Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 71 de 92

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Frontera Sur

69. Casino Madrid

 

 

—¿Quién dice que usted es loco?

—La gente del pueblo.

—Bueno, ¿y lo es?

Osvaldo Soriano, Cuarteto de invierno

 

El número era el 252. Antonio Reyles lo vio, pintado en la pared con un pincel gordo, a la derecha de la puerta. Después vio el patio, la gente que esperaba con los ojos bajos, para no mirarse, en sillas de madera y mimbre. Y los matones: cuatro tipos malcarados, con escarbadientes o cigarros en la boca, una mano en un bolsillo, la otra dentro de la chaqueta, para sacar rápido el arma: uno era zurdo.

No eran pistoleros famosos como Potranca, o Tamayo Gavilán, o Tulio Monferrer: esos no se dejaban caer por ahí tan temprano: esos iban por la noche, y salían a cenar con Gardel, con Magaldi, con Teófilo Ibáñez o con el Pibe Ernesto Poncio, que era como ellos, violento, basto y venal, pero tocaba el bandoneón. No. Los hombres del mediodía eran guardaespaldas sin nombre, pero más fieros y numerosos de lo que Reyles hubiera deseado.

Echó una ojeada a los clientes. Una mujer, que debía de haber sido muy hermosa y aún conservaba cierto aire fatal, se apretaba a un chico de doce, trece años: los dos temblaban, a pesar del calor de marzo. Había un viejo descalzo, con largas uñas combadas en los dedos de los pies: las manos, metidas bajo los sobacos, no se le veían. Una mulata de grandes tetas daba de mamar a su niño. También un vigilante de uniforme aguardaba a ser recibido: era fama que Barceló les dejaba dinero en casos de apuro, o cuando su propio gobierno se atrasaba en el pago de los sueldos. Algunos hablaban entre ellos, en voz muy alta, nadie fuera a desconfiar, a creer que tenían secretos. Cuando dos de los pistoleros avanzaron hacia Reyles, no cejaron en su parloteo.

El movimiento de los matones había sido espontáneo. Cualquier otro, hubiese entrado y hubiese buscado un asiento. Reyles no. Dio dos pasos y se quedó en medio del patio, estudiándolo todo. Además, aquella ropa. El hombre no era, evidentemente, uno más.

—¿Qué quiere?, —preguntó uno de los matones, un tipo achinado y de largos bigotes caídos.

—Quiero ver a Juan Ruggiero —lo dijo fuerte y claro, para que se le oyese.

—¿Sí?, —sonrió el otro, blanco y empolvado.

—Dígale que vengo de parte del Gallego Julio.

El silencio que siguió fue unánime. Todos conocían aquel nombre, y ninguno de los presentes se hubiese atrevido a pronunciarlo allí.

Durante un largo minuto, nadie respiró.

El de los bigotes sacó la mano de la chaqueta y clavó la punta de un revólver en el estómago de Reyles.

—¿Venís armado?, —averiguó en un murmullo.

—No —dijo Reyles con firmeza, sin retroceder—. He venido a ver a Juan Ruggiero. A hablar con él. No a matarle.

De pronto, se abrió una puerta en el fondo del patio y un hombre de pelo negro, con chaqueta de pana y una camisa que parecía pequeña, a la vista del grosor de su cuello, asomó con expresión sorprendida.

—¿Qué carajo pasa —preguntó—, que se callaron todos?

—Un loco, patrón —quiso informarle un pistolero.

—¿Señor Ruggiero?, —dijo Reyles desde donde estaba.

—Sí, soy yo.

—Vengo a hablar con usted y su gente no me deja pasar.

—Espere, como los demás —ordenó Ruggierito.

—Vengo de parte del Gallego Julio —arriesgó Reyles.

Juan Ruggiero se fue acercando a él lentamente, observando sus ojos y el sombrero que llevaba en la mano, la corbata de seda negra y el brillo de los zapatos.

—¿Por qué?, —dijo cuando se encontró a su lado.

—Negocios —refirió Reyles.

—No me interesan los negocios de Julio.

—Negocios míos. Con él y con usted.

—Debe estar piantado, presentarse así. Entre. Déjenlo pasar, che.

Reyles siguió a Ruggierito hasta la puerta del fondo.

Dentro, había otro hombre. Podía tener la misma edad que Ruggiero, pero parecía más joven: la delicadeza de sus rasgos contrastaba con la tosquedad de los del amo del comité, de cabeza notable y con picaduras de viruela. Ocupaba una silla en el lado del escritorio más próximo al exterior. A su lado había otra, vacía. La de Ruggiero, junto a la pared, era giratoria y con posabrazos.

Puede hablar, el señor Behety es un amigo.

—Siéntese —invitó Ruggierito. Behety es un amigo.

—Tiene suerte —dijo Reyles, sentándose. —Amigos no hay muchos.

—¿Sabes cómo se anunció este tipo? —Ruggiero quería asombrar a su compinche—. Dijo que venía de parte de Julio.

Behety soltó un silbido admirativo.

—De no haberlo hecho así, ¿me hubiese recibido?

—Estaría haciendo amansadora, como todo el mundo.

—Pues por eso… No quiero hacerle perder el tiempo. Sé que está ocupado.

—Cuénteme cuál es su asunto.

—Pienso poner una casa de juego. Julio Valea me ofreció protección y me propongo aceptarla. Pero si me limito a eso, usted me jode. No me parece sensato, cuando hay dos bandos, ponerse del lado de uno.

—Depende. Eso depende. De la zona. Si se instala en la zona de él, en el Dock, por ejemplo, puede estar tranquilo.

—Hasta que haya una batalla en su zona y usted busque venganza. En esos casos, el más débil es el que sale peor parado. Ellos atacan este comité, por ejemplo. Al día siguiente, usted tiene que responder, es una cuestión de principios. Una casa protegida por Julio Valea tiene su precio.

—Ya veo… ¿Le parece más seguro mi lado?

—Veo que no ve.

—Lo que aquí, este caballero español quiere decir —explicó Behety con solemnidad afectada—, es que lo correcto es contar con protección de los dos, si no me equivoco.

—Su amigo ha comprendido bien.

La carcajada de Juan Ruggiero llevó a uno de sus guardaespaldas a asomar la cabeza, inquieto por su estado. Bastó un gesto y la expresión del patrón para devolverle al patio.

—Respecto de la seguridad de su lado —continuó Reyles—, confieso que sí, que me parece mayor. Por eso he venido hasta aquí. Solo usted conoce este aspecto de la situación: usted sabe que yo quiero protección doble, pero Julio no. A él no se lo diré. Respecto del establecimiento, no tengo la menor intención de instalarme en una zona con propietario… Abriré mi casa en el centro de Buenos Aires.

—Le juro, señor…

—Reyles. Antonio Reyles.

—Le juro —siguió Ruggiero— que no se me ocurrió nunca nada así. Tiene todo mi respeto. Cuente conmigo.

—Aún no le he dicho cuánto ofrezco —quiso concluir Reyles.

—No importa. ¿Tiene plata para empezar?

—Sí. Y probablemente una socia aporte algo más.

—¿Una mujer? —Ruggiero alzó las cejas.

—Una señora de nota, a la que usted conoce. Madame Jeanne.

—¿Y por qué no empezó por ahí? Ella podía…

—El dueño soy yo… Ella pondrá dinero, si le conviene, y retirará ganancias. Pero el dueño soy yo. Yo negocio. Yo dirijo.

—No le voy a preguntar con cuánto larga…

—No se lo diría —aseguró Reyles—. Para usted, el diez por ciento me parece justo…

—Está bien, está bien, lo que a usted le parezca.

—Lo mismo para Julio.

—No hay más remedio, ¿no?, —preguntó Ruggiero.

—Creo que no.

Reyles se puso de pie.

—Yo tengo que ir a visitar a su amiga —le dijo Behety.

—No es mi amiga. Tal vez sea mi socia. Hoy no la va a encontrar. Vaya mañana.

—¿No me dice dónde piensa trabajar?, —preguntó Ruggiero.

—Cuando lo tenga todo a punto, le avisaré —prometió Reyles.

—¿Puedo encontrarlo en alguna parte?

—Vivo en Carlos Pellegrini 63. En los altos.

Reyles estrechó las manos de los dos hombres y se retiró. Fuera, en el patio, no saludó a nadie.

Echó a andar por Pavón hacia el centro.

Juana llegó apenas pasadas las nueve. No ocultaba su contrariedad por la imposición de Reyles, pero tampoco su interés por las decisiones que él hubiese tomado. Se presentó con un traje negro, de falda muy corta, una blusa blanca, medias de red y zapatos de charol. Reyles no esperó a que llamara: había oído sus pasos en la escalera y abrió para sorprender sus largas uñas rojas hundidas en el pelo recogido, reparando la caída de un rizo de la que solo ella tenía noción.

Reyles se hizo a un lado para dejarla entrar. La miró sentarse, con un codo sobre la mesa en que él había puesto una botella de coñac y otra de vermut, y un sifón. No dejó su diminuta cartera: la conservó sobre los muslos.

—Vermut —dijo, antes de que Reyles le preguntara nada.

Él sirvió dos vasos iguales y alzó el suyo para un brindis.

—Por nuestra sociedad —encomendó.

—Por eso —aceptó ella—. Mañana hablaré con Ruggierito —añadió, dejando la bebida sobre la mesa. Cogió uno de los cigarrillos de Reyles y lo encendió.

—No será necesario que hables con nadie. Ya lo he hecho yo.

—¿Tú?, —desconfió Juana.

—He ido a ver a Ruggiero… A propósito, estaba con un amigo tuyo, un tal Behety.

—Ah, ese… Sí, lo conozco. Antes se llamaba de otro modo. Fue el representante de una gran figura de la ópera, Ninon Vallin. Ahora, no sé muy bien en qué anda… Pero contame lo de Ruggierito.

—Nos dará protección por solo el diez por ciento. Julio tendrá que conformarse con lo mismo.

—¿Por qué? Pidió el veinte, ¿no?

—El otro diez es el seguro. Él, como nosotros, perdería más si nos destrozaran la casa.

—No es mala idea —reconoció la mujer.

—Tan buena como la de que tú, con tales garantías, inviertas más de lo que pensabas.

—No tengo más.

—Tienes la casa. Vamos a montar el Casino Madrid en tu casa. En la parte de dentro.

—Ahí vivo yo. Y algunas de mis chicas.

—Os trasladaréis. Vuestros clientes serán el principal sostén del nuevo negocio. Si es gente de edad, como doy por sentado, les atraerá más el juego que la cama. Sobre todo, si juegan con una mujer al lado. Podrás pagar el alquiler de otro sitio, de un sitio de lujo para vivir, y ganar más que si nos estableciéramos en una nueva casa.

—Veo que hiciste cuentas. Para ser un gallego recién venido…

—¿Recién venido adónde? A Buenos Aires, sí… Al mundo, vine hace tiempo. El suficiente para tener un pasado.

—¿Por qué Casino Madrid?, —preguntó ella.

—Es una elección simbólica, para mi uso y mi satisfacción privada. De cara al público, no tendrá nombre. Seguirá siendo la casa de Madame Jeanne. Si estás de acuerdo, por supuesto…

—En eso, estoy de acuerdo.

—¿Y en lo demás?, —quiso saber Reyles.

—¿De veras querés acostarte conmigo?

—El que contesta con preguntas soy yo —recordó Reyles—. Y yo no he dicho que quisiera. Se me ocurrió que tú…

—Yo sí, quiero. ¿Y vos?

—Yo también. Pero tienes ese muchacho, el cantor…

—De él, estoy enamorada. De vos, no.

Reyles la miró, rodeó la mesa y la silla de ella: se detuvo detrás, se inclinó para besarle el cuello: humedeció el rizo rebelde que Juana había querido recoger.

Cuando despertó, a las ocho, se encontró solo.

Se bañó, se vistió y fue a desayunar a la Esquina del Cisne.

A las diez, llamó a la puerta de Ramón.

—He venido a decirte que no necesitaré el dinero —anunció.

Contó a Ramón y a Gloria sus pasos de aquellos días, exceptuando la noche pasada con Juana.

—Es impresionante —dijo Ramón cuando Reyles se marchó.

—Sí, pero es mejor que trabaje solo… No es el hombre que a ti te hace falta.