Frontera Sur
33. El Bruto
Lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una manifestación admirable y modesta de lo absurdo?
Oliverio Girondo, Carta abierta a «La Púa»
La larga cuerda de la desgracia había empezado a enredarse antes de que Frisch propusiera matrimonio a Encarnación. Tres días antes. A las doce de la noche de un lunes, las puertas de la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras se abrieron para dejar en libertad a Celestino Expósito, El Bruto, al cabo de quince años de condena por un doble homicidio.
El Bruto era un hombre sin pasado: desde que se tenía memoria de su existencia, era protagonista de una única escena, repetida una y otra vez: la escena de la muerte. Era como si nunca hubiese tenido una edad anterior a la de la fuerza y la mala fe, y, sea que estuviese saciado, agazapado o golpeando, cada época de su existencia estaba ligada a un crimen. Saciado por un instante quince años atrás, había pasado todo ese tiempo agazapado. Salía decidido a golpear.
Celestino Expósito asesinaba por resentimiento, por rencor, porque sí, y por dinero. En ocasiones, había estado semanas y meses sin recibir un encargo. En esos periodos, había vivido de las mujeres, que no cedían a sus pretensiones por amor ni por contrato, sino por miedo. Algunas habían visto morir a sus rufianes, y no querían seguir su mismo camino.
Cuando el Bruto se encaprichó de ella, Encarnación Rosas era menor y pertenecía a un mulato oriental, Lindor Godoy, hombre duro y resuelto, que la había puesto en un quilombo del Parque. Expósito entró en su habitación una tarde y actuó como actuaba siempre y con cualquier mujer: la hizo poner sobre la cama con las piernas muy abiertas, se arrodilló en medio sin deshacerse de una sola prenda, se desabrochó el pantalón, sacó de él un miembro largo, fino y rosado, penetró en ella inclinándose apenas, se movió un par de veces, mientras Encarnación consideraba la cochambre de su sombrero, lanzó un suspiro ronco y saltó de la cama. Solo que en aquella ocasión, aunque la perjudicada lo ignorara, lo que él entendía por satisfacción le había costado menos esfuerzos, menos flexiones que de costumbre: ella le gustaba de verdad.
Regresó al día siguiente. No le hizo falta subir a la cama ni hacer gesto alguno: tan pronto como la vio desnuda, se abrió la bragueta con mano rápida y mojó el suelo y un muslo de Encarnación. Mientras ella se limpiaba, él se abotonó la chaqueta, se echó la chalina al hombro y salió.
Se detuvo ante la garita del encargado.
—¿De quién es la negra de la pieza del fondo?, —averiguó.
El encargado le miró un instante, recordó su fama y respondió sin vacilar.
—Del señor Godoy.
—¿Godoy?
—Lindor Godoy.
—¿Adónde para ese?
—No sé. Acá, viene los viernes.
—Mañana es viernes.
—Sí, señor.
—Hasta mañana.
Al caer la noche de la tercera jornada, Expósito se presentó en el burdel y preguntó si había llegado Godoy.
—No. Todavía no —dijo el encargado.
El Bruto se sentó a esperar en el vestíbulo. Los clientes entraban y salían sin reparar en su persona. Él les miraba, miraba al sujeto de la garita y volvía a fumar una vez les descartaba.
A las diez llegó Godoy. Era más alto que Expósito, y nada lerdo con el cuchillo. Pero vivía demasiado confiado. Cuando apareció en la puerta, el encargado intentó advertirle que corría peligro: su esfuerzo se quedó en unas muecas. Godoy no le hizo caso.
Celestino Expósito, en cambio, comprendió que aquel era el hombre.
Se levantó y dio un paso hacia él.
—¡Godoy! —dijo.
—El mismo —acordó el otro.
—Por las buenas: quiero comprarle la negra del fondo.
—Ni por buenas ni por malas, amigo: no tiene precio y no la tengo en venta.
—Entonces, defiéndase.
Fue una salida retórica. El Bruto no daba a nadie, nunca, y no dio entonces a Godoy, oportunidad de defenderse. Soltó las palabras a la vez que lanzaba el acero. Godoy, el brazo derecho echado hacia atrás en vana procura de su facón, el izquierdo aún bajo, le ofreció el estómago. La hoja entró por encima del ombligo y se abrió camino hacia arriba hasta tocar el corazón. La velocidad del movimiento permitió a Expósito recobrar el arma antes de que su víctima empezara a caer.
—¿Y vos?, —interrogó, volviéndose hacia el encargado—. ¿A quién le hacías caras, maricón?
—¿Caras, señor?
—Caras. Con esa cara. Con esa jeta que te voy a borrar.
Se la borró. La herida del pecho fue al final, cuando el rostro era ya una mancha roja.
Entonces fue a buscar a Encarnación.
Encima de ella bufaba un gordo sin afeitar con unas nalgas anchas y blancas, en una de las cuales entró el cuchillo sin dificultad. El Bruto lo retiró y mostró la punta ensangrentada.
—Demasiada mina para vos —dijo, señalando los pantalones del otro con la mano armada.
El gordo entendió lo que se le pedía: recogió la prenda y salió con la intención de ponérsela fuera.
—Vestite —ordenó Expósito a Encarnación.
—No tengo con qué —explicó ella—. Acá no nos dejan ropa… Godoy me compró un vestido, pero me lo tienen guardado para cuando él me saca.
—Entonces, vení así.
La levantó, sujetándola por la muñeca, y la empujó hacia la salida.
Tenía dos caballos en el palenque.
No esperó a que montara: la subió, tomándola por la cintura, y, al ver que alrededor, a la luz de los faroles de gas, la gente se detenía a contemplar el espectáculo de la espléndida negra desnuda, la cubrió con su chalina. Después, ocupó su silla y se puso en marcha al paso.
Pasó un largo cuarto de hora antes de que en la zona se dejara oír el silbato de un policía, y algo más antes de que dos hombres de uniforme entraran en el burdel y encontraran los cadáveres.
El gordo de la herida en el culo estaba echado, boca abajo, en el suelo del corredor: Expósito debía de haber cortado alguna arteria, porque había perdido sangre a chorros, ensuciando las paredes, y no podía moverse.
Llamaron a un médico.
—¿Qué pasó?, —preguntó uno de los policías.
—Un hijo de puta —resumió el gordo—. Yo lo conozco.
Él acusó al Bruto y lo mandó a la cárcel. Pero eso fue más tarde.
Primero, Expósito tuvo a Encarnación en su rancho, más allá del Maldonado, durante cerca de un mes. Él tampoco le compró un vestido. Prefería verla moverse y a veces la acariciaba. En solo dos ocasiones pudo pasar de eso, y fue a oscuras. A la luz, la belleza de la mujer lo arruinaba todo.
Un día, el Bruto se cansó de esa situación, que dejaba su virilidad en mal lugar y le obligaba a pasar demasiadas horas en espera de que se le secaran los pantalones. Había oído hablar de una recién llegada que había puesto un quilombo por su cuenta. La fue a ver una mañana.
Se quitó el sombrero para hablar con la dueña del nuevo prostíbulo.
Era una mujer hermosísima, que le recibió en un salón sin ventanas, donde no había otro mueble que el sillón en que ella misma se sentaba. Expósito no tuvo más remedio que hablar de pie, jugando con el chambergo: se sintió ridículo.
—Tengo una mujer —declaró.
—Ajá —dijo la patrona.
—Bonita.
—Ajá.
—Negra.
—Ajá.
—Quiero venderla.
—No compro.
—A lo mejor, si la ve, cambia de idea.
—¿Dónde está?
—En casa.
—Tráigala.
—No tiene ropa.
—¿Y cómo llegó hasta su casa?
—Desnuda. De noche.
—Ajá…
La mujer consideró las circunstancias. Tenía noticia de los hechos del Parque, pero le costaba creer que aquel individuo fuese tan torpe.
—¿Está lejos?, —averiguó.
—Por el arroyo.
—Es lejos. ¿Sabe qué vamos a hacer? Voy a confiar en usted y darle un vestido. La viste y me la trae.
—Como quiera.
Expósito tardó tres horas. Volvió con Encarnación.
Les atendió una vieja, que les hizo pasar al mismo saloncito en que él había estado antes. Encarnación se sentó.
La dueña entró a los pocos minutos, sonriendo.
—Levántate —mandó el Bruto a Encarnación.
—No hace falta —la detuvo la mujer—. Déjenos solas, señor… No me dijo su nombre.
—Expósito.
—Expósito. Déjenos solas.
—¿Para qué?
—Para conversar un rato. Si no, ¿cómo voy a saber si me interesa?
—Pueden hablar delante mío.
—Así, no hay trato.
Se giró para marcharse. Expósito la detuvo cuando ya había puesto la mano en el pomo de la puerta.
—Está bien —cedió—. Hablen.
—Espere afuera.
El Bruto salió y la mujer fue a arrodillarse en el suelo, junto a Encarnación. Le tomó las manos.
—No tengas miedo —dijo—. Me llamo Piera y estoy de tu parte. Yo no compro mujeres —vio la desconfianza en los ojos de la otra—. No tenés por qué creerme —reconoció—. Pero peor de lo que estás no podes estar, ¿no?
—No.
—Entonces, decime la verdad.
—¿Qué?
—¿Este es el que mató a Godoy en el Parque? ¿Vos eras de Godoy?
—Sí.
—Entonces, espérame.
—¿Qué va a hacer?
—Voy a acabar con él.
Un escalofrío recorrió la espalda de Encarnación.
—¿Lo va a matar?
—No hace falta.
En el vestíbulo, se acercó a Expósito y le pidió que aguardase aún un momento. Desapareció tras unas cortinas.
Fue a paso rápido hasta una habitación del fondo y llamó suavemente a la puerta.
—¿Quién carajo es?, —protestó una voz ronca.
—Soy Piera. Vístase rápido y ábrame. Es cosa de vida o muerte.
El que abrió era un hombre corpulento, de grandes bigotes rubios y rojos mofletes. Estaba en calzoncillos. La muchacha que le acompañaba se había sentado en la cama.
—¿Qué pasa que no pueda esperar?, —reclamó él.
—Comisario —respondió Piera—. ¿Le gustaría agarrar al asesino del Parque?
—¿A quién no? ¿Vos sabes algo de eso?
—Lo tengo ahí afuera.
—¡Mierda!
—Apúrese. ¿Tiene pistola?
—Tengo. Pero con ese, no sé si basta. Necesito gente.
—Vaya a buscarla.
—Tengo un vigilante en cada esquina.
—Salga por la puerta de atrás. Mientras, yo lo entretengo.
El Bruto se estaba poniendo nervioso, pero se serenó al ver a Piera con un montón de billetes en la mano.
—¿Cuánto quiere?, —sonrió.
—¿Le gusta?
—Me gusta.
—Ochocientos pesos.
—Es demasiado.
El regateo no duró mucho. Terminó cuando en el lugar irrumpieron el comisario y dos policías de paisano.
Piera se quedó ahí, sin decir palabra, hasta que se lo llevaron.
Encarnación no se había movido y, al verla, suspiró.
—Ya está —dijo Piera.
—¿Qué está?
—Esa basura. Se lo llevaron preso.
—¿Y si lo sueltan?, —se sobresaltó Encarnación.
—No lo van a soltar.
Piera observaba a la negra con interés. Se acercó a ella, le olió el pelo y le pasó los dedos por el cuello.
—Desnúdate —dijo.
—¿Otra vez?
—Es solo para verte. La ropa es tuya. Acá no se queda nadie que no quiera quedarse.
Encarnación obedeció.
—Sos linda de verdad —comprobó Piera—. Vestite. ¿Tenes familia?
—Un hermano —reveló la otra—. No sé dónde está.
—Lo vamos a buscar. ¿Cuántos años tenés?
—Dieciséis, me parece.
—¿Sabes leer?
—No.
—Hay que aprender a leer, nena. Y a escribir. Si no, siempre vas a estar jodida.
Habían pasado quince años desde aquella tarde.
Fuera de la cárcel, Celestino Expósito tardó tres días en dar con Encarnación. Durmió a ratos, en pensiones de mala muerte, y apenas si comió, en fondas en las que se entretuvo preguntando.
No buscaba a Encarnación, sino a Piera. Durante el juicio, le había llegado el nombre. En la cárcel, alguien le había explicado que era más fácil encontrarla a ella que a la negra. Anduvo por la Boca y por los piringundines del Temple, sin resultado. Finalmente, recaló en El Vasco, café de Barracas en el que más de una vez había tocado Frisch.
Fue un parroquiano con unas copas de más quien le habló de lo de Piera y le indicó cómo llegar. «Pero póngase elegante para ir», le dijo, «y lleve plata: es un sitio especial».
Roque, que tenía algunos negocios en la zona, estuvo en El Vasco a la mañana siguiente.
—¿Se acuerda de un tipo al que le decían el Bruto, don Roque?, —soltó de pronto el camarero al poner la copa en la mesa.
—Sí, me acuerdo —Roque conocía la historia—. ¿Por qué?
—Lo dejaron salir, se ve. Ayer anduvo por acá, haciendo preguntas.
Roque sintió que se le retorcía el estómago y tragó de un golpe la ginebra.
—¿Qué preguntó?
El camarero se inquietó al verle los ojos.
—Nada que ver con usted, don Roque…, —pretendió serenarle—. Iba detrás de una mujer, no sé.
Roque llevaba caballo. Atravesó la ciudad al galope, con el corazón en la garganta. El animal se detuvo a la entrada de lo de Piera con los ijares en carne viva y el belfo lleno de espuma.
El portón estaba abierto de par en par, como la puerta de la casa.
Roque comprendió que había llegado tarde.
Piera estaba sentada en el vestíbulo, en compañía del mismo hombre rubicundo y bigotudo que mucho tiempo atrás había detenido a Expósito. Ahora era casi un viejo.
En la expresión de Roque, Piera leyó su conocimiento y su dolor.
—El comisario Marquina —presentó.
—Nos conocemos —dijo Roque.
—¿Sabe por qué pasó esto, don Roque?, —confió el policía—. Porque yo soy un cagón. A ese tipo tenía que haberlo matado en cuanto lo vi.
—Tal vez —aceptó Roque—. ¿Dónde está ahora?
—Muerto —informó Piera—. Lo maté yo.
—Olvídelo, señora —recomendó el comisario—. Lo maté yo. Evítese complicaciones.
—Primero, que Roque lo sepa. Después lo olvidaré.
—¿Cómo fue?
—Vino. No dio tiempo a nada. Tita estaba en el salón, haciendo sus cuentas.
—Germán la llama Encarnación —apuntó Roque—. Además, ese es su nombre.
—Lo era —recordó Marquina.
—Estaba en el salón —siguió Piera—. La oí gritar. Gritó mucho… No pudo matarla enseguida. La persiguió y le fue dando puñaladas… No te podes imaginar lo que es eso, hay sangre por todas partes… Yo bajé con la pistola que vos me diste. Casi se me cae. Salí a la escalera y lo vi, lo vi degollarla, Roque, ¿te das cuenta?
Piera seguía sentada, pero había puesto sus manos en las de Roque y grandes lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Te das cuenta?, —repitió.
—Me doy cuenta —accedió Roque.
—Entonces tiré —terminó, lacónica, Piera.
Roque la tomó por los hombros y la obligó a levantarse.
—Vamos adentro —dijo.
—No, ahora no —pidió ella.
—Vamos adentro —insistió Roque—. Ahora.
El espectáculo era peor de lo que había imaginado. Había muebles y cristales rotos y sangre por todas partes. Alguien, quizá Marquina, que ahora les seguía, callado y culpable, había arreglado los cuerpos. El de Expósito estaba tapado con una cortina roja. El de Encarnación, con una sábana blanca. De rodillas en el suelo, a su lado, Juan Manuel lloraba en silencio.
Piera se volvió y escondió el rostro en el hombro de Roque.
—No —rechazó él—. Quiero que mires bien este salón.
—¿Por qué?, —suplicó ella con la cara húmeda.
—Míralo, por favor.
Piera dejó vagar la mirada por las mesas y las sillas caídas, los espejos y los tapices manchados.
—Es la última vez —dijo Roque—. Está cerrado. Para siempre.
—No puedo irme así.
—Puedes. Te vienes a vivir conmigo.
—Las chicas se quedan en la calle…
—Les regalas el local. Que lo vendan y se establezcan en otro.
—¿Y la plata?
—Yo tengo para los dos.
—Dame tiempo, Roque.
—Dos o tres horas. El rato que me lleve hablar con Germán.
—Don Roque tiene razón, señora —intervino Marquina—. Cuando la fatalidad llama a una puerta…
—Prepara tus cosas, Teresa —dijo Roque—. No tardaré. Esta noche duermes en casa.
Ella no discutió más. Roque la vio perderse escaleras arriba.
Marquina conocía el nombre de Piera porque le había extendido más de un documento, pero le desconcertó oírlo en boca de Roque.
—¿Teresa?, —quiso asegurarse.
—Piera se acabó. Mi mujer se llama Teresa —dijo Roque.
Dejó al comisario rumiando viejos errores.
En camino hacia el centro, pensó en Tita, en Encarnación, en Piera, en Teresa, en la gente a la que la muerte devolvía el nombre.