Frontera Sur
68. La socia
«Necesito hablar con usted: tenga a bien pasar por mi casa hoy a las cuatro»
Eugenio Cambaceres, En la sangre
Antonio Reyles visitó a Ramón Díaz a la mañana siguiente.
Cuando Reyles se marchó, Ramón evocó para Gloria una conversación que, algo más de cuarenta años atrás, habían sostenido, ante sus oídos infantiles, el finado don Manuel Posse y su padre, Roque. Los términos del diálogo habían sido muy parecidos a los del que acababa de tener lugar en la sala de su casa, solo que ahora era él quien proporcionaba apoyo a un recién llegado, y que lo hacía con todo lo que había recibido y acumulado a partir de aquel primer día, de aquel primer gesto de comprensión y amistad: el trabajo de Roque, de Germán Frisch y de Teresa, pero también el amor de Sara, de Encarnación, de Mildred, de Raquel, y la mano, invisible para los más, de Ciriaco Maidana.
Ramón entregó a Reyles las llaves de la calle Artes, llamada ahora Carlos Pellegrini, 63, sin ocultar que había sido lugar de dolor y de espanto para Frisch. Hubiese faltado a la lealtad más elemental reservándose esa parte de la historia.
—Yo sé qué hacer —aseguró Reyles—. Me he criado entre meigas.
Llegaron a un acuerdo en cuanto al proyecto de la casa de juego. La despedida fue efusiva.
Reyles fue a buscar su maleta a la pensión de la calle Chile. En el camino hacia su nuevo domicilio, compró sal gorda, miel, una docena de platos de café y otra de velas. Hubo de volver a la calle para hacerse con escoba, recogedor, balde y lejía. Nada de lo que quedaba en el piso servía ya para limpiar. Dedicó toda la tarde y las primeras horas de la noche a poner el sitio en condiciones. Antes de bajar a cenar, llenó seis platos con sal y otros seis con miel, y los puso en los rincones menos visibles, sobre el ropero, bajo la cama, encima de la cisterna del baño y del botiquín, tras una pila de periódicos antiguos que dormían en un estante y que se prometió mirar en algún momento. Cuando regresó, se desnudó y encendió una vela junto a la ventana. Al despertar, la encontró apagada y derretida por completo. El ritual requería una cada día, hasta nueve.
Necesitaba descansar. No se había detenido a tomar aliento en mucho tiempo. Primero, lo de Madrid: el dinero necesario para comprar papeles de identidad y billetes, para mantenerse durante el larguísimo trayecto y para llegar con algo a Buenos Aires: no quiso recordar la aventura del banco, ni el coche, ni el robo de la caja del obispado: quizá vea el día en que lo devuelva todo, pensó sin ironía. Después, la frontera, el viaje, las dudas y los temores respecto de la posibilidad de un fracaso que le obligara a dejar también Buenos Aires para empezar de nuevo en otro lugar. Fue a buscar café, azúcar, galletas, jamón, queso y unas botellas de vino. También entró en una ferretería y pidió clavos pequeños y un martillo. Desayunó y clavó en una pared, la más desnuda de la sala, el plano de Buenos Aires. Con uno de los lápices de colores que siempre llevaba en la chaqueta, marcó el punto en que se encontraba, la dirección de Ramón y la pensión en que había pasado la noche anterior. Entonces, volvió a dormir. Solo dejó la cama, cuando ya estaba oscuro, para ir a orinar, mordisquear una galleta, beber un vaso de agua y encender la segunda vela.
A las nueve de la mañana, cuando llamaron, estaba desperezándose.
Había en la puerta un chico moreno, de unos diez años. Le tendió un sobre.
—Tengo que esperarlo —dijo.
Leyó la nota que le estaba dirigida: «El muchacho que te lleva este papel tiene que sentarse ahí hasta que estés vestido, y guiarte hasta mi casa. Necesito hablar con vos. De negocios. Juana. P. S.: para el chico, soy Madame Jeanne (él dice madanyán)».
—Muy bien —aceptó Reyles—. Pasa, siéntate, toma café conmigo. No tardaré en vestirme.
Mientras preparaba el café, hizo algunas preguntas.
—¿Conoces bien a la señora que te ha enviado?
—¿Madanyán? Claro, trabajo en la casa.
—¿La casa? ¿Qué clase de casa?
—¿Usted va a ir y no lo sabe?
—No, no lo sé. Será la primera vez que vaya.
—Es… como un quilombo, pero fino, para viejos con plata.
—Ya. ¿Y te pagan bien?
—Sí. Y conozco gente importante: comisarios, políticos y eso.
—Entiendo. Ya está.
Reyles puso una taza de café sobre la mesa.
—Toma. Me voy a bañar… ¿Cómo te llamas?
—Pancho.
—¿Solo Pancho? ¿No tienes apellido?
—García.
Reyles no quiso ir más allá. Se bañó, se afeitó y se vistió. Pancho le miró con cierta sorpresa: no era habitual para él aquella indumentaria: todo de blanco, con solo la corbata, el cinturón y los zapatos negros, y el sombrero de Panamá, y un cuello del mismo material de la camisa.
—¿Sabes adónde vamos?
—A la calle Viamonte.
Reyles se paró ante el plano y sacó un lápiz rojo de la chaqueta.
—¿Viamonte y qué?
—Suipacha. Es acá nomás.
—Ya lo veo —y señaló el lugar.
En la casa de Madame Jeanne reinaba la agitación. Dos criadas se afanaban para dejar el parquet inmaculado. Habían recogido las alfombras y cerrado el piano. Escobas, bayetas y plumeros decoraban cada metro cuadrado. A pesar de las ventanas abiertas, el tufo del tabaco habano frío no había desaparecido: haría falta mucho aire y mucha colonia para acabar de ahuyentarlo. Juana esperaba a su visitante en una habitación interior, una salita con solo un sofá y una mesa baja con botellas y copas. Iba ligera de ropas, con un peinador de tul encima de un camisón negro de raso, muy ajustado. Reyles no se sentó.
—¿Sorprendido?, —preguntó ella.
—Hasta cierto punto. Tengo por costumbre esperar sorpresas. Y esta lo es. Como la otra noche, en casa de Ramón, apenas si te oí dos frases…
—Yo, primero, escucho.
—Y, por lo que parece, has oído algo interesante. En tu nota dices que quieres hablar. De negocios. Así: hablar, y de negocios. Separado.
—Hablemos. ¿Querés una copa?
—Coñac, gracias. De negocios. Te toca a ti.
—Estuve con Ramón. Y con Julio —empezó Juana—. Me gusta lo que pensás hacer. Y me alegra que entiendas cómo hay que hacerlo. Pero te olvidaste de un detalle… No importa, tengo la solución.
—¿Cuál es el detalle?, —preguntó Reyles.
—Juan Ruggiero. Ruggierito. El pibe de Barceló, nada menos… El patrón de Avellaneda. Pero yo lo tengo controlado. Viene por acá. Y es amigo de Gardel.
—¿Es importante ser amigo del tal Gardel?
—En este caso, sí. Porque Gardel es mi amante. Y tiene influencias en el partido conservador. Canta para ellos.
—Ya.
—Julio te pidió un veinte por ciento. Ramón no quiere ser socio, y te presta la plata, ¿no?
—Hmmm.
—Yo sí que quiero ser socia. Pongo quince mil pesos, y me encargo de Ruggierito. Vas a estar seguro por los dos lados: los radicales y los conservadores.
—Ya.
—¿Qué me decís de mi propuesta?
—¿Quieres acostarte conmigo?, —respondió Reyles.
Juana le miró, desconcertada, antes de echarse a reír.
—¿Es condición para el trato?, —averiguó, aún risueña.
—No. Aparte.
—Podría ser. ¿Por qué no?
—Te espero en mi casa esta noche. A las nueve. Así, tendremos todo el tiempo necesario para responder. Tú me respondes a mí, y yo a ti.
—No, no. Yo no puedo salir de acá por la noche, dejar la casa sola y mandarme mudar cuando vienen los clientes…
—A las nueve —repitió Reyles—. En mi casa.
—Antonio…
Él no se dejó atrapar por la voz de la mujer.
Encontró a Pancho en el salón principal, derrumbado en un sofá, con la mirada perdida.
—¿Tú sabes dónde está el comité de Ruggierito?, —le espetó Reyles.
—Sí —se sobresaltó el muchacho—. Todo el mundo lo sabe…
—Yo no.
—En la calle Pavón, en Avellaneda.
—¿Y dónde puedo encontrar un coche?
—¿Un automóvil?
Reyles lo consideró un instante.
—No. Mejor, una victoria.
—Acá enfrente, en la placita…
Aún oyó a Juana llamarle por su nombre cuando bajaba las escaleras.
Había dos vehículos esperando pasaje. Los cocheros, viejos ambos, dormitaban en los pescantes.
—¿Quién me lleva a Avellaneda?, —dijo.
—Él está primero —señaló uno.
—¿Está apurado?, —interrogó el que debía llevarle.
—No, al contrario, preferiría ir paseando. No conozco la ciudad, y quisiera ver un poco.
—¿Quiere subir acá, al lado mío?
Durante el viaje, el hombre le mostró la Avenida de Mayo, que él ya había recorrido, las iglesias, los cambios de barrio.
—Todavía no me dijo adonde va en Avellaneda.
—A la calle Pavón.
—¿A qué número?
—¿Ha oído hablar alguna vez de Ruggierito?
El cochero comentó la pregunta con una sonrisa.
—¿Usted no? Bueno, recién llega…
—Me han dicho que la casa en que me esperan está junto al comité de Ruggierito. Que basta con decir eso, que todos los cocheros saben ir.
—Todos. No se preocupe.
Después de aquello, el hombre no volvió a despegar los labios hasta el final del recorrido.
—Aquel es el comité, y aquella es la casa de al lado —se limitó a decir entonces.
—Gracias —dijo Reyles.
Pagó al cochero, bajó de la victoria, cruzó la calle y entró en el comité.