Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 27 de 92

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Frontera Sur

25. Ser para la muerte

 

Se mirarán entonces bajo tierra

Pidiéndose perdón por tanta guerra.

Alfonsina Storni, Letanías de la tierra muerta

 

La manía renovadora del intendente Alvear no perdonó ni siquiera el descanso de las que en su día habían sido significativas figuras de la sociedad porteña: su imparable deseo de trazar veredas no se limitó a la geografía de los vivos: en la Recoleta, cementerio de los fundadores de la república, expropió tumbas y bóvedas para abrir caminos a viandantes curiosos, deudos afligidos y amantes desolados. Hubo muertos olvidados cuyos restos fueron arrastrados a la nada en nombre de la ciudad nueva; y hubo otros, perpetuados en familias de pro, que tan solo cambiaron de lugar. En cualquier caso, fueron violencias menores en un recinto que ya había experimentado los anuncios terribles de un futuro sin paz: el secuestro del cadáver de Enriqueta Dorrego por los Caballeros de la Noche, y el intento de derribar la Dolorosa de Tantardini que corona la tumba de Facundo, prefiguraban una tradición.

Era aquel un territorio removido, y hasta las lápidas más pesadas y los monumentos más historiados parecían efímeros bajo el sol tibio de septiembre.

Ni Roque ni Frisch habían estado nunca allí.

Les desconcertó el hallazgo, en país tan mutable, de perseverantes apellidos reunidos junto al muro del convento de los recoletos.

—Como en todas partes, los dueños son siempre los mismos —resumió Frisch.

—¡Vaya descubrimiento! —se mofó Oller.

Encontraron a aquel a quien iban a ver, mozo de unos treinta años, dedicado al arreglo de una bóveda. Había retirado las flores secas, arrojándolas fuera, y lustraba con empeño las asas de bronce de un negrísimo, brillante ataúd.

—Buenas tardes, David —saludó el catalán.

El aludido levantó la vista del metal y sonrió.

—Martín —dijo.

—He venido con unos amigos.

—¿A ver las tumbas de los grandes hombres?, —preguntó el llamado David, dejando su tarea. Se acercó a ellos, limpiándose las manos en los fundillos del pantalón de brin.

—A ti. A verte a ti.

—Las tumbas no son importantes —aseguró Roque.

Oller miró a su amigo en espera de una respuesta, pero el silencio le impuso las presentaciones.

—David Alieno, Roque Díaz, Germán Frisch —enumeró, señalando.

—Me hubiera gustado estar de acuerdo con usted, señor Díaz —dijo finalmente el trabajador del cementerio—. Y a lo mejor lo estoy. En otras cosas. Pero no en lo de las tumbas.

—¿No?

—No. Las tumbas son muy importantes. La tumba de cada uno es muy importante para cada uno, quiero decir. A usted, cuando tiene sueño, ¿le da igual dormir sobre plumas que sobre clavos o vidrios rotos? ¿Taparse con una frazada o con unas hojas de papel o con trapos viejos?

—No. Pero yo estoy vivo.

—Ellos también —afirmó Alieno, indicando su alrededor con gesto circular—. Y yo, cuando esté muerto, porque estaré viviendo mi muerte, el momento culminante de mi vida: el único que vale, porque es eterno. Uno es el que es de muerto, porque es el que es para siempre.

—Porque, porque, porque —se defendió Roque—. Espere. ¿Usted cree que el alma es inmortal?

—Ni creo ni dejo de creer. ¿Sabe por qué estoy aquí?

—Eso es cosa suya.

—No, no, es cosa de los dos. Yo estoy aquí porque usted me ve, soy el que usted ve, nada más.

—Y el que ve Oller, y el que ve Frisch.

—Eso es: tres personas distintas.

—Ya. Y usted, Martí, ¿piensa lo mismo?

Oller se encogió de hombros.

—Una visión —dijo Frisch—. Eso es lo que es: una visión, ¿no?

—Más o menos —aceptó Alieno.

Roque fue a sentarse sobre el pedestal de mármol de un monumento y encendió un cigarrillo.

—¿Y se prepara para el gran momento?, —preguntó.

—Ya se prepara —intervino Oller.

—Ah, sí, claro que sí —con entusiasmo, Alieno—. Siempre, todo el tiempo, constantemente.

—¿Y para qué trabaja?

—Ahorro, señor Díaz. Ahorro para la muerte. Compré un terrenito… En el lado de allá —apuntó con el índice al sur—. Todavía no terminé de pagarlo. Me prestaron plata…

—Sin embargo, si no entendí mal —arriesgó Frisch—, de acuerdo con su teoría, nadie tiene por qué cobrarle. Al fin y al cabo, usted solo existe cuando lo ven. Si no lo ven, no hay deudor, se esfumó o no estuvo nunca…

—Pero yo quiero que me vean…

—Entonces le van a cobrar…

—¿Y después?, —averiguó Roque.

—¿Después de qué?

—Después de pagar la tierra.

—¡Ah! Entonces viene el mármol. Voy a comprarme un enorme pedazo de mármol. Un pedazo de mármol italiano. Y voy a pagarle a un escultor.

—¿Quiere una virgen, un ángel, un San Miguel?, —interrogó Roque.

—No, no. Voy a pagarle a un escultor para que me haga a mí. Lo que quiero es un auténtico monumento a David Alieno, cuidador de este cementerio. Si pudiera, claro, si pudiera, me gustaría tener una bóveda.

Frisch y Roque se miraron.

—¿Nos vamos?, —propuso el alemán.

—Sí. Dejemos tranquilo a este hombre, que tiene trabajo —Roque se puso de pie—. ¿Se viene con nosotros, amigo Oller?

Alieno no se movió de donde estaba. Los tres visitantes, uno a uno, estrecharon su mano. Solo mucho más tarde se dio cuenta Roque de que, en realidad, le habían despedido como quien da un pésame.

Anduvieron largo rato en silencio.

«Uno es el que es de muerto», pensó Roque, recordando a Fernanda, a Sara, al degollador, cuando ya habían dejado atrás la plaza del Pilar y la Calle Larga de la Recoleta, y bajaban por Rivera hacia el Parque.

—No —dijo.

—¿No qué?, —se asombró Frisch.

Uno es el que es en vida —explicó Roque—. Aunque se acabe y eso sea una cabronada. Y dígame, Oller, ¿qué encuentra en ese tío? Nos había dicho que era inteligente.

Está loco, pero es inteligente. ¿Usted cree que hay muchos que se preocupen por esas cosas, la muerte, la eternidad?

Hay más de esos que de los otros, de los que se preocupan por los asuntos de la vida. No se engañe, Oller. Todo lo que cuenta está en este mundo. Hasta los sueños.