Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 32 de 92

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Frontera Sur

Capítulo 30

 

 

—Se non é vero, è bero trovato.

—Es completamente cierto. Y lo es porque así me fue narrado en mi casa, de niño. Además, los datos coinciden: Berta Gardes estaba en La Rosada por esas fechas, que son las de la compra de los campos de Tacuarembó, donde yo nací, y ya puedes buscar y rebuscar en biografías de Gardel: no encontrarás una sola explicación coherente de su paso a Buenos Aires en el noventa y cuatro. Por otra parte, los documentos de aquella adquisición, en efecto, fueron firmados por Frisch en nombre de mi bisabuelo Roque. Desde entonces, ha habido dos sucesiones y la escritura original se ha perdido, pero existe un asiento en el registro de propiedades de Montevideo donde eso consta.

—¿Por qué crees que Frisch hizo eso? ¿Le atrajo mucho la mujer?

—Es lo que debe de haber pensado Escayola, pero yo dudo mucho que esa haya sido la razón. Al menos, no era imprescindible. Él actuaba así porque era un hombre bondadoso y de sólida moral cristiana, como toda la gente de izquierdas de este mundo. Imagino que la vio desesperada y eso le bastó.

—Pero podía haberlo hecho con otras muchas mujeres…

—Veo que no me has entendido: Frisch no era Mishkin. Se conmovía ante el dolor ajeno, pero no se engañaba respecto del alma humana. Si sacó a Berta de allí, fue porque percibió algo en ella. A las otras dos, ni se molestó en mirarlas. No era un redentor de putas, sino un tío solidario.

—De modo que supones que no fueron amantes…

—No. Fueron amigos, eso sí. Y no descarto que hayan pasado alguna noche juntos. Pero nada más. Él se ocupó de Charles. No en la forma en que se había ocupado de Ramón, desde luego: ya no era tan joven, y su relación con Ramón fue realmente única en casi todos los sentidos: fue para él padre, madre, maestro y amigo. Con Charles hizo otras cosas. Mi abuelo sostenía que el niño había ido a la escuela gracias a Frisch. Hizo la primaria completa y con buenas notas. Hay pruebas de ello en el Colegio de San Estanislao, donde estuvo interno hasta mil novecientos cuatro.

—¿No vivió con la madre?

—Al principio, apenas llegada a la ciudad, probablemente sí. En un conventillo de Uruguay y Piedad. Pero pronto se estableció en Buenos Aires su amiga Anais Beaux, ya señora de Muñiz, con un taller de planchado…

—¿Realmente?

—Esas denominaciones, taller de planchado, o de costura, solían disimular casas de prostitución. Circulaba una cuarteta alusiva:

«La señora Rodríguez y sus hijas

comunican al público y al clero

que han abierto un taller de mamar pijas

en la calle Santiago del Estero».

Es verdad. Pero también es verdad que alguien cosía y alguien planchaba en una ciudad con tantos hombres solos y con no pocas casas de clase media, llenas de hijos, en las que hacía falta alguna ayuda. No voy a decir lo que no sé. Lo que sí sé es que muy pronto Berta confió al pequeño al cuidado de una mujer llamada Rosa de Francini, que se encargó de él durante años. Después, vino la época del internado. Más tarde, ya en este siglo, parece ser que lo tuvo con ella un tiempo, en Corrientes y Paraná. Lo demás es absolutamente oscuro. En mil novecientos trece, Berta se presentó en una comisaría y denunció la desaparición de su hijo.

—Pero, en el trece, Gardel ya era muy conocido.

—Tanto como muy conocido, no. Había formado dúo con José Razzano y cantaban por ahí, en funciones de provincias o fiestas de comité. El dúo Gardel-Razzano no era ignorado por los entendidos, pero ni Berta tenía por qué saber nada de él, ni tenía por qué suponer que el apellido Gardel fuese una deformación del suyo propio, Gardes.

—¿Lo era?

—En cualquier caso, lo empleara quien lo empleara, lo era.

—¿Quién lo empleaba?

—Ya llegaremos a eso.]