Frontera Sur
14. Declaración de amor
Como no aspiro a las formas definitivas del amor perfecciono las que me han sido dadas.
Juana Bignozzi, Regreso a la patria
El viejo Posse no estaba en casa. Sara les hizo pasar al patio, donde Manolo, con el bandoneón a un lado de la silla baja de mimbre, tomaba un mate dulce tras otro.
—Si gustan —ofreció a Roque y a Ramón—, estoy cebando.
Se desconcertó y se puso de pie con torpeza al verles acompañados.
—He venido a cumplir mi parte en un trato —anunció Roque—. Este es mi amigo Germán Frisch, músico.
—Mucho gusto —se desvivió Manolo, secándose el sudor de la mano derecha en la tela basta del pantalón para tendérsela al recién llegado—. Bandoneonista, tengo oído.
—Sí.
—¿Sin instrumento?
—Lo dejé en el zaguán —señaló Frisch.
—¿Y qué esperas para traerlo?, —urgió Roque.
Sara sacó de la cocina otra silla, idéntica a aquella que ocupaba su hermano.
—¿Qué va a ser? ¿Competencia?, —preguntó la muchacha.
—Nada de eso —rechazó Roque—. Colaboración.
Los dos hombres hicieron sonar sus instrumentos.
Ramón se sentó en el suelo, muy próximo a ellos.
Empezó Frisch. Manolo intentó seguirle. Se acercaron y se alejaron el uno del otro muchas veces. Finalmente, alcanzaron un cierto acuerdo.
—Escucha —pedía el alemán.
Y Manolo atendía e imitaba, probando cada vez un camino nuevo.
Pasaron treinta, cuarenta minutos.
De pronto, Roque sintió la mano de Sara en la suya.
—Vení —susurró ella—. Tengo que hablarte.
Se retiraron, callados, sin que los otros se preocuparan por ellos.
En la sala, Roque oyó por primera vez la tos de Sara.
Fue un acceso violento: el de quien había estado luchando contra su propio cuerpo para no delatarse ante los demás. Él conocía ese sonido demasiado bien.
Sara, delicada, le volvió el rostro y se pasó el pañuelo por los labios.
Roque se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros.
—¿Hay sangre?, —preguntó.
—Todavía no —respondió ella—. Pero no puede tardar. Yo sé bien cómo va esto. Mi hermana Emilia murió de lo mismo.
—Y Fernanda, la madre de Ramón.
—Lo sé.
Entonces ella se le abrazó.
—¡Roque! —dijo—. Yo…, —y retuvo un sollozo— hubiera querido ser otra madre para él.
—No pienses en eso.
—No lo puedo evitar. Lo siento por él. No será. Pero hay algo que necesito pedirte. Por favor, vamos a sentarnos.
Le señaló un sillón y ella ocupó el de su padre.
Roque recordó la noche en que don Manuel Posse le había entregado el facón.
Aún lo llevaba.
—¿Te gusto?, —empezó Sara. La distancia que había puesto entre los dos obligaba a la sinceridad.
—Mucho —reconoció Roque.
—¿Te hubieses casado conmigo?
—Lo he pensado más de una vez, Sara —no mentía: había sido antes de conocer a Piera, a Teresa, pero lo había pensado. Tal vez la idea se hubiese debido, más que a un deseo de hombre, a la inquietud por Ramón, pero lo había pensado.
—Te lo agradezco.
Bajó los ojos. Él se movió, ansioso, en su asiento, esperando.
—Roque —repitió ella—. Soy virgen.
—Hmmm —retrocedió él.
—Y no tengo el menor interés en morir así. Soy joven y atractiva, aunque esté enferma, ¿no?
—Desde luego.
—Quiero ser tu amante. Quizás esta no sea la mejor manera de decir las cosas, pero siento que si yo no doy el paso, se me va a acabar el tiempo sin que vos hayas juntado el coraje necesario.
—Es cierto.
No estás obligado. No me contestes nada ahora. Si te parece bien lo que te propongo, vení a buscarme el domingo, tenés seis días. Si no, tan amigos.
Ella regresó al patio. Roque la miró alejarse y retuvo la imagen de su silueta, recortada contra la claridad de fuera. Permaneció sentado. Le temblaban las piernas. Sentía miedo y dolor. Le avergonzó comprobar que la oferta de Sara le había excitado. Hubiese preferido no conocer a Piera. A Teresa. Pero ya la conocía. Y le era imprescindible.
Resolvió mentir mientras Sara viviera. Al menos, a Sara.
Fue a buscar a los músicos.
—Nos marchamos. Tenéis un compromiso —les recordó.
—No sé si podemos ir juntos, don Roque —advirtió Manolo—. Este tipo es un fenómeno.
—Tengo más años —le consoló el alemán.
Sara estaba en la cocina.
Roque le pidió que cuidara de Ramón. Prometió pasar a recogerle esa misma noche. Ninguno de los dos mencionó el domingo.