Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 46 de 92

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Frontera Sur

44. El sol sobre la ciudad

 

 

Una parte de la casa se había terminado de derrumbar, pero quedaba en pie otra buena parte.

Haroldo Conti, Sudeste

 

Al comenzar el nuevo año, la crueldad de clima se hizo aún más feroz. La humedad aumentó. Durante todo el mes de enero y gran parte de febrero, la temperatura se mantuvo constantemente por encima de los cuarenta grados. La sombra, en el interior de las casas, era tibia y pegajosa. El agua sabía a caldo soso. Un marinero portugués llegado del Paraguay murió en Rosario de peste bubónica, sembrando el terror: quienes tenían la edad suficiente para recordar las epidemias de fiebre amarilla y de cólera, empezaron a consumir hidralgina. Pero no se llegó al desastre: era un caso aislado. La gente, sin embargo, caía muerta en las calles: los cadáveres eran ya cuatrocientos cuando el casi eterno presidente Roca visitó la Asistencia Pública: la mitad correspondía a trabajadores del empedrado público. No había enfermedad: era el sol.

Se suspendieron todas las actividades entre las once y las cuatro, y se recomendó higiene y ropa holgada.

A mediados de enero, los obreros portuarios hicieron, con éxito, su primera huelga, mientras el exoficial británico Somerwell, radicado de antiguo en Villaguay, preocupado por el curso de los acontecimientos, armaba un grupo de veinticinco hombres y partía con ellos hacia África, en un barco ganadero, resuelto a aplastar la revuelta bóer en el Transvaal. Lo primero alegró el corazón de Frisch; lo segundo le sumió en el desconcierto y en la duda respecto de la inteligencia humana. Del militar, nunca más se supo. De los obreros, se sigue hablando.

Una mañana, Martí Oller propuso a Ramón una excursión a Palermo.

—Verá —explicó—: se trata de ir a ver a un gran amigo, paisano de usted, gallego, y colega mío. Inventor, quiero decir.

—¿Y por qué hay que ir a verlo en un día como este, y a Palermo?

—Precisamente porque esas son las condiciones óptimas para probar su nueva creación: un día como este y en Palermo…

—No despierta mi curiosidad, pero como usted está esperando que se lo pregunte, se lo pregunto: ¿cuál es su nueva creación?

—Gracias, joven Díaz. José María López, que tal es el nombre de mi par, ha inventado la sombrilla para bicicleta. Y se propone demostrar su eficacia a la vista de todo el mundo.

—Yo no soy todo el mundo.

—Es persona calificada. Para él, será un honor contarle entre los testigos de excepción de su triunfo.

Finalmente, Ramón cedió.

Mientras Ramón y el inventor viajaban hacia Palermo en el único coche de alquiler que aceptó llevarles, Frisch leía La Nación en la sala de la casa de la calle Alsina. Roque dormitaba en una mecedora y Teresa echaba agua en el patio para refrescarlo.

La noticia, aunque no de primera plana, era destacada: «Un caso de fiebre amarilla a bordo de un barco argentino», titulaba el periódico. «Un inmigrante italiano con destino a Buenos Aires murió hace dos días, víctima de la fiebre amarilla, a bordo del vapor argentino Los Andes. La nave atracó ayer en la isla de Martín García, en el centro del río de la Plata, donde deberá pasar cuarentena. El cuerpo del fallecido, llamado Salvador Petrella, fue cremado, sin ceremonia alguna, en el homo del lazareto de la isla…», leyó Frisch.

—Me voy —anunció, saliendo de la habitación.

—¿Qué pasa?, —quiso saber Teresa.

—El novio. El novio italiano…

—Sí… ¿qué?

—Está muerto.

Se marchó sin más comentarios. Teresa se persignó al verle salir.

El número de espectadores congregados para presenciar la experiencia de José María López era muy reducido. Buenos Aires parecía ser el lugar más adecuado del mundo para toda clase de demostraciones extravagantes y, en tan adversa situación meteorológica, ninguna podía resultar lo bastante novedosa o emocionante como para llamar la atención de muchos. Ramón contó doce personas, de las cuales dos, mujeres, habían llegado hasta allí acompañando al protagonista. Seis, tal vez siete, se interesaban de verdad por lo que Oller llamaba el evento. Las razones por las que las demás se habían hecho presentes, constituirían un misterio definitivo.

El inventor, callado y rígido, en mangas de camisa, aunque con lazo negro ajustando el blanco cuello de celuloide, y cubierto con sombrero de Panamá, pasaba una y otra vez, de arriba abajo y de abajo arriba, un trozo de franela por el mango cromado y reluciente de su sombrilla. El utensilio no formaba parte de la bicicleta, como había imaginado Ramón: se insertaba en un aro soldado en la mitad del travesaño que unía el manubrio con la rueda trasera, muy pequeña, del vehículo, y se ajustaba a él mediante un tornillo y una tuerca de mariposa.

Oller se disculpó ante Ramón por no presentarle al genio, en nombre de la sacra concentración y la inspiración de los elegidos.

A las doce y media, cuando el aire ardía y el sol golpeaba como una maza de verdugo, López apretó la tuerca que sujetaba un invento a otro para generar el suyo, se puso el chaleco y lo abotonó entero. La bicicleta descansaba contra el tronco de un árbol pelado y debía de estar al rojo. Él se movía con absoluta indiferencia en aquel fuego, aunque la calina desvaneciera por momentos el perfil de sus piernas. Despegó la bicicleta de su apoyo, abrió la sombrilla, que se veía tan enorme como inútil en su blancura enfermiza, y se encaramó en el asiento al tiempo que hacía girar los pedales.

Le vieron recorrer dos metros, tres, cuatro, recto, orgulloso, loco y lleno de porvenir. El sudor del rostro se evaporaba sin hacerse evidente. Diez metros, doce. Fueron veinte en total los que consiguió avanzar antes de caer como fulminado por un rayo.

Ramón había pedido al cochero que les esperara. El hombre observaba los acontecimientos sentado debajo de su victoria. La derrota de López le sacó de su refugio, elevándole al pescante recalentado y hostil.

—No sé si los caballos van a poder moverse… —dijo, echando una mirada triste y cargada de reproches al cuerpo vencido de López.

—Pruebe —pidió Ramón.

Los caballos, al paso, con los belfos bañados en densa espuma, se pusieron en marcha rumbo a la Asistencia Pública.

López sobrevivió. Reseco, con los labios quebrados y los ojos perdidos, le tendieron en un catre y le cubrieron de paños empapados en agua, alcohol y vinagre. Oller se quedó junto a él. A las tres de la tarde, Ramón salió a la calle para descubrir que la ciudad había cambiado: por primera vez en un tiempo que se sentía incapaz de medir, una capa de nubes había ocultado el sol. Eran nubes grises y rojizas, y pasaban lentas, muy bajas, a apenas unos metros del suelo. De tanto en tanto, las recorrían silenciosos relámpagos.

Ramón echó a andar hacia el oeste por Victoria. Ya había atravesado Entre Ríos cuando se oyeron los primeros truenos. La lluvia empezó a caer poco después, en gruesas gotas tibias que imprimían círculos enormes en el suelo polvoriento y le arrancaban hondos aromas rurales.

Una transversal solitaria le llevó hasta Alsina. Al girar, vio la espalda encorvada de Germán Frisch, que caminaba con las manos en los bolsillos, sin atender a nada de lo que ocurría a su alrededor.

—¡Germán! —llamó.

No tuvo respuesta. Apretó el paso. No le costó alcanzarle.

—Germán —dijo, ya al lado del amigo.

Frisch volvió el rostro hacia él, sin una palabra. Estaba llorando.

—¿Qué?, —preguntó Ramón, pasando un brazo sobre los hombros del alemán.

—¿Qué? Que se acabó. Que me equivoqué. Que siempre me equivoco.

—¿Rosina?

Frisch lo confirmó con un gesto.

—¡Esa tana ignorante! —dijo—. En su puta vida leyó un diario, y el día que lo lee, la caga. Yo ni siquiera estaba seguro de que supiera leer… Mejor si no hubiera sabido.

—Vamos a tomar algo y me contás —propuso Ramón.

Entraron en un almacén y se acodaron en el mostrador de estaño.

—Dos ginebras y dos cervezas —pidió Ramón. Frisch encendió un cigarrillo y miró a un punto remoto al otro lado de la pared.

—Está muerta —dijo—. Muerta, ¿entendés? Fría, fría. Con los ojos abiertos —fijó la vista en Ramón—. Con los ojos abiertos, dormida y ridícula. La gente muere por cosas raras, cosas que ni vos ni yo vamos a entender nunca.

—¿Por qué murió ella?

—Por una promesa, creo. Por una costumbre del sur. Por atraso. Por nada. Por dormir conmigo. Por impaciencia. Por una noticia… Resulta que el famoso novio venía… Reventó en el medio del río. En La Nación dicen que de fiebre amarilla, pero quién sabe… un inmigrante…, a lo mejor se murió de hambre.

—¿Está en La Nación?

—Es un acontecimiento. Pararon el barco en Martín García… Tenía que entrar mañana, pero lo pusieron en cuarentena.

—¿Sabías que llegaba?

—Claro. Íbamos a ver cuando estuviera acá… Eso, justo. Ella debe de haber mirado el diario por eso, por el barco… Y encontró la noticia. Como yo. ¿Y sabes qué? En el fondo, me puse contento. Se acabó la rabia, pensé. Fui corriendo a decírselo. Con cuidado se lo iba a decir, que no se me notara la alegría. No se me ocurrió que podía saberlo. Por lo mismo que lo sabía yo. ¡Qué gil! Siempre fui un gil con las mujeres… ¿Pero quién se iba a imaginar que leyera nada? Un día nombré a Roca y me preguntó quién era… Es que ellas leen de otra forma, Ramón. Al revés, o desde abajo, y se enteran de lo que a vos te parece insignificante. Con eso construyen, o destruyen, no sé…

—¿Cómo lo hizo?

Frisch tragó su copa de ginebra y un sorbo de cerveza. —Más ginebra — pidió—. Deje la botella. Repitió la operación y se secó la boca con la mano. Se entretuvo un momento aún, jugando con un cigarrillo, antes de seguir. Afuera, la lluvia se había hecho más abundante. Ramón no repitió su pregunta.

—¡Qué barbaridad! —continuó Frisch—. Hay que ser muy bestia, muy duro, para hacer lo que hizo. A mí, la idea de matarme me dio vueltas por la cabeza un millón de veces. ¿Sabes cuántas maneras hay? ¿No? Todas las que quieras. Infinitas maneras. Pero el dolor asusta más que la muerte. Supongamos que te vas a cortar las venas…, ¿cómo haces? —Una navaja, agua caliente…

—Lo que menos duela, ¿verdad? Ella no, ella… No puedo, no puedo contarlo, perdóname.

—Contalo. Contalo como si yo no estuviera.

Frisch bebió más ginebra.

—Roque se metió en muchos negocios —dijo.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Tiene que ver, porque un día se le puso entre ceja y ceja abrir una carnicería. Tenía un socio, por supuesto. El socio se arrepintió y tu viejo tuvo que meterse en el culo todo lo que había comprado para el trabajo: una caja importante, con dos serruchos, quince o veinte cuchillos y varias hachas de mango corto y hoja cuadrada. La caja quedó en casa.

—¡Mierda!

—Vos, para cortarte las venas, afilas una navaja, calentás agua y hasta lavas la palangana. Ella no. Ella pone el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma arriba, y con la derecha se da un hachazo…, ¡carajo! ¡Qué barbaridad! ¡Sangre hasta en el techo!

Ahora fue Ramón quien se abalanzó sobre la ginebra. La lluvia caía con furia. En unos minutos, la calle se convirtió en un arroyo.

—El hacha quedó clavada en la mesa —completó Frisch.

—Va a haber inundaciones —dijo un parroquiano.

Ignoraron el comentario.

—Decime, Germán, ¿es este país?, —dudó Ramón—. Tanta muerte…

—No. La muerte cae sobre el mundo como el sol sobre la ciudad. Hay momentos como este, en que no se ve, pero es porque está cayendo en otra parte. En París, vi degollar veinte mil hombres de una sola sentada. No sé cómo, pero yo me salvé. Cuando la Comuna. Los de Versalles degollaron veinte mil…, se dice fácil, ¿eh? No, no es este país. Acá no muere casi nadie. Lo que pasa es que a nosotros… No, mejor déjalo así.

—Como quieras.

Estaban a menos de quinientos metros de la casa. Fueron andando por el centro de la calzada, donde el agua barrosa, que corría con fuerza hacia el este, les llegaba a los tobillos. No hicieron caso de la lluvia que les enceguecía: necesitaban limpiarse.

El patio, la cocina y la sala se habían inundado. Teresa, sentada en la penumbra junto al fogón, levantó los ojos cuando entraron. Tiraba de las puntas del pelo mojado, las enredaba. Miró a Ramón con ternura.

La muerte, pensó él. Otra vez.

—Tu padre —dijo Teresa.

Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano. Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios santo! Lo pienso en su lengua.

Teresa era una niña abandonada.

Los dos hombres se acercaron a ella y la ayudaron a incorporarse.

—Está en la cama. No sé cuándo fue. Estaba dormido.

—No importa. No importa cuándo fue. Pasó con serenidad. Mi padre. El trajo a Mildred. Trajo los libros. ¿O fue Germán? Los dos. Entre los dos, trajeron los libros. Él compró para mí una vida de hombre libre. Amaba a mi madre. Tal vez a Sara. Y amó a Teresa, qué duda cabe.

Roque se veía pequeño sobre la cama, él, un hombre tan alto. Y pálido, como jamás lo había sido.

Ramón se arrodilló junto a la cama y le acarició el pelo, el frío. —No se afeitó esta mañana —observó.

—Quise afeitarlo, pero no me dejó —dijo Teresa—. Estaba cansado.

—Lo voy a afeitar —resolvió Ramón. Frisch se hizo cargo de la decisión. Salió y regresó con la navaja, la crema, la brocha, la correa. Teresa trajo agua tibia.

Mientras Ramón enjabonaba el rostro de Roque, Frisch asentó la hoja con rigor.

Una mejilla cuidada, piel suave, blanca. La casa de Posse, la casa de Pichincha y Garay: el primer baño caliente en Buenos Aires. ¡Qué bien olía Roque! Siempre olía bien. La nariz ya no es la misma. Hay que pasar por aquí con delicadeza, no se vaya a deshacer la sonrisa. ¿O no es una sonrisa? Leve, como la que tenía el día de la boda de Manolo de Garay. Una sonrisa. Aquel día mató a un hombre. Mi padre mató a un hombre. Por amistad. No, por amor: por el amor de otro. No fueron solo las mujeres. También amó a los hombres. Y fue amado. Nosotros tres, en este cuarto, lo amamos. El filo de la patilla tiene que ser perfecto. ¿Vivirá Rosende?

Teresa extendió una mano y la pasó por el rostro de Roque.

Una mano larga, la de Teresa, de dedos largos. Roque debe de haber deseado esos dedos. Y ese perfume, que pertenece a la casa como el olor noble de él. Los dedos de Teresa, suavemente, sobre la frente de Roque. ¿Y Germán? Sentado en la orilla de la cama, sosteniendo entre las suyas una mano de Roque. Un amigo. Otra mano. Se habían dado la mano aquel primer día. Germán había dado la mano a Roque. Antes, a Ramón. Nadie había saludado así a Ramón en su vida, en sus cinco años. Se querían. Desde el principio. Se quisieron siempre, los tres. Teresa aún no había llegado. Ni Mildred. Ni Encarnación Rosas.

Ramón limpió con una toalla restos de jabón. Germán se queda solo. Y Teresa. Tienen la edad de Roque y ahora él está muerto. Ellos podrían ser mis padres, pero están en la edad de la muerte. Son mis hijos. Hasta el final.

Ramón colocó todo sobre la mesilla de noche y se puso de pie.

Jugó un instante con el pelo de Teresa, que no se había apartado de su lado. La tomó por los hombros.

—Madre —dijo—. Tenemos mucho que hacer.

Ella le abrazó con fuerza. Después, recogió los avíos de afeitar y dejó la habitación.

Ramón miró a Frisch, todavía sentado.

—Germán —dijo.

—Haces bien en llamarme Germán. Yo soy tu amigo. Y lo voy a ser, te guste o no, hasta el último día. Pero también soy amigo de Roque. No soy tu padre.

—¿Vos sabes qué se hace en estos casos?

—Sí, claro. Te lo voy a explicar. Esta vez, no puedo hacerlo yo… Si no encuentro al comisario, voy a tener problemas: hay que enterrar a tu padre, pero también hay que enterrar a Rosina.

Ramón sacudió la cabeza.

—¿No te sentís capaz?, —preguntó Frisch.

—Sí, sí, quédate tranquilo.

—¿Y ese gesto, entonces?

—Me estaba preguntando qué clase de hijos de puta sin alma somos. O qué clase de farsantes. Cualquier otro se hubiera entregado, hubiera pedido auxilio, estaría llorando. Nosotros, no. Somos duros.

—¿Duros? Fuertes, puede ser. Inteligentes. Buenos jugadores. ¿Por qué nos vamos a entregar? Roque no se entregó jamás.

—Es verdad —aceptó Ramón.

—Tenemos mucho que hacer —recordó Frisch.

Los dos besaron la frente de Roque antes de volver a la lluvia, que ahora caía sobre la ciudad como el sol, como la muerte.