Frontera Sur
Capítulo 36
—En el noventa y seis. Escayola tenía quince años. Robó algo, no sé si dinero… Lo suficiente para ir a dar con sus huesos en un reformatorio, la mejor de todas las escuelas si un chico es rápido y duro, como parece que era él. Pero no te equivoques: nunca vivió de lo aprendido allí. Era demasiado perezoso para ser ladrón.
—¿Estuvo mucho tiempo preso?
—Tal vez un año, tal vez un año y medio. Digamos que cuando salió podía tener dieciséis o diecisiete años, pero aparentaba bastante más. Lo suficiente para que una mujer muy hecha y sin rufián se interesara por él. No sé el nombre, e imagino que nadie lo sabe a ciencia cierta, pero pongamos que se llamara Delia. De creer a mi abuelo Ramón, que decía que ella le doblaba en edad, debía de tener treinta y dos o treinta y cuatro años.
—¿Cómo se conocieron?
—Delia no estaba en un quilombo porque ese era territorio vedado a quienes no estuviesen ligados a alguna organización… Hacía la calle. Y un día se encontró con el chico y le escuchó su historia. Le dio dos pesos para que comiera y le compró tabaco. A la noche, durmió con él…
—Suena fácil.
—No le habrá sido difícil a Escayola. No decidía él. Le alcanzaba con dejarse querer. La mujer tiene que haber visto en él los rasgos esenciales del chulo criollo, descrito a Albert Londres, con desprecio, por los rufianes franceses. Escayola encajaba en el prototipo del «cafishio del café con leche».
—Un nombre sorprendente. ¿Cómo eran?
—Nombre no tan sorprendente si se tiene en cuenta que se empleaba también en La Habana y, con toda probabilidad, en Caracas. Eran tíos que pasaban el día entero en un bar, solos, sin consumir nada más que un café con leche. Gastaban poco y solían vivir de una única mujer. Atildados hasta la manía, les interesaba más la ropa que la comida y toleraban mal hasta el abrazo que pudiera arrugársela: con tal de no estropear la raya del pantalón, llegaban a pasar horas de pie. Y cuando se sentaban, no lo hacían sin limpiar antes, con un pañuelo inmaculado, el asiento.
—Locos casi inofensivos… ¿Por qué los franceses no les querían?
—Porque jamás compraban una mujer: las robaban. Esperaban turno en el quilombo como cualquier hijo de vecino. Visitaban a la misma dama una y otra vez. Un día, le llevaban pasteles, o flores.
—Las seducían…
—Y un día ellas se escapaban en su compañía… Rara vez lamentaban haberlo hecho, porque los criollos eran los mejores rufianes: económicos y divertidos: no exigían mucho dinero y jamás dejaban de sacarlas de paseo los domingos, con lo cual gastaban juntos buena parte de lo ganado en la semana.
—¿Y podían largarse con una mujer impunemente?
—Hubo muchos muertos en esa gesta, Clara. Los franceses no eran un modelo de caridad, y estaban exquisitamente organizados.
—Escayola tuvo suerte.
—No la necesitó: Delia le dio el problema resuelto. Más aún: ella misma resolvió su propio problema sin tragedia para nadie. Había reunido unos fondos: los usó para comprar otra mujer que trabajara y le dejara tiempo libre para su amante.
—Naturalmente, el comprador público ha de haber sido Escayola.
—Sin duda. Y fue entonces cuando hizo sus primeras relaciones en ese ambiente.
—¿Y cómo terminó esa parte del cuento?
—No sé si terminó. Delia habrá envejecido y la otra también. Y él, aun cuando tuvo cierto éxito propio, nunca pudo prescindir de las ayudas femeninas.
—Además, empezó a cantar tarde.
—No tan tarde como cabría pensar. En la época de Delia, encontró a Luis Vilarrubí, un payador de sus pagos, de Tacuarembó, y tomó clases con él en Montevideo. También tuvo cierta amistad con Arturo de Nava, al autor de una canción que Escayola popularizó enormemente muchos años más tarde: El carretero.
—Algo así como una formación académica…
—La que él necesitaba.]