Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 90 de 92

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Frontera Sur

88. La guerra

 

El hombre, el hombre heroico es lo que importa.

León Felipe, La insignia

 

Antonio Reyles cerró la última caja y se sentó a contemplar las paredes de la habitación. La falta de cortinas le daba un aire de abandono y de olvido que desmentía los años pasados en ella. Toda la casa estaba así, despojada, impersonal: las camas sin ropa, los armarios sin recuerdos, los aparadores sin botellas.

Jacobo Beckman encontró la puerta abierta.

—Traigo ginebra —anunció.

—Pues no pierdas tiempo y sírvela —dijo Reyles.

Beckman llenó dos vasos y fue a acomodarse delante de su amigo.

—¿Cómo va esto?, —preguntó.

—Gloria ya se ha llevado las cosas de Susana. Las dará a alguien. He metido los libros en cajas para que Ramón los mande a buscar. Pasarán a formar parte de su biblioteca, en Alsina. El resto, se venderá. ¿Sabes? En momentos como este, lamento no haber tenido hijos. No es que no hayamos querido tenerlos. Simplemente, no vinieron. Aunque tal vez sea mejor…, no sé, yo, viudo, con unos niños…

—¿Qué vas a hacer ahora, Antonio?

Reyles tardó en responder. Sonrió, encendió un cigarrillo y ofreció otro a Beckman, mirándole fijamente a los ojos. Se inclinó hacia él y le cogió una mano; la retuvo entre las suyas mientras hablaba.

—Creerás que me estoy volviendo loco —dijo.

—¿Por qué?

—He estado pensando, Jacobo… En los últimos tiempos, en mi vida, en Buenos Aires, en Madrid. Sin Susana, todo cambia. Con ella, el mundo giraba a su alrededor. No me preocupaba por nada que no fuese hacer durar el presente. Ni el pasado ni el porvenir contaban. Cualquiera hubiese dicho que había perdido como individuo, pero yo era feliz. Con una felicidad que nunca más tendré… Ahora, he vuelto a ser un hombre solo. Y los hombres solos, los hombres que no aman a nadie en especial, tienen que elegir uno de dos caminos: o viven para sí mismos, y llegan a ser unos redomados hijos de puta, o viven para los demás, en la historia de todos, y le dan un sentido a sus actos.

—Vos nunca vas a ser un hijo de puta —dijo Beckman.

—Sí. Yo no soy distinto, por mucho que me quieras, Jacobo… Si no hago algo… ¿Tú, cuándo te marchas?

—Dentro de quince días, si la situación no cambia.

—No va a cambiar. Aquello va para largo. ¿Vas a las Brigadas?

—No. Con los comunistas.

—Iré contigo.

—¿Vos?

—Yo, claro. De lo que pase en Madrid dependen muchas cosas… Y no hay razón alguna por la que yo no deba estar allí, ¿no crees? Ramón se encargaría de vender todo esto. En caso de sobrevivir, tendría un dinero para volver a empezar. ¿Qué trámites he de hacer?

—No muchos. Se necesita gente allá. Y vos sos español. Nadie puede oponerse a que vayas.

Reyles soltó la mano de Beckman.

—De acuerdo. Mañana los haré. Me dirás a quién hay que ver —dijo, en un tono de voz distinto.

Beckman se levantó y volvió a llenar los vasos.

—Por el porvenir, camarada —brindó.

Reyles alzó su copa y bebió.

—Me alegra mucho tu decisión —añadió Beckman—. Y no creo que te estés volviendo loco. Al contrario. Leíste demasiado para ser un tahúr.

Reyles ignoró el comentario.

—Todavía hay algo que debo llevarme —dijo—. Ven.

Fue hasta el fondo del corredor y entró en la última habitación, la más pequeña de la casa, la que había empleado como escritorio durante años. En la pared, se veía el gran plano de Buenos Aires que había comprado el día de su llegada. Ahora estaba cubierto de marcas: puntos de colores, flechas, nombres apuntados con una letra casi invisible: viviendas, negocios, amantes, garitos, burdeles, comisarías, juzgados, redacciones, teatros, cabarets: la espesa red de sus desplazamientos por la ciudad. Se ayudó con una llave para quitar las chinchetas que lo sostenían sin perjudicar el papel. Lo retiró con cuidado y lo dobló siguiendo las marcas de los pliegues originales.

—Tal vez vuelva a servir algún día —estimó, guardando el plano en el bolsillo de la chaqueta—. Vamos a cenar a algún sitio.