Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 54 de 92

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Frontera Sur

52. Los tiempos nuevos

 

 

¡Qué viento tan caprichoso!

Julián Martel, La Bolsa

 

Eugene Gladstone O’Neill, quien, con el correr del tiempo, haría fortuna en el teatro, llegó a Buenos Aires en mil novecientos nueve, sirviendo en un barco noruego. Contaba veintiún años y, antes de embarcarse, había sido buscador de oro en Honduras. Vagó un tiempo por el bajo, mientras tuvo algún dinero, y luego fue a trabajar a un frigorífico. Tan pronto como le fue posible, continuó viaje. Tal vez hubiese imaginado otro país.

A principios del año ocho, que entraría en la historia por ser el de la filmación de la película patriótica La creación del Himno, del italiano Mario Gallo, el presidente Figueroa Alcona, sucesor del fallecido Manuel Quintana, había clausurado el Congreso, enviando a la policía a desalojar el edificio, vista la manifiesta obstinación de algunos representantes. Alcorta no era un enemigo del pensamiento, como lo prueba la generosa subvención que otorgó al doctor Ricardo Rojas para que pudiese concluir sin angustias su obra la restauración nacionalista, pero ello no impidió que, a partir de entonces, se sucedieran los atentados, todos sin éxito, contra el prohombre, contra sus colaboradores inmediatos y aun contra su esposa. La suspensión del poder legislativo, sin embargo, no desembocó en dictadura abierta: hubo elecciones en el plazo indicado por la constitución y el poder fue transmitido en la fecha de rigor. Esa atención a la legalidad, si bien no estricta, permitió la realización de comicios municipales, y el consecuente ascenso a la intendencia de la ciudad de Avellaneda, contigua a Buenos Aires y ya por entonces asiento de la mayor concentración obrera de la Argentina, de don Alberto Barceló, hijo de un mayoral de diligencias y hombre duro donde los hubiese.

Modelo de caudillo populista, Barceló gobernó Avellaneda con mano de hierro durante más de veinte años. Hizo pavimentar calles y construir hospitales, cambió alimentos por lealtad y, sin reparar en los costes, estableció en su territorio una legalidad muy distinta de la que imperaba en el resto de la república.

Ramón Falcón, el jefe de policía, era tan amigo de Alcorta como de Barceló. Los dos le lloraron —es un decir— cuando, con mano certera, el militante anarquista Simón Radowitzky, montado en una bicicleta, lanzó una bomba al coche en que viajaba. Falcón murió y Radowitzky pasó en prisión más de medio siglo. La exitosa agresión tuvo lugar el 14 de noviembre de mil novecientos nueve.

El 15, los ánimos estaban alterados. Aquel día, Gabino Ezeiza, en la cumbre de su celebridad, escuchó cantar al mozo a quien todos, en la zona del mercado de Abasto, conocían con el nombre de Carlitos: el ilustre mulato dictaminó que su voz era afeminada y recomendó el olvido.

Ramón y Frisch habían estado bebiendo en cafés de los alrededores de la Casa de Gobierno, hablando con unos y con otros, en busca de información. Subieron andando por Victoria: evitaban la Avenida de Mayo, de difícil tránsito a causa de las excavaciones destinadas a la construcción del primer tren subterráneo de la ciudad. De pronto, un muchacho de pelo rojizo salió a la carrera de una calle transversal y fue a dar en los brazos de Ramón.

—Disculpe, señor —dijo el chico.

—Está bien, no te preocupes —respondió Ramón.

Le ayudó a recobrarse y se dispuso a seguir su camino.

Pero, antes de que pudiera hacerlo, aparecieron otros tres, armados con palos, en obvia persecución del primero. Y un cuarto, de pelo negro, inerme pero desafiante, que se echó encima de uno de los anteriores, mucho mayor y más fuerte que él.

—Basta —dijo Frisch, que conocía a dos de los más grandes.

—¡Don Germán! —se sorprendió uno de ellos.

No eran socialistas, sino anarquistas, pero habían colaborado en la campaña de Alfredo Palacios para el congreso. Llevaban mucho conversado con Frisch, y le respetaban. Su presencia allí cambiaba por entero la situación.

—Estaban pegando carteles de los conservadores, don Germán —contó el muchacho.

—¿Y…? Yo creía que eran los conservadores los que nos atacaban a nosotros, y no al revés…

—Algún día, eso tiene que cambiar.

—Sí, claro, como cambió para Radowitzky, ¿no? Al gobierno no se le movió un pelo, te lo aseguro. Hay más candidatos a jefe de policía que a héroe proletario.

—Yo no soy conservador, señor —explicó el último de los jóvenes perseguidos, casi un niño—. Pego carteles porque me pagan.

—Ya —intervino Ramón, impacientándose—. Terminemos con esto, por favor. Ustedes pueden irse —se dirigía a los anarquistas—. Estos chicos se quedan con nosotros.

El grupo consultó a Frisch con la mirada.

—Hagan lo que dice mi amigo —pidió el alemán.

Los tres se marcharon juntos hacia el lado del río.

—Gracias, señores —dijo el que se había tropezado con Ramón—. Si podemos ayudarlos en algo…

—¿Vos?, —sonrió Ramón.

—Y yo —se acercó el segundo.

Ramón volvió a mirarlos: eran dos salvajes muy valientes, y tal vez valiera la pena tomárselos en serio.

—¿Sabe?, —dijo el primero—, la vida es muy extraña… —descubrió los ojos de Ramón y se atrevió a más—. Me llamo Juan Ruggiero —tendió una mano fuerte—, y este es mi amigo, Julio Valea. El Gallego Julio.

—Mucho gusto —Frisch estrechó las manos de los dos.

—Mucho gusto —le imitó Ramón—. ¿De veras sos gallego?

—No, soy de la Isla Maciel, como este, pero me llaman así. El que es gallego es mi viejo.

—¿Y vos?, —le preguntó a Ruggiero.

—Mi viejo es taño. Mi vieja es de acá, pero el viejo de ella vino de Alemania.

—¿Quieren tomar algo?, —invitó Frisch.

—Bueno —Ruggiero aceptó por los dos.

Entraron en un despacho de bebidas, cerca de Entre Ríos. Ramón y Frisch sentían idéntica curiosidad por las vidas de los otros.

—Yo no soy conservador —insistió Julio Valea ante el mostrador de estaño—. Soy radical —confió en voz baja.

—Pero trabajas para los conservadores —objetó Frisch.

—Hay que comer —se defendió el muchacho.

—¿Ustedes estuvieron alguna vez en la Isla?, —inquirió Ruggiero.

—No —reconoció Ramón.

—Ni en el Dock Sud —siguió Ruggiero.

—Tampoco.

—No, la gente como ustedes no llega nunca hasta allá. Nunca pasan de la Boca, del Farol Colorado. Como mucho, toman la lancha para ir un rato al Pasatiempo. La Isla y el Dock dan miedo. La miseria da miedo. Y allá hay una miseria grande, ¿sabe? Mire: yo tengo doce hermanos. Éramos dieciséis, pero dos se murieron ahogados: salieron en bote, y eran muy pibes… Y otro se pegó un tiro por una mina. Somos trece. Mi viejo es carpintero y no gana bastante, así que hay que rebuscárselas, y no va a ser en la Isla, que está llena de rusos borrachos y hay fiambres todos los días… Hay que salir. Por eso soy conservador.

—No te entiendo —dijo Frisch.

—Yo voy a Avellaneda, a la municipalidad, y vuelvo a casa lleno de comida: el doctor Barceló reparte fideos, papas, yerba, tomates… y, a veces, da trabajo y paga. Como hoy. Yo llegué solo a cuarto grado. No se podía más.

—¿Te hubiera gustado estudiar?, —preguntó Ramón.

—Para ser militar —aseguró Ruggiero.

—¿Y vos por qué sos radical, Julio?, —quiso saber Frisch.

—Conservador no voy a ser… No voy a ser pobre y estar del lado de los ricos. Y socialista no se puede. Yrigoyen parece buena persona… Juan se cree cualquier cosa. Mira si Barceló va a dar algo gratis. Lo que da, lo da para tener contentos a los tipos como vos —señaló a Ruggiero—, tipos con pelotas, que es mejor que sean amigos… Hay un comisario por el Dock que, cada vez que hay espantada, entra a repartir rebencazos: ese también es hombre de Barceló. Además, la comida no se la dan a cualquiera: hay que llevar el vale del comité, votarlos…

—Pero hoy pegabas carteles de ellos.

—Por diez pesos.

—No es mucho. Te podían haber matado de una paliza.

—Los diez pesos son para vivir. Si te matan, ya no te hacen falta.

—¿Te gustaría hacer otra cosa?, —propuso Ramón.

—No sé —dudó Julio.

—Yo sí sé —afirmó Ruggiero—. Prefiero hacer esto. De carpintero, nunca voy a salir de pobre. Así, puede saltar algo. Y yo tengo carácter para lo que se necesite.

Ramón pagó las copas y entregó una tarjeta con sus señas a cada uno de los muchachos.

—Nunca se sabe —dijo. Se despidieron con cordialidad.

—Me cae bien el gallego —dijo Frisch, ya en la calle. —A mí también, pero el otro tiene más porvenir —adivinó Ramón.

Después, volvieron a hablar de la situación.