Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 29 de 92

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Frontera Sur

27. Un destino

 

Ya que no es la vida

una digna historia.

Héctor Yánover, Poema para que te duermas

 

El señor Foucault había hablado con Berthe Gardes y Marie Odalie Ducasse en el barco. Él visitaba de tanto en tanto la zona de tercera clase, para conversar, decía, con la gente. En realidad, solo se interesaba por algunas mujeres. Esa, por ejemplo, que viajaba con su niño.

—¿Qué piensa hacer en Buenos Aires?, —preguntaba Foucault.

—No sé —confesaba Berthe—. No tengo oficio. Solo que ya no podía seguir en mi casa, soltera y con el pequeño…

Un día, él dejó de lado toda discreción.

—No tiene muchas posibilidades de encontrar un empleo —dijo—. No hay quien tome sirvientas con hijos.

—Y que solo hablen francés.

—Eso es lo de menos: en Buenos Aires, el idioma de los ricos es el francés.

—No sabía.

—Hay muchas cosas que usted no sabe. ¿Le gustan los hombres?

Ella también depuso sus reparos.

—Si lo que me va a proponer es que me meta a puta, sabrá que lo de menos, en ese caso, es que a una le gusten los hombres.

—Tiene razón.

Cuando avistaron la ciudad, Foucault lo arregló todo para que ellas subieran a primera y se reunieran con las cinco pupilas que habían hecho toda la travesía con él. Bajaron a tierra juntos.

—Yo llevo los papeles de todas —había dicho él.

El funcionario de migraciones tomó nota de los nombres y, junto a cada uno de ellos, puso «planchadora». Devolvió los pasaportes al hombre y evitó mirar a las mujeres y al niño.

—Pasen —dijo.

Pero ellas no se movieron hasta que el francés lo ordenó con apenas un gesto.

Fuera, esperaba un coche de caballos.

—Cómo está, señor —saludó el cochero.

—Bien, gracias —replicó Foucault.

Se acomodaron como pudieron, Berthe con el pequeño Charles en los brazos, dormido. Una muchacha rubia, de ojos tristes, le sonrió.

—¿Cuántos años tienes?, —quiso saber Berthe, segura de que no eran más de quince.

—Veintiuno —contestó la otra, apartando la vista.

Las dos quedaron en silencio.

—Yo me llamo Catherine —anunció la joven al cabo de unos minutos.

—Yo, Berthe.

El coche se detuvo y alguien abrió la portezuela desde el exterior.

Se encontraban en el patio de carruajes de una casa de dos plantas. Berthe entrevió una calle en el momento en que un mozo terminaba de cerrar el pesado portón de madera.

Foucault desapareció en el edificio.

Nunca más volvieron a verle.

Cuando se presentó la alcahueta, Charles lloriqueaba muy quedo.

Era una mujer mayor, corpulenta, muy pintada y con una orla negra en las uñas de los pies. Descalza y en bata, apestaba a un perfume empalagoso. Observó a las recién llegadas con ojos de tratante de ganado. Levantó el labio superior de Catherine con el pulgar de la mano izquierda para ver el estado de sus dientes. En la derecha tenía un cigarrillo apagado. La muchacha no pudo contener una lágrima, pero de su boca no salió un solo sonido.

—Vosotras sois de Foucault —dijo, dirigiéndose a Berthe y a Marie Odalie—. Foucault no es nadie —completó—. Yo me encargaré de vuestro trabajo. Hablaremos más tarde.

Se oyó el trote de los caballos de otro coche, y el mozo que había cerrado el portón corrió a abrirlo.

—Adentro, adentro —dijo la vieja—, de prisa, entrad a la casa, que tengo que recibir a las demás.

Todas se pusieron en movimiento, con excepción de Catherine y Marie Odalie. Las primeras traspusieron sin vacilar la puerta por la que había salido la madama. Berthe se detuvo en el umbral. Ahora, Charles lloraba con fuerza.

—Adentro —repitió la celestina.

Nadie dio un paso.

Se acercó a Catherine y la abofeteó. En ese instante, Marie Odalie resolvió su destino: echó a correr hacia la calle tan pronto como vio entrar el segundo carruaje. Corrió sin mirar hacia atrás. La madama chilló, avisando al mozo, pero ya era tarde. No pudieron alcanzarla.

—Entra —ordenó la madama a Catherine.

La joven hizo lo que se le decía. Berthe la tomó por el brazo y entró con ella.

—Tendrías que haber escapado —dijo.

—Tú también.

—Yo, con Charles, no puedo correr.

Las del segundo coche, una española y dos portuguesas, que habían llegado a Buenos Aires en otro buque, las encontraron en el salón.

La alcahueta improvisó un discurso.

—Yo soy Madame Leonard —anunció—, y os tengo a mi cargo por unos días. No os quedaréis en esta casa, pero aquí también hay camas y vienen hombres, así que no pasaréis sin trabajar: los viajes son caros y hay que pagarlos.

—No entiendo una sola palabra —protestó la española.

Madame Leonard repitió en castellano, para ella, lo que acababa de decir en francés. La otra no necesitó saber más.

Charles se había dormido nuevamente.

—La única nueva en este oficio eres tú —la madama señaló con el dedo a Catherine—. Lo vamos a arreglar… ¡Cecilio! —llamó.

A la convocatoria acudió de inmediato un hombre calvo, no muy alto. Tenía unos hombros y un cuello anchos y peludos, y unos brazos poderosos apretados por la camisa. Estaba sin afeitar y sin peinar, y se le veía temible.

—Vas a empezar con él —informó la vieja.

Catherine abrió los ojos desmesuradamente.

No tuvo ocasión de negarse. El llamado Cecilio se le acercó, rodeó su talle con una mano enorme y la sostuvo cuando se desmayó. Entonces la cargó al hombro, como a un saco, y se marchó.

—Tú tendrás que dar el chico a alguien para que te lo críe —dijo la alcahueta a Berthe—. Pero ya habrá tiempo. Aún está por decidir si te quedas aquí…

Berthe no respondió a aquello.

—He de dar de comer al niño —pidió.

—Esa puerta da a la cocina —indicó Madame Leonard.

La alcahueta colocó a cada una en una habitación.

Berthe comió y dio de comer a Charles. Cuando se quedó sola, jugó con él y se desvistió. Los dos se durmieron.

Ella despertó sobresaltada. Oía gritos desesperados y muy próximos. Un débil resplandor la atrajo a la ventana. Corrió suavemente la cortina y miró por entre las tablas de la celosía.

Había dos figuras en un patio alumbrado a gas.

Cecilio dio un último golpe a Catherine y enrolló el cinturón. No se lo puso, lo conservó en la mano.

Ella estaba tendida en el suelo, con los pies y las manos atados.

La noche prefiguraba las del otoño, ya muy cercano, y las baldosas debían de estar heladas. Catherine, cubierta de sangre, tiritaba. Cecilio abrió un grifo y llenó de agua un balde. El choque del líquido helado arrancó otro grito de la garganta de la muchacha.

Berthe no podía apartar los ojos del cuerpo maltrecho. Le repugnaba y le dolía verlo, pero sabía que no iba a hacer nada por poner fin al espectáculo. Asistió, fascinada, a la cesación del movimiento en los miembros de Catherine, y al comienzo de la tos.

Durante horas, Cecilio mantuvo mojado hasta el último rincón de la piel de Catherine.

Amanecía cuando Madame Leonard salió de la casa y le ordenó llevar a su víctima a algún sitio abrigado.

Berthe se dejó caer en la cama, rendida.

Soñó escenas terribles en las que el señor Foucault descuartizaba a una niña y la devoraba trozo a trozo.

La alcahueta tuvo que sacudirla para que recobrara la conciencia.

—Lávate la cara y ven —le dijo—. Con el chico. Y con tu ropa.

La condujo hasta una habitación sin ventanas, en la planta alta.

Había dos camas. En una de ellas yacía Catherine, que respiraba con dificultad y sudaba.

—El médico dice que puede morir —explicó Madame Leonard—. Y que puede vivir. Hay que esperar. Si se salva, bien.

Si no, también. Tú la cuidarás hasta que esté bien. O mal del todo. Y después te irás a la Banda Oriental. Hay que conservarle la frente fría con paños mojados. Ahí tienes la palangana.

Berthe pasó una semana alerta, pendiente de Catherine. Charles, en el suelo, jugaba y se cogía a las faldas de su madre. Les servían comida allí.

Durante cuatro días, Catherine deliró, se quejó y dormitó. Ardía entera. Berthe sentía el calor a varios centímetros por encima de la sábana.

En la quinta jornada, tuvo unos minutos de conciencia.

—Tienes que vivir —le dijo Berthe.

—No para eso —respondió ella.

—Mejor un hombre que la muerte —optó Berthe.

—Ese no era un hombre.

—Mejor ese hombre que la muerte.

—No, no ese hombre. Mejor la muerte.

Y volvió a caer en el sueño.

Unas horas más tarde, la fiebre empezó a ceder.

Finalmente, abrió los ojos. Berthe volvió a insistir.

—Te salvarás —sostuvo—. Tienes que salvarte.

—No sé si quiero —cedió Catherine.

—Has de querer. Mejor diez hombres que la muerte.

—¿Diez?

—Mejor cien hombres, mil hombres, que la muerte.

Así esperaron al médico, que llegó para decir lo que Berthe sabía y recomendar una dieta especial y un mes de reposo.

Catherine quedó en los huesos.

Faltaba poco para que el mes de convalecencia acabara, cuando entró en la habitación Madame Leonard, miró a la joven y decretó su traslado al Uruguay, con Berthe.

—Si no sirve para puta, con la lección que ha recibido, te servirá para cuidar al chico —concluyó.

Berthe lavó y planchó las escasas ropas que su amiga, su hijo y ella misma poseían, y las preparó para el nuevo viaje.

—Mañana —auguró una noche la alcahueta.

Les hicieron bajar muy temprano al patio de carruajes. Esperaron de pie la llegada del coche que les llevaría al puerto.

El sol se alzó lentamente y un criado al que no conocían abrió el portón. Un moreno, joven y espigado, guiaba con soltura el carruaje, de un solo caballo y descubierto. Saltó del pescante y cargó el ligerísimo equipaje. Berthe se acomodó en su asiento y Catherine alzó a Charles para que su madre le cogiera.

Había puesto un pie en el estribo y se disponía a subir cuando, del interior de la casa, surgió Cecilio. Nada ni nadie podía ya detenerle.

Llevaba un cuchillo de enorme hoja: el sol se reflejó en él durante un instante fugaz. Cecilio se lanzó sobre Catherine, paralizada por el terror. La cogió por el pelo y tiró de él hacia atrás, descubriendo y tensando su cuello, y pegó un tajo furioso.

Berthe buscó una señal en los ojos de la muchacha, una sola palabra callada, una despedida, antes de darse cuenta de que el chorro de sangre había bañado a Charles, sentado en su regazo. Se persignó.

Cecilio marchó hacia la calle, sonriente, sin abandonar su arma.

Madame Leonard presintió que algo iba mal y asomó la cabeza. Al ver lo sucedido, se acercó y consideró la situación en silencio.

El cochero amagó coger al niño y ayudar a Berthe a volver al suelo. Ella se lo impidió.

—No —dijo en castellano—, déjela ahí. Deme una mano con esta.

Cogieron el cadáver de Catherine por debajo de los brazos y tiraron de él. Lo depositaron en el suelo, cerca del vehículo. La alcahueta no quedó satisfecha.

—Agárrela de las piernas —mandó—. Yo, de los brazos. No quiero que quede acá.

Tardaron en salir. Berthe buscó un paño en su bolso y limpió como pudo a Charles. También frotó su propia falda, pero era inútil: la sangre había empapado la tela.

El hombre regresó solo.

—La señora dice que la lleve a usted —explicó en su lengua.

Berthe le entendió y experimentó un gran alivio.

—Nos esperan en el puerto —agregó el mozo.

—Vamos, por favor —murmuró la mujer.