Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 39 de 92

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Frontera Sur

37. Niños muertos

 

 

Aborrecemos el pasado porque es la causa del presente; odiamos el presente porque no es otra cosa que la imitación, más intensa y feroz, del pasado.

El Perseguido, voz de los explotados, n.º 1, 1898

 

En marzo, fueron hallados en la Quema los restos de una niña recién nacida. En la Esquina del Cisne, Frisch, a pesar suyo, escuchó el primer fragmento de otra vana discusión entre parroquianos. Aun cuando el asunto de los bebés fuese la comidilla de toda la ciudad, tuvo la impresión de que la polémica, irritante y absurda como era, le perseguía personalmente.

—¡Qué barbaridad! —dijo uno—. ¡Otra criatura en la Quema!

—¿Vio?, —ratificó otro.

—Y la policía, durmiendo —se quejó un tercero.

—Yo no sería tan tajante, señores —intervino Oller.

—¿Con la policía?, —preguntó el que acababa de hablar.

—Con nada —generoso y taxativo, el inventor.

—¿A qué se refiere?, —quiso comprender el primero.

—A los crímenes mismos. ¿Quién puede asegurar que no sean obras de caridad? Yo no me atrevería a negarlo. A veces, la muerte es más piadosa que la miseria.

Es un boludo, pensó Frisch, y lo van a matar.

—Un padre desesperado…, —pretendió proseguir Oller.

—¡Escuche! —le interrumpió un joven delgado con un acento catalán aún más rotundo que el suyo—. Está usted diciendo tonterías, y como es evidente que somos compatriotas y a mí me importa mucho el buen nombre de mi gente, nombre que sus afirmaciones dejan por los suelos, le pido que justifique sus palabras o se desdiga de ellas. Esos crímenes son monstruosos.

—No puedo desdecirme de lo que creo —opuso el inventor—. Por lo demás, mis palabras se fundan en la realidad: los miserables no pueden resistir eternamente las injurias de la existencia. Y si uno de ellos resuelve ahorrárselas a sus hijos, está en su derecho.

—He visto casos, señor —confirmó el joven—. Pero por eso mismo sé que los padres que matan a sus hijos en tal estado de ánimo, suelen suicidarse inmediatamente después; y que nunca se deshacen de sus cuerpos, ni los mutilan, ni los arrojan a la basura.

—¡Justo! ¡Muy bien! —corearon varios.

Frisch dejó el dinero de su café sobre el mostrador y salió.

Vio pasar por Cuyo, hacia el oeste, a la familia italiana que vivía en la casa contigua a la suya. Hacía mucho que no se encontraba con ellos. Iban, como de costumbre, callados. El padre, con la cabeza gacha. La madre, con los ojos perdidos en el vacío. La menor de las hijas, que tiempo atrás le había atraído, no reservó su mirada: Frisch la sintió en la columna vertebral y la sostuvo con firmeza. Le alegró enterarse de que la vida seguía fluyendo por su cuerpo y de que la codicia carnal no había muerto en él, ahogada por la hostilidad de las circunstancias. No conocía el nombre de la muchacha, pero le agradeció el gesto.

Los meses corrieron a partir de entonces sobre una rutina piadosa y saludable. Sin Encarnación. Sin Mildred. Con un Ramón encerrado y pálido primero, hosco y reacio a la conversación, más tarde, apagado, triste y amable al final. Con un Roque casado, que parecía vivir en una continua felicidad, solo de tanto en tanto perturbada por el visible duelo de su hijo.

Agosto llegó como suele llegar en Buenos Aires: el cielo bajo, gris en el invierno, manifestaba los amaneceres en un espeso lila rojizo que, a lo largo del día, en series de chaparrones despiadados en los que el frío caía con el mismo rigor que el agua, iba virando hacia el azul y el negro.

A la hora del soterrado mediodía de una de esas penosas jornadas de resistencia a la primavera, alguien llamó con delicadeza a la puerta del piso de Frisch, quien, interrumpiendo la lectura en La Montaña de un artículo del joven José Ingenieros a propósito de la imprescindible revolución social, atendió.

No le sorprendió la presencia de la mujer rubia con la que tantas cosas se había dicho desde el silencio y la distancia: no la esperaba, no había soñado con ella, siempre la había creído imposible y, para no sufrir, la había apartado de sus ilusiones; pero al encontrarla allí, no dudó ni por un instante de la justa realización de un destino. Abrió, y ella entró.

Tampoco le desconcertó el hecho de que, apenas cerrada la puerta, la muchacha empezara a desabrocharse el vestido. No miró su cuerpo, ni sus manos: solo sus ojos: el deseo le sofocó: tragó saliva y se quitó la camisa.

—No tengo tiempo —susurró ella—. No tengo tiempo.

Se despojaron de toda la ropa. Temblaban al abrazarse.

—Tu nombre —pidió Frisch.

—Catalina —concedió ella.

Hicieron el amor con prisa y rabia.

—No debo gritar —dijo Catalina—. Pueden oírme.

Él ofreció a su boca el canto de la mano y ella mordió, mordió su propia voz en la carne del hombre, hasta hacerle sangre.

Catalina se vistió. Frisch, desnudo, sentado en el suelo, con las rodillas en el arco de sus brazos, la contempló mientras lo hacía.

—Sos muy joven —dijo.

—Tengo veinte años —respondió Catalina, arreglándose el pelo.

Los dos sonrieron.

—Asómate y mira si hay alguien en el pasillo —mandó ella.

Frisch obedeció.

—No hay nadie —prometió—. Podes salir.

Ella dio dos pasos y él la retuvo aún unos segundos.

—Me llamo Germán —le dijo.

Catalina regresó a las nueve de la mañana del día siguiente. Y al otro día, dos veces, por la tarde y por la noche. Y también al cuarto día, y al quinto. La escena se repetía sin cesar. Frisch dejó de salir. Bajaba al café en cuanto Catalina se iba, y volvía a subir en seguida para esperar. Roque le visitó al terminar la primera semana.

—Estoy atado, no soy capaz de pensar en otra cosa —explicó Frisch con tristeza.

—Mientras el cuerpo aguante —consideró Roque.

—El cuerpo, no sé. Pero lo que es… estoy caliente como un perro, acabo y solo quiero empezar de nuevo. Entonces, ella se va.

—Ya se te pasará. Todo se cura, Germán. Hasta el amor.

Roque se marchó, decidido a no estorbar la obsesión del alemán.

Así como había aparecido, Catalina desapareció de pronto, dejó de visitar a Frisch. Un día no acudió. Ni al siguiente, ni al otro. Ni al cuarto día. Él aguardaba, con la garganta cerrada, sentado cerca de la puerta, atento a los sonidos del corredor, olfateando el paso de las horas en los humos de las cocinas próximas. Aguardaba también por la noche, hasta que el silencio más completo le devolvía a la realidad. Tenía que masturbarse para alcanzar cierta serenidad y dormir un rato, nunca más allá del alba.

Teresa se presentó una mañana. Le impresionó ver a Frisch: tenía la tez gris y unas profundas ojeras violeta. Se quedó como paralizado en la puerta, mirándola con ojos desorbitados, sin saludarla ni invitarla a entrar.

—Teresa —dijo finalmente, con asombro.

—Acá huele a gato viejo —señaló ella.

Con mano suave, apartó a Frisch y se dirigió a la ventana. El aire frío dio al hombre conciencia de su desnudez: se miró el vientre.

—No te preocupes —disculpó Teresa—. No sos el primer hombre que veo así. Vestite, pero no por mí: porque te vas a resfriar. De paso, podrías darte un baño. ¿Tenes agua caliente?

—Sí.

—Y afeitate. Pareces un ciruja.

Mientras Frisch se bañaba, Teresa barrió, lavó vasos y platos con moho, quitó colillas y planchó una camisa.

Él lo hizo todo con minuciosidad e indiferencia.

—Ahora, mientras esto se ventila, llévame a una confitería. Quiero tomar chocolate —dijo Teresa con ternura—. Y no te pongas esos botines sin lustrar…

Fueron a Godet, en Cangallo y Artes: las mesas de mármol juraban limpieza y el chocolate era célebre.

—¿Qué te pasa, Germán?, —preguntó ella, alzando su taza.

—No sé, no sé qué me pasa.

—Algo sabes. Hay una mujer.

—Sí, eso sí. Roque te lo habrá contado.

—Me lo contó, pero quiero que me lo cuentes vos.

Frisch hizo un relato detallado de la historia.

—¿Y no podes ir a la casa y preguntar por ella?

—Me da miedo.

—¿A vos? ¿Miedo? No lo puedo creer.

—Ese taño, el padre…

—¿Es el padre? ¿Seguro?

—Siempre di por sentado que lo era…

—No importa… ¿Por qué te da miedo?

—¿Cómo carajo querés que lo sepa, Teresa? No es nada que tenga que ver con razones.

—Total: tres semanas de joda a todo trapo, y ahora no te atreves a ir a buscarla… —provocó Teresa.

—De joda, no… Fue intenso, pero triste. Siempre triste. ¿Dijiste tres semanas?

—Súmale otra, que es el tiempo que hace que desapareció: un mes en total.

—¡Por Dios! Tengo la sensación de que ha pasado un siglo.

—No. ¿Te acordás de la fecha exacta en que empezó todo?

—El miércoles 25 de agosto. Me di cuenta hoy, porque vi el diario de aquel día, el último: ni lo leí, ni compré ninguno más.

—¿Querés que te diga el futuro?

—¡Claro!

—Esa chica va a tener un hijo. A lo mejor me equivoco… difícil, pero a lo mejor me equivoco… Roque me enseñó hace poco que en Francia hubo un emperador que hacía muchas guerras y llevaba a los soldados muy lejos a pelear. Cuando volvían, encontraban a sus mujeres embarazadas o recién paridas. Podían haber tardado seis meses, ocho meses, un año, dos años… Muchos sospechaban que había trampa, pero no tenían manera de probarlo. El emperador, que no era nada burro, fue y les preguntó a los médicos cuánto duraba un embarazo. Nueve meses, le dijeron. ¿Justo? Justo. ¿Están seguros? Sí. Muy bien: vamos a hacer una ley que diga que un embarazo dura nueve meses, y que se sepa que quien dice que le ha durado menos, o más, miente.

—Ese fue Napoleón. ¿Y?

—Eso mismo, Napoleón. ¿Y…? Y… que te acuerdes de que dura lo que dura. Del 25 de agosto, nueve meses… —contó con los dedos—, el 25 de mayo. Va a tratar de engañarte, Germán, de convencerte de que el embarazo es tuyo…

—¿Qué embarazo?

—Esa chica…

—Catalina.

—Catalina está embarazada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque soy mujer.

—Muy bien, pongamos que está embarazada.

—No, no pongamos nada: está embarazada. De otro, de cualquiera. A vos no te gustará, pero es la pura verdad, Germán: vino a acostarse con vos porque está embarazada y el padre de la criatura se hizo humo. No vino por tus lindos ojos azules. Y vos no engendraste nada en ella.

Frisch apretó las mandíbulas: tiritaba.

—Es duro, ya sé. Pero es así —siguió Teresa—. Mejor que tengas las cuentas claras. Va a parir mucho antes del 25 de mayo.

—Teresa, ¿todavía soy un hombre… presentable?

—¿Presentable? Sos un hombre lindo, Germán, muy lindo. Uno de los tres hombres más lindos que conocí en mi vida. Pero eso no tiene nada que ver con los intereses de las mujeres…

Teresa se marchó dejando a Frisch en plena zozobra. Había entendido algo por primera vez, pero era demasiado doloroso para aceptarlo. Tornó a su encierro. Permanecía inmóvil durante largos periodos, con la vista clavada en la puerta. Solo de tanto en tanto bajaba a la calle a comprar tabaco y comía, con desgano, alguna fruta o un trozo de carne: tenía una bola de plomo en el estómago.

A finales de octubre, Ramón, firme y cordial, fue a verle. Para entonces, Frisch había perdido mucho peso. La casa estaba nuevamente llena de basura y su ropa necesitaba lavado.

—¿Para esto saliste del conventillo?, —le espetó Ramón—. Vos, que me enseñaste que el hombre era su dignidad, viviendo como una fiera mal enjaulada… Lo mismo daría que durmieras sobre un mesa en lo de Cassoulet.

—Estoy enfermo, Ramón. Me siento muy mal… Me parece que me voy a morir.

—No estás enfermo, Germán: estás ridículo. Hay que terminar de una vez con esta situación: te venís a vivir con nosotros. No hay que estar solo en los momentos difíciles.

—Como quieras.

En la casa de la calle Alsina, Frisch volvió a sentarse a la mesa y a bañarse cada día. Recuperó algunos kilos y el color de su cara mejoró. Antes de Navidad, Roque necesitó que alguien fuese a Montevideo y Ramón cedió el sitio a su amigo. Pero la angustia le apretaba el pecho con una garra de acero.

Recibió el año noventa y ocho con una borrachera salvaje.

A las tres de la mañana se derrumbó sobre el sofá de la biblioteca. Soñó con Ciriaco Maidana. El aparecido montaba un caballo blanco y se detenía en el corazón de una llanura ardiente, cubierta de vapor y de ceniza.

«¿Estás en el infierno?», preguntaba Frisch.

«No, esto no es el infierno», respondía Maidana. «Es el país de tu sueño. Vine a hablarte de lo que te dijo Teresa. Lo que dijo de Catalina y su hijo. Es verdad. Todo es verdad. Ese hijo no es tuyo. Es como si no fuera de nadie».

«¿Qué tengo que hacer?».

«Nada. Nada».

Frisch relató la experiencia a Roque.

—¿Cómo sabes que era Maidana?, —dudó Roque—. Tú, que yo recuerde, no le has visto nunca…

—Lo sé porque lo sé.

—Maidana no miente. Y no se deja ver porque sí.

A mediados de enero, Frisch fue a su casa. Quizá hubiese cartas, o algún mensaje de alguien. Eran las seis de la tarde. La portera, un brazo en jarra y el otro apoyado en la escoba con la que había barrido el zaguán, observaba algo.

—Ahí van —dijo al ver a Frisch, señalando algo con la cabeza.

Frisch había llegado andando desde el sur, hundido en pensamientos fantásticos, y la mujer indicaba el norte.

Vio las espaldas de sus vecinos: Catalina, su hermana y sus padres. ¿O no eran los padres?

—Las dos están embarazadas de nuevo —delató la portera.

—¿Embarazadas?

—Las chicas.

Frisch corrió tras el grupo familiar: en la esquina, les llevaba un buen trecho de ventaja. Entonces se detuvo y se volvió, para corroborar la información. Lo hizo sin pudor ni disimulo, de frente: los miró a todos a la cara, miró los vientres de las dos mujeres jóvenes y miró los ojos de Catalina, que no revelaron el menor reconocimiento. Les dejó pasar por su lado y regresó junto a la portera.

—¿Por qué dijo que estaban embarazadas de nuevo? ¿Lo habían estado antes? ¿Tienen hijos?

—Hijos, yo no vi. Pero embarazos, sí. Los darán a criar…

—Puede ser.

Subió al piso. Abrió las ventanas y se puso a apartar libros. Iba a llevarse algunos a la casa de Roque. Se entretuvo leyendo periódicos que habría de tirar. A las nueve, llamaron a la puerta. Reconoció el tacto de Catalina. Le abrió y ella entró. Estaba llena de un furia fría.

Frisch había imaginado muchas veces aquel reencuentro, poniendo en su ensueño ternura, lágrimas, deseo, y odio, y mentiras. Aquella misma tarde, ante la ostensible preñez de Catalina, había añadido el asco a la paleta de lo verosímil. Pero no había previsto lo que sentía ahora: miedo animal, pánico, empapándole hasta el último rincón de la piel.

—¿Por qué hiciste eso?, —preguntó ella.

—Me habían dicho…, —esbozó él.

—¿Vos te crees todo lo que te dicen?, —cortó Catalina.

—No. A vos te creí.

—Yo nunca te dije nada.

—Es cierto. Decir, nunca dijiste nada.

—¿Y entonces?

—Me equivoqué.

—Conmigo, te equivocas, seguro. Yo no pido ni prometo. Hubo lo que hubo, nada más.

—¿Y a qué viniste ahora?

—A sacarte de dudas. A que me toques la barriga y te convenzas.

—No hacía falta. Es igual.

—¿Ah, sí? ¿Es igual? ¿Y si es tuyo?

Nunca supo Frisch en qué profundidades de su ser había hallado las fuerzas necesarias para dar la respuesta que dio, pero sí supo que era la respuesta adecuada, la senda de la salvación.

—No es mío —dijo.

—No sabes. Yo no sé.

—Sabes que no es mío —insistió—. Va a nacer mucho antes del 25 de mayo. A lo mejor, en abril.

Calló. No hubiese podido pronunciar una sola palabra más: la voz le había abandonado.

—Sos un hijo de puta —casi murmuró Catalina—. Esto te va a costar caro.

Fue su despedida. Cuando se quedó solo, Frisch fue al ropero y sacó una botella de ginebra. La noche era intolerablemente cálida, pero él estaba helado hasta los huesos. Bebió un buen cuarto de litro de alcohol sin apartar el gollete de los labios y encendió un cigarrillo.

—Aaaaa… —dijo, para confirmar el poder de su garganta—. ¿Quién carajo será esta mujer que me deja mudo?

El tiempo le dio algunas explicaciones, pero jamás escuchó de nadie el nombre que temía. Él era un socialista, un positivista convencido, y no podía permitirse identificar al maligno: en vano esperó durante el resto de su vida que alguien lo hiciera por él.

El 6 de mayo, se recibió en la casa de Roque la inesperada visita del comisario Marquina.

—Quisiera conversar con usted en privado, Germán —dijo, después de saludar a todos.

—Vamos a la sala, comisario.

Teresa les llevó una botella de vino tinto.

—Tengo entre manos un asunto importantísimo. ¿Sabe, Germán, que me retiro a fin de año? Confío en que sea el general Roca en persona quien me condecore.

—Cada uno con sus ideales —sonrió Frisch.

—No ignoro que usted es socialista… Pero no se preocupe, no vine por eso. Nunca voy a venir por eso.

—¿Y por qué vino?

—¿Conoce los nombres de Catalina y Clara Nicola? ¿Le sugieren algo?

La mención de Catalina puso a Frisch alerta.

—No —mintió.

—La portera de su casa dice que las conoce. Dos hermanas, rubias, bastante lindas…

—¿Las vecinas, las de Artes 65?

—Justamente.

—No sabía cómo se llamaban.

—Pero las vio hace un tiempo.

—Sí, las veo cada tanto.

—¿Y no notó nada especial últimamente?

—Como no se refiera al hecho de que estuvieran embarazadas… Dos hermanas a la vez…

—No me diga más, Germán… Me basta con ese dato.

—¿Por qué?

—En confianza… No vaya a contarle esto a nadie, por favor…

—Se lo puedo jurar, comisario: no saldrá de estas cuatro paredes.

—¿Oyó hablar de los bebés de la Quema?

La garra de acero que desde hacía meses oprimía el pecho de Frisch bajó hasta su vientre y se movió en él, cortando, quemando, ahogando.

—Sí —roncó.

—Ayer encontraron otro. Sin cabeza. Salió en el diario de hoy. La portera lo leyó. Su portera. Y vino a vernos. Es una mujer observadora. Nos explicó que esas chicas estaban embarazadas. Y que dejaron de estar embarazadas hace unos días. Y que no hay ningún recién nacido que lo justifique.

Frisch sirvió vino con mano vacilante.

—Pero eso no es todo —siguió Marquina.

—¿No?, —susurró Frisch.

—No. La mujer hizo sus cuentas. Hubo embarazos anteriores. Tampoco hubo bebés. Y las fechas, al parecer, coinciden con las de los hallazgos anteriores.

—¡Dios mío!

—Vamos a entrar en la casa esta tarde. ¿Le gustaría venir?

—Ni se le ocurra.

Frisch no soportó el protocolo de las despedidas: algo se revolvía en su interior: en el baño, vomitó el vino y una sustancia amarga y espesa que jamás había percibido en la composición de su cuerpo.

Roque esperó a que Marquina se fuera para auxiliarle. Le encontró de rodillas ante la taza, curvado por contracciones incontrolables.

La mezcla de belladona, beleño y láudano, proporcionada en su día por el doctor Melián como bálsamo para la pena, obró milagros.