Frontera Sur
Primera parte
1. El descubrimiento de América
Día a día van desapareciendo, abrumados por la edad, los escasos representantes de la raza africana que pisaron este suelo con las cadenas de la esclavitud. Anteayer le tocó el turno a la Reina de los Banguelas, Mariana Artigas, que contaba 130 años y fue hallada muerta en su humildísimo lecho. Horas antes de conducirse su cadáver al cementerio, recibía la extremaunción el Rey de la misma nacionalidad, vulgarmente conocido por Tío Pagola.
Diario El Siglo, Montevideo, 3 de agosto de 1880
Ramón había oído por primera vez aquel sonido unos meses atrás, en Montevideo, aferrado a la mano de su padre, tan atento y tan asombrado como él. Estaban con Anselmo, un gallego grueso y sonriente, nacido en el mismo pueblo que Roque y establecido de antiguo en el Uruguay, al que debería siempre la visión de aquella tarde, su son, sus reflejos.
—Ha muerto el rey de los banguelas —había anunciado Anselmo de pronto, al terminar la comida—. Me gustaría ir al velorio.
—¿Un rey? —descreyó el niño—. ¿Un rey de verdad?
—Un gran rey negro —confirmó Anselmo—. Uno de los últimos. Ayer enterraron a la reina.
—¿Era un rey con una corona y una capa, como Alfonso XII?
—No, no, nada de eso, era un rey aún más pobre que el de España, y no tenía corona, ni capa, ni nada.
—¿Ni corte?
—Eso sí. Una corte, sí. Y muchos amigos.
Roque Díaz interrumpió con su voz gorda.
—¿Había sido esclavo?
—Claro, ¿cómo hubiese llegado hasta aquí, si no? —rio Anselmo—. Bantú. Vino encadenado. Buena persona, el Tío Pagola. Pasó más de cien años en este mundo.
Ramón no preguntó más. Como tantas veces, se entretuvo en observar el orden siempre perfecto del bigote de su padre, la llamativa lisura de su pelo negro, en el que aún no apuntaban canas.
Calló su entusiasmo cuando Roque aceptó ir con el amigo.
Y siguió callado todo el tiempo que duró el paso del cortejo por la calle en que se estuvieron de pie, helados y calados por la humedad, viendo cómo aquel gentío, cubierto tan solo con finas camisas blancas y pantalones y faldas abigarrados, se dejaba llevar por el batir opaco de unos dedos finos y oscuros sobre un tambor, y por los remotos agudos de algún violín y alguna flauta, entrando y saliendo de debajo del ataúd de madera cruda, que cambiaba de hombros una vez y otra, sin que jamás se alterara la regularidad de sus oscilaciones.
Giraban y giraban y giraban, como si no desearan avanzar, y por un instante el desasosiego amenazó asentarse en el alma de Ramón, que imaginó la caja eternamente en el aire, una caja sin destino con un rey dentro, clamando por la tierra o el fuego o el agua del mar.
Un aleteo bárbaro sobre los parches precedió al silencio.
El muerto fue descendido al suelo y la muchedumbre se abrió con respeto.
Un hombre blanco, muy rubio, alto, despeinado, tan desnudo como los bailarines en el agosto del sur, con una maleta rígida, forrada en piel, sostenida bajo el brazo y sujeta al cuerpo por una ancha cinta de igual materia, había aparecido en la esquina. Se acercó sin prisa, indiferente a las reverencias. Alguien trajo una silla de una casa y la puso en medio de la calzada, cerca del cadáver.
Ramón descubrió entonces que el ataúd no tenía tapa. Buscó dentro un rostro, el que había sido del Tío Pagola, y no encontró más que una pelota de duro cuero lastimado y un montón de grasientas lanas blancas.
El hombre rubio abrió la maleta y sacó de ella lo que a Ramón no le pareció otra cosa que un extraño estuche con brillos de nácar y metal; la envoltura, eso sí, de algo maravilloso y definitivo.
El hombre rubio se sentó en la silla, junto al rey banguela, con el estuche sobre los muslos, y metió unas manos suaves, largas, por debajo de unas correas hasta aquel momento invisibles, y acarició con dedos suaves, largos, unos botones hasta aquel momento invisibles, y con un gesto suave, largo, tiró hacia los lados y mostró un pellejo de serpiente hasta aquel momento invisible, con escamas pulidas y rectas.
Con un movimiento vago, reveló la música.
Estaba llena de latidos de negros, pero Ramón recordó el órgano de la iglesia de Barcelona en que había despedido a su madre, aquella abundancia sonora que se imponía a las lágrimas, que abría la garganta para resolver los sollozos en hondas inspiraciones.
El hombre rubio se doblaba, se cerraba encima de aquella milagrosa brisa, con los ojos cerrados. Se amaban, él y su instrumento. Juntos, íntimos y solemnes, quejaban el duelo sin desconocer la resurrección.
Sin que él dejara de tocar, alzaron el ataúd entre varios y echaron a andar, ya decididos, sin otra distracción que la realidad, a devolver a la tierra lo que era de la tierra. Él permitió que se perdieran hacia la llanura por una calle cualquiera, sin pena.
Cuando se detuvo, suspiró, regresó, vio delante la mirada de Ramón, sus dedos de niño de cinco años tendidos hacia el instrumento. Sonrió.
—Bandoneón —dijo, apuntando con la barbilla hacia abajo—. Suena bien. Al tata viejo le gustaba mucho.
—¿Tata viejo?
—El rey, el Tío Pagola. Era un tata viejo. Alguien muy querido, y respetado. Un consejero…
Roque y Anselmo estaban junto a Ramón.
—Soy Hermann Frisch —se presentó el rubio, dando la mano a todos, primero al niño, sin levantarse.
—¿Alemán?, —averiguó Roque.
—¿Alemán?, —se asombró Frisch—. Lo fui, lo fui. Pero me curé en París, hace diez años, cuando la Comuna. Ahí me hice hombre. Escuchen, por favor.
Y se dejó caer nuevamente al cielo.
Ramón Díaz necesitó muchos años para comprender que aquella tarde, en Montevideo, había visto cambiar el mundo.
Ahora lo oía en Buenos Aires. En Fray Bentos, al abrazar a Frisch sin esperanza de volver a verle jamás, Ramón había temido perder, con el amigo, la música, aquella música única, que la constancia había transformado en hogar en el curso del parsimonioso e incierto viaje común a través de oscuras poblaciones en las que Roque buscaba un destino para los dos y Frisch recogía monedas.
Reconoció el bandoneón sin sorpresa.
Sonaba en algún lugar del otro lado del patio, y entraba en la sala con la confianza de un hijo de la casa.
Ramón se separó de la conversación que su padre sostenía con Posse. Volvía a ella de tanto en tanto, para adivinar, por alguna señal, de qué se estaba tratando. Retuvo el nombre de Cánovas, la palabra constitución.
Cuando de fuera no llegó más que silencio, atendió a lo que decían los hombres.
—Esto empieza a ir verdaderamente bien —aseguró Posse—. No hay quien pueda con el zorro Roca. La pacificación es cosa hecha. ¿Quién se va a oponer ahora a que Buenos Aires sea la capital?
Era un hombre alto, delgado, de cabellos blanquísimos, lleno de una autoridad que, lejos de inquietar o repeler, animaba a la sinceridad.
—Necesito criar a este mozo en lugar tranquilo y hacer un poco de dinero, don Manuel —dijo Roque—. Algún día…
—No piense en futuros lejanos, amigo mío —interrumpió el viejo—. No tiene la menor importancia lo que vaya a hacer algún día. Lo que sí cuenta es lo que pueda hacer hoy, mañana. Le voy a proponer algo.
—Escucho.
Ramón encontró en el tono de su padre una nota de alivio. Debía de hacer mucho tiempo que esperaba aquella frase. En todas partes les habían recibido bien, con generosidad —Roque era hombre respetado—, pero nadie había dicho nada parecido a lo que acababa de decir Posse. Él no hablaba de visitas ni de despedidas.
—Sabe que puede vivir aquí, con el niño, el tiempo que haga falta. No le costará un céntimo. A la gente de bien no se le cobra nada. Además, es una casa, no una fonda. Sobra espacio. Pueden dormir y comer. Establézcase, entérese de cómo son las cosas en este país. Salga a caminar, recorra la ciudad con los ojos abiertos, mire bien a su alrededor. O me equivoco mucho con respecto a usted, o enseguida va a encontrar un camino. Y, si le viene bien, le puedo dejar una chata y un caballo. Roque no abrió la boca.
—Papá, ¿qué es una chata? —preguntó Ramón.
—Un carro, hijo —contestó Posse—. Y no se preocupe —añadió—: nadie tiene por qué enterarse de que está usted aquí. Y si se enteran, tanto da. Esta es una gran ciudad, y en las ciudades, las venganzas se disuelven, se evaporan, se pierden, dejan de tener sentido.
Ramón no sabía a qué se refería el viejo, pero percibió de pronto que siempre, aun en días que él no recordaba, en vida de Fernanda, su madre, habían estado huyendo de algo; y que allí, en aquella ciudad, en aquella casa, en aquella sala, hacía tan solo unos segundos, por la obra mágica de unas palabras, habían quedado definitivamente fuera del alcance de sus perseguidores, quienesquiera que fuesen.
—De acuerdo —se comprometió Roque.
—¿Dónde tienen su equipaje?, —averiguó Posse.
—Fuera, en el patio. Poca cosa, una maleta.
—Una valija. Venga, voy a mostrarles dónde van a dormir.
Atravesaron el patio y don Manuel se detuvo ante la cocina.
—Sara —dijo—. Ven, te voy a presentar a Roque Díaz Ouro. Es un paisano, amigo, además, de Anselmo. Y su hijo, Ramón. He pensado que podrían quedarse en el cuarto que ha sido de Severino. Ella es mi hija Sara.
La muchacha abandonó lo que estaba haciendo y se secó las manos en el delantal para tender la derecha a Roque.
—Mucho gusto, señor —sonrió—. La habitación de la que habla papá está muy bien. Es la mejor, si quiere que le diga la verdad. Aquí hay mucho espacio, pero no todos los sitios son cómodos. Casi todos nuestros invitados tienen que dormir sobre las cuadras, y eso es molesto.
Posse sonreía.
—Pon sábanas y explícales dónde lavarse —ordenó—. Y espero —se dirigió a Roque— que esta noche participen de nuestra fiesta.
—¿Usted va a salir, papá? —quiso saber Sara.
—Ahora mismo. A las ocho estaré aquí.
Se marchó sin despedirse de nadie.
Sara les pidió que aguardaran y regresó con un montón de sábanas y unas mantas.
—No creo que tengan frío, pero es mejor prevenir —dijo—. Vengan, por favor.
Abrió la habitación y puso la ropa sobre las camas.
—Las haremos nosotros, señorita —se ofreció Roque.
—Sara —respondió ella—. Y se lo agradezco. Todavía hay mucho que hacer para esta noche. Es una fiesta muy grande —explicó desde la puerta—, muy importante para nosotros. Mi padre no se lo habrá dicho, pero, amén de la Nochebuena, celebramos su cumpleaños. Y va a estar todo el mundo. Todos los hermanos, y todos los huéspedes, y todos los amigos, que alguna vez fueron huéspedes también.
—Mucha gente.
—Mire, los va a ir conociendo, pero le adelanto que soy la menor de once hermanos. Los mayores están casados, y tengo diez sobrinos.
—¿Y los huéspedes?
—Catorce. Todos los que podemos tener. Encima de las cuadras, hay doce piezas. Y está esta, y la de enfrente. Siempre llega gente de allá, de Galicia, y no la va a dejar en la calle, ¿no?
—¿Y comen en la casa?
—Si se recibe a alguien, se lo recibe bien…
—Claro, claro…
Roque miró sus ojos risueños con la gratitud de un hombre cansado.
—Esta puerta, la de al lado, es la del baño —agregó ella—. Si me disculpan, ahora voy a seguir en mis cosas. Hasta luego.
Cuando se quedaron solos, Roque sonrió a Ramón.
—Es una buena casa, papá —dijo el chico, sentado en el borde de una de las camas.
—Lo es, hijo, lo es. Es la casa de un hombre generoso. Pero no es nuestra casa.