. Me contestó que de puta se ganaba más y que sin rufián lo iba a hacer con más ganas. Era rica, esa mujer era rica… ¡Por Dios! ¡Menos mal que yo no iba a redimirla!

—Pero actuó como un cristiano…

—No, no… No lo hice por caridad, sino para reparar mis crímenes, en nombre de todos los judíos. Porque yo soy todos los judíos, como cada judío es todos los judíos. Pero ese es un camino que se recorre casi siempre en una sola dirección: mis actos repercuten en los demás sin necesidad de que los actos de los demás repercutan en mí. Devolví lo que pude a las mujeres que habían trabajado para mí. Era algo personal. Un cristiano hubiera procurado repartir toda la riqueza de la Migdal entre todas las putas de Buenos Aires.

—Creo que lo comprendo.

—Que no lo comprenda es lo de menos…

—¿Entonces por qué me lo contó?

—Porque a lo mejor llego a Jerusalén, pero a lo mejor no llego… Robé de la caja de la organización, me cagué en los principios de la organización cuando solté a las mujeres, y me fui. Me siguen.

—El rubio del traje negro.

—Justo.

—¿Puedo hacer algo por usted?

Tengo escrita una carta para mi hermana. Guárdela.

Si atracamos en Tánger sin novedad, me la devuelve. Si no, la envía desde el puerto.

Ramón metió la carta en el bolsillo de la chaqueta.

—Me voy a dormir —anunció.

—Espere —le pidió Levy.

Sacó papel y lápiz de un maletín que tenía sobre la litera. Apuntó algo, dobló la hoja y se la dio a Ramón.

—Es la dirección de un amigo en Tánger —dijo—. Un buen amigo. En una época fuimos colegas. Se casó con una mujer que trabajaba para él y la retiró. Tienen un café. También le puse ahí el nombre del rubio, el que subió al barco conmigo. Haga lo que quiera, o lo que pueda.

Ramón se levantó y abrió la puerta del camarote.

—Díaz —nombró Levy: Ramón se giró hacia él—. Todo el mundo cree que la señora que viaja con usted es su mamá. Yo no. Lo felicito: tiene buen gusto. Le lleva unos años, pero es muy linda.

—Gracias.

Esa fue la despedida.

Teresa dormía. Ramón no dio la luz: solo se quitó los zapatos y la camisa antes de echarse en la litera y caer en un sueño profundo.