Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 48 de 92

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Frontera Sur

46. El cantor

 

Los zorzales cantan. ¿Cómo cantan?

Enrique Wernicke, La ribera

 

En el comedor del Hotel Español de Tacuarembó, el silencio era completo. El bochorno de la siesta, en aquella tarde de enero de mil novecientos dos, había paralizado el mundo. El hombre de blanco sentado junto al ventanal observaba a Ramón Díaz y a Germán Frisch. Aunque les conocía, no conseguía asociarles con ninguna circunstancia particular. Tenían que ser de Buenos Aires, pero eso ya no tenía importancia. Ahora estaba a salvo.

Había sido un error matar a aquel pituco. Porque no era más que un pituco, por mucho que se hiciera el fuerte y la emprendiera a tiros con la orquesta. Tipos así siempre se dejaban caer por los andurriales, en busca de mujer. Y el almacén de Aquiles Giardini, en el bajo de Palermo, no era de los peores. Se encontraba en el descampado, pero en zona a la que alcanzaba la ley, muy cerca del antiguo Paseo de las Palmeras, al que nadie se acostumbraba a llamar avenida Sarmiento.

Frisch también le miraba. De pronto, se levantó y fue hacia él. En aquel momento, vinculó el rostro del alemán con la muerte del muchacho.

—Buenos días —dijo Frisch.

—Buenos días —respondió el hombre.

—Usted no se acordará de mí…

—Sí, me acuerdo. Usted estaba ahí. No sé qué hacía, pero estaba.

—Tocaba el bandoneón. ¿Sabe que ese chico, Argerich, el Vidalita, le decían, iba siempre por el almacén? Y parecía tranquilo.

—Hasta que se reviró.

—Si no llega a ser por usted, no deja un músico vivo. Quiero que sepa que se lo agradezco.

—No es que sirva de gran cosa, pero tranquiliza saber que no todo el mundo lo persigue a uno… ¿Usted es de por acá?

—No. Vine con un amigo que tiene unos campos cerca. Permítame que lo invite a tomar una ginebra.

—Cómo no.

Fueron a reunirse con Ramón.

—No puedo presentarte al señor, porque todavía no sé cómo se llama — explicó Frisch—. Pero fue el que nos salvó en lo de Giardini…

—Me llamo Traverso —informó el otro—. Me dicen Cielito.

—Encantado —Ramón le tendió la mano—. Siéntese, por favor. ¿Vive en Tacuarembó?

—No. Estoy de paso. Lo de aquella noche fue bravo. Ese pibe era un niño bien, de familia importante. Me buscan.

—¿La policía?, —preguntó Ramón.

—¿Quién quiere que me busque?

—Claro. Disculpe.

—Voy para Santa Ana do Livramento. Ahí hay unos amigos.

—¿Cree que va a poder volver?, —averiguó Frisch.

—Difícil. Hay muertos y muertos. Y aquel era de los duros.

—¿Y qué va a hacer en Santa Ana?

—Vivir. Mis hermanos me van a ayudar…, tengo tres hermanos. En el Abasto.

—Si necesita algo para Buenos Aires, nos vamos mañana —ofreció el alemán.

—Gracias. Voy a mandar unas cosas, pero ya tengo mensajero. Y es un mensajero que no se puede reemplazar…

—No hay nadie que no se pueda reemplazar —objetó Frisch.

—Sí, hay —insistió Traverso—. Este. Hace de mensajero y de carta a la vez.

—¿Un condenado?

—No, no, nada de eso. Si tengo que liquidar a alguno, lo liquido. Y usted lo sabe mejor que nadie. A este lo mando de regalo a mi hermano Constancio, que tiene un café…

—¡Claro! —evocó Frisch—. Constancio Traverso… ¡Cómo no me di cuenta antes! Es el dueño de O’Rondeman, en la calle Laprida, detrás del mercado…

—¡Justo!

—Toqué ahí un montón de veces…

—Entonces, sabe que se hace música.

—También sé que se hace para los conservadores.

—Alguien tiene que pagar, ¿no?

—¿Es músico su hombre?, —interrumpió Ramón.

—Cantor. El mejor que oí en mi vida. Un fenómeno. Acá, perdido… Un muchacho que tiene que ir a Buenos Aires, a que lo escuche la gente.

—¿Joven?

—Veinte años. ¿Ustedes vienen por acá a menudo?

—Yo tengo campo. En Ventura. Sí, venimos bastante.

—A lo mejor lo conocen al Zorzalito. Carlos Escayola.

—Lo conocemos —confirmó Ramón—. Mi padre le compró el campo a su padre.

—Sí, el viejo tenía plata. Pero quedó poca cosa… Este vive como puede: medio cantor, medio cafishio. Las hembras también se le dan bien. Mi hermano le va a ayudar a hacer carrera.

—¿En las dos cosas?

—Si le da el cuero…

Siguieron conversando, sobre música y músicos, sobre los políticos y la política, sobre rufianes, caftenes y policías, hasta que cayó el sol.

Aquella noche, Ramón y Frisch oyeron cantar a Carlos Escayola por primera vez.

Escayola se presentó en la casa de la calle Alsina a principios de junio de aquel año dos, año de la promulgación de la aciaga ley de residencia, para la expulsión de extranjeros politizados; año, también, del estreno en Buenos Aires del Viaje a la Luna de Meliés, y de la filmación de Escenas callejeras, primera película de argumento hecha en la Argentina. A Ramón le asombró la modestia de su indumentaria: en esos días de frío extremo, no llevaba abrigo. Le hizo pasar a la sala y le ofreció ginebra.

—Me imaginé que con los Traverso las cosas iban a irte mejor —le dijo, con ánimo de picar al muchacho—. Veo que no prosperaste mucho.

—Todavía no empecé con ellos —respondió Escayola—. Por eso vengo a verlo.

—Trátame de vos. No soy un caudillo conservador para que me hables de usted… ¿Qué estuviste haciendo hasta ahora? Porque viniste a Buenos Aires en enero, si no me equivoco.

—Trabajé un poco…

—¿Trabajaste? ¿Vos?

—Aunque no lo crea.

—No encontraste mujer…

—No, no es eso… Es que quería estar tranquilo para estudiar.

—¿Canto?

—Sí. Me pagué un maestro.

—Italiano, supongo.

—Sí.

—¿Y en qué trabajaste, si se puede saber?

—Hice de todo. Primero, vendí diarios. Casi todos los días pasaba, vendiendo, por el stud de una gente bien, la familia Baldassarre. Ya sabes, profesionales, con plata. Les caí bien y me tomaron a sueldo para llevar los chicos a la escuela. En una volanta, de cochero… Después, entré en el Teatro de la Victoria…

—Pero no de artista.

—En la tramoya. Pero fue lo mejor que hice en mi vida. Conocí a un muchacho, Alippi, Elías Alippi, que me ayudó como nadie. Él fue el que consiguió que Titta Ruffo me escuchara. Ahora sé que sirvo. Él me lo dijo.

—¿No te bastaba con las opiniones que ya tenías?

—No. Tenía que saber qué pensaba un grande. Un grande de veras, y no un cualquiera. Yo seré todo lo que se te ocurra… Sé que no me tenés mucho respeto… Pero en eso, en lo de ser cantor, voy en serio.

—Para ser bueno en arte no hace falta ser buena persona… Ahora, decime: ¿por qué viniste a verme? ¿Qué tengo que ver yo con tu canto?

—Mucho. Voy a ir a ver a Constancio Traverso. Ya sé que me va a oír y me va a dar un sitio, pero yo no quiero que me haga un favor por lástima. Sé muy bien que es un animal, la música le importa un carajo… Sin embargo, tiene que ser por eso que me tome… Y no puedo ir así, sin un sobretodo ni un sombrero decente, porque entonces ni me va a escuchar ni nada… ¿Cantas?, va a decir. ¿Sí? Bueno, vení a la fiesta del sábado o a la del domingo. Y eso, no. ¿Me podes prestar un sobretodo?

—Mi ropa seguro que te queda chica. Mejor te doy plata.

—¿Y si no te la puedo devolver?

—No dije que te la prestaba. Dije que te la daba.

—Bueno —aceptó Escayola.

—¿Mejoraste con el maestro?

—Claro. Si no, no le pagaba.

—Quiero oírte. Canta algo.

—¿Así? ¿Sin guitarra?

—Así.

Escayola se aclaró la garganta y soltó la primera cuarteta de un aire campero en que se hablaba del corazón, del cielo y de los pastos. A Ramón no le interesó la letra. Las modulaciones de la voz, en cambio, le conmovieron como, más de veinte años atrás, le habían conmovido, en una calle de Montevideo, las notas del bandoneón de Germán Frisch.

No necesitó pedir a Escayola que siguiera. A la primera canción siguieron otras dos.

Cuando Escayola se detuvo, sonriente, mirando hacia la entrada de la sala, Ramón descubrió allí a Teresa, atenta, con los brazos cruzados y un hombro apoyado en el vano, el pelo, aún negro, suelto, la bata ceñida sobre las caderas. Magnífica, pensó Ramón.

—Sos muy bueno —diagnosticó Teresa, dirigiéndose al cantor.

—¿Le parece, señora?, —coqueteó él, con esperanza de recibir otro halago.

—No necesitas que yo te lo diga —concluyó ella.

—Voy a ser cantor. Profesional, ¿sabe?

—Cantor ya sos. Lo demás, está por verse… O yo no conozco a la gente, o no te va a resultar fácil. La voz que tenés no es de las que se perdonan… A veces, de muerto.

—¿Usted cree? —Escayola había abierto mucho los ojos, pidiendo el auxilio de aquella mujer segura—. ¿Qué tengo que hacer?, —consultó, lleno de fe.

—Canta bajito. Desde un rincón. Espera tu momento.

No añadió nada más. Se giró y les dejó solos.

—¿Quién es?, —preguntó Escayola.

—Teresa.

—¿Tu vieja?

—Sí. Hacele caso. Ella sabe.

Escayola se marchó con dinero en el bolsillo y dudas en el alma.

—¿De dónde lo sacaste?, —averiguó Teresa cuando se hubo marchado, mientras preparaba la cena en la cocina.

—Lo encontró Cielito Traverso en Tacuarembó. El que mató al loco Argerich cuando se puso a tirar sobre los músicos…

—El destino te va a buscar a lugares más raros que Tacuarembó. Si quiere. Si no quiere, podes pasarte la vida llamando y reclamando sin que te haga caso.

—Pero no te veo muy convencida de que a este lo favorezca.

—A la larga, sí. Si tiene paciencia.