Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 36 de 92

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Frontera Sur

34. El precio de las cosas

 

 

Luego es ceniza y sórdida alborada, el derrotado sueño, el pozo herido de una sola cabeza en una almohada.

Julio Cortázar, El simulacro

 

Frisch no estaba en Artes 63. Roque encontró brochas y potes de pintura y paredes a medio reparar, y el agua para el mate todavía caliente. Fue a buscarle a la Esquina del Cisne.

—¡Un corazón a la derecha! —anunciaba un parroquiano asombrado en el momento en que entró Roque.

—¿Dónde?, —preguntó otro.

—Acá, viejo, acá —aclaró el primero—. Está en el diario. ¿Y sabe dónde lo encontraron? En el fiambre de un preso, el médico que hace las antosias en la cárcel de Las Heras.

—Las autopsias —corrigió un tercero.

—Eso.

De una mesa de junto a la pared se levantó Oller.

—Propongo un brindis —dijo, levantando su copa—. Por el corazón de la penitenciaría. Un país no es un país si no tiene un corazón a la derecha.

Roque fue hacia el mostrador sin hacer caso de nadie. Ahí estaba su amigo.

Le miró de lejos con ternura: Frisch, abstraído, los codos en la barra, los hombros alzados, un pie cruzado sobre el otro, un cigarrillo apagado entre los dedos, bebía. Con aquella ropa manchada de pintor, el pelo rubio rumbo al gris, parecía cansado y hasta viejo.

Roque le dio una palmada leve en la espalda.

—Buenas tardes —dijo.

—Buenas —respondió Frisch, sin volverse, estudiando el rostro de Roque, enmarcado por una botella de vino y una de grappa, en el espejo del otro lado del mostrador.

Habían pasado muchas horas conversando así, juntos, observándose en los espejos de los cafés.

Roque pidió ginebra. Dos copas.

—Germán —dijo—. Ha sucedido algo.

—¿Bueno o malo?

—Malo.

—¿Con muerte o sin muerte?

—Con muerte.

—¿A quién de los dos le toca?

—A ti.

Solo entonces Germán Frisch se giró. Roque hizo lo mismo. Quedaron frente a frente, los ojos en los ojos.

Frisch puso las manos sobre los hombros de Roque.

—¿Encarnación?

Roque comprendió que, si bajaba la vista, el alemán se derrumbaría. Sostuvo la mirada.

—Sí —dijo.

Frisch volvió a pegarse a la barra. Tragó su ginebra y pidió otra. Roque esperó por él en el espejo durante el larguísimo rato en que permaneció callado. Finalmente, alzó la cabeza, regresó.

—Está bien —se sometió—. Cómo fue.

—La asesinaron.

—¿Un cliente?

—Hacía mucho que no recibía clientes, Germán. Tú deberías saberlo.

—Lo sé. Pregunté por preguntar.

—Fue el Bruto.

La mano de Frisch se descargó con furia sobre la mesada de estaño, haciendo saltar copas y jarras, e imponiendo silencio a los presentes.

—¡Hijo de puta! ¡Chupatintas hijo de puta! ¡Me aseguró que no iba a salir hasta el año que viene!

—¿Un abogado?

—Claro. ¿A quién iba a preguntárselo? Hace un siglo que espero la salida del Bruto para madrugarlo. ¡Me jodió!

Frisch cogió de encima del mostrador una botella de ginebra y dos copas y fue a sentarse a una mesa. Roque se acomodó delante de él.

—¿Escapó?

—También está muerto. Teresa le pegó un tiro.

—¿Teresa?

—Piera. Desde hoy, es Teresa. La casa está cerrada. Para siempre.

—Eso es bueno. Alguien tiene que casarse.

Pasó más de una hora sin que Frisch pronunciase una sola palabra. Roque aguardó sin alterarse. Podía haber estado así todo el día, pero no hizo falta: el alemán habló.

—¿Sabes, gallego? Hubo momentos verdaderos con Encarnación. Ningún amor es constante, pero este fue más constante que la mayoría. Noches, muchas noches verdaderas, de las que pocos hombres gozan en este mundo. ¿Ves todos estos?, —hizo un gesto vago para indicar a quienes les rodeaban —. Se van a morir sin saber lo que es una mujer. Yo lo sé. La vida me dio eso. Ahora me cobra. Es el precio de las cosas.

—Quizá demasiado alto.

—Lo que recibí era muy valioso, Roque. Un privilegio. Encarnación era un privilegio para cualquier hombre. Como es un privilegio tener la amistad de un hombre como vos.

Roque alzó las cejas. Frisch le apretó el brazo.

—Es así, gallego —dijo—. Ahora, por favor, ayúdame a enterrarla.

Marquina evitó el trámite de la morgue: el médico y el juez fueron a ver el cuerpo a lo de Piera. Las mujeres cubrieron los espejos y los paneles de raso del salón con sábanas blancas. Se instaló el ataúd cerrado sobre la tarima de los músicos, donde los candelabros de plata de la funeraria Costa ocuparon el lugar de los atriles.

A medianoche, el crimen y el cierre del burdel eran conocidos en todo Buenos Aires: al amanecer, habían desfilado por la casa más de quinientos hombres. Ramón sirvió ginebra y anís a cuanto visitante lo pidió. Mildred durmió en la habitación de Teresa.

El cortejo se puso en marcha hacia el cementerio de la Chacarita a las once de la mañana. El coche fúnebre, alto y techado, guiado por hieráticos cocheros sin bigote, como era norma, llevaba ocho caballos negros. Seguían seis carruajes contratados por Roque y una docena de particulares. Pasaron el Maldonado por el puente de Rivera antes de girar hacia el sur.

Se dijo un responso en la capilla del cementerio.

Cuando la caja bajó a la fosa, Germán Frisch echó el primer puñado de tierra. Dos grandes lágrimas resbalaron por su cara.

—Hermosa como un sol negro —murmuró. Solo Roque le oyó.

Funcionarios municipales pusieron sobre la tumba una cruz de madera en la que se leía el nombre de Encarnación. Pasaría aún un par de meses antes de que fuese sustituida por la lápida de mármol encargada por Teresa.

Terminado el entierro, todos vieron alejarse a Juan Manuel Rosas.

Andaba a paso lento por el camino de salida. Roque le llamó, con la intención de invitarle a compartir su carroza en el retorno a la ciudad, pero Rosas no le hizo caso.

Nunca más se volvió a saber de él.