Frontera Sur

Horacio Vazquez-Rial · Capítulo 28 de 92

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Frontera Sur

Capítulo 26

 

 

—¿Alleno? Tardó algo más de veinte años en coronar su proyecto. Hasta 1910. Entonces tuvo su panteón. Un panteón que, pasados ochenta años, sigue allí. Puedes comprobarlo en la Recoleta. El monumento no es de bulto redondo: quizá no haya ahorrado lo suficiente. El caso es que lo que consiguió fue un relieve: aparece él, joven, serio, de sombrero, chalina y lazo, un brazo apoyado en algo que semeja un saco lleno de flores secas, dejando ver la parte baja de una escoba y un balde, la escultura es, sin duda, de este siglo, porque la escoba es estupenda, de cinco hilos y con abrazaderas de alambre, ostensiblemente industrial…

—Imposible antes del novecientos…

—¿Cómo iba a serlo? En el ochenta y ocho, Rufino Várela instaló la primera usina eléctrica y la calle del Empedrado, Florida, tuvo faroles eléctricos. Alieno vio prosperar todas las maravillas imaginables y, sin embargo, al final…

—¿Qué? No me dirás…

—Sí, mujer, sí. Se suicidó. Fue consecuente: una vez dispuesto su gran momento, dio el paso. Debajo de su figura, en el mármol, se lee: «David Alieno, cuidador de este cementerio…». No recuerdo la fecha inicial, pero pone la de la muerte: 1910.

—Cuesta imaginarlo. Cuesta imaginar todo aquello. Lo de Sarmiento y la escuela pública…

—Claro que cuesta: no es fácil tomar partido. Sin embargo, yo creo que, puesto en esas fechas, hubiese compartido la posición de Oller.

—¿La compartía tu bisabuelo?

—¿Roque? Desde luego.

—Sin embargo, no escolarizó a su hijo.

—Verás: a pesar de la ley, la escolarización era muy incompleta. En primaria, según cuentas de Latzina, hubo veinte mil varones en el ochenta y siete. En Buenos Aires, por supuesto. Pero, al año siguiente, solo mil de aquellos se apuntaron en secundaria. Los mil hijos del poder. Roque podía permitírselo, no hay duda, pero debe de haber intuido un drama de clases. Ramón no era nadie, ni era hijo de nadie. Además, ¿qué otro muchacho de su edad tenía, por entonces, los conocimientos y la experiencia de Ramón? ¿Quién tenía una Mildred? Hubiese sido un desastre… Por otra parte, Ramón ya había adquirido el sentido alocado y sincrético de la cultura que caracterizaba a los hombres de progreso de entonces…

—Como Frisch.

—Precisamente

—Y Oller… A propósito, ¿qué inventó el inventor?

—Cosas, nada revolucionario… Pero se ganaba bien la vida porque, amén de inventor, era un manitas y reparaba todo lo que le pusieran por delante para reparar. Solo que no podía decir «profesión, sus manitas» o «profesión, sus chapuzas».

—¿Y su mujer?

—¿Berta Bovary? ¿Qué iba a ser? Una neurasténica.

—¿Era…?

—Sí, pero eso no tiene la menor importancia para nuestra historia. Probablemente, tampoco la tenga la llamada Revolución del Noventa, golpe de Estado propinado al gobierno desde la calle, con manifiesto y armas, que los historiadores suelen definir como movimiento popular, pero que no pasó de populista.

—La revolución de Alem.

—Del turco Alem, un tipo triste, que pergeñaba versitos románticos y lloriqueaba al ver un pobre, un muerto, una viuda… Es fama que era incapaz de comer sin cargos de conciencia, pensando en los que pasaban hambre. Al final, se pegó un tiro. Le sucedió en la dirección del partido su sobrino, don Hipólito Yrigoyen, al que se le puede reconocer más mérito como víctima del primer golpe militar moderno que como estadista.

—Pero es cierto que la gente estaba cansada… ¿o no?

—Sí… La gente siempre está cansada, pero solo se mueve cuando la mueven. Yo creo que Alem sirvió en su día para lo mismo que sirvió Perón medio siglo más tarde: para sustituir a la vanguardia real y desviar el rebaño por otro rumbo. La famosa revolución fue el 26 de julio, fecha casi mágica: la misma de la muerte de Evita y el asalto al cuartel Moncada. Menos de dos meses antes, los obreros organizados de Buenos Aires habían instituido la recordación del 1.º de mayo. Los logros de Alem y los suyos fueron bastante magros: Juárez Celman fue reemplazado por el vicepresidente Carlos Pellegrini, igualmente oligárquico, o conservador, o reaccionario, o como prefieras llamarlo. Hubo nuevas elecciones en el noventa y dos, al cumplirse el periodo constitucional, y las ganó Sáenz Peña. No cambió absolutamente nada. Y no lo digo con pena, porque aquellos oligarcas, liberales y cultos, representaban por entonces lo más próximo al progreso que cabía esperar. Lo que sí me parece lamentable es el festejo popular de la caída de Juárez Celman.

«Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés», se gritaba en las calles, como si eso significara verdaderamente algo…

—Sin embargo, la del noventa fue una década llena de acontecimientos…

—En un orden de cosas distinto del estrictamente político… Eran acontecimientos de esos que se instalan definitivamente en una sociedad y la califican o la condicionan.

—¿Por ejemplo?

—La introducción del automóvil. Fue en el noventa y dos, el año en que la Argentina pasó su primera gran vergüenza internacional al enviar a España, para los festejos del Cuarto Centenario del Descubrimiento, un barco, la fragata Rosales, que se hundió nada más empezar a navegar por el Río de la Plata. Se hundió por obra de la corrupción de la marina: el dinero destinado a reparaciones se había desviado para otros fines, y en el desastre murió la mayoría de los tripulantes porque ni siquiera habían sido reemplazados los botes de salvamento podridos. Aquel año, Varela Castex llevó a Buenos Aires un Benz a caldera para dos personas. Al cabo de un lustro, Guillermo Fehling adquirió un Daimler de gasolina… También llegó el cine. Mi madre afirma que Roque y Ramón estuvieron presentes en la primera exhibición de linterna mágica, que proyectaba láminas, en la First American Church, la iglesia metodista que subsiste en Corrientes al setecientos. Probablemente hayan estado también Mildred y Frisch. El aparato era el mismo que Emile Reynaud empleó hasta el novecientos en París, en sus Pantomimas Luminosas… Puedes ir sumando cosas: la extensión del alumbrado eléctrico a partir del noventa y seis, y del tranvía eléctrico desde el año siguiente… Al final, la apertura de la Avenida de Mayo…

—Terminación de la ciudad nueva…

—No. En realidad, aún no se ha terminado.

—¿Se termina alguna vez una ciudad?

—No lo sé. No estoy seguro.

—Dejémoslo así. La década del noventa es la de la llegada de Berta y Charles Gardes. ¿Todas las francesas se llamarían Berta?

—No me sorprendería… Llegaron, sí, en el noventa y tres. No hay acuerdo respecto del día del desembarco en Buenos Aires: jueves 9 o sábado 11 de marzo. El chico tenía tres años. Ella, veintisiete.

—Y era soltera.

—Efectivamente.

—¿La trajo un caftán?

—No creo que fuese un paquete, como llamaban los rufianes a las mujeres que les eran remitidas previo acuerdo, porque si algún problema ofrecían los paquetes, era el de la edad: las más eran pesos falsos, es decir, tenían menos de veintiún años, no daban el peso.

—Una jerga compleja…

—Y, cosa curiosa, escasamente registrada por las letras de tangos. Al menos, por las que yo conozco. Imagino que Berthe Gardes era una rezagada, una mujer sin dueño.

—Lo que no quiere decir que no estuviese dispuesta a prostituirse.

—Desde luego que no. Lo que ocurre es que no debía de tenerlo muy fácil. Albert Londres dejó constancia de casos concretos que ilustran la cuestión de la edad. Por ejemplo, conversó con un rufián al que una muchacha de veinticuatro años le había producido más de un millón de francos: dieciséis mil clientes. Pensaba retirarla cuando cumpliera los veinticinco.

—O sea que Berta era una vieja.

—En términos profesionales, cabe pensar que sí. Sin embargo, estoy convencido de que la reclutaron, y que eso determinó su destino y el de su hijo Charles.

—Y el del Otro.

—Escayola.]