Frontera Sur
59. Crimen y castigo
El mar tranquilo arrastra con pereza sus olas pequeñas y numerosas; los horizontes se ensanchan bajo un cielo sereno.
Miguel Cané, En viaje
En los dos días que siguieron, Ramón no vio a Isaac Levy. Su mesa en el comedor permaneció vacía. En cambio, León Berkiewicz, que así se llamaba el rubio perseguidor del rufián arrepentido, acudió con buen apetito a desayunos, almuerzos y cenas. En la mañana de la tercera jornada, el capitán Grossi pidió a Ramón que fuese a tomar café con él.
Grossi era un valenciano rubicundo, un descendiente de inmigrantes italianos en Levante, de gruesos bigotes y con unas manos en las que las tazas siempre parecían pequeñas.
—Hace unos días —comenzó—, según un miembro de la tripulación, estuvo usted conversando con Isaac Levy.
—A quien, por cierto, no volví a ver.
—Ni usted ni nadie, don Ramón. Por eso le he llamado.
—Lo dejé muy tarde, casi de madrugada, en su camarote.
—Y durmió allí, de eso no hay duda. Anteayer hubo que hacer su cama. Ese es su último rastro. Hemos registrado el barco entero, de punta a cabo, más de una vez. Lamento decirlo: Levy ha desaparecido. Desde luego, nadie se pierde en el aire. Con ganas o sin ellas, ha de haber caído al agua. Dos días es mucho tiempo; sin embargo, hemos virado y regresamos al punto en que nos encontrábamos al principio. Revisaremos la ruta. Llegaremos con algún retraso, pero no puedo dejar de hacerlo. ¿Lo comprende, verdad?
—¿Por qué dice que con ganas o sin ellas?
—Suicidio o asesinato.
—Me inclino por el suicidio —mintió Ramón—. Por lo que conversé con él, y no fue poco, sé que era un hombre angustiado.
—¿Sabe a qué se dedicaba?, —preguntó el capitán.
—Claro. Su oficio era poco honesto. Habló conmigo porque teníamos un amigo común, una persona que lo vio en el puerto de Buenos Aires, al despedirme a mí, y que me informó en dos palabras.
—Era rufián. Eso es algo más, y algo menos, tal vez, que un oficio poco honesto —consideró Grossi.
—Estaba arrepentido. No le gustaba su vida.
—¿Eso le contó?
—Eso.
—Quizá fuese cierto. Aunque iba a Tánger.
—Iba a Jerusalén.
—¡Coño! ¿A Jerusalén?
—Tenía familia ahí. Una hermana. Estaba inquieto, triste… No se quería.
—Yo siento mucho respeto por los suicidas, don Ramón —confió el capitán—. Buscaré a Levy, porque es mi deber y porque nunca sabremos la verdad, pero me apenaría mucho interrumpir su descanso si es lo que él deseaba.
—Me parece probable. Si puedo ayudar…
—En un asunto, sí… ¿Le mencionó Levy alguna relación con alguien de a bordo? Porque hay un tío raro… Yo soy perro viejo, y el olfato me engaña poco: juraría que se conocieron.
—No mencionó a nadie. Al contrario. Me habló de su soledad. ¿Quién es ese tío?
—León Berkiewicz. Un polaco, como Levy. Pero no me haga caso, ha de ser imaginación mía.
El mar no reveló nada a los vigías. El cuerpo de Levy le pertenecía por entero.
—Mejor así —comentó Ramón a Teresa.
—¿Por qué?
—Los cadáveres son muy callados. Ni siquiera reclaman justicia. Al tal Berkiewicz le da lo mismo que lo encuentren. Si está en mis manos, lo resolveré. Si no, todo quedará igual.
—¿Qué tontería piensas hacer?
Ramón no respondió. Se quedó pensando en la forma de la pregunta de Teresa, en la transformación de su habla, obrada tan pronto como se hubo decidido el viaje: había tornado a emplear el tú y el aquí, a conjugar con auxiliares, y a precisar las eses, aun cuando prescindiera del leísmo, un tanto achulado, de Roque. No hay por qué parecer extranjero cuando no se lo es, decía, y no veo razón alguna para pasar por argentina en España, que es donde nací: tú deberías hacer lo mismo. Y Ramón intentaba por momentos acordar tono y construcción con el diapasón paterno, devolviéndole el gobierno de su oído.
Llegaron a Tánger con tres días de retraso. Aun así, y puesto que había prevista una larga escala, permanecerían setenta y dos horas en la ciudad.
A los ojos de quienes llegaban de Buenos Aires, de su cielo a veces de hierro, a veces de piedra, y del resquebrajado amarillo colonial de sus barrios viejos, Tánger, a un tiempo acosada y acariciada por el sol, poseía una insólita diafanidad.
El café de Miro y Lena Orkovsky estaba en una calleja muy próxima al puerto. Teresa y Ramón fueron a verles tan pronto como pudieron bajar del barco y despachar la carta de Levy para su hermana. Era temprano y no había clientes en el local.
—Quiero hablar con el patrón —pidió Ramón al camarero cuando les puso el anís.
El muchacho se retiró y, antes de un minuto, salió de la trastienda un hombrón calvo, musculoso, pletórico y sonriente.
—¿Miro Orkovsky?, —quiso confirmar Ramón.
—Sí —aceptó el otro, ya sin sonreír.
—Éramos amigos de Isaac Levy —explicó Ramón.
—Yo también —apremió Orkovsky.
—Ha muerto. ¿Por qué no se sienta con nosotros un momento? Yo soy Ramón Díaz. Ella es mi madre.
Orkovsky, sin hacer caso de Teresa, acercó una silla.
—¿Cómo fue?
—En el barco. Lo han tirado al agua, no sé si vivo o muerto.
—¿Vienen de Buenos Aires?
—Sí.
—¿Saben quién lo hizo?
—¿Oyó hablar de León Berkiewicz?
—¿Lo hizo él?
—Sí.
—¿Y está en Tánger?
—A menos que se haya quedado a bordo.
Orkovsky se puso de pie, se acomodó los pantalones y se metió tras el mostrador.
—¡Lena! —gritó, pasando por la misma puerta, demasiado estrecha para su humanidad, por la que había aparecido—. León ha matado a Isaac. Está en Tánger —le oyeron decir.
Regresó inmediatamente, con una chaqueta ligera echada sobre los hombros.
—Tome —dijo, entregando a Ramón un revólver de pequeño calibre—. Vamos —ordenó.
Le siguieron. Entraron en tres lugares, dos cafés semejantes al del hombre que les guiaba y un salón con orquestina y pereza. En ninguno de ellos permanecieron el tiempo suficiente para beber nada. Orkovsky hacía unas preguntas y continuaba su camino de acuerdo con las respuestas. En el cuarto, se quedaron. El cartel sobre la puerta ponía La Luz.
Orkovsky hizo servir té y anís.
—Puede tardar —explicó—, pero va a venir.
—¿Por qué está tan seguro?, —inquirió Teresa. Por primera vez, el gigantón reparó realmente en su presencia.
—Porque este es el único sitio en Tánger en que hoy se subastarán mujeres.
Ramón sintió una repentina presión en la boca del estómago, pero no pronunció una sola palabra.
En un ángulo del salón, sobre una tarima circular, una bailarina, morena y salpicada de oros, ondeaba en una suerte de ensueño apenas sostenido por una frase musical reiterada hasta el empalago en los agudos de un instrumento de viento.
—¿Será aquí?, —preguntó Teresa.
Orkovsky la miró ahora con seria atención.
—¿Ha estado antes en algo así?, —averiguó a su vez.
—He estado —confirmó ella.
—Será abajo. Nos avisarán —informó Orkovsky, considerándola con cierto respeto.
Esperaron unas tres horas. De tanto en tanto, el propietario de La Luz guiaba a algún recién llegado hacia un rincón, en la parte trasera del local, y apartaba una pesada cortina roja para darle paso. Finalmente, vieron a Berkiewicz. Orkovsky se adelantó a recibirle con un abrazo.
—¡León! —dijo, con calor, palmeándole la espalda.
Teresa cogió la mano de Ramón para serenarle.
—Estoy con unos amigos —explicó Orkovsky al rufián rubio—. Ramón Díaz y su mujer.
—Nos conocemos de vista —dijo Berkiewicz, sin sonreír—. No sabía que venían a Tánger.
—Es una escala. Seguimos a Cádiz. Pero no podíamos dejar de hacer una visita a Miro —Ramón sí sonrió.
—¿Y algún negocio, de paso?
—Podría ser. Veremos.
El dueño de la casa se acercó.
—Señor León —dijo—. Tanto tiempo. ¿Le traigo té, o prefiere que se lo sirva abajo?
—¿Ya empieza?
—Enseguida.
—Entonces, abajo.
Tras la cortina, se abría un corredor con puertas a los lados y una escalera al final. Bajaron, atravesaron otro pasaje, en sentido inverso, y desembocaron en un salón de las mismas dimensiones del superior. Allí, la tarima se encontraba en el centro, rodeada de sillas, cada una con una mesita delante, provista con vasos de té. Se sentaron en la fila más alejada del estrado.
El encargado de la subasta era un sujeto casi tan ancho como alto, mal encarado, de gruesos brazos peludos, vestido con pantalón y camiseta blancos. En la mano llevaba una fusta, con la que subrayaba las etapas de su tarea.
Las mujeres aguardaban de pie junto a la pared del fondo, envueltas en grandes mantones negros, inmóviles y remotas.
Ramón observó a aquellas gentes.
Había hombres curtidos y brutales, sudorosos y sin afeites, y otros amanerados y pulidos, blindados con fijapelo y polvos. La codicia era en ellos más evidente que su desinterés por el destino ajeno.
Había mujeres en cuyos rasgos se había grabado ya lo irreparable, y otras en que, contra toda lógica, perduraba la esperanza. Eran todas muy jóvenes. La más joven era también la más hermosa, pese a la huella de una violencia insensata: la luz, dirigida a la escena principal, impidió a Ramón precisar, en un primer momento, qué era lo que ocultaba el párpado entornado de la muchacha, si una herida o la falta del ojo. Pero el orgullo y la cólera que alentaban en el otro, estruendosamente abierto, impresionaron el ánimo de Ramón y le llenaron del convencimiento de que aquel rostro debía formar parte de su vida.
—La tercera de la izquierda —dijo en voz muy baja, apretando el brazo a Teresa.
—La he visto —respondió ella—. ¿Quieres comprarla?
—Si no hay otro modo de llevársela, sí.
—De acuerdo.
El encargado de la subasta, con un movimiento de la fusta, indicó a la primera de las mujeres que subiera a escena. El mismo le arrancó el mantón, dejándola desnuda a la vista de todos.
—Denia —anunció—. De Tánger. Diecisiete años. Dos en una casa de aquí. Dócil y muy resistente. Carne firme.
Un hombre delgado, de pelo claro y ojos helados, subió al estrado y se acercó. El otro se apartó, las manos bajas y la fusta pegada a la pantorrilla. Esperó a que el potencial comprador pasara los dedos por el pelo de la muchacha y comprobara la elasticidad de sus pechos. Esperó, también, sin un gesto, a que un segundo cliente, un gordo de cara grasienta, metiera una mano entre las piernas de la joven y se asegurara de su aroma.
—Veinticinco libras —ofreció el gordo cuando hubo regresado a su silla.
—Treinta —arriesgó el primero.
—Treinta y cinco —dijo otro, desde el lado opuesto del salón.
El gordo cerró el trato por cuarenta. El dueño de La Luz le echó el mantón sobre los hombros y se marchó con ella. El rufián que la acababa de comprar se desentendió.
—¿Adónde la llevan?, —preguntó Ramón, en un murmullo, al oído de Miro Orkovsky.
—A una de las habitaciones del corredor —explicó el polaco, en un tono igualmente inaudible—. Las tienen para eso, para esperar.
—¿Si yo compro una, ocurrirá lo mismo?
—Sí. ¿Va a comprar?
—Sí.
—Eso puede resolver muchos problemas.
Dos mujeres más fueron vendidas, antes de que el hombre de la fusta hiciera subir al estrado a aquella a la que Ramón esperaba.
Si el rostro de la muchacha había puesto en su alma una irreparable inquietud, la visión de aquel cuerpo desnudo, con sus largas piernas, de tobillos finísimos, y sus pechos breves, de aquellas manos blancas, de náufraga del amor, le unió definitivamente a ella. Teresa consideró con tristeza y generosidad la respiración agitada de su hijo, su marido, su amante, quizá su último amante.
—Alina —dijo el individuo del escenario—. Española. Doce o trece años. Tres meses en una casa de Melilla. Buen pelo.
Acotó lo último alzando con la fusta las puntas de la crin negra de Alina, que caía hasta su cintura. La muchacha le miró con desprecio y le escupió a la cara. Nadie rio.
—Rebelde —continuó el vendedor, secándose con un pañuelo—. Esa rebeldía le ha costado un ojo —lo señaló, sin arriesgarse a tocarla nuevamente.
Tres meses en una casa, pensó Ramón, trescientos, quinientos, quizá mil hombres.
—Cincuenta libras —propuso Teresa.
Berkiewicz se volvió hacia ella.
—Usted no compraría porque sí —calculó—. Pago cincuenta y cinco.
—Sesenta —pujó Teresa.
—Sesenta y cinco.
—Setenta.
—Setenta y cinco.
—Ya está bien —intervino Miro Orkovsky—. Compre usted, Teresa, a ochenta. Haremos un pacto más tarde, a solas. Yo seré el arbitro.
—Tienes razón —aceptó Berkiewicz—. No hay por qué regalar un céntimo a nadie.
—¿No hay otro interesado?, —averiguó Orkovsky.
Nadie respondió.
Alina se envolvió en el mantón y bajó del estrado tras los pasos de las que le habían precedido. Se detuvo un instante al pasar junto a Teresa y la interrogó con los ojos. Teresa le sonrió y miró a Ramón. La muchacha siguió su camino.
—Gracias —dijo Ramón.
Berkiewicz se puso de pie.
—Vamos a negociar —dijo—. No pienso comprar nada de lo que hay.
Se levantaron y fueron hacia la salida. La subasta continuó a sus espaldas.
—¿Dónde está la última?, —preguntó Orkovsky al dueño de La Luz, ya en el corredor.
Le siguieron hasta una habitación de la planta superior.
Alina estaba acurrucada junto a la pared, sobre la cama. Allí, toda su debilidad quedaba a la vista. Teresa se sentó a su lado y le cogió una mano.
Orkovsky atrancó la puerta y Ramón sacó el revólver.
—Siéntate, León —indicó el corpulento polaco.
El otro obedeció, con una mueca, acomodándose en la única silla del lugar.
—¿Vas a robarme la mujer?, —dijo con sorna.
—La mujer y algo más. ¿Qué pasó con Isaac?
—Se está bañando.
—¿Por qué lo hiciste?, —preguntó Orkovsky.
—Fue una orden de la Migdal. Había robado.
—¿A ti? —Orkovsky dio unos pasos alrededor de la silla.
—A todos. Yo soy socio.
—¿Eso es más importante que la amistad?
—Sí. La ley conserva la amistad.
Orkovsky se detuvo detrás de Berkiewicz.
—¿Murió antes de caer al mar?
—Lo tiré vivo.
Orkovsky no dudó un instante.
—Murió ahogado —dijo, cerrando sus enormes manos en torno del cuello del rufián de la Migdal.
Berkiewicz intentó en vano apartarle, sujetándole las muñecas y afirmando los pies en el suelo. Resistió un par de minutos, pero el gigante no soltó su presa hasta mucho después, cuando estuvo seguro de que el hombre había muerto.
—Nos vamos —decidió—. Usted, Teresa, levántese y hágase cargo de la chica. Necesito la colcha.
Echó el cadáver de Berkiewicz sobre la cama, lo envolvió en aquel paño percudido por las injurias de la vida y lo cargó al hombro.
—Abra, Ramón. No tenga miedo. No nos detendrán.
Ganaron la calle por una salida trasera.