Frontera Sur
50. La indolencia de Fausto
—Aquí estoy a su mandao,
Cuente con un servidor—
Le dijo el Diablo al dotor,
Que estaba medio asonsao.
Estanislao del Campo, Fausto
Eduardo de Santiago se había encolerizado con razón, reconoció Escayola. Pero él no podía evitar que las cosas fueran así. Era cierto que debía cuidarse más: un nuevo nombre era un regalo del cielo. Ahora podía ser realmente otro: la gente acabaría por olvidarse de él y de sus pecados. Y también de la mujer. Nadie le acusaría de un crimen cuando no había cadáver, pero si se mantenía lejos, además, nadie haría preguntas incómodas.
—¿Para qué carajo volviste a Tacuarembó?, —le había preguntado con rabia De Santiago—. A vos, no solo hay que protegerte de los demás, sino, encima, de tu propia estupidez. Ándate. Ya. A Buenos Aires. Y no por Montevideo. Cruza el río por arriba. Ya sabes dónde encontrar al barquero… ¿Te vio alguien?
—Me parece que no. ¿Vos crees que será bueno salir de noche?
—¡Qué pelotudo! ¿Vas a esperar a que amanezca? ¿Querés que te vean la carita? No estás lindo. Estás gordo como un chancho. Mejor que te escondas. Ni la voz te va a salvar si seguís así.
—Está bien.
Hacía dos horas que cabalgaba hacia el oeste, sin prisas. Tardaría no menos de tres días en alcanzar el río Uruguay, al sur de Salto. ¿Para qué preocuparse? Nadie le estaría esperando en el lado argentino. Y hasta Buenos Aires faltaba mucho, aunque fuera en tren. La temperatura iría bajando según se acercara el alba: se ajustó el pañuelo al cuello, se caló bien el sombrero y se acomodó el poncho. La luz de la luna llena le ayudaba a seguir despierto, a pesar del trote lento del caballo. Poco antes, había creído percibir una presencia extraña en el camino, pero no se oían cascos de ningún otro animal, ni se movían más sombras que la suya. Debió de amodorrarse: la sensación de estar cayendo de la montura le devolvió de golpe a la plena vigilia. A veces, le pasaba en la cama. El corazón le latía desaforadamente. Sujetó las riendas, angustiado.
—Tranquilícese, amigo —dijo el que marchaba a su lado: un jinete elegante, de botas impecables y poncho rojo, con largos bigotes negros y una perilla prepotente.
—¿Y usted? ¿Quién es? ¿De dónde salió?, —se agitó Escayola.
—¿Qué quiere que le conteste primero?, —sonrió el acompañante.
—De dónde salió.
—De por acá —y señaló vagamente alrededor.
—No lo sentí venir.
—Ni falta que hacía. ¿Algo más?
—Yo me llamo Escayola, y soy de Tacuarembó. ¿Quién es usted?
—Los papeles que lleva en el cinturón no dicen que se llame así…
—¿Me revisó?, —se sobresaltó Escayola—. ¿Tan dormido estaba?
—Yo no necesito revisar a nadie. Para algo soy Mandinga.
—¿Mandinga?, —rio Escayola, aterrorizado—. ¡Va a ser el diablo, usted, con esa pinta de niño bien! ¡Y criollo!
—¿No te lo crees?, —se asombró el otro, iniciando un tuteo lleno de desprecio—. ¿Te lo voy a tener que demostrar?
—Si puede…
—¿Cómo no voy a poder? Mira…
Señaló el horizonte con un índice de uña afilada.
—¿Qué? ¿Qué quiere que mire?
—El día —anunció el que decía ser el diablo.
El sol resplandeció de pronto en lo alto del cielo.
—¡Mierda! —gritó Escayola, cubriéndose los ojos deslumbrados.
—¿Lo apago?
—Sí, sí, apague.
Volvió a cubrirles la serena luz lunar.
—¿Y ahora?, —indagó Mandinga.
—¿Y si es un truco?, —tornó a desconfiar Escayola.
—Si yo no fuera el diablo, no sabría lo que sé… Por ejemplo, que mataste a Robustiana Peralta y la llevaste a enterrar al campo de Ventura. Ni De Santiago sabe qué hiciste con ella.
—Se lo merecía.
—¿Cómo no se lo iba a merecer, si trabajaba para mí? Pero no estás haciendo caso…
—Sí, le hago caso. Está bien. Usted es Mandinga. ¿A qué vino? ¿Por mi alma?
—¿Tu alma? Hace rato que la tengo… Y, para serte franco, te diré que no es ninguna maravilla. ¡El alma, el alma! ¡Todo el mundo está preocupado por su alma! ¡Cómo si las almas fueran tan valiosas! ¡Harto estoy de almas! Las almas, por mí, pueden metérselas en el culo. Lo que quiero es jugar un poco, intervenir en el destino, esas cosas…
—¿Solo eso?, —dudó Escayola.
—Solo eso.
Escayola levantó las cejas, descreído, y detuvo su caballo.
—Y decime —avanzó, deteniéndose luego un instante para asegurarse de que el tuteo le era aceptado—, ¿sos de estos pagos?
—Hoy, sí —dijo Mandinga, altivo.
—Hmmm… ¿Y sabes lo que va a pasar?
—¿Lo que te va a pasar a vos?
—Ajá…
El diablo trazó un signo en la noche y Escayola se vio alzado de su silla y depositado en el suelo. Se encontró raro: el pañuelo del cuello, blanco, le colgaba demasiado bajo, y las botas le brillaban demasiado, y el sombrero…
Otro gesto de Mandinga le puso un espejo delante. Escayola dio un paso atrás para apreciarse mejor.
—¡Qué flaco! —admiró—. ¡Pero con qué ropa! ¿Quién se viste así?
—Vos. Y mucha gente. En el teatro. Si en el campo se pusieran esas majaderías, no trabajaría nadie… ¿Querés saber más?
—Esto no es saber nada, viejo.
—Tenes razón —admitió el diablo, chascando los dedos.
El hombre que ahora vio Escayola en el espejo, pese a asemejarse al anterior en sus rasgos, era bien distinto: de esmoquin y zapatos de charol, el pelo apelmazado por la brillantina, este tenía mejor aspecto.
—Me gusta más —dijo—. ¿Voy a ser así?
—Vas a ser ese.
—No, no puede ser… ¿Qué va a decir la gente? ¿Que Escayola es un niño bien? ¿Primero, gaucho; después, niño bien? No.
—De Escayola nadie va a decir nada. Escayola se murió. ¿Todavía no te diste cuenta?
—Y si no soy Carlos Escayola, ¿quién carajo soy, me querés decir?
—Gardel. Carlos Gardel.
—¡Ah, sí! ¡El de los documentos! No es Gardel, es Gardes. Charles Gardes. Pero estos documentos no me van a servir… ¿A vos te parece que alguien se va a tragar que soy un francesito de quince años? ¿Con este físico?
—¿Terminaste?, —comprobó Mandinga, aburrido.
—Sí.
—Bueno. Entonces, escucha: eso, lo que dicen los papeles, se lo va a tragar hasta el más pintado. Y sí, ahí dice Gardes. Pero vos vas a ser Gardel. Nombre artístico.
—¿Por qué?
—Porque a mí me da la gana. Y no soy cualquiera.
—Está bien, está bien, no te enojes… ¿Y cuándo va a pasar?
—Ya está pasando. Por ahora, hacete llamar Gardes. Gordito y medio sonso. Y con buena voz, eso sí. Un día, sin que se sepa cómo, todos van a reconocer que sos Gardel. Ahora, volvé a montar.
No tuvo que hacerlo: Mandinga dio la orden y él apareció montado. Y gordo, y con su vieja vestimenta.
—Vas a Buenos Aires, ¿no?
—Si no lo sabes vos… —desafió el nuevo Gardes.
—Sí, lo sé. Te acompaño un par de leguas. ¿No estás cansado?
—Un poco.
—Cerrá los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, descubrió una mañana nublada y unas casas a lo lejos. No recordaba ningún poblado en aquella zona, ni un camino tan ancho. Por delante, a los tumbos, iba una carreta. Espoleó al caballo y se puso a la altura del pescante. El que guiaba era un viejo encorvado con un poncho lleno de manchas.
—Buenas —dijo.
—Buenas —replicó el viejo—. Lindo, Buenos Aires…, —y miró las casas como con nostalgia.
—¿Buenos Aires?
—¿No sabe por dónde anda?
—Sí, sí que lo sé. En Buenos Aires.
—¡Ah! —aceptó el de la carreta.
Recorrió aún un trecho junto al vehículo. Después, se le adelantó.