Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 86 de 92

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Frontera Sur

84. Los símbolos

 

Queda muy lindo el mosaico del piso encerado, mientras te esperaba en el zaguán que me abrieras la puerta veía al trasluz que brillaba todo desde el zaguán a la puerta del jol.

Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth

 

Durante quince años, Ramón había mantenido la casa de la calle Alsina, a veces por pereza ante la idea de una mudanza, a veces ganado por la idea de que en la vida de un hombre no deben mezclarse el pasado y el futuro, como una suerte de museo. Aunque ya sin recuerdos visibles de ninguno de sus antiguos habitantes, conjurados por un orden distinto, implantado al poco tiempo de su regreso de España, ya en compañía de Gloria, y por los nuevos muebles, él percibía la silenciosa presencia de íntimos fantasmas en los rincones más escondidos. Había querido alejarse de ellos cuando era un hombre sin descendencia. Ahora, sin embargo, preocupado por la edad y padre de dos hijos, deseaba intensamente volver a encontrarlos. La memoria de aquellos a los que había amado constituía un legado sacro para aquellos a los que amaba. Así como el perfume de Gloria había llegado a ser el perfume de todas las mujeres de su vida, el bandoneón de Germán Frisch seguía resumiendo en su ánimo todas las músicas del mundo. Quizá nunca alcanzara a explicar eso a Cosme ni a Consuelo, pero adquirió la convicción de que ellos lo descubrirían entre las paredes de aquellas habitaciones, bajo aquella parra, en las baldosas de aquel patio.

No recibió con agrado la noticia de la apertura de la avenida Nueve de Julio, con las consiguientes expropiaciones. Le molestaba tener que mudarse por decisión ajena. La casa de Cangallo 1020, por otra parte, era la casa en que habían nacido Cosme y Consuelo; aunque ellos estaban vivos y eran la mejor representación de su existencia a que pudiera aspirar. Se trasladaron en marzo de 1931.

Llevó tiempo instalarse, recobrar el control de los documentos que regían la fortuna familiar, situar los libros más recientes entre los que habían dado sentido a su mundo, distribuir en roperos, armarios, aparadores, cómodas, los objetos de lo cotidiano.

Hubiesen podido dar una fiesta de inauguración abierta, de las que, en su época, habían organizado los Posse. Pero en el Buenos Aires triste de la década del treinta, Roque veía en ello una forma de provocación. Se limitaron a invitar a una cena de familia a los amigos más allegados, para el 25 de abril.

Antonio Reyles estaba de pie ante la puerta del apartamento de Jacobo Beckman, con un paquete bajo el brazo.

—¿Conoces una buena costurera?, —preguntó.

—Una excelente —respondió Beckman—. En Europa, bordaba vestidos de novia: es una virtuosa con la aguja.

—¿Dónde puedo encontrarla?

—Si esperas que me vista, te hago de guía.

—Muy bien.

La temperatura era agradable en la mañana de otoño. Subieron por la calle Sarmiento hasta Ecuador. Allí, Beckman giró a la izquierda, hacia Cangallo, y Reyles le siguió. Entraron en un conventillo y atravesaron el patio sin detenerse. Llegados al fondo, hubieron de subir una escalera de metal oxidado y llamar a la primera de las cuatro puertas que se abrían a la galería.

Les atendió una mujer que debía de pasar largamente de los setenta, aunque su piel fuese aún tersa, clara y sin manchas. Los olores del conventillo, fundidos en un vaho único que asumía por igual la mierda, el pescado podrido, la carne asada y la salsa de tomate, fueron desplazados por el vaho de limpieza que salió de la habitación: vainilla y sábanas de hilo secadas al sol.

—Masha —la nombró Beckman.

Ella sonrió como una adolescente.

—Hay té —dijo, mirando a los ojos a sus visitantes.

En seguida se hizo a un lado y señaló la mesa, invitando a entrar.

Reyles dio tres pasos y apoyó una mano sobre el respaldo de una silla. Era una silla de madera de estilo español. Junto a una de las paredes, cerrada, la máquina de coser Singer. Encima, colgado, el retrato de una joven cuyos rasgos recordaban vagamente los de Gloria.

—Es mi hija, Shulamid —explicó Masha, atenta a la inspección de Reyles —. Se casó con un hombre muy inteligente, pero muy loco, que se la llevó a Palestina.

Reyles pasó un dedo por el metal inmaculado del samovar que ocupaba el centro de la mesa.

—Deja tu paquete donde quieras —ofreció Masha.

No había otro sitio que la tapa de la máquina de coser. La cama y lo demás que hubiese en la habitación, estaban detrás de una gran cortina de muro a muro, de gruesos hilos de lino negros y trama muy apretada, con dos guardas laterales de candelabros bordados.

Se sentaron a tomar el té, en vasos rectos de cristal.

Masha puso rodajas de limón en los bordes de los vasos.

No echó el azúcar en el líquido caliente: con el terrón en la boca, dejaba que la bebida la arrastrase a su paso. Reyles la imitó.

—Antonio necesita una costurera —expuso Beckman.

—Yo lo soy, y de las buenas —afirmó Masha—. ¿Qué quieres que te cosa?

—Unas telas que he comprado.

—¿Español?, —quiso confirmar Masha.

—Sí.

—A pesar de todo lo que pasó, me gustan los españoles… Sefarad tiene que haber sido una bonita tierra.

Reyles deshizo el envoltorio y extendió tres grandes trozos de seda en el suelo impecable: rojo, amarillo y morado.

—Ya veo —dijo Masha.

—He de hacer un regalo —concretó Reyles.

—A un paisano —se extendió Beckman.

—¿Republicano?, —dedujo Masha.

—Mi amigo siente una gran simpatía por Manuel Azaña —dijo Reyles.

—Ya veo… ¿Es una bandera lo que deseas que te haga?

—Precisamente.

—Puedes venir a buscarla mañana. ¿Está bien?

—Estupendo. ¿Conoces el orden de los colores?

—Masha es una compañera, Antonio.

—Ya.

Hablaron aún de Polonia, de Alemania y de la Unión Soviética.

Susana Foucault y Antonio Reyles fueron los últimos en llegar a la cena. Ramón había asado un lechón y Gloria había preparado ensaladas y salsas picantes. Jeved y Matías Glasberg habían llevado encurtidos y pescado en salmuera. Beckman había enviado por la tarde dos cajas de vino tinto de Mendoza. Bartolo aportó una pieza de queso parmesano conseguida un par de días atrás en un mercante italiano. Los niños, Cosme y Consuelo, de ocho y seis años, esperaban la comida con ansiedad. Cada uno había llevado su regalo: objetos para la casa: un reloj de pared, una fuente de plata peruana, un edredón de plumas. Susana entregó a Gloria un mantón de Manila. Reyles, a Ramón, la bandera.

—Quizás un día —dijo Ramón— haya que defenderla. Y a no tardar mucho, tal como van las cosas…

—A lo mejor —aceptó Beckman.

Después del primer brindis, Reyles se puso de pie y pidió atención.

—Tengo algo que deciros —anunció.

Todos callaron para escucharle.

—Nos hemos casado esta mañana —comunicó—. Susana y yo nos hemos casado esta mañana.

—¿De verdad?, —preguntó Gloria a Susana, a quien tenía sentada a su lado, cogiéndole la mano.

—De verdad —respondió ella.

—Es una buena noticia, querida. Antonio es…

La interrumpió la voz de Beckman.

—Soy el único soltero en esta cena —decía—, pero eso es por mala suerte. Ya sé que los comunistas no somos atractivos, pero lo seremos.

—Brindo —dijo Glasberg— por el día en que los comunistas sean los hombres más atractivos del mundo.

—¿Y si no llega?, —quiso saber Bartolo.

—Tendrán que joderse —auguró Reyles.

—Si hace falta —prometió Beckman—, mataremos a los burgueses más lindos. Mientras se haga en nombre de la felicidad general y, sobre todo, de la igualdad, estoy seguro de que el camarada Stalin aprobará la idea.

—No —intervino Gloria—, no hará falta. La revolución os hará más ricos, y con eso bastará.

—Por el día de la revolución —levantó su copa Reyles.

—¿Tú estarás?, —le acosó Ramón.

—En primera línea, si suena el despertador… Si no suena, daré mi apoyo desde la retaguardia.

—Esta bandera será inútil entonces —dijo Gloria, refiriéndose a la tricolor de la República Española.

—Esta bandera es bastante inútil ahora mismo —sostuvo Reyles—. Servirá, justamente, a partir de entonces.

—¿Por qué no traes la comida, mamá?, —protestó Cosme, famélico y ajeno a esa especulación sobre banderas y porvenires.

—Falta alguien —respondió Gloria.

—Nadie, que yo sepa —estimó Ramón.

—En ese caso, hemos puesto un cubierto de más —señaló una silla y un plato en el otro lado de la mesa.

—No —explicó Ramón—. Ese sitio lo he dejado yo… Se me ocurrió que, de haber vivido hasta hoy, Julio hubiese venido. Vamos, que yo le hubiese invitado…

—Hubieses hecho bien —dijo Reyles.

Cena y conversación se prolongaron hasta la madrugada.

Los niños se retiraron a medianoche, agotados.

Beckman fue el último en marcharse.