Frontera Sur
56. El adiós
Me fui, como quien se desangra.
Ricardo Guiraldes, Don Segundo Sombra
Barracas al Sur, la Boca, Avellaneda: los músicos de tango debían pasar por esos barrios: en ellos se acumulaban los cafés, los prostíbulos, los locales indefinibles: aunque ya había iniciado su ascenso en la escala social, ese cantar lánguido seguía creciendo, sobre todo, en las orillas de la ciudad. En La Buseca, de Pedro Codebó, solían actuar Arolas, en trío con el violinista Monelos y el guitarrista Emilio Fernández, y «el alemán» Arturo Bernstein, nacido en Brasil. En el Café de Ferro, de la Avenida Mitre, sonaban el bandoneón de Carlos Marcucci y la guitarra de Riverol. También quien quisiera oír debía ir a esos sitios, o a Montes de Oca y Saavedra, o al Bar Tropezón, antros humosos con habitaciones en la trasera o en la planta alta, o con damas cordiales dispuestas a marcharse con el primero que se lo pidiera y pudiera pagarle. Germán Frisch hacía dúo con Liske Rosen, en homenaje a la fidelidad y la atención de los espectadores, en un café de Avellaneda, bautizado por sus parroquianos con el peregrino nombre de El Odio.
Ninguno de los músicos de categoría que animaban esos escenarios dependía de esa actividad para su subsistencia. Arolas, quien, a sus muy brillantes dieciocho años, encontrándose en la cumbre de su celebridad, vivía del cuerpo de unas cuantas esclavas, sostenía la romántica idea de que «con el arte no se gana plata: para eso, hay que tener un oficio». En cuanto a Frisch, hacía décadas que no necesitaba para nada los pocos pesos que podía darle el bandoneón.
En El Odio había mesas, una tarima para los oficiantes, unas pocas mujeres, de función imprecisa, y una pista de baile que rara vez se utilizaba. Una cortina roja raída, en un extremo del mostrador, separaba esa zona visible de otra, invisible, en que ejercía un par de pupilas y se alquilaban camas a quien prefiriera entrar acompañado. Era un lugar triste, pero los músicos se sentían bien recibidos: el público sabía guardar un respetuoso silencio.
A mediados del año trece, Juan Ruggiero dio un paso decisivo en su camino hacia las alturas. Era uno, el menos importante, de los tres hombres que acompañaban a Enrique Barceló, hermano del caudillo, en su ronda semanal por los burdeles de los que era propietario. Nadie le había tenido en cuenta hasta la noche en que alguien intentó asesinar al familiar del prócer. Los otros, los verdaderos guardaespaldas, los profesionales reconocidos, se echaron al suelo tan pronto como sonaron los primeros disparos. Él, no. Él cubrió con su cuerpo el cuerpo de su jefe, le empujó hacia un zaguán y, cuando le supo protegido, regresó a la acera y, de pie, de frente, abrió fuego contra los atacantes: mató a uno y los demás escaparon. Un mes más tarde, don Alberto, el patrón, le confió el manejo de un comité.
Ruggierito se dejaba caer de tanto en tanto por El Odio. Tenía por costumbre citarse allí con el Gallego Julio, que seguía siendo su amigo, pero recorría una ruta diferente, al servicio de los radicales. Las circunstancias aún no les habían apartado del todo.
Había pasado mucho tiempo desde que el azar les reuniera con ellos en la calle Victoria, pero ni Ramón ni Frisch habían olvidado a los dos muchachos. Periódicamente, recibían su visita, o alguna noticia de sus singulares hazañas. Habiéndose reencontrado en El Odio, conocieron por su protagonista los pormenores del gran momento de Juan Ruggiero.
Una noche de primavera, el pescador italiano Venancio Giglio entró, por primera y única vez, en el local. Quienes supieron lo que allí ocurrió, coincidieron en que el final hubiese sido peor, aún más triste, sin la presencia del Gallego Julio.
Frisch y Rosen estaban en el escenario cuando Giglio pasó como alma que lleva el diablo hacia el mostrador. Nadie le conocía, y la prisa con que se lanzó sobre la cortina roja que resguardaba la intimidad del comercio de trastienda llamó la atención. Al cabo de unos segundos, se oyeron gritos femeninos y voces de varones contrariados en el interior: el recién llegado había abierto las puertas de las cuatro habitaciones, para dar solo en la última con la persona a la que buscaba: Lucila Pía, negra, espléndida, deseada: una mujer que no podía tener dueño. Había un hombre con ella: al ver el revólver del italiano, buscó refugio detrás de la cama.
—Tapate y vení —conminó Giglio a la mujer, que alargó una mano en procura de su vestido—; con la sábana.
—Espera —dijo ella—. Eso es salir desnuda.
—Qué importa si te ven unos cuantos más. Después, no vas a poder, así que…
La tomó de la mano y empezó a tirar de ella. Lucila Pía se resistió al principio, pero no tardó en ceder. Siguió a Giglio a la carrera hasta el exterior. Allí, todas las miradas confluyeron sobre ella y sintió vergüenza: no por su desnudez, que era capaz de exhibir con orgullo, sino por la humillación que implicaba el someterse así a la voluntad de un macho. Se aferró primero a la cortina, pero el italiano no la soltaba y tuvo que dar otro paso. Cerró las manos y las uñas en torno a la barra de madera que rodeaba el mostrador de estaño. Giglio le golpeó los dedos con la culata del arma. Entonces, Lucila se dejó caer al suelo, junto al estrado de los músicos.
Los parroquianos retrocedieron, disponiéndose en semicírculo, tan cobardes como curiosos.
El Gallego Julio se había puesto de pie y observaba el desarrollo de los acontecimientos en primera fila, con la mano derecha dentro de la chaqueta, dispuesto a sacar su propia arma. Liske Rosen, desconcertado, aguardaba, sin soltar su violín. Germán Frisch había dejado el bandoneón en el suelo, junto a la silla baja en que se sentaba: la pareja avanzaba hacia él. En el suelo, Lucila Pía intentó zafarse de Giglio moviéndose a gatas. El hombre se echó sobre ella cuando se encontraba a dos pasos de Frisch.
Tal vez, de haber sido blanca la mujer, el alemán hubiese medido mejor su actuación: pero allí, sobre el piso de baldosas sucias, entre restos inmundos y colillas, vio tendida a Encarnación Rosas en toda su miseria. Al sujetar a Giglio por el pelo, obligándole a abandonar a su víctima y volverse hacia él, se enfrentó a la reencarnación de Celestino Expósito, el Bruto.
Venancio Giglio soltó su presa y, con una mueca fiera, alzó la mano armada y apuntó a Frisch. El disparo de Julio Valea, el Gallego Julio, hubiese podido ser providencial: acabó con la existencia de Giglio, pero no logró impedir que el italiano apretase el gatillo.
Lucila Pía, desnuda y llorosa, quedó atrapada bajo los cuerpos sin vida de los dos hombres. Julio se metió el revólver en el cinturón y fue hacia el montón: desplazó los cadáveres para que la mujer pudiese salir.
Ella corrió hacia la rebotica, cubriéndose los pechos. Pasó al otro lado de la cortina y desapareció para siempre.
Liske Rosen se había sentado en el borde de la tarima y lloraba.
En El Odio solo quedaban dos parroquianos y el mozo que servía las mesas. El Gallego Julio los miró y sacó unos billetes del bolsillo.
—Necesito gente… —dijo—. Cinco pesos para cada uno si sacan a este hombre de aquí y lo ponen en mi coche, que está en la puerta.
El dependiente se quedó detrás del mostrador. Los otros levantaron el cuerpo de Frisch y lo llevaron fuera.
Julio y Rosen les siguieron.
—¿Y el otro?, —preguntó el mozo entonces, señalando a Giglio.
Julio Valea se volvió a medias y miró con desprecio el cadáver del italiano.
—Llama al basurero —dijo, y siguió andando.
Los que cargaban a Frisch se encontraban ya junto al automóvil, un Ford negro, el único que había a la vista.
—¿Dónde lo ponemos?
—Sentado, atrás. Usted —dirigiéndose a Rosen—, póngase adelante.
Rodeó el vehículo para instalarse ante el volante.
—Vos —convocó a uno de los que habían ayudado—, toma, un peso… Pone el motor en marcha.
—¿Y la manija?
—Está puesta. Hacelo arrancar y dámela.
Fueron por Avenida Mitre en dirección al norte.
—¿Qué piensa hacer?, —averiguó Rosen.
—Llevarlo a su casa —dijo Julio—. A la calle Alsina.
Hicieron todo el camino sin cambiar una palabra.
Era tarde. La puerta estaba cerrada. Julio Valea paró el motor y se bajó del coche. Los golpes del llamador fueron oídos desde muy lejos.
Abrió Ramón, pero detrás de él estaba Teresa, cerrándose la bata.
El Gallego Julio no era hombre de preámbulos.
—Tengo a Germán en el coche —dijo—. Le pegaron un tiro.
—¿Está…?, —esbozó Ramón.
—Sí, está muerto. Ayúdame.
Lo pusieron en su cama, boca arriba. Teresa terminó de cerrarle los ojos, apenas entornados.
—¿Quién fue?, —preguntó Ramón, quitándole el único zapato que, en la muerte, había conservado.
—No sé cómo se llamaba, y tampoco me interesa —respondió Julio—. Lo liquidé, si es eso lo que querés saber. Si lo hubiera liquidado un segundo antes, Germán estaría vivo. Pero así fueron las cosas… Ahora, sácale la ropa y limpiale la sangre. De los trámites me voy a ocupar yo, con la colaboración del señor Rosen. Acordate: se murió en la cama, del corazón.
—De acuerdo.
El Gallego Julio y Liske Rosen se marcharon.
Teresa estaba a los pies de la cama, mirando a Frisch.
—¡Qué hombre tan lindo! —dijo, cuando se quedaron a solas—. Uno de los tres hombres más lindos que conocí. ¡Y mira que conocí hombres! ¡Lástima…!
—¿Por qué no te casaste con él cuando murió papá?
Teresa no contestó.
—Esto lo cambia todo, ¿no?, —sugirió, en cambio, contemplando con ternura a Ramón—. ¿Qué vas a hacer ahora?, —fue hasta él, que se había sentado en una silla, junto a la cama, y le acarició la cabeza. Nunca le había mirado así.
—¿Cuántos años tenés, Teresa?, —quiso saber él.
—¡Muchos! Calcula: hace treinta y dos que conocí a Roque, y ya era una señora de más de veinticinco… Cerca de los sesenta —estimó, con coquetería —. Pero estoy de buen ver —sonrió—. ¿Y vos?
—Hace treinta y nueve que conocí a Roque. Y hace treinta y tres, a Germán —dijo, señalando la cama.
—Somos grandes los dos —apuntó Teresa.
—Y estamos solos.
Ella le cogió la mano.
—Vení —dijo: lo mismo que había dicho treinta y dos años atrás al padre del hombre que ahora la acompañaría hacia el desorden cálido de su habitación.
Ramón la siguió.
Teresa cerró la puerta del dormitorio y se quitó la bata.
No llevaba otra cosa que una fina cadena con un crucifijo.
—Estoy de buen ver —repitió, esta vez sin sonreír.
Ramón asintió.
—Desnúdate, por favor —pidió Teresa—. Estamos solos… Necesito hacer el amor, y no podría hacerlo con ningún otro hombre. Es… una cuestión de familia —las lágrimas resbalaban por su rostro: no vio cómo Ramón se deshacía de la ropa, observando las mismas ceremonias para conjurar el ridículo que, treinta y dos años atrás, había observado su padre—. Estamos solos, Ramón, querido. No tenemos cuentas pendientes con nadie…
Tembló al sentir las manos de Ramón en su cintura, la lengua que limpiaba de llanto sus mejillas. Fuera de aquel recinto, fuera de aquel abrazo, estaba la muerte. Él también lo sabía.
Se separaron al oír a Julio Valea y a Liske Rosen moviéndose por la casa, dos horas más tarde.
—Te conozco, Ramón —dijo Teresa, pasando los dedos dulcemente por los labios de él—. Vas a llorar y a morirte cuando volvamos del cementerio. Yo también. Es mejor que estemos juntos… Pero yo sé que no podes ser mi amante por mucho tiempo. Vas a encontrar a alguien, tenés que tener hijos. Contá conmigo para…
—Teresa —la interrumpió él—. No digas nada más ahora… Vamos a hacer lo que hay que hacer. Después…
—¿Después qué?
—Nos vamos a España.
Ella se quitó la cadena y la cruz del cuello, y se las puso a él.
—Era de Ciriaco Maidana —dijo—. Es tuya.