Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 50 de 92

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Frontera Sur

48. La familia de Liske Rosen

 

 

En la sórdida ciudad de Tulchin, perpetuamente cubierta de nieve, ciudad de rabinos gloriosos y sinagogas seculares, las noticias de América llenaban de fantasía el alma de los judíos.

Alberto Gerchunoff, Los gauchos judíos

 

El año cinco pasó a la Historia por ser el del fracaso de la primera revolución rusa. Eso se suele recordar. Menos memoria hay de los grandes pogromos que por las mismas fechas asolaron las Europas oriental y central. Algunos, enormes y sangrientos como infiernos, se reiteran en la literatura, y su evocación suele ensombrecer la de otros, menos notorios aunque, a veces, más brutales. En todas las ciudades del imperio granruso fueron atacados, asesinados, despojados los judíos; pero también en las pequeñas aldeas, y allí con más saña: gentes que nada poseían conocieron en carne propia la aversión maníaca de vecinos codiciosos y cobardes. En Odessa, en Hamburgo, en Marsella, los que lograban huir a la violencia, tras durísimas marchas a través de campos resecos y ajenos, marchas a las que no todos sobrevivían, trataban de embarcar hacia América. La mayoría lo ignoraba casi todo acerca de su lugar de destino: unos pocos decían que estaba al otro lado del mar y que era sitio en que permitían vivir. La extensión del territorio, las distancias y las diferencias entre puertos de los que jamás habían oído hablar, la disparidad de idiomas y actitudes, les eran ajenas. Eran contados los que entendían que no podía ser igual llegar a Nueva York, a La Habana o a Buenos Aires, y más contados todavía los que conocían el verdadero alcance de esa diversidad.

Liske Rosen sabía. De no haber sido hombre de cultura, habituado a los libros e interesado en variedad de asuntos, hubiese aprendido geografía leyendo en la vida de su mujer y en las largas y coloridas cartas que un pariente lejano, músico, al igual que él, le enviaba desde Brasil.

Liske Rosen había nacido cerca de Lublín, en una aldea judía por la que, de tanto en tanto, pasaba un mercader que, entre ollas y sábanas, hojas de bacalao salado y zuecos de madera, mantones para las novias y sacos de especias, acostumbraba llevar algún que otro libro viejo en ruso, en hebreo o en alemán. En el poblado se hablaba yídish, pero el rabí conocía el ruso y el hebreo, y el lerer, el maestro laico, se había criado en Alemania: Liske preguntaba siempre y, con esfuerzo e intuición, había llegado a descifrar las tres lenguas.

Se había casado con Rebeca por amor, sin la consabida mediación de la casamentera. Él no tenía dinero y ella no tenía familia: padres, tíos, hermanos mayores, habían sido asesinados en Ucrania, junto a los demás habitantes de su pueblo, cuando la niña contaba tres años. Advertida de la inminencia de un ataque, su gente la había confiado a una compañía de cómicos de la legua en la que convivían gitanos húngaros y judíos sefardíes. El apellido Saúl le había sido dado a Rebeca por la bailarina y el violinista que la habían adoptado: de ellos le venía el habla judeoespañola, pronto asimilada por Liske, que acabó por contratar con sus pocos recursos a una vieja de oscuro pasado, que había vivido en Algeciras, para que le enseñase el castellano de su tiempo, el que le podía servir en la realidad.

Habían puesto en el mundo cinco hijos: el primero, un varón, David, nacido en 1880; la última, una niña, Raquel, siete años más tarde. Con todos ellos y con Abraham, hermano de Liske, salieron de Polonia a principios del año seis, convencidos de la conveniencia de establecerse en Buenos Aires.

—Es una buena ciudad, grande. Todavía no hay muchos judíos, pero nadie molesta a los que viven en ella. Y se habla español —explicó Liske, justificando su elección—. Además, ahí está Ezra Furman, un primo de mi padre que nos podrá ayudar.

Ezra Furman, llegado hacía ya un cuarto de siglo, no había dejado de lado sus ideales socialistas, pero estaba lejos de ser el agitador acosado al que Frisch y Ramón habían ido a recibir al puerto: ahora era dueño de una imprenta en la calle Piedras en la que tanto se hacían tarjetas de visita y participaciones de boda, como carteles de propaganda, panfletos o folletos para la divulgación de las ideas de quien las tuviese y pagase por publicarlas. Ayudó a Liske y a los suyos como supo: pagándoles el alquiler de una pieza de conventillo y enviándoles a ver a Germán Frisch.

Una mañana, Liske Rosen fue a la casa de la calle Alsina. Llevó a toda su familia. Sus palmadas de anuncio llegaron al patio junto a un coro de murmullos. Ramón se asomó al zaguán. Pudo haberle llamado la atención la figura encorvada de aquel hombre de pelo blanco, muy largo y desordenado, con el estuche de su violín bajo el brazo. Pudo haberse fijado en el otro, que llevaba la manga izquierda de la chaqueta vacía, plegada y sujeta con un imperdible. Pudo haberle sorprendido la mirada triste de la mujer corpulenta, la de las gruesas trenzas recogidas sobre la cabeza en un moño ridículo. Pudo haberse sentido desconcertado por el número de visitantes o por la singularidad de su aspecto. Pero, después de una rápida inspección interrogativa, sus ojos se detuvieron en la figura más discreta, la de la muchacha que pretendía pasar desapercibida tras el grupo: Raquel Rosen tenía diecinueve años, una larga, espesa, lacia cabellera negra derramada sobre los hombros, y esa transparencia en la tez morena que solo el dolor y el hambre procuran. Ramón iba a cumplir los treinta poco más tarde: nunca, desde la muerte de Mildred, había experimentado conmoción semejante. Era esta una mujer en nada semejante a aquella a la que había amado desde la infancia: delgada, sí, pero alta y de piel en todo extraña al rojo. Ella, sintiéndose de pronto desnuda, bajó la vista.

—Buenos días —dijo Ramón.

—Buenos días —respondió Liske—. Busco al señor Frisch.

—Sí, claro. Pasen, pasen —invitó Ramón, señalando la puerta que, del corredor inmediato al zaguán, se abría a la sala—. Voy a avisar al señor Frisch…, ¿quién pregunta por él?

—Eh…, bueno, él no me conoce. Me envía…, nos envía Furman, Ezra Furman, un amigo común.

—También es amigo mío.

Los Rosen entraron en la sala. Había tres asientos en el sofá, y un par de sillones. Abraham, Rebeca y Raquel se sentaron juntos, muy tiesos y en el filo del sofá. Liske se acomodó en uno de los sillones. Los cuatro muchachos se quedaron de pie: el quinto lugar disponible era para Frisch.

Ramón fue a la cocina.

—¡Germán!, —casi gritó—. Es para vos…

—¿Qué pasa?, —preguntó Teresa.

—¿Quién es?, —quiso saber Frisch.

—Una… tribu. No sé qué tribu: gente que viene de Europa, eso sí. Los manda Furman. Una familia, supongo. El padre trae un violín.

—¿El padre?

—Creo, imagino: el que lleva la voz cantante.

—¿Y qué más?, —indagó Teresa.

—Una mujer. Impresionante.

—Impresionante quiere decir que te impresiona a vos —concluyó ella.

—Mucho. No sé qué quieren, pero hay que dárselo: no puedo dejarla escapar.

—No te preocupes. Ningún hombre se pone así por una mujer sin que a ella le pase nada. No se te va a escapar —le tranquilizó Teresa—. Vayan los dos, a ver qué necesita esa gente.

El protocolo de la reunión era claro: Frisch se sentó en el sofá libre y Ramón se quedó de pie detrás de él, escuchando y sin intervenir. Hizo lo imposible por seguir la conversación sin mirar a Raquel, pero su deslumbramiento y su deseo eran más fuertes que su educación. Así, le fueron reveladas las manos de la muchacha, abandonadas sobre sus muslos.

—Soy músico —aseguró Liske, señalando el violín—. Ezra Furman me ha dicho que usted podría ayudarme a encontrar empleo. Llegamos hace tres días, y necesito trabajar. Necesitamos trabajar.

—Usted, como músico —dijo Frisch—. ¿Y los demás?

—Si consiguiéramos un carro… No muy grande. Para llevar cosas… Mi hermano y mis hijos —señaló— están acostumbrados a vender. Comprar y vender. O vender cosas de otros, porque para comprar no tenemos dinero, y tampoco tenemos a quien pedírselo. Claro, si yo toco en algún sitio y voy cobrando…

—¿Es buen músico?, —dudó Frisch.

—¿Quiere oír?

—Sí.

Del violín de Liske surgió una melodía diáfana: una frase extensa y delgada y lenta, que se fue repitiendo con escasas variaciones: en cada nueva reiteración, la frase se hacía más rápida: Ramón la veía reflejada en el leve movimiento de los dedos de Raquel. De pronto, Frisch detuvo a Rosen con un gesto.

—Espere —dijo—. Ramón, por favor, traeme el bandoneón.

Ramón hizo lo que se le pedía.

—Escuche —ordenó Frisch una vez tuvo su instrumento—. Un tango. Se llama El choclo.

Tocó durante un par de minutos.

—Esa música se oye en Galitzia —reconoció Abraham—. Es música de nuestra gente.

—¿Son ustedes polacos?, —inquirió Frisch.

—Judíos polacos —especificó Liske—. Esa es música judía de allá, de Galitzia.

—Es música judía —apoyó Rebeca—. Pero de Sefarad —objetó.

—¿Española?, —quiso precisar Ramón.

—Sí, sí, española —confirmó la mujer.

—¿Usted también sabe música, señora?, —insistió Ramón.

—Canto un poco.

—¿Puede cantar algo de eso?

—Le voy a mostrar —ofreció ella. Tensa, con las uñas clavadas en la tela de la falda, cantó con voz pastosa y cargada de triste ternura:

Adió querido

la vida ya no la quiero

que me la amargaste tú.

—Judía —dijo—. De España.

Liske Rosen, apartándose del debate, pidió a Frisch que volviera a tocar. El choclo sonó nuevamente en la sala. Cuando el orden de la música recomenzó, el violín siguió al bandoneón sin vacilar. Frisch miró a Liske con admiración y le sonrió.

—Podríamos tocar juntos —propuso.

La experiencia se prolongó durante una hora: los tangos pasaban del bandoneón al violín a través de Liske.

—Se quedan a almorzar —decidió Ramón.

Teresa y él prepararon la comida: puchero y sopa de pasta. Hacía calor: pusieron la mesa en el patio, bajo la parra: dos largas tablas montadas sobre unos soportes, que siempre habían aguardado una ocasión como aquella para estrenarse. Sacaron sillas de la cocina y del comedor: eran once. Liske presidió en una de la cabeceras; Ramón, en la otra. Teresa se las arregló para que el muchacho tuviese a Raquel a su derecha, y ella misma se sentó a la izquierda.

Cuando se hubieron bebido diez botellas de vino, los dos jóvenes tuvieron ocasión de conversar.

—Es una suerte ser judío —dijo Ramón.

—Un castigo —corrigió Raquel.

—No, no. Aunque también, sí. Pero es que nacer perseguido es nacer grande…

—Me interesa más la felicidad que la grandeza.

—¿Y qué te hace falta para ser feliz?

—Todo. Una casa para mi familia, trabajo…

—¿Nada más?

—Amor. Hasta el más desgraciado de los amores me haría feliz. Pero ¿quién va a fijarse en una muchacha como yo? No tengo dote, ni esperanza de tenerla. Y los hombres ricos solo piensan en ser más ricos. No desean perder nada al casarse.

Lo dijo sin mirar a Ramón. Cuando sintió los dedos de él cerrándose sobre su codo, se sobresaltó y levantó la vista.

—Yo… —empezó él, con los ojos en los ojos de ella.

—Habla con mi padre.

—¿Lo quieres? ¿Quieres que hable con tu padre?

—Lo quiero. Quiero que hables con él.

—De acuerdo.

Se puso de pie, dejando la servilleta sobre la mesa.

—Señor Rosen… —llamó.

Liske alzó la cabeza.

—¿Podría acompañarme un momento a la sala?, —pidió Ramón—. Tengo que tratar un asunto con usted. Traiga su copa.

Se sentaron en los sillones, frente a frente.

—Escúcheme con atención, señor Rosen —dijo el muchacho—. Yo voy a ayudarlo. En todo. Porque usted es un buen músico, porque su familia me cae bien, porque son amigos de Ezra Furman, porque a Germán Frisch se le metió en la cabeza tocar con usted, y porque disfruto de una buena situación. Tengo una casa vacía en la calle Artes: pueden vivir ahí desde hoy. Le voy a dar plata, la que le parezca, para que su hermano y sus hijos hagan sus negocios. Dígame la cantidad: quinientos pesos, mil, dos mil, tres mil…

—Mi hija no tiene dote, señor —interrumpió Liske.

—A eso iba. Todo, absolutamente todo lo que le voy a dar, me lo va a deber usted siempre. No me importa que tarde veinte años, treinta, en devolvérmelo. No se firmará ningún papel. Me basta con su palabra de que me va a pagar algún día. Pienso ayudarlo, pero no regalarle nada. Además, señor Rosen, quiero a su hija. No mezcle una cosa con la otra. Lo que acabo de prometerle, lo tendrá de todos modos, decida lo que decida respecto de Raquel. Yo no comercio en seres humanos. Si usted lo aprueba y ella lo desea, nos casaremos. Entonces Raquel será rica, porque yo soy rico. También debo informarle que si usted no lo aprueba, pero ella lo desea, nos casaremos sin su bendición. Estamos en la Argentina, no en el sur de Polonia. Eso es todo.

Liske Rosen no había perdido palabra. Se aclaró la garganta antes de responder.

—¿Siempre toma decisiones así, en un minuto?, —preguntó.

—Por lo general, sí —confirmó Ramón.

—Somos judíos, ¿sabe?

—¿Tiene prejuicios?

—Ninguno.

—Yo tampoco.

—Entonces, no me deja elegir —dijo Liske—. Como amigo y como hombre que quiere a los suyos, ¿puedo negarme a su ayuda? No. Se la agradezco y le doy mi palabra de que le pagaré. Como padre, tampoco me puedo oponer. A fin de cuentas, usted cree que tiene que ser Raquel la que decida.

—Así es. Solo que ella se sentirá mejor si es con su acuerdo.

—Muy bien. Si es por eso, lo tiene. Ahora, usted debe saber algo.

—¿Sí?, —desconfió Ramón.

—Sí. No hay lugar para el engaño entre nosotros. Su salud, la de Raquel, digo, no es buena. Más: es mala, muy mala. Vimos médicos, buenos médicos judíos, y ninguno le dio vida larga. Tal vez por eso es tan hermosa. Los débiles casi siempre son hermosos.

—¿Cuál es su enfermedad?

—No puede tener hijos porque moriría. Quizá muriera también si se hiciera un corte profundo. Su sangre no se coagula…

—¡No! —rechazó Ramón.

Otra vez la sangre, injusta, derramándose, impregnando o empañando su existencia.

—¿No?, —quiso asegurarse Liske—. ¿Es mucho para usted?

—No, no; no me refería a eso. Una enfermedad no es obstáculo para los sentimientos. Es que yo tuve una mujer, señor Rosen. La amaba, ¿sabe? Y se murió así, de una hemorragia… Estaba embarazada.

—El destino…

—No siga, por favor. Lo que me cuenta no cambia nada.

—Está bien. Haga lo que quiera con Raquel.

—Gracias. Volvamos a la mesa, si le parece.

Cuando Ramón y Liske marcharon a la sala, Teresa fue a sentarse junto a Raquel. Los demás hablaban a gritos, de música, de política. Solo Rebeca seguía con atención los movimientos en aquel extremo de la mesa. Teresa le sonrió; ella devolvió la sonrisa. Las dos conocían el presente y el porvenir.

—Le gustas —dijo Teresa—. ¿Te gusta él?

—Usted es su madre. Él no haría nada sin su permiso —respondió la muchacha.

—¿Ramón? ¡Qué bobada! El hace lo que quiere… No me contestaste.

—Me gusta.

—¿Mucho?

—Mucho.

—Entonces vas a ser su mujer.

—Si mi padre está de acuerdo, sí.

—No entendés. Vas a ser su mujer, diga lo que diga tu padre. Ramón ya lo decidió.

—¿Tan fuerte es?

—Más de lo que vos puedas imaginarte.

—Pero hay cosas que son demasiado duras para cualquier hombre.

—¿Por ejemplo?

—Yo no puedo tener hijos.

—Le interesas vos, no tus hijos.

—Estoy enferma.

—¿De qué?

—Se llama hemofilia. Si me corto, no hay modo de parar la sangre.

—Ramón te va a cuidar.

Teresa se levantó y fue hasta donde se encontraba Rebeca. Le puso las manos sobre los hombros y se inclinó para hablarle al oído.

—No se preocupe —dijo—. Van a estar bien.

Rebeca cubrió las manos de Teresa con las suyas y giró la cabeza.

—Lo sé —dijo.

En aquel momento regresaron Liske Rosen y Ramón Díaz.

En su lado de la mesa, Ramón alzó la copa y brindó. —Por el porvenir — propuso. —Por la vida —respondió Liske.