Frontera Sur
40. La criada
Entonces empezó la niebla. O se fue insinuando. Ganando terreno.
David Viñas, Cuerpo a cuerpo
A finales del noventa y ocho, el año del desastre español, Germán Frisch regresó a la casa de Artes 63. Se sentía el hombre más fuerte del mundo, dueño no solo de sí mismo, sino también de sus deseos.
La obra reparadora concebida para iniciar una vida con Encarnación Rosas había sido abandonada por tristeza: cubos de pintura y de engrudo, brochas y papeles, ahora en desuso, aguardaban destino en los rincones. Frisch se deshizo de los muebles, metió en cajas libros y revistas, contrató pintores y albañiles, les dio instrucciones precisas y les dejó trabajar. Roque poseía parte de una mueblería, en sociedad con Espartaco Boecio, un ebanista italiano que se empeñó en construir con sus propias manos la mesa, la cama, el ropero, el armario, la biblioteca y las sillas necesarias para convertir el piso en un sitio habitable: en un alarde de modernidad, lo llenó de maderas claras y ángulos rectos.
Hubo fiesta de inauguración: Teresa, Roque y Ramón acudieron con su mejor ropa, y el anfitrión preparó sauerkraut y coció brazuelo de cerdo. Los invitados llevaron vino: tres botellas de tinto de Cuyo y una de ribeiro blanco comprada a precio de oro a un paisano.
—Lacón y repollo en vinagre —resumió Roque, entusiasmado con el plato—. ¿Cómo no se te ocurrió guisar este plato en los años que hace que nos conocemos? Es una prueba de la proximidad de nuestros orígenes. Ha de haber habido algún inmigrante gallego en Alemania. Lo que os falta es el vino.
—Puede —aceptó Frisch—. También es posible que los gallegos sean callados por miedo a que se les note el acento alemán. Esta hermandad en el chancho es llamativa.
La ricotta con nueces y miel servida como postre abrió la puerta al Mediterráneo. Frisch debía la sencillísima receta a Roque, que la había aprendido en Cataluña.
—Este sitio no se va a mantener limpio más de tres días —auguró Teresa —. Te vendría bien tener a alguien que lo acomodara, una o dos veces por semana.
—Es cierto. Buscaré. —Pondré un anuncio en el diario.
—Basta con un cartelito por acá, en la panadería o en el café.
—Como quieras.
—Tengo grappa fría —anunció Frisch.
—Orujo gallego hecho por italianos —comentó Roque—. Otra prueba de nuestra universalidad.
—O de la unidad de Europa —apuntó Frisch.
—Que incluye a Buenos Aires.
—Y a Montevideo.
—Es lo mismo.
Terminaron tomando café en la Esquina del Cisne.
En enero, Frisch escribió unas líneas con su dirección, pidiendo una mujer para la limpieza. Repitió el texto en cuatro hojas de papel y las hizo poner en los escaparates de tiendas cercanas.
Rosina Parisi apareció una semana más tarde.
Era baja, muy morena y de curvas rotundas. El leve vello que cubría su labio superior y las uñas descuidadas conmovieron a Frisch casi tanto como la pobreza de su ropa, que no alcanzaba a ocultar su hermosura.
—Cuatro pesos por día —ofreció.
—Es poco —respondió ella, con marcado acento italiano.
—¿Poco? Es una barbaridad.
—Es poco.
—¿Dónde vivís?, —averiguó él.
—En la calle Salta. En un conventillo.
—¿Tenes familia?
—No. Vine sola.
—¿Sola?
—Tengo un novio en Calabria. Va a venir.
—¿Hace mucho que llegaste?
—Seis meses. Ya no tengo más plata.
—¿Cuánto pagas por la pieza?
—Ocho pesos. Ya no tengo más plata.
—¿Comes todos los días?
—Todos, no. Ya no tengo más plata.
—No vuelvas a decirlo. Ya entendí que necesitas plata. No te vas a ir con las manos vacías. Con lo que pagas, me imagino que no tenés baño.
—No. Baño tampoco tengo.
—Podes bañarte acá. Hay agua caliente. La próxima vez, te traes la ropa limpia y te bañas.
—No tengo ropa limpia. No tengo ropa. La que llevo puesta. Ni ropa ni nada. No tengo nada.
—Está bien —concluyó Frisch, metiendo la mano en el bolsillo—. Anda a comprarte ropa, comida, jabón… lo que te haga falta.
Le dio treinta pesos.
—Usted está loco —dijo ella, cogiendo el dinero—. No me conoce y me da todo esto… Después me va a hacer trabajar un año seguido.
—No te preocupes. Del trabajo vamos a hablar luego.
—Cuatro pesos es poco.
—Vamos a hablar luego.
Cuando volvió, encontró a Frisch tocando el bandoneón: la puerta y la ventana abiertas y él sentado en medio, la camisa abierta. El calor era intolerable.
Él se detuvo al verla con los brazos llenos de paquetes.
—No me dijiste tu nombre —dijo.
—Usted tampoco.
—Me llamo Germán Frisch.
—Germán. Yo soy Rosina. Rosina Parisi.
—Entra. ¿Te compraste todo lo que necesitabas?
Rosina depositó sobre la mesa lo que había traído y empezó a rasgar los envoltorios. Primero, sacó un vestido de algodón y un par de zapatos planos.
—¿Le gustan?
—No están mal.
—Esto le va a gustar más.
Mostró otro par de zapatos, cerrados y con algo de tacón.
—Hmm —comentó Frisch.
Después, aparecieron los calzones, blancos, de seda.
—Eso sí —reconoció Frisch.
—Es lo más caro. Ya no tengo más plata.
—¿Y corpiños?
—No uso.
—¿Qué hay en ese paquete?
—Otro vestido. Ya no tengo más plata.
—Entendí. No tenés más plata. Ahora, si querés, podes bañarte.
Le enseñó el baño y retornó al bandoneón.
Ella salió media hora más tarde, envuelta en una toalla. Cogió una silla, la colocó delante de él y se sentó. Tenía el pelo mojado y la frente brillante.
Frisch dejó de tocar y le miró las manos y los pies. Puso a un lado el bandoneón y se levantó. En un cajón del armario encontró unas tijeras y una lima.
Rosina entendió y le dejó hacer. Cuando terminó de arreglarle las uñas de las manos, alejó unos centímetros la silla, le hizo levantar una pierna y la acomodó sobre sus muslos para recortar las de los pies.
—Usted quiere acostarse conmigo —dijo entonces Rosina.
—Sí —reconoció Frisch.
—Me prepara como un pavo para Navidad.
—No. Te preparo para la vida.
—Pero buscaba una sirvienta.
—Hay muchas.
—Yo le voy a limpiar la casa. Le debo un montón de plata. Pero no me obligue a acostarme con usted. No soy una puta. Y tengo un novio en Calabria que va a venir.
—Dame el otro pie. Yo no te voy a obligar a nada. No me debes nada y no tenés por qué limpiar la casa.
—Pero quiere acostarse conmigo.
—Eso no tiene la menor importancia. Por mucho que yo quiera, si no querés vos…
—¿Y me va a regalar treinta pesos?
—Puedo.
—Es rico.
—No. Pero puedo regalarte treinta pesos… Ya está —dijo, alzando la vista de su labor.
Antes de soltar el pie de Rosina, lo acarició, dibujó el tobillo con el índice y se inclinó a besar las puntas de los dedos. Después, la miró a los ojos.
—Yo también quiero acostarme con usted —confió ella—. Nadie me había hecho…, nadie me había cortado las uñas, ni me había besado los pies, ni me había regalado treinta pesos, ni nada. Pero no puedo.
Frisch se levantó y se sacudió el pantalón. Su erección era por demás evidente.
Rosina también dejó su asiento. Fue hacia la puerta entornada del piso y la cerró.
—No puedo —repitió, soltando la toalla que la cubría y dejándola caer al suelo—. Tengo un novio en Calabria que va a venir.
—Entonces, vestite —contestó Frisch, bajando la vista.
—Nadie me cortó las uñas. Nunca.
—Vestite.
Rosina se llevó una mano al sexo. —Si no me acuesto con usted, me muero —dijo. Mantuvo los ojos cerrados cuando Frisch la besó.
Al día siguiente, Frisch visitó a Teresa y le contó lo sucedido. Ella le escuchó en silencio.
—Se abre la puerta y aparece una mujer —dijo finalmente—. Es la segunda vez que te pasa. Como en los sueños. Como en las pesadillas. La primera no fue muy buena.
—Por eso me da miedo —respondió Frisch.
—Pero vos, a pesar de todo, no sos capaz de vivir solo. Sin mujer, quiero decir. Y esta te gusta.
—Mucho.
—¿La vas a llevar a vivir con vos?
—Pasó la noche conmigo. Y va a pasar la de hoy.
—En el peor de los casos, Germán, volvemos a ver a la Madre María — sonrió Teresa.
—Ya contaba con eso.