Frontera Sur
12. Un cuerpo inconveniente
¿No te da tristeza? Bueno, a mí no sé qué me da…
Evaristo Carriego, Los viejos se van
La sombra escandalosa de Ciriaco Maidana atravesó la puerta antes de que los nudillos discretos del negro Juan Manuel la golpearan. Roque y Piera fueron arrancados al sueño por la urgencia del agitado espectro. Apenas unos segundos más tarde, el sirviente multiplicó la alarma.
—¿Qué coño pasa?, —preguntó Roque, confundido.
—Un momento, Juan Manuel —decidió Piera—. Habla, Maidana.
—Hay que ayudar —dijo el fantasma.
—¿A quién?
—A un hombre muy importante que llegó hasta aquí con otro hombre muy importante. El segundo hombre importante pasó a mejor vida en los brazos de una dama.
—Sabrás tú si es mejor vida —protestó Roque.
—Es un decir —consideró el compadrito.
Se vistieron a toda prisa e hicieron entrar al negro.
—El señor Rosas les dirá cómo están las cosas —solemne, Maidana.
—¿Quién es el señor Rosas?, —preguntó Roque, desconcertado.
—Yo —respondió Juan Manuel, con orgullo—. Mi padre fue liberto del Restaurador. ¿Le parece mal que un negro tenga tanto nombre?
—No. Si a su padre le parece bien…
—A él ya no le parece nada, porque lo mataron en el Paraguay.
—¡Basta de estupideces! —gritó Piera.
—Con la dispensa de la señora, para mí son cosas serias.
—Está bien, está bien. Ahora, decí quién se murió —reclamó ella, deteniendo la discusión con un gesto. Estaba sentada en una banqueta de mimbre, cubierta con un peinador negro, en medio de la habitación. Roque miró su pelo suelto y pensó que era lo más bello que había visto en mucho tiempo.
—El senador Huertas.
—¡Puta madre! ¡Justo ese!
—Lo siento, señora. Se le quedó en la cama a mi hermana.
—¿Hace mucho?
—Un momento, nada más.
—¡Qué desastre!
—Un amigo del senador dice que se puede arreglar todo, si alguien le da una mano para llevárselo.
—¡Envuelto en papel de seda, si hace falta!
—¿Vamos a verles?, —sugirió Roque.
—El muerto está bien —aclaró Rosas—. Presentable, quiero decir. Ella estaba encima. Lo dejó así, boca arriba.
Fueron en grupo al lugar en que les esperaba el amigo del senador.
El cadáver, en efecto, yacía boca arriba en la cama revuelta.
La muchacha, en bata, seguía allí. Roque reconoció en ella a la mulata a la que había oído cantar.
Un hombre rubio, vestido con elegancia y demasiado perfumado, hacía denodados esfuerzos por calzar al finado.
—No desespere —dijo Roque, a modo de saludo—. Lo haremos entre todos. ¿Se ha puesto duro?
—Todavía no —contestó el otro, empeñándose en meter un pie en su zapato.
—Hemos de apresurarnos. Rosas, la camisa —ordenó, cogiendo las manos del cadáver y sentándolo.
El negro sostuvo el cuerpo mientras él pasaba una manga. Después le cubrieron la espalda, sujetándole los brazos. Por último, forzaron la entrada de la otra manga.
—Ahora, la chaqueta. La corbata, al final.
Tardaron unos quince minutos en vestirlo completamente.
Roque se sentó en el suelo, a los pies de la cama, sudando, y pidió un cigarro. El rubio se lo dio y se lo encendió con cerillas inglesas.
Piera lo observaba todo de lejos, sin decir una palabra.
—¿Qué podemos hacer por usted?, —preguntó Roque.
—Tengo que llevármelo. No puede morirse acá.
—Se murió acá.
—Pero no es digno.
—Comprendo. Es un prócer.
—Precisamente. Y tiene una casa afuera. Una quinta. Lejos. Un poco más allá de San José de Flores. En esta época del año, no hay nadie.
—¿Cómo piensa explicar su presencia allí?
—Una reunión política. Tendré testigos. A la mujer, le bastará esa historia.
—Pero a usted no le bastará con convencer a la mujer.
—Sí. El resto lo hará ella.
—¿Cómo llegaron hasta aquí?
—En un cabriolé. Está en el jardín, pero, como comprenderá, con un vehículo así no puedo sacarlo. Si lo siento conmigo, se cae.
—Muy bien —dijo Roque, incorporándose—. ¿Qué hora es?
El otro sacó un reloj de oro macizo del bolsillo del chaleco. Lo abrió y escrutó su interior con el ceño fruncido.
—Las cinco —informó.
—A las siete será noche cerrada. Prepárese. Vendré a buscarles.
—¿También a mí? Es a Huertas al que hay que transportar.
—Usted es el único que sabe adónde vamos —cortante, al rubio—. ¿Hay un caballo en la casa?, —confiado, a Piera.
—Claro.
Juan Manuel abrió la marcha hacia lo que su dueña llamaba el salón privado: un pequeño comedor, con una ventana al jardín, en que una mesa de roble con mantel de encaje blanco y unas sólidas sillas a juego daban un tono neutro, imprescindible en las grandes ocasiones. El finado y su compinche se quedaron solos.
Bajo la ventana, había un aparador lacado. Piera sacó copas y una botella de ginebra.
—No me gusta nada —dijo Maidana.
—¿Cómo te va a gustar?, —ratificó Roque, vaciando su copa de golpe y volviendo a llenarla—. Huele a mierda, se mire por donde se mire. Pero no te preocupes. Lo vamos a arreglar. Si Piera lo necesita.
—Lo necesito. Si llamo a la policía, se me vacía la casa. Y para siempre. Hay que sacar el fiambre sin que nadie se entere.
—En ese caso, lo sacaremos. Si me haces un favor… Sírvele a ese joven una taza de tila con un poco de ginebra y otro poco de láudano… Imagino que tendrás. En este negocio, lo necesitarás. Me gustaría encontrarle dormido.
—¿Qué vas a hacer, Roque?, —quiso saber Piera.
—Aún no lo tengo claro. ¿Dónde está el caballo?
—Juan Manuel te acompañará.
La cuadra ocupaba la mitad de la trasera del edificio. Había sitio para tres animales, pero solo tenían dos: lo justo para mover la berlina en que solía desplazarse Piera.
—Es bonita mi hermana —dijo Rosas mientras iban hacia allí.
—Mucho —aceptó Roque—. De paso, ¿cómo se llama?
—Encarnación. Pero todos le dicen Tita.
—Dile que no se vista ni se componga. Quiero que conserve el mismo aspecto que tenía en el momento del… accidente.
—¿Le gusta así…?
Roque tardó en entender lo que el moreno proponía. Cuando alcanzó el sentido de sus palabras, decidió pasarlas por alto.
—Puede…, —rumió.
En las dos horas siguientes, Roque hizo más de lo que cabe imaginar si se atiende a las velocidades de entonces.
Salido que hubo de lo de Piera, enfiló hacia el sur, en procura de los Corrales Viejos. A las cinco y media, entró en el patio de carruajes adoquinado de una casa de la que, con el tiempo, sería la calle Urquiza. Ató el caballo a un palenque, y no le hizo falta llamar: un hombre salió a ver quién había llegado.
El individuo aparentaba más edad de la que tenía. Sus ojos huidizos revelaban temor y codicia. Roque apartó la vista de su camisa oscura y sus pantalones sucios, cuyos bajos caían sobre las alpargatas gastadas. Ocultaba el conjunto bajo un mandil.
—Roque —se desconcertó.
—¿Cómo estás, Severino?
—Como siempre. Sin dinero. Lo último que me dejaste se me fue en química. Nitrato de plata y esas cosas.
—Querrás ganar cincuenta pesos.
—No es mucho, pero…
—Ochenta. Quiero un trabajo bien hecho.
—Pasa, Roque. Así, conversamos. Tengo un poco de ginebra.
—Déjalo. Prepara todas tus cosas. Vendré a buscarte en una hora, y no puedo perder tiempo.
—¿Es… difícil?
—Tal vez lo sea. Hay dos clientes. Uno muerto.
—Ese es fácil.
—El otro está vivo y quizá no le siente bien tu presencia. Pero no todo puede ser un camino de rosas en esta vida, ¿no?
—No.
—El sitio es… oscuro.
—No importa.
Una hora más tarde, Roque estaba de regreso. Había ido al corralón, había enganchado su caballo al carro y estaba de regreso. Severino le esperaba fuera. Había cambiado el mandil por una chaqueta. Llevaba sombrero. Roque le ayudó a cargar sus trebejos en el carro y taparlos con una lona, la misma que después taparía el cuerpo del difunto senador Huertas.
El negro Rosas mantenía abierto el portón. Lo cerró en cuanto Roque entró en el jardín. El carro debía quedar fuera del alcance de miradas indiscretas. Fueron hacia la parte posterior del edificio.
—Supongo que no hay una sola salida —averiguó Roque.
—Hay otra —sonrió Juan Manuel—. Ahí —señaló una puerta pequeña, inmediata a la cuadra—. No nos va a ver nadie.
—Estupendo. Ayuda a mi amigo Severino a subir sus trastos sin que se os vea ni se os oiga.
Les dejó solos.
En el salón privado le esperaban Piera, Maidana y la mulata Tita.
—Ya está —anunció, una vez sentado—. ¿Cómo se encuentra nuestro amigo, el rubio?
—Hace un momento, dormía —comunicó Piera.
—¿Dónde?
—En el sillón, al lado de la cama.
—Perfecto. Que siga así. ¿Hay clientes?
—Abajo.
—Nadie debe pasar por el corredor en media hora.
—Iré a avisar a las chicas —dijo Tita.
—Tú te quedas aquí. Que vaya Piera.
Vieron asomar la cabeza del negro.
—Está listo —hizo saber.
Roque fue a indicar a Severino dónde debía instalar el trípode.
—Habrás de hacer la fotografía desde aquí, en el momento en que yo abra la puerta. Que salga toda la habitación. Dos placas, mejor que una, pero si el tío se despierta con el fogonazo, coge la que hayas hecho y lárgate.
Antes de continuar, Roque inspeccionó el cuarto. El hombre dormía profundamente, con la cabeza caída sobre el pecho. Con un gesto, invitó al fotógrafo a mirar lo que iba a registrar.
—Está bien —susurró Severino—. Saldrá.
Piera fue a buscar a la mulata.
—Desnúdate del todo —le ordenó Roque—. Tienes que ir a sentarte en la almohada, entre el muerto y el otro. Que se te vea bien.
La muchacha entregó la bata a Piera y se deslizó en la habitación.
Severino pegó el objetivo a la puerta. Con la cabeza y los hombros perdidos dentro de la manga, dio los últimos toques.
Después, preparó dos cargas de magnesio. En dos soportes, para mayor seguridad. Entregó uno a Piera.
—Ya —dijo, con la perilla en una mano y el disparador de luz en la otra.
Roque abrió la puerta completamente.
El fugaz y violento resplandor deslumbró a la mulata, pero no hizo mella en el rubio.
—La segunda, rápido —susurró Roque.
Severino cambió la placa y repitió la operación.
El rubio se removió en su asiento.
Roque entró en la habitación y la cerró.
Esperó unos minutos. Cuando cesaron los movimientos en el corredor, hizo salir a Tita y se acercó al durmiente. Le puso una mano en el hombro y lo sacudió.
—Oiga, amigo —dijo con dureza.
—¿Sí?, —abrió los ojos el otro.
—¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien?
—Sí, claro —el rubio se despejó la garganta—. Me quedé dormido, nada más.
—Lávese la cara en esa palangana y acomódese la ropa, porque nos marchamos dentro de nada.
Le dejó peinándose y mirándose las ojeras en el espejo.
No volvió hasta que las fotografías estuvieron reveladas.