Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 43 de 92

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Frontera Sur

Capítulo 41

 

—El último año del siglo.

—Ya se pensaba en el cine: en el noventa y siete, Eugenio Py, un francés ilustrado y de espíritu industrial, había salido de la Casa Lepage, en Bolívar y Belgrano, con una cámara Elgé, de las de León Gaumont, idéntica a la de Lumiere, la había llevado hasta la Plaza de Mayo y, plantándola frente al mástil, había filmado diecisiete metros de celuloide con la imagen de la bandera ondeando en lo alto. Poco después, el comisario Álvarez, Fray Mocho, asociado con el catalán Pellicer, había publicado Caras y Caretas.

—Pocos catalanes en esa historia.

—Lo lamento. Los que hubo.

—Y la figura de Oller no nos deja bien parados.

—¿Qué puedo hacer? Cuento lo que se recordaba en mi casa, y que me contaron a mí. Oller no era hombre agradable. Pero yo elegí vivir en Barcelona, y contigo. Y mi bisabuela murió aquí, y yo he tenido hijos aquí…

—No me hagas caso, por favor, Vero. Sigue con el cine.

—Prehistoria. No hubo una segunda película hasta la vuelta exacta del siglo: el 31 de diciembre de 1899, visitó Buenos Aires el presidente del Brasil, Manuel Campos Salles: Roca encargó la filmación de su llegada, y la revelaron y la proyectaron en la casa de gobierno por la noche, como parte del agasajo oficial: Viaje del Doctor Campos Salles a Buenos Aires. Roca sabía mucho, pero cine de verdad no hubo hasta pasados unos años. Lo que contaba entonces era el varieté.

—¿Con tango?

—Claro. La hagiografía dice que el primer tango cantado, Mi noche triste, fue idea y obra de Gardel. Pero se cantaban tangos desde mucho antes: con letras que nadie parece querer recordar. Te diré más: no solo se cantaban, sino que había mujeres que los cantaban.

—Eso suena lógico.

—En los quilombos, sí. En los teatros, no tanto. La que rompió el fuego fue Pepita Avellaneda, que llegó al Armenonville y al Palais de Glace, pero que empezó en tablados muy del montón, como el Variedades de Rivadavia y Salta, un café concert con camareras de delantal y mesas, en que solo se admitían hombres. Villoldo le dedicó una cuarteta que fue muy popular:

A mí me llaman Pepita,

jai, jai de apellido Avellaneda,

jai, jai, famosa por la milonga,

jai, jai, y conmigo no hay quien pueda.

—Siempre mujeres fuertes.

—Nadie recuerda otras, la Avellaneda, que en realidad se llamaba Josefa Calatti, era, además, muy seductora. La leyenda dice que disputó a Gardel el corazón de Madame Jeanne.

—¿Quién era Madame Jeanne?

—Eso está en la novela. Ya lo leerás.

—De paso, Vero…, si no me equivoco, es la primera vez que hablas de un amor heterodoxo. ¿Es que no hubo homosexuales en tu familia?

—Claro que los hubo. En otra época.

—¿Cuándo?

—No me metas prisa. Todavía no alcanzamos el novecientos, cuando se fijó la velocidad máxima para los vehículos que circularan por Buenos Aires en catorce kilómetros por hora. Además, habrá más libros.]