Frontera Sur
32. La edad
Aquella tarde, al aclarar definitivamente, se produjo en la ciudad un extraño fenómeno, sucedió como si cierta universal felicidad se respirara[…]
Eduardo Mallea, La ciudad junto al río inmóvil
Pensaba Germán Frisch que había que detenerse para ver pasar el tiempo, y que Ramón no tenía motivo alguno para detenerse. Los acontecimientos de su vida no pertenecían por entero a su vida: eran hechos externos, producidos por otros, esperados, vividos y recordados de modo tal que se presentaban a la memoria como contemporáneos. La distancia o el olvido están reservados a la felicidad o al duelo, a las pasiones o a las heridas, a aquello cuyo lugar no puede ser compartido, y que solo puede situarse en lo sucesivo; lo demás, sea cual fuere el momento en que haya ocurrido, próximo o remoto, aparece siempre en un mismo plano. Las marcas de lo intenso, de la elección, de la renuncia, componen la edad. El resto es transcurso, degradación.
Lo había pensado Frisch el 28 de julio de 1896, en el Teatro Odeón, al que asistiera en compañía de Roque, Piera, Encarnación, Ramón y Mildred, para ver la primera exhibición en Buenos Aires de La llegada de un tren, de los Lumière. En el vestíbulo, uno más en la multitud curiosa, habían encontrado a Martí Oller. El inventor saludó al grupo y se dirigió a Frisch, ignorando su desprecio.
—Ahora verá cómo funciona el aparatito —dijo.
—Yo soy un espectador, Oller —explicó Frisch con paciencia—, y vengo al teatro a que me engañen, no a averiguar cómo me engañan.
La conversación había sido interrumpida por la llamada al público.
La gente se había apresurado a ocupar sus asientos, con la sensación de estar ante la gran ocasión de su vida. Era así, pero la mayoría no se daría cuenta jamás.
En la penumbra de la sala, Frisch observó a los otros. Oller miraba al proyector; Mildred, Ramón, Piera y Encarnación, a la pantalla; Roque dividía su atención entre las imágenes y el perfil atento de Piera.
Oller está enfermo, pensó. Roque es un hombre cansado, pensó. Ramón tiene ya veintiún años, pero la serenidad de su existencia le hace mucho más joven. Las mujeres, que lo saben todo, son niñas, niñas pequeñas en el circo, deslumbradas. La paz, pensó, siempre es perecedera.
La locomotora de los hermanos Lumière había empezado a acercarse.
Había habido chillidos y risas, sin que ni los unos ni las otras detuvieran la marcha de la máquina. La más fuerte de las voces había sido la de un hombre, de pie en un palco.
—¡Se viene encima, carajo! —gritó—. ¡Rajemos!
Y, dando un salto, se arrojó a la platea. La cinta terminó y dieron las luces. El hombre había quedado tendido, en una postura inconcebible, con el cuello roto. Un vigilante, avisado por algún espectador, había entrado a la carrera en la sala.
Ahora, tres meses más tarde, volvía Frisch a considerar la figura de Ramón, un Ramón que no le había visto llegar y al cual contemplaba desde el zaguán de la casa de Alsina, descubriendo en él un aura nueva. Ignorante de la mirada del amigo, lavaba con agua de tabaco las hojas de una planta con moho. Algo hacía de él, en aquel instante, un ser distinto del adolescente fascinado por la película de los Lumière.
—Buenos días —dijo Frisch, revelando su presencia y saliendo al sol del patio.
—Germán —respondió Ramón, secándose las manos en los pantalones y sonriendo—, te esperaba. Lástima no tener un teléfono. Hay novedades.
—Si me vas a hablar de la luz eléctrica, ya sé que la van a poner el mes que viene. Me lo dijo tu viejo.
—También quería hablarte de eso, pero no es lo más importante.
—¿Puede haber algo más importante que la luz?
—La vida.
—¿Y eso?
—Germán: Mildred está embarazada.
—¡Carajo! ¡Eso sí que es una noticia! ¿Dónde está esa mujer, que quiero darle un abrazo? ¡Otro Díaz! Porque va a llevar tu apellido… te casarás, ¿no?
—Por supuesto: esta sociedad no da para más. Será Germán Díaz, si es varón.
—Debería llamarse Roque.
—Nada de eso: el abuelo aborrece su nombre.
—¿Y si es nena?
—Teresa.
—¿De dónde sale?
—De Piera. Se llama así, Teresa, aunque pocos lo sepan.
—Es un bonito nombre. ¿Y Mildred?
—Con ella, con Piera, de compras.
—¿Para cuándo se anuncia la criatura?
—Para primeros de junio. Vamos a tomar unos mates…
En la cocina, cebaron mate. Ramón echó un largo chorro de ginebra en el agua caliente de la pava.
—¿Matrimonio laico?, —preguntó Frisch.
—¿Con una irlandesa? Son peores que las gallegas, Germán. Nacen en las sacristías, y no importa cuánto las aleje su vida de la iglesia, en los momentos trascendentales regresan siempre a ella. Tendrá que ser con cura.
—Hay que buscar uno.
—No hace falta. Ya tenemos. Nos casará aquí, en casa.
—¡Joder! Cobrará una barbaridad.
—Ni un centavo: es cliente de lo de Piera.
Les costó dejar de reír: la risa de Frisch se contagió a Ramón y, cuando uno cedía, era devuelto al círculo por la visión del otro.
—¿Cuándo pensás hacerlo?, —averiguó finalmente Frisch.
—En el registro civil, tenemos hora para el 2 de noviembre, el día de mi cumpleaños.
—Que será…
—… el número veintidós.
—¿Y Mildred, qué edad tiene?
—Veintinueve.
—Es mayor que vos.
—Ahora, no. Fue mayor, pero ahora tenemos la misma edad.
—Dentro de veinte años, volverá a ser mayor.
—Para eso, Germán, faltan veinte años. Nuestro hijo será casi como yo en este momento.
—Tenes razón. Será un hombre. O una mujer.
Al separarse de Ramón, Frisch caminó hacia Miserere. Rodeó la plaza y enfiló hacia lo de Piera. Era temprano, apenas pasado mediodía, y la casa debía de estar tranquila.
Le abrió Juan Manuel.
—Vengo a ver a tu hermana —anunció Frisch.
—Está arriba. Me parece que todavía duerme.
Encarnación no dormía. Se había bañado y se arreglaba el pelo ante el espejo. Frisch entró sin llamar y ella le sonrió desde el azogue.
—Encarnación —dijo él, sentándose en un taburete junto al tocador y mirándola con ansiedad.
—¿Qué te pasa? ¿No pensás darme un beso?, —reclamó ella.
Frisch no le hizo caso.
—¿Por qué no lo hacemos?
—¿Qué?
—Casarnos.
Encarnación se levantó, puso las manos sobre los hombros de Frisch y le miró a los ojos.
—Hasta ahora no lo hicimos porque vos no me lo pediste. Yo sí que te lo pedí a vos… ¿te acordás?
—¿Cómo no me voy a acordar? Creí que vos te habías olvidado. Pero no importa, te lo pido, ¿querés?, —no había separado su mirada de la de ella.
La mujer dio un paso atrás y volvió a sentarse frente a él, las manos aún en sus hombros.
—¿Estás seguro, Germán? ¿Por qué justo hoy? En vos, no tendría que sorprenderme nada: tardaste como diez años en verme… Y ya sé que no te asusta casarte conmigo. La verdad, sé que te pone orgulloso…
—Eso es cierto, pero yo nunca te lo dije.
—Me lo dijo Roque. No te enojes con él…, me contó tu pelea con el inventor.
—¡Qué hijo de puta!
—Al contrario, al contrario. Me lo contó un día que yo estaba muy triste, y me hizo muy bien. Yo, a veces, pienso cosas, pero… quiero decir que me parece que si estás orgulloso es porque no te faltan razones: no se tiene porque sí a una mina como yo.
—¿Y entonces?
—Nada… ¿Por qué justo hoy?
—Ramón y Mildred van a tener un hijo… Es como si fuera a nacer un nieto mío, ¿te das cuenta?
—Lamentas no tener hijos, ¿no?
—Ramón es hijo mío también, no es eso…
—Son los años, Germán. Yo tampoco soy joven…
—Sí, deben ser los años… Pero, por lo que sea, es lo que deseo hacer, Encarnación. ¿Querés casarte conmigo?
—Claro que quiero, sonso.
—Vámonos, venite conmigo.
—Digamos… pasado mañana. Tengo que despedirme, preparar mi ropa, hacer cuentas con Piera… Junté bastante plata, ¿sabes? Entre esta noche y mañana, termino. ¿Vos no me vas a saludar hoy?, —reclamó tomando a Frisch de las manos y obligándole a dejar su asiento.
Se abrazaron con fuerza. Encarnación sintió en el centro del cuerpo que el hombre que le lamía los labios y le separaba las nalgas con una unción y una delicadeza que ella había intuido desde el principio, hacía tantos años, al verle inclinado sobre el bandoneón —unción y delicadeza que aún le hacían dudar de que perteneciera a la misma especie que los clientes del burdel—, acababa de poner en sus manos el resto de su existencia. Lo sintió como un golpe de sangre. Había esperado aquello sin fe, y le llegaba como debe de llegarle el aire al que se ha estado ahogando en un sueño.
—Germán —pidió—, llévame a la cama.
Se desnudaron sin separarse, acariciándose y mordiéndose.
—Hace mucho —dijo ella— que en este cuarto no entra nadie más que vos.
Él le besó el cuello.